Por Helena González y Vicente Quirarte
Vicente Quirarte y María Helena González*
No tiene importancia lo que yo pienso sobre Mafalda.
Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí.
Julio Cortázar.
1.
En 2025 se cumplen nueve años de la publicación de la séptima edición de Todo Mafalda (Lumen-Penguin Random House, 2016), volumen que reúne por primera vez la casi la totalidad de las tiras creadas por Quino entre 1964 y 1973. Nueve años no es una cifra redonda, pero sí simbólica: el número remite a la edad misma de Mafalda, que en la ficción siempre se mantuvo niña para conservar su lucidez; en cambio. Esa coincidencia ofrece un pretexto poético y reflexivo: la edición tiene la edad de su protagonista, nueve años y podemos preguntarnos si el mundo ha madurado más que ella.
Todo esto porque Vicente llegó a casa armado con el mencionado volumen aclarando que Mafalda le debe a Peanuts de Charles M. Schultz su origen, pues se trata de niños que reaccionan y piensan como tales, aunque sus reflexiones nos dejan más preguntas que respuestas sobre el contexto global -crisis climática, polarización política, saturación mediática y violencia extrema- que se ha agudizado.
Un título más justo sería Mafalda y sus amigos, pues todos ellos son un contrapunto necesario para que Mafalda (el nombre proviene de una novela y del de la hija de Vittorio Emanuelle) ponga en práctica el pensamiento crítico, una de las facultades ejecutivas que reposan en la corteza prefrontal, habilidad del pensamiento actualmente muy valorada en el ámbito educativo. Por lo mismo en las bibliotecas de los colegios debería de ser de más lectura obligada que otras propuestas.
Recientemente, durante la entrega del Premio Crónica, Quirarte reconoció que las tiras cómicas no arruinan el intelecto, como le dijo una profesora hace muchos años: son importantes para formar a futuros lectores. Añade que el diálogo con los amigos Manolito, Felipito, Susanita, Miguelito, Guille y Libertad amplifica el mensaje que el autor argentino desea transmitir. Curioso resulta que en este caso los diminutivos no empequeñecen a los personajes, sino todo lo contrario. Manolito o la necesidad de enriquecerse económicamente y cuyo sueño dorado es convertir el almacén del padre en una cadena multinacional; Susanita o el deseo de tejer comunidad a cualquier precio -incluso el de ser detestable-; Felipe o la inseguridad ante los deberes que el mundo le impone, siempre fantaseando vivir una aventura del Llanero Solitario, dejando para mañana lo que puede hacer hoy; Guille, reflejando los ideales más puros, cuya inocencia le permite hacer preguntas que sonrojan incluso a su hermana mayor; Miguelito desafiando la creencia universal sobre la disyuntiva entre morir de pie o vivir arrodillado, proponiendo la alternativa de subsistir sentados; y Libertad, cuyo pequeño tamaño representa la dimensión del mundo infantil frente al adulto, todos ellos crecen ante nuestra mirada a medida que despiertan nuestra conciencia ética.
3.
Con el libro en la mano, un domingo de noviembre, Vicente y yo también nos preguntamos si las nuevas generaciones que la descubren en memes o ediciones digitales reciben con la misma contundencia el humor crítico de Quino. En la era de la inmediatez este manual ético y estético de resistencia infantil propone el sentido del humor contra la indiferencia, la ternura frente a la indolencia y el pensamiento crítico frente al dogma y por ello debería resonar en Latinoamérica más que las formas de humor embebidas de vulgaridad y narcoviolencia que abundan en la www. Leer a Mafalda equivale a recibir una dosis de elevada quinoterapia, como lo dice Gabriel García Márquez al principio del volumen que recomendamos.
*helenagonzalezcultura@gmail.com
Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/sociedad/elogio-de-la-quinoterapia/
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