domingo, 21 de diciembre de 2025

Cristóbal Colón: antimonumenta y otras complejidades

 


Vicente Quirarte y María Helena González

En el periódico Reforma del pasado 9 de diciembre, la nota principal de la sección Cultura decía “Navega Colón sin rumbo fijo.” En un principio pensamos que se trataba de una interpretación histórica, pues es sabido que Colón no fue consciente de que había descubierto un mundo nuevo para los ojos europeos, como después demostraría Américo Vespucio. Durante mucho tiempo pensamos en la escultura como un hito urbano, pues representaba el tercer monumento hacia el centro de la Ciudad de México. Se trata en realidad del grupo escultórico que representa a Cristóbal Colón y a los frailes Pedro de Gante, Bartolomé de las Casas, Juan Pérez de Marchena y Diego de Deza.

Encargada por el empresario Antonio Escandón y Garmendia al escultor francés Charles Cordier, -célebre por haber sido artista del Museo de Historia Natural-, la instalación del monumento en 1877 causó un gran revuelo en los periódicos de la época, sobre todo porque se juzgaba que había buenos escultores en México. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional del Virreinato y ha sido restaurada hasta verse casi como nueva. El problema es que mucha gente no la quiere ver por el descrédito en el que ha caído el personaje. Hace dos décadas, Colón provocó hilaridad cuando un 12 de octubre, Día de la Raza, se dijo: “Cristóbal Colón, al paredón”. Frente al monumento quienes defendían a los pueblos originarios exigían su reivindicación. En su libro publicado en 1965, el historiador Martín Quirarte escribió: “Indiscutiblemente que en Colón existe una dualidad. Por su energía y su ambición es un hombre típico del Renacimiento. Por sus ideas geográficas es un personaje del medioevo.” Pero como vemos, el personaje histórico ha adquirido una mayor polisemia, sometida al rigor de los Derechos Humanos.

En la hoy ex Glorieta de Colón -rebautizada por colectivas feministas como Glorieta de las Mujeres que Luchan- se escuchan consignas como “No nos van a borrar” y “Si lo borran, lo volvemos a pintar”, expresiones que condensan una crítica decolonial al monumento entendido como emblema de conquista, patriarcado e imposición histórica. Estos discursos, hoy dominantes en la disputa simbólica del espacio público, han cuestionado no sólo a Cristóbal Colón como personaje histórico, sino a la monumentalidad misma como forma de poder. Sin embargo, como toda corriente cultural, dichas consignas también están sujetas al paso del tiempo: así como los monumentos se erigen y se derriban, los marcos interpretativos cambian. No es impensable que algún día Colón regrese a la escena pública, no como héroe ni como villano, sino como objeto museístico o pieza artística, desplazado del pedestal y reinscrito críticamente en un recinto cultural, donde pueda ser leído, contextualizado y problematizado, más que venerado o cancelado. En ese gesto, la ciudad no perdería memoria, sino que ganaría capas de interpretación.

Ahora bien: ¿Cómo explicar a los jóvenes estudiantes de un colegio que lleva ese nombre, las complejidades del signo, el símbolo y el significado? En términos cognitivos, esto nos llevaría a plantearnos la problemática asociada a la economía de la atención, secuestrada actualmente por los dispositivos móviles. Pero este es otro problema. El desafío hoy, especialmente para los urbanistas, es decidir qué se hará no sólo con Colón, sino con toda la estatuaria del Paseo de la Reforma bajo la mira fustigante de quienes defienden los discursos decoloniales y los Derechos Humanos.

helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Cristóbal Colón: antimonumenta y otras complejidades – LA JORNADA MORELOS

La estatua de Cristóbal Colón en la Ciudad de México cerca de 1880. Foto de William Henry Jackson / Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos / Dominio Público



jueves, 4 de diciembre de 2025

El Jardín Borda y la memoria que nos construye

 


Por Helena González

1.

Este jueves 4 de diciembre se presentará en el Centro Cultural Jardín Borda La Gaceta de Museos del INAH, un nuevo número dedicado a la relación entre arquitectura, patrimonio y museos. Rosa María Sánchez Lara, coordinadora en esta ocasión de una de las publicaciones más relevantes del INAH se encargó de reafirmar la vocación que dio inicio a la publicación hace tres décadas: el análisis crítico, la divulgación bien hecha y la reflexión sobre los recintos culturales como espacios donde la historia se actualiza en cada visita.

En un contexto nacional marcado por recortes, cierres temporales y un deterioro silencioso de varios museos, este número aparece como un recordatorio necesario de que los recintos culturales no son lujos prescindibles, sino parte del tejido que sostiene nuestra vida pública.

2.

Dado que la edición incluye mi artículo “El Jardín Borda en el imaginario colectivo” procedo a presentarlo aquí brevemente. No puedo más que hacerme responsable de lo escrito. Espero sea de su interés, estimado lector.

Aclaro que escribí el texto a partir de mi pasión por las Ciencias Cognitivas. Las habilidades de pensamiento vinculadas con la creatividad, la fantasía y la memoria siempre me han interesado, entre otras cosas porque revelan que conocer el mundo no es un acto pasivo, sino un proceso activo de interpretación. Hoy sabemos, gracias a la neuroestética, que al percibir obras artísticas se activan muchas de las mismas áreas cerebrales involucradas en la emoción, la toma de decisiones, la memoria autobiográfica y la imaginación. Investigadores como Semir Zeki (1999), Anjan Chatterjee (2014) y Kawabata & Zeki (2004) han mostrado que regiones como V4, V5/MT, la corteza orbitofrontal y el sistema límbico participan simultáneamente en la experiencia estética: vemos, sentimos, recordamos y evaluamos de manera integrada. Estos hallazgos confirman que la percepción del arte no ocurre solo en la retina, sino en un cerebro que compara, completa, anticipa y reconstruye, haciendo de cada experiencia estética un acontecimiento único y profundamente personal.

Todo esto porque las formas en que imaginamos el Jardín Borda se basa en narrativas visuales, literarias e históricas y desde la pintura de castas del siglo XVIII hasta las representaciones del Segundo Imperio realizadas por Salvador Tarazona; desde las leyendas locales sobre túneles y banquetes hasta la figura persistente de la “India Bonita”, el Borda se ha convertido en un espacio donde la memoria colectiva se mezcla con la percepción. Esto coincide con lo que sostienen autores como Mara Dierssen y Yuval Noah Harari: nuestra mente no recuerda hechos aislados, sino imágenes y relatos que organizan la experiencia. “El cerebro compara experiencias nuevas con memorias previas para decidir la respuesta más adecuada”, afirma Diersen (2018), mientras que Harari lo confirma desde otro ámbito: “el ser humano recuerda mediante relatos, no mediante listas de hechos aislados”.

3.

Por otro lado, al escribir también contó mi experiencia como directora del recinto, entre 2018 y 2022. Durante esos años, conviví diariamente con la gente del querido equipo de la Dirección de Museos en los jardines, en el estanque y en la Sala Ponce. Me dolían a diario los muros afectados por los sismos, y confirmé que el patrimonio no solo se administra: se siente, se interpreta y sobre todo se guarda en la memoria corporal de quienes lo habitan.

El Jardín Borda es, en ese sentido, un museo vivo. Sus 27 mil metros de jardines, su arquitectura virreinal, sus estanques y sus rincones evocan lo que Pablo Soler Frost llama “la idea de paraíso”, un espacio donde se entrelazan nostalgia, historia y deseo. La ciudad de Cuernavaca ha proyectado en él sus anhelos y su identidad: es escenario de relatos imperiales, de celebraciones populares, de tardes familiares, de conciertos y exposiciones que marcaron generaciones.

4.

La presentación de la Gaceta de Museos en este mismo recinto no es coincidencia: es una oportunidad para recordar que el Jardín Borda sigue siendo un símbolo cultural de la ciudad y un laboratorio de imaginación histórica. En tiempos en que urge repensar el papel de los museos en México, este número nos recuerda que los recintos culturales no son solo espacios para “ver cosas”, sino lugares donde se construye comunidad, se fortalece la memoria y se imaginan el pasado, el presente y el futuro.

helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: El Jardín Borda y la memoria que nos construye – LA JORNADA MORELOS



lunes, 1 de diciembre de 2025

Un hombre más allá del universo

 


Por Vicente Quirarte y Helena González

1

Recibe al espectador la pintura de Alberto Castro Leñero para la galería de retratos de El Colegio Nacional. El artista transmite mediante pinceladas vigorosas la fuerza de un hombre que no dejó de hacer todo lo que un humano puede: fue pintor, escritor, vulcanólogo, investigador, buscador de oro, divulgador de las artes y por supuesto gran amante. La postura de la cabeza, el gesto adusto y la mirada desafiante lo dicen todo del genio polifacético.

Nos referimos a la muestra curada por el Maestro Luis Rius Caso para la Galería de El Colegio Nacional, en la misma se exhiben obras de pequeño y mediano formato, a diferencia de la voluntad de otras selecciones que optan por el gran formato. En esta en cambio, vemos una faceta poco conocida de Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, como lo bautizó Leopoldo Lugones. Incapaz de someterse a la normatividad de la institución, renunció apenas tres meses después de haber ingresado. Sin embargo, la corporación conserva sus libros y manuscritos originales, lo que facilitó las acuciosas investigación de Rius, quien por su experiencia con el tema de los japonismos vinculados a la obra de José Juan Tablada, encontró allanado el camino para señalar paralelos planimétricos en la obra de Atl.

2

Una de las mayores virtudes de la exposición es que nos sorprende: no sólo por la gran cantidad de obra escrita por el pintor, sino porque descubrimos que el artista siempre es un libro abierto a las múltiples lecturas que cada idea suya despierte. Así, por ejemplo, en el núcleo dedicado al pintor en su faceta de etnógrafo, Rius destaca que entre 1921 y 1927, el Dr. Atl publicó estudios decisivos para la historiografía del arte mexicano: Catálogo de pinturas y dibujos de la Colección Pani (1921), Las artes populares en México (1922) e Iglesias de México (1929). Estos libros, surgidos durante su estancia en el ex convento de la Merced, revelan su interés por el arte popular, la arquitectura religiosa y las vanguardias, en diálogo con Roberto Montenegro y Jorge Enciso, dos de los jasliscienses con los que trabajó en varios momentos de su vida. Aclaramos que vivió en lo que hoy es el Museo de la Ciudad de méxico, porque tenía el encargo de su recuperación.

Este núcleo incluye también su novela autobiográfica Gentes profanas en el convento (1950) y materiales vinculados a la también pintora Carmen Mondragón, Nahui Olin, entre ellos el notable retrato que Atl le hizo a la artista en 1922 (Col. Blaisten).

Aquí encontramos la parte más significativa de la obra narrativa de Atl: Las sinfonías del Popocatépetl (1921), Cuentos bárbaros (1930), Cuentos de todos colores (1936–1946), Un hombre más allá del universo (1935), El Padre EternoSatanás y Juanito García (1938).


En estos libros aparece un paisaje humano que complementa el panorama natural de su pintura: personajes marcados por la crueldad y la ternura, por la miseria, el humor y los claroscuros de la experiencia mexicana.


Sus relatos recogen el habla, las costumbres y las tensiones sociales que Atl conoció como artista, observador político y testigo de la Revolución.
Un hombre más allá del universo destaca como una obra especulativa que investigadores como Roberto Javier Acuña Gutiérrez (2019) consideran la primera novela de ciencia ficción en México.


Los dibujos geométricos y abstractos exhibidos —probablemente hechos para ese libro— dialogan con la exploración imaginativa y las hipótesis visuales que atraviesan su ficción.

3

En sus cuentos es notable la trascripción del habla del pueblo, sobre todo en sus personajes femeninos; pero nos gustaría cerrar con el comentario sobre El cuadro mejor vendido, porque en él Atl despliega una mirada mordaz sobre el mercado del arte: narra cómo un cuadro menor, casi un ejercicio sin importancia para su autor se convierte en una pieza célebre gracias a la especulación, la moda y el entusiasmo artificial de marchantes y críticos. La obra asciende de valor no por su calidad estética sino por un entramado de intereses, exageraciones y deseos ajenos, hasta volverse “el cuadro mejor vendido”. Con este relato, Atl revela con claridad los mecanismos que distorsionan el juicio artístico ayer y hoy. Desmonta, con humor y lucidez, la facilidad con que la opinión pública puede ser moldeada alrededor de una obra. Este heterodoxo que ahora nos invita a leerlo es el que nos llevamos tras haber visitado la muestra de Rius en El Colegio Nacional.

* helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Un hombre más allá del universo – LA JORNADA MORELOS










domingo, 16 de noviembre de 2025

Elogio de la Quinoterapia

 Por Helena González y Vicente Quirarte



Vicente Quirarte y María Helena González*

No tiene importancia lo que yo pienso sobre Mafalda.

Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí.

Julio Cortázar.

1.

En 2025 se cumplen nueve años de la publicación de la séptima edición de Todo Mafalda (Lumen-Penguin Random House, 2016), volumen que reúne por primera vez la casi la totalidad de las tiras creadas por Quino entre 1964 y 1973. Nueve años no es una cifra redonda, pero sí simbólica: el número remite a la edad misma de Mafalda, que en la ficción siempre se mantuvo niña para conservar su lucidez; en cambio. Esa coincidencia ofrece un pretexto poético y reflexivo: la edición tiene la edad de su protagonista, nueve años y podemos preguntarnos si el mundo ha madurado más que ella.

Todo esto porque Vicente llegó a casa armado con el mencionado volumen aclarando que Mafalda le debe a Peanuts de Charles M. Schultz su origen, pues se trata de niños que reaccionan y piensan como tales, aunque sus reflexiones nos dejan más preguntas que respuestas sobre el contexto global -crisis climática, polarización política, saturación mediática y violencia extrema- que se ha agudizado.

Un título más justo sería Mafalda y sus amigos, pues todos ellos son un contrapunto necesario para que Mafalda (el nombre proviene de una novela y del de la hija de Vittorio Emanuelle) ponga en práctica el pensamiento crítico, una de las facultades ejecutivas que reposan en la corteza prefrontal, habilidad del pensamiento actualmente muy valorada en el ámbito educativo. Por lo mismo en las bibliotecas de los colegios debería de ser de más lectura obligada que otras propuestas.

2.

Recientemente, durante la entrega del Premio Crónica, Quirarte reconoció que las tiras cómicas no arruinan el intelecto, como le dijo una profesora hace muchos años: son importantes para formar a futuros lectores. Añade que el diálogo con los amigos Manolito, Felipito, Susanita, Miguelito, Guille y Libertad amplifica el mensaje que el autor argentino desea transmitir. Curioso resulta que en este caso los diminutivos no empequeñecen a los personajes, sino todo lo contrario. Manolito o la necesidad de enriquecerse económicamente y cuyo sueño dorado es convertir el almacén del padre en una cadena multinacional; Susanita o el deseo de tejer comunidad a cualquier precio -incluso el de ser detestable-; Felipe o la inseguridad ante los deberes que el mundo le impone, siempre fantaseando vivir una aventura del Llanero Solitario, dejando para mañana lo que puede hacer hoy; Guille, reflejando los ideales más puros, cuya inocencia le permite hacer preguntas que sonrojan incluso a su hermana mayor; Miguelito desafiando la creencia universal sobre la disyuntiva entre morir de pie o vivir arrodillado, proponiendo la alternativa de subsistir sentados; y Libertad, cuyo pequeño tamaño representa la dimensión del mundo infantil frente al adulto, todos ellos crecen ante nuestra mirada a medida que despiertan nuestra conciencia ética.

3.

Con el libro en la mano, un domingo de noviembre, Vicente y yo también nos preguntamos si las nuevas generaciones que la descubren en memes o ediciones digitales reciben con la misma contundencia el humor crítico de Quino. En la era de la inmediatez este manual ético y estético de resistencia infantil propone el sentido del humor contra la indiferencia, la ternura frente a la indolencia y el pensamiento crítico frente al dogma y por ello debería resonar en Latinoamérica más que las formas de humor embebidas de vulgaridad y narcoviolencia que abundan en la www. Leer a Mafalda equivale a recibir una dosis de elevada quinoterapia, como lo dice Gabriel García Márquez al principio del volumen que recomendamos.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/sociedad/elogio-de-la-quinoterapia/

domingo, 9 de noviembre de 2025

París bien vale una misa, pero ¿y las piezas robadas de las iglesias mexicanas?

Por Helena González

María Helena González*

El saqueo y el tráfico ilícito de bienes culturales no solo priva a las comunidades de sus símbolos materiales, también destruye los lazos espirituales que les dan sentido de pertenencia.

ICOM, México

El espejo de París

El robo de las joyas napoleónicas en la Galerie d’Apollon del Musée du Louvre duró apenas siete minutos. Cuatro hombres, sin armas de fuego, entraron por una ventana con un elevador mecánico y se llevaron ocho piezas históricas. La escena parecería de película si no fuera porque ocurrió en el museo más visitado del mundo. Ese golpe fulminante recuerda que ni siquiera los colosos son invulnerable y nos devuelve inevitablemente a México, donde la memoria de nuestros propios atracos sigue siendo incómoda.

El robo del siglo

El 25 de diciembre de 1985, dos estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México entraron al Museo Nacional de Antropología y sustrajeron 124 piezas prehispánicas. Entre ellas, se citaba la máscara de jade del Señor de Kalakmul. Cuatro años después se recuperaron 111, pero varias jamás volvieron. El caso convirtió al MNA en emblema de vulnerabilidad tanto como de grandeza.

Jardín Borda: un museo herido

En agosto de 2016, en Cuernavaca, desapareció Dunas (1920) de Miguel Covarrubias durante la exposición Adolfo Best Maugard. La espiral del arte. Meses más tarde, otra nota local habló de la pérdida de Motivo tropical, también de Covarrubias. El Centro Cultural Jardín Borda, corazón cultural de Morelos, quedó marcado por la herida silenciosa de esas piezas ausentes.

Iglesias vaciadas

Pero los robos más frecuentes no aparecen en titulares internacionales. Se consuman en parroquias rurales, donde cada domingo desaparece un santo más. Según un editorial del diario local La Jornada Morelos, “la falta de un inventario facilita el robo y hasta la venta de este tipo de artículos en un circuito de millones de dólares… hace algunos años se calculaba que en México eran robadas 26 iglesias a la semana (…) y desaparecían piezas coloniales que podían venderse fácilmente hasta los 150 000 dólares; las entidades más saqueadas eran Puebla, Tlaxcala, Estado de México, Ciudad de México… y desde luego, Morelos” https://www.lajornadamorelos.mx/editorial/el-arte-sacro-mas-que-fe-e-historia/?utm_source=chatgpt.com

De hecho, según datos de distribución nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) vía transparencia, el estado de Morelos no registró denuncias de robo de arte sacro entre 2015 y 2023, salvo el caso de una escultura de San Antonio de Padua sustraída en 2002 en Santiago Apóstol (Jiutepec), recuperada en 2022 en Dallas, Texas https://www.eluniversal.com.mx/cultura/siete-estados-lideran-el-robo-de-arte-sacro-en-el-pais-inah/?utm_source=chatgpt.com

El silencio estadístico puede significar tanto ausencia de robos como falta de denuncias, lo que refuerza la hipótesis de invisibilidad institucional. Especialistas del INAH e ICOM han insistido en que la ausencia de catálogos públicos unificados dificulta la identificación y recuperación de piezas, y alimenta el mercado ilícito.

La hipótesis incómoda

Como hemos dicho, sin bases de datos estandarizadas las piezas se “licúan” y reaparecen en subastas o colecciones privadas. Recordemos que el arte prestigia y las piezas religiosas son especialmente sustanciosas porque suele vinculárseles con linajes familiares asociados con el coleccionismo, cosa que potencia el modus operandi de los llamados “cajueleros”, vendedores de arte que no operan en galerías y no declaran las ventas al fisco.

Lo que falta

Las soluciones no requieren ciencia ficción: un inventario público interoperable; una alerta patrimonial inmediata —como la Alerta Ámbar, pero para el arte—; y medidas básicas de resguardo en parroquias rurales. Las políticas concretas tienen que mandatar la colocación de sistemas de vigilancia con cámaras, detectores de movimiento, alarmas y denuncias obligadas con datos específicos. El chequeo regular de los inventarios debe ser obligado.

Florezcamos como colectividad cuidando lo nuestro

Como investigadora del bienestar, sostengo que la infraestructura invisible de la seguridad también es bienestar en sus versiones de cognitivo, eudemónico, social y económico. Un museo, un templo, una comunidad protegida puede florecer culturalmente. Si “París bien vale una misa” -es decir la inversión en el viaje- es porque todos saboreamos el prestigio de Notre Dame, Sacre-Coeur y Chartres, entre otros sitios icónicos para el turismo.

El robo y la dispersión del patrimonio no solo implican pérdidas simbólicas, socavan también una economía cultural que podría generar empleos, ingresos y desarrollo regional. En este sentido, Carlos Villasenor Anaya ha señalado que la inversión en infraestructura cultural —museos, archivos, equipamiento de iglesias— es parte integral del desarrollo sostenible: proteger las piezas implica también activar el valor económico de lo cultural.

El Consejo Internacional de Museos (ICOM) publicó en 2017 la Lista Roja de Bienes Culturales en Peligro de México y Centroamérica, revisada en 2019 con apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la UNESCO. Este documento no es un inventario de piezas robadas, sino una herramienta preventiva internacional destinada a orientar a aduanas, policías, museos y casas de subastas sobre los tipos de objetos que suelen ser saqueados y traficados ilícitamente.

Categorías de objetos más vulnerables

  • Objetos arqueológicos:
    Cerámica prehispánica, figurillas, máscaras, esculturas y elementos arquitectónicos.
  • Arte virreinal y colonial:
    Lienzos de gran formato, imágenes devocionales, tallas en madera y marfil.
  • Arte sacro:
    Esculturas policromadas, retablos, custodias, cruces procesionales, orfebrería litúrgica.
  • Objetos de museos e iglesias:
    Piezas patrimoniales que, por su tipología o materiales, suelen ser blanco de exportación ilegal.

Advertencias principales de ICOM

  • La mayoría de los saqueos ocurre en contextos rurales: iglesias poco vigiladas, capillas aisladas y yacimientos arqueológicos sin resguardo.
  • Cada robo implica la pérdida no solo de un objeto artístico, sino también la ruptura de la memoria espiritual y cultural de comunidades enteras.
  • El tráfico ilícito priva a los pueblos de sus símbolos de identidad, debilitando su cohesión social y sus tradiciones. No olvidemos además que las fiestas patronales forman parte del patrimonio cultural inmaterial de los pueblos y éste se asocia con el turismo cultural nacional, por lo que debemos asociarlo con la economía cultural.

📖 Referencia APA 7

International Council of Museums. (2019). Red List of Endangered Cultural Objects of Central America and Mexico. ICOM. https://icom.museum/en/ressource/red-list-of-endangered-cultural-objects-of-central-america-and-mexico/

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/sociedad/paris-bien-vale-una-misa-pero-y-las-piezas-robadas-de-las-iglesias-mexicanas/

lunes, 20 de octubre de 2025

Cartas encontradas, un homenaje a Rosario Castellanos

 

PorJazmin Aguilar

Este fin de semana, la Feria Internacional del Libro Malcolm Lowry llenó el Museo de la Ciudad con una amplia oferta de actividades literarias. El segundo día abrió con un homenaje a Rosario Castellanos, en el que nuestros queridos amigos jornaleros Vicente Quirarte, María Helena González y Ángel Cuevas dialogaron en torno al libro Cartas encontradas (1966-1974), que reúne el intercambio epistolar entre la escritora y Raúl Ortiz y Ortiz.

El homenaje estuvo acompañado por la voz y la guitarra de Jessica Hamed, cantautora y colaboradora de este periódico. Quien interpretó versiones musicalizadas de los poemas Los adioses, La tierra que piso y El otro. Una propuesta inédita que tuvo su estreno durante la feria.

Cartas Robadas

Ángel Cuevas fue el primero en abrir el conversatorio. Señaló que el libro resulta imprescindible no sólo por su alta calidad literaria, sino también porque constituye un testimonio de la profunda amistad entre Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz. Además, dijo, es un valioso documento que permite asomarse a los acontecimientos y protagonistas más relevantes de la vida cultural y política de los años sesenta y principios de los setenta, principalmente en México, aunque también en el contexto internacional, dada la naturaleza cosmopolita de ambos autores.

Cuevas subrayó que el libro cubre una laguna importante en la vida y obra de Castellanos, ya que en sus cartas le cuenta a su amigo las vicisitudes que enfrentó durante su estancia en Israel, así como los proyectos literarios que debió interrumpir tras el estallido de la guerra de Yom Kippur, a finales de 1973.

Relató, además, que las cartas originales enviadas fueron sustraídas de la biblioteca de Ortiz. Por esa razón, la primera edición que se publicó llevó por título Cartas robadas, elaborada a partir de copias fotostáticas que el propio Ortiz había conservado con previsión. Cuevas recordó también que, gracias al trabajo y la tenacidad de María Helena González, presente en el podio, se logró una nueva edición del libro, que estuvo a punto de no ver la luz ante el desinterés de diversas instituciones. Finalmente, fue Óscar Ortiz, sobrino del autor, quien financió la publicación definitiva, concretando así un esfuerzo editorial que requirió años de trabajo minucioso y de perseverancia para poder materializarse.

La ciudad de Jerusalén

El escritor y ensayista Vicente Quirarte, compartió el texto Bitácora de una amistad, donde reconstruyó la presencia de Rosario en Jerusalén, ciudad que él también habitó como segundo ocupante de la cátedra que lleva su nombre. Describió la diversidad humana de la ciudad y la fuerza simbólica de la urbe que resume lo mejor y lo peor de las pasiones humanas. Desde ese paisaje, Quirarte reflexionó sobre la labor diplomática de Castellanos y su papel como “fugaz embajadora de la cultura”, cuya estancia en Israel marcó un antes y un después en su vida y en la de otros escritores mexicanos.

Al referirse a Cartas encontradas, destacó el doble sentido del título como un hallazgo de materiales inéditos y un cruce epistolar que revela la amistad entre autores: “la amistad es el único vínculo exclusivamente humano, que requiere cultivo, inteligencia y constancia”. Mencionó además el trabajo de Ángel Cuevas y Hernán Lara Zavala, quienes contribuyeron a rescatar el epistolario y a darle forma en la edición, donde las cartas y fotografías reconstruyen la sensibilidad íntima de la autora.

Gracias a esas cartas, afirmó, podemos apreciar a una Rosario con sentido del humor, capaz de convertir la tristeza en lucidez. “Toda su obra está impregnada de una melancolía salvada por la precisión de su lenguaje”, dijo. De haber vivido más tiempo, agregó, hoy Castellanos tendría cien años y sería integrante del Colegio Nacional, como anticipaban ya las ideas plasmadas en Mujer que sabe latín y en su tesis de licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras, textos fundamentales para el feminismo mexicano.

“Leemos sus cartas como literatura”, concluyó, “no sólo por su lenguaje claro y elegante, sino porque revelan sus emociones más íntimas, la cotidianidad de su vida académica en Houston, su paso por Israel y la odisea de una mujer que supo transformar la experiencia en pensamiento.”

El pensamiento vuelto papel

Durante su intervención, María Helena agradeció a los gestores culturales que continúan creyendo en el libro como un objeto de conocimiento y pensamiento, afirmando que “las ferias del libro son pensamientos de papel dispuestos a ser leídos por otros”.

En torno al nuevo epistolario, subrayó el valor de estas cartas no radica solo en su carácter inédito, sino en el modo en que permiten escuchar la voz íntima y profesional de una mujer que se asumía como escritora, madre y pensadora. “Rosario era una profesional de la cultura, una mujer de carne y hueso que enfrentó la maternidad desde la razón y no desde el romanticismo”, señaló.

María Helena destacó la conciencia estética y narrativa de Castellanos, quien sabía que sus cartas, aunque personales, algún día serían leídas como documentos literarios. Por ello, consideró que el epistolario tiene un valor como testimonio de época y como obra de reflexión sobre el yo consciente. Retomando a Vicente Quirarte, recordó el episodio de la muerte de la autora al limpiar una lámpara, símbolo que, dijo, “le dio la ironía de marcharse en brazos de la luz”.

Finalmente, concluyó que hoy las lectoras se acercan a Rosario Castellanos no solo desde la admiración literaria, sino como parte de un diálogo contemporáneo con su pensamiento y su lucidez. “Después de años de insistencia, este epistolario nos permite leerla de nuevo, con la conciencia de su tiempo y la vigencia de su mirada. Es una lástima que se haya marchado en su plenitud”, afirmó.

Ángel Cuevas abrió el conversatorio con una reflexión sobre el valor testimonial y literario de Cartas encontradas, obra que documenta la amistad entre Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz, a su izquierda el escritor Vicente Quirarte, la crítica de arte María Helena González y la música Jesica Rivera Hamed. Foto: Jazmin Aguilar.

Vicente Quirarte compartió un texto donde reconstruyó la estancia de Rosario Castellanos en Jerusalén y su papel como “fugaz embajadora de la cultura mexicana”. Foto: Jazmin Aguilar



Rosario Castellanos en cartas: amistad, complicidad y memoria

 


Por María Helena González*

1.

Los libros de cartas tienen un poder especial: nos acercan a los escritores sin la solemnidad de sus obras, como si pudiéramos escuchar sus confesiones a media voz. Cartas encontradas (1966-1974) -Fondo de Cultura Económica, Tezontle, 2022-, reúne la correspondencia entre Rosario Castellanos y su amigo Raúl Ortiz y Ortiz. No son cartas para la historia política ni documentos oficiales; son los mensajes que dos amigos se enviaban, llenos de complicidad, humor, confidencias y desahogos. Y precisamente ahí radica su fuerza: en mostrarnos a una de las escritoras más importantes de México en su dimensión más humana.

Rosario, ya para entonces una figura destacada de la literatura mexicana y embajadora en Israel, aparece en estas páginas lejos de los homenajes y las fotografías oficiales. La vemos escribiendo sobre sus clases en Jerusalén, las rutinas de la embajada, la crianza de su hijo Gabriel —compartida con la nana y el chofer— y la soledad de una mujer separada, que buscaba sostenerse en la escritura y en la amistad. Estas cartas nos permiten asomarnos a la mujer de carne y hueso que preparaba informes diplomáticos mientras luchaba contra la depresión y al mismo tiempo encontraba en la literatura su “espina dorsal”.

2.

El libro emociona porque nos deja acompañar a una Rosario que se queja del correo lento, que celebra los regalos que le envía su amigo —una falda, unos papadzules—, que se ríe, que recuerda, que se duele. Ortiz y Ortiz, a su vez, le responde con afecto y consejos, con un tono de complicidad que por supuesto nunca cruza la frontera erótica. Es la amistad hombre-mujer puesta en letras: el refugio que da la confianza sin condiciones.

El lector aprende también que los epistolarios son más que simples colecciones de cartas. Forman parte de lo que se llama “literatura del yo”, junto con las memorias y las autobiografías. A diferencia de las biografías, que construyen un relato ya elaborado, las cartas muestran la vida en proceso, con repeticiones, cambios de ánimo y hasta silencios que dicen tanto como las palabras. De ahí su valor pedagógico: enseñan a leer entre líneas, a entender cómo un creador va construyendo su obra y su identidad en diálogo con los demás.

Además, el libro funciona como un documento histórico. Entre bromas y confidencias, aparecen los ecos de una época: el ambiente cultural de los años sesenta y setenta, la vida diplomática, los viajes, los amigos escritores y artistas. Nos enteramos de las dificultades del correo internacional, de la vida en Tel Aviv bajo el gobierno de Golda Meir, y de la fragilidad de una mujer que, aun sintiéndose vulnerable, nunca dejó de escribir.

3.

¿Por qué nos atraen tanto estos libros de cartas? Quizás porque en ellos encontramos lo que la literatura suele disimular: la voz sin maquillaje, la confesión íntima, el reconocimiento de debilidades y afectos. Y al mismo tiempo, nos devuelven la certeza de que la escritura puede ser también un acto de compañía y de resistencia.

Con Cartas encontradas, Rosario Castellanos vuelve a nosotros no solo como la poeta y narradora que abrió caminos al feminismo y a la reflexión sobre la identidad, sino como amiga, madre, mujer que se permitió la ironía, la ternura y el humor. Leer sus cartas es acompañarla en ese tránsito, y entender que —como escribió ella misma— “debe de haber otro modo de ser humano y libre”.

¡Ah, y por supuesto, también hay que decirlo!, lamento que no contemos con todas las cartas (las que conocemos llegaron fotocopiadas a quienes se encargaron de empujar el proyecto) y por lo mismo no podamos hacer la lectura íntegra del diálogo entre amigos.

*helenagonzalezcultura@gmail.com


Foto: UNAM


domingo, 5 de octubre de 2025

“Miguel Covarrubias, una mirada sin fronteras”, inolvidable recorrido

 Por Helena González y Vicente Quirarte 


Vicente Quirarte y María Helena González*

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Hace unos días cerró su ciclo, en el Palacio de Iturbide (CDMX) una amplia revisión de la obra de Miguel Covarrubias, una de las exposiciones más vivas de los últimos años[1]. Dibujante, caricaturista, cartógrafo y etnógrafo visual, este autor, a quien se le montó un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes en 2005 y una muestra anterior en el extinto Centro Cultural Arte Contemporáneo de Televisa, destaca en la historiografía del arte mexicano porque logró moverse con naturalidad entre el humor y la pedagogía, entre el trazo fluido y el interés por mostrar la diversidad cultural del mundo desde muy joven.

A la cita acudimos Vicente y yo invitados por Ignacio Monterrubio, subdirector de Fomento Cultural Banamex, quien ha mostrado una visión clara y consistente en proyectos como la apertura de la Casa Villa de Antequera en Oaxaca —el sexto recinto cultural de la institución bancaria en el país—, donde coordinó la adecuación de espacios históricos con tecnología, seguridad y climatización para exhibiciones de alto nivel. Por su trayectoria y sensibilidad hacia el patrimonio, bien hubiera sido deseable que Monterrubio quedara al frente de Fomento Cultural, como garante de esa vocación de preservar y difundir el arte y la cultura mexicanos en tiempos de transición. Ojalá que con la reciente adquisición de Citybanamex por parte de Fernando Chico Pardo se fortalezca el compromiso cultural que ha definido a esta institución encabezada por por Cándida Fernández de Calderón por más de tres décadas.

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Vuelvo al comentario: siendo apasionado de Herman Melville, no me extrañó que casi al final del recorrido Vicente me haya dicho entusiasmado: “ese libro yo lo tengo” refiriéndose a Typee, obra que recrea la estancia de Melville en las islas Marquesas, ilustrado por Covarrubias, quien alli encontró el material que lo covertiría en un importante etnógrafo, como después lo demostró en sus libros dedicados a América. Éstos fueron inicialmente publicados en inglés, editados por Alfred Knopf y postriormente traducidos por la UNAM en una edición pulcra y cuidada, tanto en su tipografía como en las ilustraciones. Viéndolas se siente el entusiasmo y la erudición que estas culturas despertaron en Covarrubias. Otra cosa que nos impactó fue su capacidad de traducir el ritmo de los negros a la línea que los representa, tan diferente de los trabajos de Bali.

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Yo, en cambio, quedé prendada de las entrevistas imposibles. Son piezas doblemente originales y propositivas: combinan la caricatura con un diálogo ficticio, escrito en tono satírico, entre dos personajes públicos que nunca se habrían encontrado. Covarrubias trabajó en ellas en revistas como Vanity Fair y Vogue entre 1931 y 1935, y el resultado es fascinante.

Algunas de esas entrevistas enfrentan a Gandhi con la evangelista Aimee Semple McPherson; a Stalin con Rockefeller; a Freud con Jean Harlow; o a María de Rumania con Mae West. Son choques de mundos, juegos irónicos con la celebridad de la época. Y lo notable es que la caricatura de Covarrubias nunca es grotesca: es elegante, estilizada, de líneas fluidas y colores sobrios pero vibrantes. La ironía no degrada a los personajes, los vuelve más humanos y más cercanos al lector.

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Al salir del Palacio de Iturbide rumbo al Casino Español, en donde siempre se come muy bien, comentábamos que Covarrubias supo mirar el mundo con ojos de niño y que su Nueva York no es solo escenario: es laboratorio cultural donde convivían el jazz, los cabarets de Harlem, la moda, el cine y el cruce constante de lenguas y acentos.

Para Vicente y para mí, esa ciudad sigue siendo una pasión compartida, un punto de fuga que se explica apenas poner los pies en cualquiera de sus avenidas. Esa tarde volvimos a redescubrir la vitalidad de aquel Nueva York de entreguerras y comprobamos una vez más que el arte, cuando es auténtico, conecta geografías, épocas y sensibilidades en un mismo pulso.

*helenagonzalezcultura@gmail.com






  1. Si usted no la vio, aquí tiene algunos libros en los que podrá apreciar el trabajo de este artista:

    Miguel Covarrubias: homenaje. (1987). México, D.F.: Centro Cultural Arte Contemporáneo, A.C. / Fundación Cultural Televisa. Catálogo de exposición (febrero–mayo de 1987), 261 pp. 

    Navarrete, S. (1993). Miguel Covarrubias: artista y explorador. México, D.F.: Dirección General de Publicaciones, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). 139 pp. ISBN 968-295-707-9. 

    Navarrete, S. (2004). Miguel Covarrubias: retorno a los orígenes = A return to origins (ed. A. Tovalín Ahumada). Puebla: Universidad de las Américas Puebla; México: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). 196 pp. ISBN 968-6254-63-3 (UDLAP); 968-03-0058-7 (INAH).  











domingo, 14 de septiembre de 2025

Los 1000 de La Jornada Morelos

 Por Helena González y Vicente Quirarte

Vicente Quirarte y María Helena González*

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Los grandes escritores han sido principalmente periodistas: José Joaquín Fernández de Lizardi fue el primer mexicano en demostrar que la letra es más poderosa que la espada y se convirtió en el autor de la novela El periquillo sarniento. Su labor en los periódicos ha sido recopilada por María Rosa Palazón en uno de los volúmenes con mayor número de páginas de la Nueva Biblioteca Mexicana de la UNAM. De ahí en adelante todos los escritores pasaron por las filas del periodismo hasta llegar a fines del siglo XIX, cuando el aumento de los periódicos fue impresionante. Cuando Manuel Gutiérrez Nájera escribía sus crónicas había en México cerca de 100 periódicos. Debemos a Boris Rosen Jelomer la publicación en libros de las obras de Guillermo Prieto, Francisco Zarco e Ignacio Ramírez; a Nicol Giron, las de Ignacio Manuel Altamirano; a Fernando Ortiz Monasterio, las de Manuel Payno; y a Jorge L. Tamayo las de Benito Juárez.

Todo esto para decir que no hay arte mayor y menor, periodismo y literatura han ido estrechamente de la mano tejiendo las ideologías de las diversas comunidades que conforman el público lector. “La lectura del periódico es la oración matutina del hombre civilizado”, decía Hegel, pero no es lo mismo el grato gozo de leer el periódico que hacerlo, pues además de las colaboraciones de los autores más diversos que se ensayan cotidianamente en las lides del lenguaje, se requiere de un equipo de reporteros, cronistas, fotógrafos, diseñadores y de quien guíe desde el perfil editorial del diario la factura que mejor capture la atención del público interesado en la odisea del acontecer cotidiano. La Jornada Morelos cumple 1000 números gracias a la conducción de Enrique Balp, pero gracias también a sus lectores. Sin el diálogo conjunto no tendría sentido la ingente labor. Además, en un mundo en crisis como el nuestro, Balp ha sabido sortear mares procelosos y mantener una línea equilibrada que busca la verdad.

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José Iturriaga de la Fuente, Miguel Izquierdo Sánchez, Jesús Zavaleta Castro, Hélène Blocquaux, Oralba Castillo Nájera, Roberto Abe Camil, Alma Karla Sandoval y Lya Gutiérrez pueden dar fe de que la gimnasia diaria de escribir permite que sus obras respiren con mayor libertad. Todos ellos saben que el periodismo impone una disciplina rigurosa: no respeta autores, fija un límite de palabras y establece una fecha de entrega inaplazable. No es casual que resulten legendarias las correcciones que José Emilio Pacheco hacía a sus Inventarios, verdaderas enciclopedias donde vertía tanto sus propios conocimientos como los de otros. En nuestro caso, el de dos personas que nos sentamos a escribir una colaboración conjunta para el diario, esa misma exigencia se convierte en un estímulo que nos invita a revivir y compartir nuestra experiencia. Más que un sacrificio, el proceso se vuelve un gozo. Por ello, gracias a La Jornada Morelos.

Pero no todos los que saben leer, saben leer, decía Lizardi, significando con esto que hay mentes que no captan lo que subyace en los documentos escritos. En nuestro caso intentamos unir dos vertientes en un mismo río y repartir equitativamente los hallazgos y las culpas, pues no siempre miramos las mismas cosas. ¿O sí? El lector tiene la última palabra.

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En un país en el que cada vez se lee menos, el esfuerzo de quienes se atreven a ser periodistas vale oro, no sólo arriesgan su vida: se exponen a ser invisibles, a que nadie los lea. En este transitar de letras, que vengan otros mil y mil más.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/plaza/los-1000-de-la-jornada-morelos/