domingo, 21 de diciembre de 2025

Cristóbal Colón: antimonumenta y otras complejidades

 


Vicente Quirarte y María Helena González

En el periódico Reforma del pasado 9 de diciembre, la nota principal de la sección Cultura decía “Navega Colón sin rumbo fijo.” En un principio pensamos que se trataba de una interpretación histórica, pues es sabido que Colón no fue consciente de que había descubierto un mundo nuevo para los ojos europeos, como después demostraría Américo Vespucio. Durante mucho tiempo pensamos en la escultura como un hito urbano, pues representaba el tercer monumento hacia el centro de la Ciudad de México. Se trata en realidad del grupo escultórico que representa a Cristóbal Colón y a los frailes Pedro de Gante, Bartolomé de las Casas, Juan Pérez de Marchena y Diego de Deza.

Encargada por el empresario Antonio Escandón y Garmendia al escultor francés Charles Cordier, -célebre por haber sido artista del Museo de Historia Natural-, la instalación del monumento en 1877 causó un gran revuelo en los periódicos de la época, sobre todo porque se juzgaba que había buenos escultores en México. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional del Virreinato y ha sido restaurada hasta verse casi como nueva. El problema es que mucha gente no la quiere ver por el descrédito en el que ha caído el personaje. Hace dos décadas, Colón provocó hilaridad cuando un 12 de octubre, Día de la Raza, se dijo: “Cristóbal Colón, al paredón”. Frente al monumento quienes defendían a los pueblos originarios exigían su reivindicación. En su libro publicado en 1965, el historiador Martín Quirarte escribió: “Indiscutiblemente que en Colón existe una dualidad. Por su energía y su ambición es un hombre típico del Renacimiento. Por sus ideas geográficas es un personaje del medioevo.” Pero como vemos, el personaje histórico ha adquirido una mayor polisemia, sometida al rigor de los Derechos Humanos.

En la hoy ex Glorieta de Colón -rebautizada por colectivas feministas como Glorieta de las Mujeres que Luchan- se escuchan consignas como “No nos van a borrar” y “Si lo borran, lo volvemos a pintar”, expresiones que condensan una crítica decolonial al monumento entendido como emblema de conquista, patriarcado e imposición histórica. Estos discursos, hoy dominantes en la disputa simbólica del espacio público, han cuestionado no sólo a Cristóbal Colón como personaje histórico, sino a la monumentalidad misma como forma de poder. Sin embargo, como toda corriente cultural, dichas consignas también están sujetas al paso del tiempo: así como los monumentos se erigen y se derriban, los marcos interpretativos cambian. No es impensable que algún día Colón regrese a la escena pública, no como héroe ni como villano, sino como objeto museístico o pieza artística, desplazado del pedestal y reinscrito críticamente en un recinto cultural, donde pueda ser leído, contextualizado y problematizado, más que venerado o cancelado. En ese gesto, la ciudad no perdería memoria, sino que ganaría capas de interpretación.

Ahora bien: ¿Cómo explicar a los jóvenes estudiantes de un colegio que lleva ese nombre, las complejidades del signo, el símbolo y el significado? En términos cognitivos, esto nos llevaría a plantearnos la problemática asociada a la economía de la atención, secuestrada actualmente por los dispositivos móviles. Pero este es otro problema. El desafío hoy, especialmente para los urbanistas, es decidir qué se hará no sólo con Colón, sino con toda la estatuaria del Paseo de la Reforma bajo la mira fustigante de quienes defienden los discursos decoloniales y los Derechos Humanos.

helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Cristóbal Colón: antimonumenta y otras complejidades – LA JORNADA MORELOS

La estatua de Cristóbal Colón en la Ciudad de México cerca de 1880. Foto de William Henry Jackson / Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos / Dominio Público



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