lunes, 30 de enero de 2012

La isla encantada: el arte de pensarse en Nueva York estando en Jiutepec

El sábado que fui a la ópera, no dejé de pensar en "La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica", un texto clásico de Walter Benjamin que habla del "aura" de la obra de arte original, de esa serie de cualidades que una obra manufacturada, manoseada por el autor directamente, le ofrece al espectador que busca lo auténtico, el enfrentamiento estético de primera mano con la creación.

Hago la referencia literaria obligada para que no se me acuse de no conocerla porque voy a defender una ópera televisada vía satélite. Una obra filtrada. Pero ¿Qué quieren? el espectáculo me fue conquistando, al final agradecí la posibilidad de lanzarme a Nueva York por Jiutepec y aproveché al máximo las cualidades de la tecnología, por ejemplo los close ups que me brindaron la oportunidad de ver detalles de cerca.

De la crítica al gozo

El diálogo conmigo misma fue intenso, no se crean que el forcejeo fue fácil; comencé por lamentar la pérdida de contacto con el espectáculo en vivo, pensé que el sonido retransmitido electrónicamente no sustituirá jamás a la orquesta en el foso, "estoy viendo lo que sucede allá por un hoyito, no estoy entre el público real me dije", pero de pronto la consciencia de saberme público del siglo XXI, la posibilidad de la reflexión estética a partir los debates de nuestro tiempo me brindó la luz que necesitaba para disfrutar de la ópera patrocinada por los Amigos de la Música de Cuernavaca.

¿De qué otro modo pudiéramos haber dado cuenta de "La isla encantada" quienes no pudimos asistir al Metropolitan Opera House de Nueva York? Tocar con las manos, ver el despliegue escénico total es sin duda importantísimo, me dije, pero a cambio de eso estoy disfrutando de la difusión cultural propia de mi épca, estoy pudiendo ver la gesticulación y el maquillaje de un rostro, el espléndido vestuario de cerrquitita, las florituras de los bordados. El detalle es lo nuestro, me dije, los espectadores del siglo XXI vemos diferente que nuestros antepasados. Ganamos en minuciosidad, me dije, y esto es una categoría estética importante. Esto, por supuesto, además de la música que es bellísima y de la diversidad, entonación y potencia de las voces que son únicas. Se trata de los grandes intérpretes de nuestro tiempo. Escuchen a Ismael Álvarez de El Coleccionista en el 106.1 de FM si quieren saber más a respecto.

La Ópera
La intención, según los participantes y el autor Jeremy Sams era lograr un pastiche conformado por música barroca e interpretaciones en tono de comedia. El guión se basa en una obra clásica, el "Midsummers Night Dream" de Shakespiare y en medio de todo este despliegue historicista, juega un papel importante la figura de Neptuno, personaje inventado para el tenor Plácido Domingo, un gran artista y promotor de su arte, el bel canto.

Poco a poco fui cayendo en la cuenta de que más de trescientas personas amantes del arte estábamos viendo una "ópera posmoderna" a cabalidad, una súper producción para televisión en la cual nuestra mirada era guiada por un director de cámaras que nos llevaba de la mano para ver las escenas seleccionadas por él y el director de la obra de antemano para nosotros. No se privilegiaba la mirada panorámica sino la especializada, la focal.

Otra cosa que me gustó es que la obra misma es autocrítica o revisionista del propio género del cual se desplanta. Esto me parece muy interesante porque conlleva años de reflexión por parte del autor, pero además implica toneladas de amor por un oficio que exige mucho estudio y sacrificio. ¿Quién si no un amante de este género teatral se atreve a revisar la música barroca, seleccionar piezas y pensar escenas para repensar el Barroco?

Otro acierto reposa en las actuaciones que presenciamos, pues en ellas la intención de autenticidad fue evidente. No presenciamos una pieza pretenciosa, sino las actuaciones de quienes decidieron rendirle un homenaje al espíritu de toda una época, tal vez por ser nosotros mismos espectadores propensos a la rocalla, la decoracion excesiva, el sentimiento amelcochado. Tal vez porque buscamos en el pasado una estampa afín a nuestro espíritu recargado, un espejo en el cual identificamos.

Nueva York en Morelos

Los comentarios escuchados durante el intermedio insistían en la ardua labor de los Amigos de la Música: convencer a la gente de asistir al auditorio del IMTA o al Teatro Ocampo no es fácil. La música popular se transmite en más del 95 por ciento de las estaciones de radio. Es más pegajosa y su recepción no requiere mayores referencias culturales. No obstante, también es cierto que cada vez más gente asiste a la ópera retransmitida (en el Auditorio de la Ciudad de México también se vivió esta experiencia) y que existe un público que busca calidad artística en los espectáculos. En nuestro caso, me refiero al público morelense, hay que decir que la gente se vistió para asistir a un montaje que le mereció invertir tiempo en su arreglo personal. Para ser clara diré que se trata de un público culto diferente del que va al box o al fútbol televisados. Conclusión

Decía W. Benjamin en los años treinta, que fue cuando escribió su citadísimo texto, que la facilidad para reproducir las obras (el se refería a las imágenes artísticas), iba a llevarnos a perder la capacidad de asombro, que tanto poster barato iba a solucionarnos la necesidad de imagen muy fácilmente y eso me llevó a pensar en un primer momento en el riesgo que se corre de vivir una estética aplanada por los medios masivos de comunicación. No obstante, salí convencida de que hay ganancias en este tipo de transmisiones.

El percibir detalles antes insospechados, la ventaja de la mirada guiada por los expertos, las entrevistas realizadas a los cantantes, los diálogos traducidos, son propios de la difusión cultural de nuestra época.

Decidí hacerle caso al "regocíjense, regocíjense" que imploran los cantantes al final del la obra y sí, me gustó sentirme público del público del MOH de N.Y.Sentí genuina una obra hecha con tantas ganas y respeto.

Sí, se trata de un aura diferente de la que halaba W. Benjamin. La recepción de la obra de arte hoy en día es mucho más compleja de lo que se cree y por ello seguiremos hablando de eso en este espacio. ¥

María Helena Noval







(publicado en dos partes 25 y 26 de enero 2012)

miércoles, 18 de enero de 2012

Estela de luz: La cultura en la que ya no hay nada que decir

Reflexionar el monumento implica verse viendo. No existe manera de hacerse opinión frente la fotografía de una escultura pública. Por eso se ha hablado más en los medios de comunicación sobre los costos de la Estela de Luz, una pieza que se quería eficaz en términos de comunicación de ideales (léase patriotismo, nacionalismo), que en términos de recepción estética.

Este tipo de construcción, me refiero a la escultura urbana, tradicionalmente modelada, moldeada, cincelada, tallada o armada, se piensa para ser vivida y no sólo contemplada. Se trata de una modificación del espacio que deambulamos. De ahí la primera cuestión: ¿por qué no se pensó en una pieza y plaza de dimensiones y propuesta acogedoras para conmemorar el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana?

Su pobreza artística, la nula apropiación que hace del espacio que le fue concedido, el alcance icónico que tendrá con el tiempo -lo que simbolizará-, apuntan a una lectura de la cultura que le da origen. Un análisis formal, en cambio, nos hablará del regusto o la moda que dejó el arte de los años sesenta. Es decir, nos permitirá vernos viendo un minimalismo aplanado, una propuesta conceptual mezclada con tendencias del diseño industrial y comercial.

La luzPoca luz nos da mirar de frente la pieza conmemorativa sobre su apuesta artística, esto dicho irónicamente, porque es precisamente la luminosidad la apuesta principal de la empresa constructora iii y su tardado autor, el arquitecto César Pérez Becerril.

De interminables módulos, la pieza está diseñada para iluminarse en su totalidad sin justificación alguna, de comienzo a fin. No hay variedad ni graduacion matérica, no permite lectura de contrastes. Haciendo mal uso de la estética minimalista (consúltese la obra de Dan Flavin), al autor se le ocurrió que cualquier repetición modular aderezada con focos sería suficiente, que la fascinación del hombre por la luz, daría por resultado una pieza digna de tan alto costo, que un elevado conjunto de piezas encendidas, seria por sí mismo admirable. Pero ¿Qué lo diferencia de una marquesina vertical?

Las dimensiones de la pieza y el material (cuarzo translúcido, acero inoxidable, cientos de leds), tampoco funcionan en términos simbólicos porque no se logra la asociación de ideas entre la fecha que se conmemoraba y el tema de la pieza, que termina siendo la luz. No hay metáfora.

La historia

La historia de los monumentos en el mundo refleja un abanico de intenciones que van de la necesidad de imprimir en el ciudadano la idea de respeto y admiración por un hecho histórico (Columna de la Independencia, Monumento a la Revolución), un héroe o figura ejemplar (Zapata, Hidalgo, Morelos), un grupo de ciudadanos (Los Burgueses de Calais) o una idea abstracta (la paz, el amor, la maternidad, etc.)

En todos los casos, la admiración como resorte es la apuesta básica del comitente y del autor de los monumentos cívicos; la escultura urbana busca formar consciencia, educar al espectador en lo moral y en lo cívico. Se busca doblegar el espíritu.

No obstante, en la pieza que comentamos, los valores estéticos no alacanzan a formar opinión porque la simpleza de la solución no permite una asociación de ideas asombrosa; el arrobamiento propio de lo sublime no se da. Más bien son la vergüenza y la desilusión lo que nos lleva a pensar en la inoperancia del mobiliario urbano en el Paseo de la Reforma (sí, mobiliario, no arte en este y en otros casos) y nos llevará con el tiempo a voltearnos para otro lado cuando pasemos por allí, porque esta obra es la prueba palpable de que en esta época no hay nada que decir. De que las formas sin referentes son lo actual.

MARIA HELENA NOVAL





miércoles, 11 de enero de 2012

Vas a ver...¿De qué se ríen?



Dependiendo de la forma de su mentón y lo acostumbrados que estén a ejercitar los orbiculares, pelan más o menos el diente blanqueado. ¡Quieren verse contentos y guapos en los espectaculares que rentaron! Para conseguir su mejor imagen, les plancharon el atuendo, eligieron la corbata del color más conveniente y posaron largos minutos. Claro está que esperan el flechazo (¿flashazo?) de la suerte, el que los haga más llevadero el engorroso trabajo que implica una campana sembrada de promesas. Pero ¿de qué se ríen los políticos morelenses? ¿Acaso saben algo que nosotros los ciudadanos desconocemos? El exhibirse de ese modo es costumbre política antigua, querer agradar buscando mostrar la mejor cara, darse a entender como amigos, camaradas, iguales, simpáticos, ligeros tiene su historia. Convocar empatías, identificaciones contigo y conmigo, con nosotros, a quienes sin embargo desconocen, es lo primordial. Es estrategia probada. Se ha hecho así desde el nacimiento de la modernidad, se hizo propaganda política en tiempos de Maquiavelo y algunos de los más grandes pintores trabajaron este tipo de telas hoy pertenecientes al género histórico. La otra caraNo obstante, la cosa cambia cuando se trata de la preservación de la imagen del ya electo, del que ya agarró chamba, en la memoria colectiva. Ese retrato es de otro estilo: ese pide seriedad, exige respeto a la investidura ...en esos rostros la sonrisa desaparece. ¡Ya no somos cuates!, parece decirnos ...el servidor público que en algún momento nos apapachó. La reverencia se impone. La mirada la dispara de frente, obligando al que lo ve desde abajo, al ciudadano de a pie, a cubrirse con parpadeos, a bajar el testuz como muestra de decepción o simplemente a quedarse con la boca abierta...de la sorpresa. Obedeciendo ambos tipos de retrato a códigos casi inamovibles, resulta interesante compararlos por qué nos lleva a preguntarnos por qué la sonrisa se torna en rictus, cómo es que una representación se conecta con la otra, por qué nos causa tanto VÉRTIGO el cinismo abierto: por que del vértigo no pasamos al vómito y nos quitamos de una vez el malestar y la indigestión. No hay más. La proliferación de imágenes como estas que hoy comentamos, dan cuenta de la necesidad de sustitución de algo que se ha perdido. Me refiero a la alegría y la seriedad verdaderas.


miércoles, 4 de enero de 2012

VAS A VER... VIDA NO-VELADA

He pasado los últimos días leyendo las cartas dirigidas por el pintor José Clemente Orozco a Refugio Castillo, publicadas recientemente por Editorial Lumen y eso me ha llevado a pensar en la importancia para el arte, de las vidas no-veladas. Reveladas.

Si uno voltea a ver la enorme cantidad de publicaciones que salen a la luz en Estados Unidos, por ejemplo, notará que el trabajo de campo, el clavado en los archivos, la entrevista directa es muy común. Se rescatan las fuentes originales. Se oye o se lee lo dicho y escrito por los actores de la cultura. En México, en cambio, lo común es el libro basado en el libro, la opinión sobre lo conocido. Lo dicho sobre lo dicho. Por eso, un epistolario hecho público en nuestro país, puede ser revelador a pesar de ser por su naturaleza reiterativo.

Hipocondriaco y monero

Cuando le escribe el joven José a la niña Cuquita, le dice que la ama apasionada pero secretamente: protagoniza una relación inventada por él, una relación basada en el deseo de ser amado. Es un amor del que nadie debe enterarse porque ella tiene 12 años y el 26. Pero cuando ella le contesta pidiéndole cordura y congruencia, cuando se siente presionada por la diferencia de edades y sobre todo por el que dirán, está asimismo construyendo la vida de los amantes. Nadie debe morir sin haber conocido estas intensidades y sobre todo sin entender que el amor ofrece posibilidades insospechadas de interacción.

La historia se da en los primeros años del siglo XX en el México que se prepara para la Revolución, un México habitado por una clase alta afrancesada y sostenido por una gran cantidad de trabajadores aleccionados en el "hay que aguantar vara, que así nos tocó vivir". Carta tras carta, Orozco le cuenta a Cuca el creciente incendio del país, las incomodidades que se viven en la Academia de San Carlos y las suyas propias porque se siente tan enfermo como pobre, porque los diagnósticos lo enferman aún más, porque se sostiene haciendo "monos" y retratos de muertos. Porque a cada rato cree que se va a morir...de amor.

Son casi 500 cartas las que la autora Adriana Malvido recogió de manos del periodista Julio Scherer (son del coleccionista José Antonio Pérez Simón) para transformarías en una novela-epistolario que viene a revelarnos a un pintor desconocido, a un hombre apasionado, atrevido y soñador que busca dejar de ser pobre para aliviar las penas maternas y poder casarse con su "Fugito", la hija de la portera de la vecindad en la que habitan, ubicada en la calle de Pila Seca, hoy Isabel la Católica, en el centro de la Ciudad de México. En dicha vecindad se cruzan papelitos, se dejan recados en las macetas y debajo de las cubetas, se miran y se poseen de cuerpo entero sin tocarse jamás.

Cuando su familia se la lleva a Sombrerete, Zacatecas, buscando mejores oportunidades de trabajo, los cuerpos vírgenes, las bocas sedientas, las frases dispuestas a susurrarse en encuentros imaginados comienzan a apagarse. Después de casi diez años de noviazgo y promesas, él se casa con Margarita Valladares y ella se convierte en maestra en Zacatecas. Los azahares nunca la coronaron. Hay que suponer que ella cual flor de temporada, se fue secando; que la amargura creciente en el tono de las cartas de ambos fue tornando dulzura en sinsabores y veneno:

"¿Dónde quedó el fuego? ¿Por qué la escogió a ella como protagonista de una interminable espera? ¿Por qué no la deja ir de una buena vez? Hace meses que no sabe de él; se siente desterrada en su propia casa y sin embargo lo piensa en todo momento, lo sueña, mira sus retratos...", escribe Malvido antes de contarnos cómo la imagen fotográfica viene a suplir el contacto humano entre los dos: "Te vas a retratar con la blusa más bonita que tengas...que la blusa sea escotadita como la que tienes en este retratito, que sea de cuerpo entero y lo más grande posible. Luego lo besas mucho y lo pones sobre tu corazón todo un día y muy bien envuelto me lo mandas si quieres proporcionarme una dicha aunque sea pequeña mientras puedo tenerte a ti de veras, toda entera, enterita..."

En fin, que este tipo de libros enriquecen la historia del arte no sólo por la vía de lo anecdótico: invitan al espectador al usar la imaginación a la hora de acercarse a la obra museística; nos hacen mirar humana y no acartonadamente la pieza salida de las manos y el corazón del semejante. Así el arte nos parece más cercano, más obra nuestra.

martes, 3 de enero de 2012

VAS A VER... UNO POR OTRO




De iridiscencias doradas era la escultura de Cuauhtémoc que acaban de reubicar en la colonia Lomas de Cortés, en la Avenida Teopanzolco. Recién lavada del color que le habían aplicado queriendo imitar una pátina del bronce que la piedra no debe llevar, la colocaron donde estaba el Cortés azul alberca, aquel varias veces grafiteado con rojo. Daba risa cómo hacían llorar al caballo lágrimas de sangre. Una y otra vez se comprueba que el conquistador está condenado a perder la batalla en el imaginario público. Por su actuar impío, el jinete y su montura fueron embodegados una vez más, gestión cabildeada de por medio. Bajar del pedestal la escultura implica querer borrar de la historia al representado, anhelo que comparten en este caso quienes tomaron la decisión, con algunos artistas mexicanos que han decidido asimismo maltratarlo a lo largo del tiempo. Uno de los más insistentes fue Diego Rivera. Es como si con este acto quisieran emular el derribo de las estatuas de Stalin, Husein y Kadafi en sus respectivos países. Es como si se llevara a cabo un ritual de budú posmoderno: en vez de muñecos de trapo saturadas de alfileres, esculturas grafiteadas, derribadas, removidas. Y aún así, la historia del arte está poblada de personajes indeseables. ¿Acaso debemos destruir a Gorgonas, Laocoontes, Holofernes, Gengis Kahnes, Pilatos? Esto me recuerda el caso Guillén de Lampart o William Lampert o Lambert, un precursor de la independencia de la Nueva España, encerrado, de piedra, en la columna de la Independencia en el Distrito Federal porque no alcanzó la dignidad suficiente, en tiempos de Porfirio Díaz como para que se le edificara monumento al aire libre. Por otro lado ¿por qué poner a Cuauhtémoc en el lugar de Cortés? Lo más significativo de esta sustitución es que el de cantera, próximo a develaras como novedad, viene a representar al héroe con el que nos identificamos actualmente, a la pobre víctima que somos todos hoy. La violencia, la impunidad, el poder desmedido -o la falta del mismo-, hacen que Cuauhtémoc ya no brille por dorado, sino porque es todos nosotros.

María Helena Noval

novalmariahelena.blogspot.com