lunes, 20 de octubre de 2025

Rosario Castellanos en cartas: amistad, complicidad y memoria

 


Por María Helena González*

1.

Los libros de cartas tienen un poder especial: nos acercan a los escritores sin la solemnidad de sus obras, como si pudiéramos escuchar sus confesiones a media voz. Cartas encontradas (1966-1974) -Fondo de Cultura Económica, Tezontle, 2022-, reúne la correspondencia entre Rosario Castellanos y su amigo Raúl Ortiz y Ortiz. No son cartas para la historia política ni documentos oficiales; son los mensajes que dos amigos se enviaban, llenos de complicidad, humor, confidencias y desahogos. Y precisamente ahí radica su fuerza: en mostrarnos a una de las escritoras más importantes de México en su dimensión más humana.

Rosario, ya para entonces una figura destacada de la literatura mexicana y embajadora en Israel, aparece en estas páginas lejos de los homenajes y las fotografías oficiales. La vemos escribiendo sobre sus clases en Jerusalén, las rutinas de la embajada, la crianza de su hijo Gabriel —compartida con la nana y el chofer— y la soledad de una mujer separada, que buscaba sostenerse en la escritura y en la amistad. Estas cartas nos permiten asomarnos a la mujer de carne y hueso que preparaba informes diplomáticos mientras luchaba contra la depresión y al mismo tiempo encontraba en la literatura su “espina dorsal”.

2.

El libro emociona porque nos deja acompañar a una Rosario que se queja del correo lento, que celebra los regalos que le envía su amigo —una falda, unos papadzules—, que se ríe, que recuerda, que se duele. Ortiz y Ortiz, a su vez, le responde con afecto y consejos, con un tono de complicidad que por supuesto nunca cruza la frontera erótica. Es la amistad hombre-mujer puesta en letras: el refugio que da la confianza sin condiciones.

El lector aprende también que los epistolarios son más que simples colecciones de cartas. Forman parte de lo que se llama “literatura del yo”, junto con las memorias y las autobiografías. A diferencia de las biografías, que construyen un relato ya elaborado, las cartas muestran la vida en proceso, con repeticiones, cambios de ánimo y hasta silencios que dicen tanto como las palabras. De ahí su valor pedagógico: enseñan a leer entre líneas, a entender cómo un creador va construyendo su obra y su identidad en diálogo con los demás.

Además, el libro funciona como un documento histórico. Entre bromas y confidencias, aparecen los ecos de una época: el ambiente cultural de los años sesenta y setenta, la vida diplomática, los viajes, los amigos escritores y artistas. Nos enteramos de las dificultades del correo internacional, de la vida en Tel Aviv bajo el gobierno de Golda Meir, y de la fragilidad de una mujer que, aun sintiéndose vulnerable, nunca dejó de escribir.

3.

¿Por qué nos atraen tanto estos libros de cartas? Quizás porque en ellos encontramos lo que la literatura suele disimular: la voz sin maquillaje, la confesión íntima, el reconocimiento de debilidades y afectos. Y al mismo tiempo, nos devuelven la certeza de que la escritura puede ser también un acto de compañía y de resistencia.

Con Cartas encontradas, Rosario Castellanos vuelve a nosotros no solo como la poeta y narradora que abrió caminos al feminismo y a la reflexión sobre la identidad, sino como amiga, madre, mujer que se permitió la ironía, la ternura y el humor. Leer sus cartas es acompañarla en ese tránsito, y entender que —como escribió ella misma— “debe de haber otro modo de ser humano y libre”.

¡Ah, y por supuesto, también hay que decirlo!, lamento que no contemos con todas las cartas (las que conocemos llegaron fotocopiadas a quienes se encargaron de empujar el proyecto) y por lo mismo no podamos hacer la lectura íntegra del diálogo entre amigos.

*helenagonzalezcultura@gmail.com


Foto: UNAM


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