lunes, 26 de octubre de 2020

Vas a ver: A propósito del Día de Muertos

 1.

Una de las lecturas que más me ha sorprendido sobre la idea de la muerte es el ensayo que escribió Ikram Antaki inspirada en lo expresado por el longevo Edgar Morín, por la potencia de sus conclusiones y su capacidad de vincular conceptos. La antropóloga de origen sirio llega a la conclusión de que son dos ideas fundamentales las que nos caracterizan a los homo sapiens: la idea de la muerte-renacimiento y el mito del doble En su Historia de la Muerte (Grandes Temas/Arte, Joaquín Mortiz, 2002) aclara también que ambas creencias son proyecciones de la estructura de la reproducción, es decir, la manera en la que la vida se organiza para permanecer.
La idea de la muerte-renacimiento incluye la noción de la vida en el más allá y la reencarnación. La segunda -nuestro doble-, se concreta en la extendida idea del alma que vuelve periódicamente al reino de los vivos. En México esta creencia fundamenta nuestros ya conocidos rituales, el Miquixtli señaladamente, aunque también concebimos en nuestro país, al espíritu individual vagando por el inframundo, sufriendo lo indecible.
El Miquixtli en Morelos es tradición desde hace casi tres décadas. Se decoran las casas con altares personalizados -la perturbación de la muerte no existiría, si la individualidad de la muerte no fuera reconocida, dice la citada escritora-. Se ornamentan las tumbas en los panteones. El de Ocotepec es el más conocido. En esta ocasión y a pesar de que se reconoce como Patrimonio Cultural de la Humanidad lo que allí se realiza, no se recibirá a los miles de visitantes que cada año buscan encontrarse en la identidad de las repeticiones cíclicas.
Ojalá que la  pandemia no esté matando a la muerte.
De estas particularidades charlamos hace poco con los brillantes investigadores  Adalberto Ríos Szalay y Jesús Zavaleta Castro, en “Cómo vemos México”, programa de TV producido por el Instituto Morelense de Radio y Televisión (IMRYT), que hemos estado bordando con toda la ilusión del mundo para usted, querido lector.
2.
Otra de las cosas que suena contundente en el ensayo de la Antaki, es que ningún grupo humano jamás abandonó a sus muertos sin rituales. Desde las tribus más antiguas queda como dato la sepultura, con las formas que a cada cultura gusten más.
Y me parece que en esta época de híper-consumos esta característica ha tomado formas que van de lo curioso a lo cursi. Hace poco escribí para una prestigiada revista de la UNAM sobre esas capillitas que marcan en la vía pública el lugar en el que el difunto pasó a mejor vida, otra manera en la que la sociedad se autorreproduce, concibiendo al cuerpo como un ente que se resiste a morir y requiere mercancías y comodidad. A esto hay que añadir el moderno exhibicionismo del dolor y el folklor que nos caracteriza a los mexicanos.
3.
Esos pequeños monumentos pueden ser simples apilamientos de piedras, que buscan recordar al caído en desgracia en la vía pública, o cruces como las que dividen los linderos entre los pueblos. Pero lo más común es que se trate de altarcitos y capillitas. Estos monumentos funerarios casi siempre urbanos, cuentan con varios elementos constitutivos y postura estética. Su importancia crece en el ánimo familiar porque a todos nos aterra pasar desapercibidos.
No dejo de destacar que dichas edificaciones manifiestan el miedo a ser víctimas de la violencia de nuestros semejantes. No dejamos de señalar que hoy, que se destaca el cuerpo heroico, violento y violentado, estas edificaciones laicas suelen contener alusiones trágicas estetizadas y poéticas del héroe romantizado. Tampoco dejamos de ver que la desigualdad que caracteriza la vida se repite para la muerte, generándose en términos de inversión de recursos, la diferencia entre un monumento mayor y uno menos ostentoso. En este sentido destaca el recuerdo del fiel perro, al que se le dedica un poco de historia de cemento, su propio memento mori. Así la vida de la muerte. FIN

Por María Helena González / helenagonzalezcultura@gmail.com

lunes, 19 de octubre de 2020

Vas a ver: Símbolos divorciados

 1.

Como la receta de los famosos “huevos divorciados”, de colores opuestos, dos de los símbolos identitarios más persistentes en nuestro imaginario colectivo ocuparon esta semana muy buen espacio en los diarios del país. ¿La razón? Los monumentos civiles y los objetos artísticos están más vivos de lo que comúnmente se cree. 
La escultura dedicada a Cristóbal Colón, ubicada en la glorieta del mismo nombre, en Paseo de la Reforma, en la CDMX, y el llamado Penacho de Moctezuma (que no es penacho, ni perteneció al Tlatoani) “se subieron al ring” porque la herida abierta de la Conquista sigue generando opiniones aparentemente irreconciliables. De un lado lo indígena idealizado, del otro lo español vilipendiado.
¿Dónde quedó la idea de unidad nacional construida durante tantos años, a fuerza de discursos que pretendían homogeneizar a las diversas culturas originarias, mezcladas con lo español también simplificado?
Curiosamente no se entiende que el llamado “Descubrimiento de América” no es lo mismo que La Conquista, un proceso de sincretismo que incluye compleja evangelización y aculturación, que dio como resultado la poesía y los textos de Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora, o nuestra magnificente arquitectura barroca.
Lo cierto es que los símbolos artísticos de los que hablamos, representan la sangre y la opresión. El odio que desde el ámbito cultural aviva el fuego del discurso político actual. Un discurso político que se decora con la muestra “Aztecas”, montada en el Museo Etnológico de Viena.
Lo malo en todo este asunto es que se olvida que estamos obligados a proteger, conservar, restaurar y divulgar muchísimas más piezas del patrimonio cultural, a las que no se les invierte ni la atención, ni los recursos indispensables. Se olvida la “multiculturalidad”, concepto paradójicamente también impuesto desde el discurso político. 
2.
El año entrante se cumplirán 700 años de la fundación de México Tenochtitlan (20 de junio), 500 años de la caída ante los conquistadores españoles (13 de agosto) y 200 de la consumación de la Independencia (27 de septiembre). Anticipamos que el 2021 nos sabrá a puro raspón identitario. Se abrirán aún más las heridas que dieron origen a la expresión “hijos de la chingada”, como máximo vituperio, al tiempo que representa a la raza mancillada por la violencia que nace del choque de las culturas.
De poco servirá recordar que la famosa pieza que se exhibe en Viena, fue parte de un regalo hecho a la Corona Española por el Tlatoani Moctezuma. Que “el que da y quita, con el diablo se desquita”.
Hay que escuchar las explicaciones de la Dra. María Olvido Moreno, una de las restauradoras de la pieza, para entender que el bellísimo y plumífero artefacto se empleaba más bien a manera de capa y que por su precario estado de conservación, no se puede mover ni un milímetro de donde está. Busque usted en internet, allí el video de YouTube y lo publicado en https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/el-penacho-de-moctezuma.
3.
Por cierto que a los morelenses nos debería ocupar también el asunto de los símbolos divorciados. Recordemos que la escultura de piedra que representa al Tlatoani Cuauhtémoc, que estaba al lado de los Patios de la Estación (que en algún momento fue brutalmente pintado de dorado) sustituyó al Hernán Cortés de bronce, que mandara hacer Don Manuel Suárez para el Casino de la Selva, luego donado al municipio de Cuernavaca. Tal sustitución nunca se explicó y menos se nos dijo dónde fue a parar el Cortés.
Previamente se hizo justicia simbólica. Si Diego Rivera lo retrató como sifilítico en Palacio Nacional, aquí no nos quedamos atrás. Mal pintado de color “verde alberca”, obedeciendo a una muy mala idea de conservación, fue “decorado” junto con su caballo con lágrimas rojas, mientras estaba en la Avenida Teopanzolco y finalmente terminó en un deshuesadero municipal.
Así la potencia de los símbolos; las ópticas nacionalista, patriotera, histórica y diplomática enfrentadas.
4.
Estoy feliz porque la iniciativa Efimuseos, que impulsa Interactividad Cultural A.C., una ONG reconocía por la UNESCO para la salvaguardia del patrimonio cultural, cuenta ya con el apoyo de gran cantidad de personas que cuentan con  excepcional trayectoria en la dirección y las diversas áreas de actividad de los museos. Esperemos el estímulo fiscal pueda generar los recursos tan indispensables requeridos por los museos para su conservación y operación. FIN

Por María Helena González / helenagonzalezcultura@gmail.com

https://www.diariodemorelos.com/noticias/vas-ver-s-mbolos-divorciados

lunes, 12 de octubre de 2020

Vas a ver: Mafalda y Quino

 1.

A decir de algunos psicoanalistas, los seres humanos somos “construcciones psicosociales complejas, movidas por conflictos internos y externos”, pero ¿cómo expresar esto en términos sencillos? Para resolverlo, pienso en Quino, uno de los más lúcidos analistas de la condición humana.
Si Charles Dickens creó personajes que luego dijo se le aparecían en la realidad, a la Mafalda de Quino le damos vida nosotros, los lectores que aspiramos a pensar como ella, a su claridad mental, a su ética. Y es que aunque Quino llegó a decir “soy tan cretino como Susanita y me gustaría ser tan bueno con el dinero como Manolito”, creó una narrativa imagen-lenguaje única en la cultura contemporánea.  

2.
No me da vergüenza decir que en el tránsito de primaria a secundaria me acompañaron los esos cuadernillos alargados, en los que la niña del moño sobre el cabello esponjado nos revelaba las ironías del mundo. Confieso también que los domingos esperaba con gusto la llegada del periódico Excélsior, porque aparecían “los monitos” (otro día les cuento sobre mi afición a los crucigramas).
Creo firmemente en el poder pedagógico de la caricatura; mal hacemos en desdeñarla con el mote de “cultura popular” metiendo todas sus variedades en el mismo cajón. Tal vez por eso el museo de la caricatura está tan solo: no sabemos apreciar esa potente relación imagen-palabra, de la que es capaz el caricaturista o “monero”.
Mafalda fue, o es, más que una tira cómica. Es una forma generacional de ver el mundo, con todo y el cúmulo de idealismos y aspiraciones que lo mueven. No todo es un desastre. Mafalda es la niña-vieja arquetipal enfrentada al establishment, un status quo representado por las rubias teñidas, “lo falso total”, según el autor.

3.
Joaquín Lavado, Quino, fue el caricaturista argentino más famoso de la posmodernidad. Se sentía culpable por haber abandonado Bellas Artes, decía que había que estudiar a los clásicos, pero inventó una manera de comunicarse gráficamente (sin manchas, ni asegurados) que hizo época. Influido por el Snoopy y el Charlie Brown de Schultz (quien a su vez lo elogiaba) quería representar a una familia de carne y hueso que fuera como todas y lo logró con un éxito inesperado.
El primer tiraje del libro, conformado por 240 tiras se agotó en 5 días, porque según él, retrató los ideales de los años sesenta. Hoy, que la vida se nos va en mantener un salario, vivir cómodamente, mirar series de Netflix y sortear el COVID, difícilmente entenderíamos la insistencia de una niña en no querer comerse la sopa, servida neciamente por la autoridad. Porque poco se ha dicho, pero la sopa de Mafalda es un código que Quino se inventó para hablar de los regímenes dictatoriales que tuvieron que “tragarse” los argentinos. Y por cierto, a Mafalda no la censuraron en Argentina, pero Pinochet sí la prohibió en Chile.

4.
Bendito Dios que Quino nunca se vio en la disyuntiva de ponerle un iPhone en las manos a sus personajes, y no lo digo porque al autor, desaparecido hace unos días, a los 88 años de edad no le gustaban los teléfonos celulares, sino porque Mafalda le hubiera tenido que dar en la cabezota a Manolito, Felipe y Guille con él y eso se habría visto muy feo. FIN

Por María Helena González / helenagonzalezcultura@gmail.com

https://www.diariodemorelos.com/noticias/vas-ver-mafalda-y-quino


lunes, 5 de octubre de 2020

Vas a ver: “El espía de Franco”, de Rius

 1.Otra vez España. Y México. Dos espacios unidos indefectiblemente. Inseparables desde el barroquismo en que coinciden sus almas (aunque se quiera de mal gusto la palabra Barroco hoy en día). O mejor dicho, dos países enlazados simbióticamente, por más que de tiempo atrás se les venga separando en el terreno de las ideologías: por un lado lo prehispánico idealizado, por el otro lo español vilipendiado. Así la conquista, las colonializaciones.

Luis Rius, crítico e historiador del arte -va junto con pegado, pero no es lo mismo-, escribió “El espía de Franco” (Alfaguara, 2019), un libro sobre la España asentada en México en los años cincuenta, con el pretexto de la muerte de un tal José Gallostra, al que le traía ganas más de un individuo: los franquistas, los republicanos, los anarquistas y los maridos de las mujeres que le gustaban.
No podía faltar en su historia, sumamente gozable desde varios puntos de vista, la historia de un tal Domingo, de oficio pintor, que enfrenta el reto de componer un mural en el que aparecen el asesinado, los posibles autores intelectuales del crimen y otros asuntos del medio siglo mexicano que hoy miramos con nostalgia. Nuestra fibra patriótica se cimbra -y se completa-, cuando nos vemos recordando con añoranza los lugares a los que hemos ido a dar cuenta de sabrosas piernas de jamón serrano, tortillas de patata, fabes cocidas con chorizo o los pasteles de la vasca. Aparecen nombrados con frecuencia El Danubio, El Hórreo de “Mundo”, El Casino Español, el Centro Asturiano, el Club España, el Café Tupinamba, el Café París y otros lugares que le servirán a Rius para co-crear en nuestra imaginación el ambiente del Rincón Manchego, espacio central de la novela en el que sucederán, durante su segunda mitad, los hechos importantes.

2.
Resultado de una investigación de diez años, Rius, sale exitoso del reto de incluir detalles de la vida real en la novela, como cuando cuenta que el Padre Maciel fue erigido canónicamente como líder de los Legionarios de Cristo en Cuernavaca, ciudad que valga la pena decir, aparece reiteradamente como destacado escenario de los hechos, entre otras cosas, porque aquí muchos tienen una casa con piscina, en donde se viven “weekends con grandes partidas de baraja”.
Pero lo más gozable, querido lector, es cuando el autor aprovecha para comentar los murales de José Renau en el Casino de la Selva; un retrato inspirado en La Maja desnuda de Goya; las casas de Diego y Frida “templo funcionalista de San Ángel Inn”; o la gran pintura dedicada a una tarde de domingo en la Alameda Central, hoy ubicado en el Museo Mural Diego Rivera, espacio que le tocara dirigir a Rius como funcionario público hasta hace muy poco tiempo. Esto desde luego me lleva a pensar en la frecuencia con la que incide la pulsión lúdica en la literatura. 
Por otro lado transita la línea narrativa que nos propone ir saboreando el proceso creativo del mural que creará Domingo, casado con Anel, quien le es infiel con el propio Gallostra. El pintor se enfrenta a un conflicto que resuelve por la vía creativa, convirtiendo a su objeto de odio en objeto pictórico. Qué interesante abordaje desde el punto de vista psicoanalítico. Deconstruido, destripado de otro modo el ofensor. Comprendido y rearmado con el pincel. Brillante, querido Luis.  
Acompañando la melodía del alma desgarrada, aparece en el texto la delicia de la poesía de León Felipe.

3.
Entre los personajes que dan cuerpo a la novela no podían faltar los señores Pepe Alameda, Ángel Urraza, Don José Gaos y Don Manuel Suárez y Suárez, propietario del Casino de la Selva y padre del recientemente desaparecido Manuel Suárez Ruiz apreciado político morelense, porque como sabemos, Don Manuel Suárez fue personaje fundamental del patrocinio de las artes en nuestro país y como lo dice Rius, fue factor importante en la integración de los españoles de todas las tendencias, en la rica sociedad mexicana, misma que incluye espacios fundamentales de la cultura como el Ateneo de la Juventud y el Colegio de México.
Enriquecen el listado de entrañables seres sensibles y pensantes Diego Rivera, José Moreno Villa, Antonio Rodríguez Luna, Celerino Palencia, Julio Antonio Mella, Octavio Paz y Margarita Nelken, entre otros. 
¿Y sabe qué me llamó la atención, querido lector? La casi ausencia (porque de todos modos aparece) en la novela de nuestro querido amigo antropólogo y escritor Santiago Genovés, súper amigo de Luis Rius padre.
Avecindado en Cuernavaca, Genovés me inoculó siempre dándole el crédito de la autoría de la frase a su “amiguito del alma” aquello de que “No se puede vivir como si la belleza no existiera”, que tanto le agradezco. FIN

Por María Helena González / helenagonzalezcultura@gmail.com

https://www.diariodemorelos.com/noticias/vas-ver-el-esp-de-franco-de-rius