sábado, 21 de febrero de 2026

Roger von Gunten: el rigor silencioso de la imaginación

 María Helena González 

1. 

La muerte de Roger von Gunten (1933-2018) deja un vacío difícil de medir porque su presencia en el arte mexicano no fue estridente ni programática, sino silenciosa y profundamente coherente. Era uno de esos artistas cuya obra se instala con el tiempo, sin prisa, hasta volverse referente en la memoria visual de quienes revisasmos la historia del arte con cierta periodicidad. Quienes lo conocimos sabemos que su personalidad tenía algo de esa misma cualidad: una seriedad serena, casi tímida, que no era distancia sino concentración.  

Hace poco más de veinte años lo invité a cenar a mi casa; recuerdo que lo recibí nerviosa, pensando que el encuentro previo a la cena formal sería una especie de examen sobre la llamada generación de la ruptura -que doña Teresa del Conde aclaraba que no era ni generación ni ruptura-. Llegó a la palapa ubicada en el jardín. Se sentó y me miró directamente. El examen fue en silencio, volteó a ver las pinturas colgadas -afortunadamente no eran reproducciones- y me miró esperando que yo rompiera el hielo. Lo hice pero sin aminorar la distancia. Era tan reservado que no pude luego preguntarle por su propio proceso creativo. No era falta de conversación, era más bien la sensación de que su verdadero idioma no era la charla social, sino la pintura. 

Años después, durante mi gestión en la Dirección de Museos y Exposiciones de la Secretaría de Turismo y Cultura, lo visité varias veces en su estudio con motivo de la selección de obra para la muestra colectiva Grandes Maestros, inaugurada en el Centro Cultural Jardín Borda en 2018. Aquellas visitas revelaban otra dimensión suya: frente a sus cuadros hablaba con precisión, con frases cortas pero certeras, como quien sabe exactamente qué ocurre en cada centímetro de la superficie pictórica. Su estudio era un territorio poblado de jardines imaginarios, criaturas híbridas, animales simbólicos y paisajes mentales donde la naturaleza parecía reinventarse a sí misma. Cuernavaca -su luz, su vegetación, su ritmo- habitaba discretamente en esa iconografía, no como paisaje descriptivo, sino como atmósfera interior. Y aquí voy a decir una cosa que tal vez no debería, pero así me sucedía a veces: mi memoria visual lo hermanaba con Vicente Gandía porque ambos empleaban los verdes y los azules de Cuernavaca, los de los jardines, los de la “eterna primavera”. 

2. 


La inclusión de von Gunten en aquella exposición respondía a un criterio curatorial muy claro: la fortuna crítica. No se trataba únicamente de trayectoria o prestigio institucional, sino del peso que su obra había adquirido en la mirada sostenida de críticos, historiadores y museos a lo largo de décadas. Su pintura no necesitaba proclamarse innovadora; lo era por persistencia, por fidelidad a un lenguaje propio que se mantuvo ajeno a modas y tendencias pasajeras. Mientras otros artistas buscaban rupturas visibles, él practicó una revolución silenciosa: la de sostener una poética personal hasta convertirla en mundo. Una voluntad que compartió con otros artistas de su momento: abstracciones que en México aún no se sabían apreciar; erotismos incómodos; emocionalidades grises.  

Hoy podemos afirmar que técnicamente, su trabajo tiene rasgos inconfundibles. Utiliza lavados para construir los fondos, capas fluidas que a veces parecen técnicas al agua más que óleo, o acrílico tradicional. Esas transparencias dan a la superficie una vibración particular, como si la imagen emergiera de una atmósfera líquida. Sobre esos campos cromáticos aparecen figuras que pueden parecer infantiles -en el sentido más alto del término: libres, directas, no domesticadas por el cálculo- y que sin embargo revelan una sofisticación compositiva notable. Había en su pintura un equilibrio raro entre ingenuidad y rigor, entre juego y arquitectura visual. Estas características aplican también cuando su obra aborda lo erótico y la relación de pareja. 

3. 

Un día me regaló un perico, es un grabado pequeño. A primera vista no pretende ser ilustrativo; es como un signo, es la idea visual de un perico, destilada hasta su esencia. Y en esa síntesis -tan ligera en apariencia, tan precisa en su construcción- se revela la maestría de un artista que sabía que sugerir puede ser más potente que describir. 

Raquel Tibol solía defender la idea de la pintura-pintura, esa preocupación por la esencia misma del acto pictórico más allá de narrativas externas o discursos de coyuntura. Von Gunten pertenecía a esa estirpe. Le importaba la pintura en sí: el color, la materia, la superficie, el ritmo interno del cuadro. No buscaba ilustrar ideas; buscaba que la pintura pensara por sí misma. 

En Grandes Maestros, su obra dialogaba con la de otros artistas que habían hecho escuela en Morelos, pero en su caso resultaba evidente por qué su nombre debía figurar entre ellos. Su trayectoria, iniciada tras su llegada a México en 1957 y consolidada a lo largo de más de seis décadas, había construido un territorio visual inconfundible. Había algo en sus cuadros -una claridad poética difícil de nombrar- que hacía que incluso lo fantástico pareciera familiar. 

Hoy, al pensar en su partida, vuelvo a esa cena de hace veinte años y a ese estudio lleno de criaturas silenciosas. Roger von Gunten hablaba poco, pero pintaba como quien sostiene una conversación larguísima con el mundo. Y esa conversación, afortunadamente, sigue abierta en cada uno de sus cuadros. 

helenagonzalezcultura@gmail.com 

Roger von Gunten (1933-2026). Foto: Cortesía 
Link de consulta: Roger von Gunten: el rigor silencioso de la imaginación  – LA JORNADA MORELOS

domingo, 15 de febrero de 2026

Arnaldo Coen: un viejo niño juguetón

 Vicente Quirarte y María Helena González* 

1 

El orden y la pureza han sido constantes en la obra de Arnaldo Coen. Orden para incorporar objetos a su visión de artista. Pureza para que esos objetos se transformen en sujetos que nos dicen lo que ya sabíamos sin saberlo.  

Todo ello articulado por su obsesión con la tercera dimensión. En su pintura de los años setenta y ochenta1 ya insistía en la representación geométrica del cubo.  No en su faceta de desarrollo plano, sino en la de representación ortogonal e ilusoria del espacio, acercándose a la geometría imposible o ambigua, mediante la perspectiva paradójica (cuando las reglas parecen cumplirse localmente, pero no de manera global).  

Esta inquietud ha inspirado a numerosos artistas interesados en las leyes de la óptica y la traducción entre volumen y superficie: Salvador Dalí la llevó al extremo al mostrar la crucifixión de Jesucristo dentro de un hipercubo; M. C. Escher exploró cubos y arquitecturas imposibles; Pablo Picasso y Juan Gris fragmentaron los objetos en planos simultáneos desde el cubismo; y antes, en el Renacimiento Albrecht Dürer había estudiado poliedros y sistemas de proyección, demostrando cómo una simple operación geométrica se convirtió en un poderoso recurso estético y conceptual. Pero el caso de Coen es diferente por la urgencia actual de que la pintura le ceda su lugar al arte objeto como laboratorio espacial de módulos perceptivos.  

2 


En su más reciente muestra (Galería 526 del Seminario de Cultura Mexicana, Polanco, CDMX, abierta hasta el 22 de marzo de 2026) el creador traslada al espacio real la investigación que durante décadas desarrolló en torno a los asuntos perceptivos: lo que en sus cuadros aparecía como descomposición de planos, tensiones cromáticas y falsas profundidades, aquí se convierte en sillas-cubo que funcionan como armazones abiertos donde flotan esferas, cuerpos fragmentados, manos articuladas y superficies reflectantes. El cubo-silla es un dispositivo que encuadra, contiene y a la vez desestabiliza la mirada, obliga al espectador a rodear la pieza y reconstruir relaciones entre equilibrio e inestabilidad, permanencia y mutación, memoria y conciencia, como sugieren los propios títulos. Su fuerza poética -también hay que decirlo- reside en la fragilidad estructural de las obras: el volumen se torna un campo de tensiones donde mirar implica siempre una negociación entre cuidado y experiencia estética. 

3 

Las pinturas que rodean estos muebles imposibles parecen funcionar a manera de instrucciones: “vea cómo las líneas y diagonales cromáticas reaparecen en los volúmenes suspendidos. No admire el conjunto de objetos como si se tratara de  relicarios conceptuales, aprecie usted cómo los juegos ópticos se trasladan a reflejos metálicos y transparencias; y compruebe cómo la serialidad modular del cubo se vuelve soporte de narraciones sobre el cuerpo y la percepción”, parece indicarnos el criterio curatorial.  

4 

Nos queda decir que la muestra habita con lujo uno de los espacios más interesantes de las artes plásticas del país. Al no tratarse de una galería de ventas, sino de exhibición se sitúa en una franja particularmente fértil entre el circuito comercial y el museo institucional. ¿Es aventurado sugerir que esa condición intermedia explica parte de su atractivo? ¿Y que su coincidencia temporal con la Semana del Arte y las seis ferias que la articulan contribuirá también a su visibilidad y eventual éxito? Más que preguntas retóricas, son indicios de cómo ciertos espacios, cuando apuestan por la investigación artística antes que, por la lógica del mercado, pueden convertirse en nodos clave del ecosistema cultural contemporáneo. 

*helenagonzalezcultura@gmail.com 

Galería

 Obras de Arnaldo Coen

Fotografías de María Helena González

lunes, 9 de febrero de 2026

Hamnet: duda existencial y remordimientos

 Vicente Quirarte y María Helena González*

A la memoria de Diego, siempre vivo.

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Hamlet es el prototipo de la duda existencial. Su poderoso mensaje llega hasta nosotros sin que podamos darle una respuesta definitiva. “Ser o no ser” es la premisa fundamental de la obra y la utilizamos en cualquier momento; se amplía su sentido al de “actuar o no actuar”, “vivir o no vivir”, cuando nos enfrentamos a los desafíos de la existencia. Esto convierte a William Shakespeare en un clásico: retrata una parte de la condición humana que no cambia. El otro asunto permanente con el que lidiamos es la experiencia emocional, hoy tan actual gracias a las neurociencias y el desarrollo de talleres para gestionarlas.

Paul Ekman, quien exploró este campo a través de estudios transculturales, explica que en principio son 6 las emociones básicas que nos mueven a actuar: ira, asco, miedo, alegría, tristeza y sorpresa. Según él, las experimentamos biológicamente y no se pueden evitar, dado que sirven para salvarnos la vida. Otras, como la nostalgia, la melancolía, la consternación, la indignación, etc., han sido clasificadas por los expertos con modelos que integran factores cognitivos. Así, los celos estarían compuestos de asombro, desilusión, sensación de pérdida y miedo y se complementarían con procesos mentales como la memoria, el pensamiento crítico y la imaginación. Martha Nussbaum añade que las normas y los valores sociales influyen, por lo que la gestión emocional contiene sutilezas que problematizarían su universalización. 

Imagen : Universal Pictures

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La película Hamnet es obscura como lo era la época de Shakespeare, pues no existían los avances tecnológicos y científicos de hoy, pero la falta de luz también metaforiza la dificultad de encontrar los motivos por los que el autor escribió varias versiones existentes de la tragedia, además de que se sabe que perdió un hijo de once años llamado Hamnet. El filme incluye metalenguajes y guiños de otras obras literarias, como sucede en la escena inicial de Macbeth, actuada por tres personajes infantiles.

No se trata solo de un juego onomástico entre Hamlet y Hamnet, sino de una propuesta de Chloé Zhao y Maggie O’Farrell, novelista y directora, quienes logran un impecable trabajo al narrar una historia que incluso alude a los discursos de género sin obviedades: la madre naturaleza, el maternaje y la maternidad se exaltan visualmente -las raíces se destacan varias veces en primeros planos-, mientras que las relaciones entre abuelas, madres e hijas aumenta en valor conceptual a lo largo de la película.

Imagen : Universal Pictures

3.

Al final, el gran tema al que nos enfrentamos es el duelo. En esta versión de la tragedia isabelina, el motor de las actuaciones es el remordimiento. Chloé Zhao y Maggie O’Farrell trasladan ese complejo sentir  compuesto de arrepentimiento, enojo, frustración y tristeza más allá del ámbito íntimo y doméstico; lo convierten en el principal motivo de la película. La protagonista, interpretada por Jessie Bucley, logra la catarsis cuando ve -y vemos- a su hijo muerto en escena. Pero no está sola: el público la acompaña. La escena culminante es un homenaje al teatro y la importancia del público para el mismo.  

AsíHamnet no reescribe Hamlet: lo rodea, lo antecede y lo explica desde la fragilidad humana, mostrando cómo la gran tragedia metafísica nació también de un duelo concreto, privado y ferozmente reconocible. Estamos ante una de las obras más perturbadoras del canon occidental. Por eso ha permitido tantas paráfrasis y adaptaciones.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Imagen : Universal Pictures
Link de referencia: Hamnet: duda existencial y remordimientos – LA JORNADA MORELOS

lunes, 2 de febrero de 2026

Gonzalo Celorio, el otro, el mismo.

 Vicente Quirarte y María Helena González* 

1 

Bajo la invocación de Jorge Luis Borges, Gonzalo Celorio habla de los otros refiriéndose a él mismo. Su originalidad reside en la valentía con la que recupera el tiempo perdido, evocando sus múltiples ocupaciones como escritor, profesor, editor y funcionario público en Ese montón de espejos rotos (Tusquets, 2025). Llama la atención la implacable lectura que hace de sí mismo y de quienes tenemos la fortuna de ser nombrados en ese río caudaloso. Pero ante el ejemplar también nos preguntamos: ¿qué distingue al Gonzalo de papel que narra sus vidas del de carne y hueso que come una vez al mes con los amigos en la Tertulia del Convento? A tal encuentro asisto yo con puntualidad cada mes desde hace más de veinte años. Fundada por José Rogelio Álvarez, a su desaparición física, decidimos continuarla -Gonzalo con más celo que los demás-, respetando la nómina original, lo cual ha permitido que los lazos se estrechen, aunque algunos como nuestro inolvidable amigo Hernán Lara Zavala ya no estén. 

2 

Una de las características más evidentes de la posmodernidad es la obsesión por la vida de los demás. Los biopics abundan en las plataformas de streaming, en las librerías las biografías, las memorias y los epistolarios se colocan en los lugares más visibles. Y las “cultas” intimidades se hermanan cotidianamente con las secciones de sociales de los diarios, como lo demostró Enrique Serna en su novela El miedo a los animales.  Tanto en la sátira feroz de Serna, como en las agudas memorias de Celorio, el mundo intelectual aparece como un teatro de prestigios frágiles, rivalidades larvadas y egos hipersensibles: un territorio donde la cultura aspira a la verdad, pero suele extraviarse en el juego de los espejos. 

3 Gonzalo no escapa al fervor que distingue el borramiento entre lo público y lo privado, pero va más allá al narrar hechos que presentan asimismo la historia del país y las instituciones que lo han acogido. A partir de la lectura de su vida vamos construyendo al escritor -llama la atención la puntualidad de los datos, lo cual habla de que lleva un registro minucioso en agendas y libretas- pero si tenemos la suerte de conocerlo, completamos el retrato en vivo y a todo color. Gonzalo siempre celebra la comida y la vajilla en la que le sirven, aunque come poco; no perdona su tequila mismo que vierte con maestría y siempre deja la cerveza a medias. Fiel al espíritu que dio origen a la tertulia llega con su libro de más reciente aparición y su “andar asturiano”, lo lleva a despedirse de nosotros balanceando los brazos extendidos al lado del cuerpo.    

Con respecto a quienes aparecen en sus memorias, también puede decirse que los retratos -por definición- siempre serán parciales. Aun así, es posible añadirles pequeñas anécdotas que los hagan respirar con mayor plenitud. Sirva este ejemplo: Celorio recuerda a Alcira, figura excéntrica y memorable a partir de los sucesos del 68 en la UNAM, pues permaneció oculta allí durante varios días; sin embargo, en mi memoria el personaje se completa gracias a un apunte de Vicente: “Después de mi examen profesional, Alcira me insultó en los pasillos de la Facultad porque doña Luz, mi madre, le impidió pernoctar en la casa, ya que —como era sabido— no contaba con un lugar estable donde vivir”. 

4 

Al otro Gonzalo que es finalmente el mismo, de acuerdo con la expresión de Borges, lo hemos gozado públicamente en la Academia Mexicana de la Lengua, en la Facultad de Filosofía y Letras y en sus conferencias. No podemos negar que pronuncia discursos con facilidad y a la menor provocación, cosa que en el trato íntimo también hace. Esto nos une en una afortunada complicidad: ambos estamos en el mejor momento de nuestras vidas, pero también ambos experimentamos el paso negativo del tiempo y la enfermedad que nos aqueja. Aunque el diagnóstico no es el mismo, nos hermana la condición de quien guarda silencio a fuerzas y de quien tiene dificultad para trasladarse de un lugar al otro como lo hacíamos apenas unos párrafos atrás en las narrativas de nuestras vidas. Sin embargo, Gonzalo es ejemplar porque sigue adelante con sus responsabilidades académicas, mientras que yo me afano en mis labores de manera más tímida.  

*helenagonzalezcultura@gmail.com 


Link de consulta en: Gonzalo Celorio, el otro, el mismo.  – LA JORNADA MORELOS

domingo, 25 de enero de 2026

Las tres miradas de José María Velasco

 

Vicente Quirarte y María Helena González*

A nuestra querida amiga, la señora Tere Velasco,

estudiosa y descendiente del notable pintor.

1

En el Museo de Geología de la UNAM, en el corazón de la Alameda de Santa María la Rivera, tuvo lugar nuestro primer encuentro con el otro José María Velasco (1840-1912). Nuestra adolescencia hambrienta se extasió ante las obras que en 1906 el artista elaboró para decorar la planta superior del entonces Instituto Geológico Nacional. Su motivación era ilustrar la evolución de la vida marina y terrestre en las distintas eras geológicas, reinterpretando un ciclo de pinturas sobre el mismo tema realizado por el paisajista austríaco Josef Hoffmann (1831-1904) para la sala décima del Museo de Historia Natural de Viena.

Decimos “el otro Velasco”, porque en el Museo Kaluz se destaca en la exposición titulada El jardín de Velasco (hasta marzo) la faceta de explorador, botánico, geólogo, zoólogo -acaso ictiólogo- del acreditado paisajista. Nos fascinaron porque en estas piezas cuyas acuarelas vimos en el MUNAL un par de horas antes, se combinan el paisaje y la naturaleza muerta, y porque el nacido en Temascalcingo, Estado de México, dio rienda suelta a la imaginación, cosa que no se permitía en otros momentos de sus procesos creativos vinculados con el rigor de la re-presentación minuciosa de la realidad. Sus pétalos se transforman en lenguas y llamas vegetales, las cintas se levantan en vilo, los caracoles y corales semejan instrumentos musicales y esqueletos. En síntesis: el artista va más allá de su inicial encomienda de imaginar el mundo en sus posibles inicios.

2

Una de las discusiones teóricas más importantes del siglo XIX se dio en función de las relaciones entre pintura y fotografía. Se pensaba que la pintura ya no sería necesaria, puesto que existía la posibilidad de registrar mecánicamente los objetos. Charles Baudelaire expresó con claridad este temor al advertir que, “si se permite a la fotografía suplir al arte en algunas de sus funciones, pronto lo habrá suplantado o corrompido por completo”[1], insistiendo en que su papel debía limitarse al de una herramienta auxiliar y no al de un medio creativo autónomo. En la muestra se aborda este asunto y se subraya, frente a esa amenaza de sustitución, la necesidad insustituible de la creatividad humana. En una de las vitrinas se exhiben los aparatos que se empleaban en las expediciones a las que acudía Velasco. En 1865, siendo aún estudiante, se unió a sus compañeros de la Academia, Luis Coto y Rafael Montes de Oca, en una comisión exploradora cuyo objetivo era informar sobre el hallazgo de unas ruinas en el límite entre Puebla y Veracruz. Según informó el jefe de la comisión, Ramón Almaraz, “el trabajo de los dibujantes era indispensable para representar lo que este aparato no podía”. ¿A qué nos referimos? A la enorme cantidad de gradaciones que logra el grafito en sus grises gracias a la presión ejercida sobre el papel y a la potencia de una mirada capaz de distinguir infinidad de tonalidades. Se exhibe un dibujo de un tronco de árbol, obra de Velasco, que da cuenta de la paciencia y del oficio que sostenían su arte.

3

Frente al óleo Volcán de Orizaba desde la Hacienda de San Miguelito (1892) el artista representa las plantas como un botanista en el primer plano, pero a medida que la mirada se desplaza hacia el segundo y tercer plano, percibimos la formación del pintor que obedece a los hallazgos renacentistas con respecto a la perspectiva atmosférica: los verdes tienen al azul –el azul es el verde que se aleja, como decía Elías Nandino- y los límites de los objetos se van haciendo borrosos, de acuerdo con las lecciones sobre el sfumato de Leonardo da Vinci. Para apreciar un Velasco necesitamos entender al científico ocupado en el detalle y al pintor animado por la incidencia de la luz sobre los objetos.

4

Las exposiciones del Museo Kaluz y del Museo Nacional de Arte, MUNAL -esta última menor por ser de gabinete y por los recursos empleados en el montaje- responden a la pregunta que nos hemos hecho cientos de veces: ¿por qué se da en el humano la necesidad de re-crear o de re-presentar el mundo si ya están dados los objetos? Una posible respuesta podemos inferirla frente a su autorretrato (grafito/papel, 1894) y la fotografía de autor desconocido (s/f) que aparece junto al mismo. En este caso el pintor no acudió al espejo para desentrañar el “yo”, sino que obedeció al impulso de la mímesis: dio una nueva realidad a la imagen fotográfica. Nos basta observar el abordaje dibujístico de la barba para entender el gozo del acto creativo, pues el detalle tan minucioso no se aprecia en la fotografía.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Las tres miradas de José María Velasco – LA JORNADA MORELOS


José María Velasco (1840-1912). Autorretrato, 1894 Grafito sobre papel. Colección Museo Kaluz

Retrato de José María Velasco. Autor sin identificar s/f. Colección Museo Kaluz

Flora y fauna marina del periodo Paleozoico, Siluriano y Devónico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / Colección particular

Flora y fauna marina del periodo Mesozoico, Jurásico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / colección particular


  1. Baudelaire, C. (1859/1981). Salón de 1859. En J. Mayne (Ed.), Art in Paris 1845–1862: Salons and other exhibitions (pp. 154–155). Phaidon Press. 









domingo, 18 de enero de 2026

Antigua en la memoria

 



Por Vicente Quirarte y Helena González

Vicente Quirarte y María Helena González*

Nací en Guatemala, pero me hice escritor en México

Augusto Monterroso

1

Primero es el reconocimiento: la ciudad es una suma de lugares de nuestra suave patria: San Miguel de Allende, Oaxaca, Tepoztlán y San Juan Chamula. Más adelante Antigua obtiene su verdadero lugar en la mirada y en el corazón. Los guatemaltecos, de dulce y cantarino hablar, han tenido la gracia de reinventar el “turismo de ruinas” y se han arriesgado con el “turismo panorámico”. Caminamos literalmente sobre el pasado y vimos la vida cotidiana desde una perspectiva que en pintura se ha dado en llamar “ojo de pájaro”. Durante el día una colmena palpitante, al caer la noche algunos músicos practican su arte y ofrecen la posibilidad del ritmo a los cuerpos.

Sí, no hace falta más que voluntad para dar la bienvenida al extranjero cuando se tienen modestos recursos en términos de infraestructura cultural. A fin de cuentas, todos sabemos que el objetivo de cualquier viaje termina siendo dejar de sentirse intruso.

2

Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.

3

La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.

4

En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.

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Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.

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La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.

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En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.

Link de consulta en: Antigua en la memoria – LA JORNADA MORELOS