lunes, 2 de febrero de 2026

Gonzalo Celorio, el otro, el mismo.

 Vicente Quirarte y María Helena González* 

1 

Bajo la invocación de Jorge Luis Borges, Gonzalo Celorio habla de los otros refiriéndose a él mismo. Su originalidad reside en la valentía con la que recupera el tiempo perdido, evocando sus múltiples ocupaciones como escritor, profesor, editor y funcionario público en Ese montón de espejos rotos (Tusquets, 2025). Llama la atención la implacable lectura que hace de sí mismo y de quienes tenemos la fortuna de ser nombrados en ese río caudaloso. Pero ante el ejemplar también nos preguntamos: ¿qué distingue al Gonzalo de papel que narra sus vidas del de carne y hueso que come una vez al mes con los amigos en la Tertulia del Convento? A tal encuentro asisto yo con puntualidad cada mes desde hace más de veinte años. Fundada por José Rogelio Álvarez, a su desaparición física, decidimos continuarla -Gonzalo con más celo que los demás-, respetando la nómina original, lo cual ha permitido que los lazos se estrechen, aunque algunos como nuestro inolvidable amigo Hernán Lara Zavala ya no estén. 

2 

Una de las características más evidentes de la posmodernidad es la obsesión por la vida de los demás. Los biopics abundan en las plataformas de streaming, en las librerías las biografías, las memorias y los epistolarios se colocan en los lugares más visibles. Y las “cultas” intimidades se hermanan cotidianamente con las secciones de sociales de los diarios, como lo demostró Enrique Serna en su novela El miedo a los animales.  Tanto en la sátira feroz de Serna, como en las agudas memorias de Celorio, el mundo intelectual aparece como un teatro de prestigios frágiles, rivalidades larvadas y egos hipersensibles: un territorio donde la cultura aspira a la verdad, pero suele extraviarse en el juego de los espejos. 

3 Gonzalo no escapa al fervor que distingue el borramiento entre lo público y lo privado, pero va más allá al narrar hechos que presentan asimismo la historia del país y las instituciones que lo han acogido. A partir de la lectura de su vida vamos construyendo al escritor -llama la atención la puntualidad de los datos, lo cual habla de que lleva un registro minucioso en agendas y libretas- pero si tenemos la suerte de conocerlo, completamos el retrato en vivo y a todo color. Gonzalo siempre celebra la comida y la vajilla en la que le sirven, aunque come poco; no perdona su tequila mismo que vierte con maestría y siempre deja la cerveza a medias. Fiel al espíritu que dio origen a la tertulia llega con su libro de más reciente aparición y su “andar asturiano”, lo lleva a despedirse de nosotros balanceando los brazos extendidos al lado del cuerpo.    

Con respecto a quienes aparecen en sus memorias, también puede decirse que los retratos -por definición- siempre serán parciales. Aun así, es posible añadirles pequeñas anécdotas que los hagan respirar con mayor plenitud. Sirva este ejemplo: Celorio recuerda a Alcira, figura excéntrica y memorable a partir de los sucesos del 68 en la UNAM, pues permaneció oculta allí durante varios días; sin embargo, en mi memoria el personaje se completa gracias a un apunte de Vicente: “Después de mi examen profesional, Alcira me insultó en los pasillos de la Facultad porque doña Luz, mi madre, le impidió pernoctar en la casa, ya que —como era sabido— no contaba con un lugar estable donde vivir”. 

4 

Al otro Gonzalo que es finalmente el mismo, de acuerdo con la expresión de Borges, lo hemos gozado públicamente en la Academia Mexicana de la Lengua, en la Facultad de Filosofía y Letras y en sus conferencias. No podemos negar que pronuncia discursos con facilidad y a la menor provocación, cosa que en el trato íntimo también hace. Esto nos une en una afortunada complicidad: ambos estamos en el mejor momento de nuestras vidas, pero también ambos experimentamos el paso negativo del tiempo y la enfermedad que nos aqueja. Aunque el diagnóstico no es el mismo, nos hermana la condición de quien guarda silencio a fuerzas y de quien tiene dificultad para trasladarse de un lugar al otro como lo hacíamos apenas unos párrafos atrás en las narrativas de nuestras vidas. Sin embargo, Gonzalo es ejemplar porque sigue adelante con sus responsabilidades académicas, mientras que yo me afano en mis labores de manera más tímida.  

*helenagonzalezcultura@gmail.com 


Link de consulta en: Gonzalo Celorio, el otro, el mismo.  – LA JORNADA MORELOS

domingo, 25 de enero de 2026

Las tres miradas de José María Velasco

 

Vicente Quirarte y María Helena González*

A nuestra querida amiga, la señora Tere Velasco,

estudiosa y descendiente del notable pintor.

1

En el Museo de Geología de la UNAM, en el corazón de la Alameda de Santa María la Rivera, tuvo lugar nuestro primer encuentro con el otro José María Velasco (1840-1912). Nuestra adolescencia hambrienta se extasió ante las obras que en 1906 el artista elaboró para decorar la planta superior del entonces Instituto Geológico Nacional. Su motivación era ilustrar la evolución de la vida marina y terrestre en las distintas eras geológicas, reinterpretando un ciclo de pinturas sobre el mismo tema realizado por el paisajista austríaco Josef Hoffmann (1831-1904) para la sala décima del Museo de Historia Natural de Viena.

Decimos “el otro Velasco”, porque en el Museo Kaluz se destaca en la exposición titulada El jardín de Velasco (hasta marzo) la faceta de explorador, botánico, geólogo, zoólogo -acaso ictiólogo- del acreditado paisajista. Nos fascinaron porque en estas piezas cuyas acuarelas vimos en el MUNAL un par de horas antes, se combinan el paisaje y la naturaleza muerta, y porque el nacido en Temascalcingo, Estado de México, dio rienda suelta a la imaginación, cosa que no se permitía en otros momentos de sus procesos creativos vinculados con el rigor de la re-presentación minuciosa de la realidad. Sus pétalos se transforman en lenguas y llamas vegetales, las cintas se levantan en vilo, los caracoles y corales semejan instrumentos musicales y esqueletos. En síntesis: el artista va más allá de su inicial encomienda de imaginar el mundo en sus posibles inicios.

2

Una de las discusiones teóricas más importantes del siglo XIX se dio en función de las relaciones entre pintura y fotografía. Se pensaba que la pintura ya no sería necesaria, puesto que existía la posibilidad de registrar mecánicamente los objetos. Charles Baudelaire expresó con claridad este temor al advertir que, “si se permite a la fotografía suplir al arte en algunas de sus funciones, pronto lo habrá suplantado o corrompido por completo”[1], insistiendo en que su papel debía limitarse al de una herramienta auxiliar y no al de un medio creativo autónomo. En la muestra se aborda este asunto y se subraya, frente a esa amenaza de sustitución, la necesidad insustituible de la creatividad humana. En una de las vitrinas se exhiben los aparatos que se empleaban en las expediciones a las que acudía Velasco. En 1865, siendo aún estudiante, se unió a sus compañeros de la Academia, Luis Coto y Rafael Montes de Oca, en una comisión exploradora cuyo objetivo era informar sobre el hallazgo de unas ruinas en el límite entre Puebla y Veracruz. Según informó el jefe de la comisión, Ramón Almaraz, “el trabajo de los dibujantes era indispensable para representar lo que este aparato no podía”. ¿A qué nos referimos? A la enorme cantidad de gradaciones que logra el grafito en sus grises gracias a la presión ejercida sobre el papel y a la potencia de una mirada capaz de distinguir infinidad de tonalidades. Se exhibe un dibujo de un tronco de árbol, obra de Velasco, que da cuenta de la paciencia y del oficio que sostenían su arte.

3

Frente al óleo Volcán de Orizaba desde la Hacienda de San Miguelito (1892) el artista representa las plantas como un botanista en el primer plano, pero a medida que la mirada se desplaza hacia el segundo y tercer plano, percibimos la formación del pintor que obedece a los hallazgos renacentistas con respecto a la perspectiva atmosférica: los verdes tienen al azul –el azul es el verde que se aleja, como decía Elías Nandino- y los límites de los objetos se van haciendo borrosos, de acuerdo con las lecciones sobre el sfumato de Leonardo da Vinci. Para apreciar un Velasco necesitamos entender al científico ocupado en el detalle y al pintor animado por la incidencia de la luz sobre los objetos.

4

Las exposiciones del Museo Kaluz y del Museo Nacional de Arte, MUNAL -esta última menor por ser de gabinete y por los recursos empleados en el montaje- responden a la pregunta que nos hemos hecho cientos de veces: ¿por qué se da en el humano la necesidad de re-crear o de re-presentar el mundo si ya están dados los objetos? Una posible respuesta podemos inferirla frente a su autorretrato (grafito/papel, 1894) y la fotografía de autor desconocido (s/f) que aparece junto al mismo. En este caso el pintor no acudió al espejo para desentrañar el “yo”, sino que obedeció al impulso de la mímesis: dio una nueva realidad a la imagen fotográfica. Nos basta observar el abordaje dibujístico de la barba para entender el gozo del acto creativo, pues el detalle tan minucioso no se aprecia en la fotografía.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Las tres miradas de José María Velasco – LA JORNADA MORELOS


José María Velasco (1840-1912). Autorretrato, 1894 Grafito sobre papel. Colección Museo Kaluz

Retrato de José María Velasco. Autor sin identificar s/f. Colección Museo Kaluz

Flora y fauna marina del periodo Paleozoico, Siluriano y Devónico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / Colección particular

Flora y fauna marina del periodo Mesozoico, Jurásico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / colección particular


  1. Baudelaire, C. (1859/1981). Salón de 1859. En J. Mayne (Ed.), Art in Paris 1845–1862: Salons and other exhibitions (pp. 154–155). Phaidon Press. 









domingo, 18 de enero de 2026

Antigua en la memoria

 



Por Vicente Quirarte y Helena González

Vicente Quirarte y María Helena González*

Nací en Guatemala, pero me hice escritor en México

Augusto Monterroso

1

Primero es el reconocimiento: la ciudad es una suma de lugares de nuestra suave patria: San Miguel de Allende, Oaxaca, Tepoztlán y San Juan Chamula. Más adelante Antigua obtiene su verdadero lugar en la mirada y en el corazón. Los guatemaltecos, de dulce y cantarino hablar, han tenido la gracia de reinventar el “turismo de ruinas” y se han arriesgado con el “turismo panorámico”. Caminamos literalmente sobre el pasado y vimos la vida cotidiana desde una perspectiva que en pintura se ha dado en llamar “ojo de pájaro”. Durante el día una colmena palpitante, al caer la noche algunos músicos practican su arte y ofrecen la posibilidad del ritmo a los cuerpos.

Sí, no hace falta más que voluntad para dar la bienvenida al extranjero cuando se tienen modestos recursos en términos de infraestructura cultural. A fin de cuentas, todos sabemos que el objetivo de cualquier viaje termina siendo dejar de sentirse intruso.

2

Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.

3

La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.

4

En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.

2

Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.

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La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.

4

En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.

Link de consulta en: Antigua en la memoria – LA JORNADA MORELOS







domingo, 21 de diciembre de 2025

Cristóbal Colón: antimonumenta y otras complejidades

 


Vicente Quirarte y María Helena González

En el periódico Reforma del pasado 9 de diciembre, la nota principal de la sección Cultura decía “Navega Colón sin rumbo fijo.” En un principio pensamos que se trataba de una interpretación histórica, pues es sabido que Colón no fue consciente de que había descubierto un mundo nuevo para los ojos europeos, como después demostraría Américo Vespucio. Durante mucho tiempo pensamos en la escultura como un hito urbano, pues representaba el tercer monumento hacia el centro de la Ciudad de México. Se trata en realidad del grupo escultórico que representa a Cristóbal Colón y a los frailes Pedro de Gante, Bartolomé de las Casas, Juan Pérez de Marchena y Diego de Deza.

Encargada por el empresario Antonio Escandón y Garmendia al escultor francés Charles Cordier, -célebre por haber sido artista del Museo de Historia Natural-, la instalación del monumento en 1877 causó un gran revuelo en los periódicos de la época, sobre todo porque se juzgaba que había buenos escultores en México. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional del Virreinato y ha sido restaurada hasta verse casi como nueva. El problema es que mucha gente no la quiere ver por el descrédito en el que ha caído el personaje. Hace dos décadas, Colón provocó hilaridad cuando un 12 de octubre, Día de la Raza, se dijo: “Cristóbal Colón, al paredón”. Frente al monumento quienes defendían a los pueblos originarios exigían su reivindicación. En su libro publicado en 1965, el historiador Martín Quirarte escribió: “Indiscutiblemente que en Colón existe una dualidad. Por su energía y su ambición es un hombre típico del Renacimiento. Por sus ideas geográficas es un personaje del medioevo.” Pero como vemos, el personaje histórico ha adquirido una mayor polisemia, sometida al rigor de los Derechos Humanos.

En la hoy ex Glorieta de Colón -rebautizada por colectivas feministas como Glorieta de las Mujeres que Luchan- se escuchan consignas como “No nos van a borrar” y “Si lo borran, lo volvemos a pintar”, expresiones que condensan una crítica decolonial al monumento entendido como emblema de conquista, patriarcado e imposición histórica. Estos discursos, hoy dominantes en la disputa simbólica del espacio público, han cuestionado no sólo a Cristóbal Colón como personaje histórico, sino a la monumentalidad misma como forma de poder. Sin embargo, como toda corriente cultural, dichas consignas también están sujetas al paso del tiempo: así como los monumentos se erigen y se derriban, los marcos interpretativos cambian. No es impensable que algún día Colón regrese a la escena pública, no como héroe ni como villano, sino como objeto museístico o pieza artística, desplazado del pedestal y reinscrito críticamente en un recinto cultural, donde pueda ser leído, contextualizado y problematizado, más que venerado o cancelado. En ese gesto, la ciudad no perdería memoria, sino que ganaría capas de interpretación.

Ahora bien: ¿Cómo explicar a los jóvenes estudiantes de un colegio que lleva ese nombre, las complejidades del signo, el símbolo y el significado? En términos cognitivos, esto nos llevaría a plantearnos la problemática asociada a la economía de la atención, secuestrada actualmente por los dispositivos móviles. Pero este es otro problema. El desafío hoy, especialmente para los urbanistas, es decidir qué se hará no sólo con Colón, sino con toda la estatuaria del Paseo de la Reforma bajo la mira fustigante de quienes defienden los discursos decoloniales y los Derechos Humanos.

helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Cristóbal Colón: antimonumenta y otras complejidades – LA JORNADA MORELOS

La estatua de Cristóbal Colón en la Ciudad de México cerca de 1880. Foto de William Henry Jackson / Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos / Dominio Público



jueves, 4 de diciembre de 2025

El Jardín Borda y la memoria que nos construye

 


Por Helena González

1.

Este jueves 4 de diciembre se presentará en el Centro Cultural Jardín Borda La Gaceta de Museos del INAH, un nuevo número dedicado a la relación entre arquitectura, patrimonio y museos. Rosa María Sánchez Lara, coordinadora en esta ocasión de una de las publicaciones más relevantes del INAH se encargó de reafirmar la vocación que dio inicio a la publicación hace tres décadas: el análisis crítico, la divulgación bien hecha y la reflexión sobre los recintos culturales como espacios donde la historia se actualiza en cada visita.

En un contexto nacional marcado por recortes, cierres temporales y un deterioro silencioso de varios museos, este número aparece como un recordatorio necesario de que los recintos culturales no son lujos prescindibles, sino parte del tejido que sostiene nuestra vida pública.

2.

Dado que la edición incluye mi artículo “El Jardín Borda en el imaginario colectivo” procedo a presentarlo aquí brevemente. No puedo más que hacerme responsable de lo escrito. Espero sea de su interés, estimado lector.

Aclaro que escribí el texto a partir de mi pasión por las Ciencias Cognitivas. Las habilidades de pensamiento vinculadas con la creatividad, la fantasía y la memoria siempre me han interesado, entre otras cosas porque revelan que conocer el mundo no es un acto pasivo, sino un proceso activo de interpretación. Hoy sabemos, gracias a la neuroestética, que al percibir obras artísticas se activan muchas de las mismas áreas cerebrales involucradas en la emoción, la toma de decisiones, la memoria autobiográfica y la imaginación. Investigadores como Semir Zeki (1999), Anjan Chatterjee (2014) y Kawabata & Zeki (2004) han mostrado que regiones como V4, V5/MT, la corteza orbitofrontal y el sistema límbico participan simultáneamente en la experiencia estética: vemos, sentimos, recordamos y evaluamos de manera integrada. Estos hallazgos confirman que la percepción del arte no ocurre solo en la retina, sino en un cerebro que compara, completa, anticipa y reconstruye, haciendo de cada experiencia estética un acontecimiento único y profundamente personal.

Todo esto porque las formas en que imaginamos el Jardín Borda se basa en narrativas visuales, literarias e históricas y desde la pintura de castas del siglo XVIII hasta las representaciones del Segundo Imperio realizadas por Salvador Tarazona; desde las leyendas locales sobre túneles y banquetes hasta la figura persistente de la “India Bonita”, el Borda se ha convertido en un espacio donde la memoria colectiva se mezcla con la percepción. Esto coincide con lo que sostienen autores como Mara Dierssen y Yuval Noah Harari: nuestra mente no recuerda hechos aislados, sino imágenes y relatos que organizan la experiencia. “El cerebro compara experiencias nuevas con memorias previas para decidir la respuesta más adecuada”, afirma Diersen (2018), mientras que Harari lo confirma desde otro ámbito: “el ser humano recuerda mediante relatos, no mediante listas de hechos aislados”.

3.

Por otro lado, al escribir también contó mi experiencia como directora del recinto, entre 2018 y 2022. Durante esos años, conviví diariamente con la gente del querido equipo de la Dirección de Museos en los jardines, en el estanque y en la Sala Ponce. Me dolían a diario los muros afectados por los sismos, y confirmé que el patrimonio no solo se administra: se siente, se interpreta y sobre todo se guarda en la memoria corporal de quienes lo habitan.

El Jardín Borda es, en ese sentido, un museo vivo. Sus 27 mil metros de jardines, su arquitectura virreinal, sus estanques y sus rincones evocan lo que Pablo Soler Frost llama “la idea de paraíso”, un espacio donde se entrelazan nostalgia, historia y deseo. La ciudad de Cuernavaca ha proyectado en él sus anhelos y su identidad: es escenario de relatos imperiales, de celebraciones populares, de tardes familiares, de conciertos y exposiciones que marcaron generaciones.

4.

La presentación de la Gaceta de Museos en este mismo recinto no es coincidencia: es una oportunidad para recordar que el Jardín Borda sigue siendo un símbolo cultural de la ciudad y un laboratorio de imaginación histórica. En tiempos en que urge repensar el papel de los museos en México, este número nos recuerda que los recintos culturales no son solo espacios para “ver cosas”, sino lugares donde se construye comunidad, se fortalece la memoria y se imaginan el pasado, el presente y el futuro.

helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: El Jardín Borda y la memoria que nos construye – LA JORNADA MORELOS



lunes, 1 de diciembre de 2025

Un hombre más allá del universo

 


Por Vicente Quirarte y Helena González

1

Recibe al espectador la pintura de Alberto Castro Leñero para la galería de retratos de El Colegio Nacional. El artista transmite mediante pinceladas vigorosas la fuerza de un hombre que no dejó de hacer todo lo que un humano puede: fue pintor, escritor, vulcanólogo, investigador, buscador de oro, divulgador de las artes y por supuesto gran amante. La postura de la cabeza, el gesto adusto y la mirada desafiante lo dicen todo del genio polifacético.

Nos referimos a la muestra curada por el Maestro Luis Rius Caso para la Galería de El Colegio Nacional, en la misma se exhiben obras de pequeño y mediano formato, a diferencia de la voluntad de otras selecciones que optan por el gran formato. En esta en cambio, vemos una faceta poco conocida de Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, como lo bautizó Leopoldo Lugones. Incapaz de someterse a la normatividad de la institución, renunció apenas tres meses después de haber ingresado. Sin embargo, la corporación conserva sus libros y manuscritos originales, lo que facilitó las acuciosas investigación de Rius, quien por su experiencia con el tema de los japonismos vinculados a la obra de José Juan Tablada, encontró allanado el camino para señalar paralelos planimétricos en la obra de Atl.

2

Una de las mayores virtudes de la exposición es que nos sorprende: no sólo por la gran cantidad de obra escrita por el pintor, sino porque descubrimos que el artista siempre es un libro abierto a las múltiples lecturas que cada idea suya despierte. Así, por ejemplo, en el núcleo dedicado al pintor en su faceta de etnógrafo, Rius destaca que entre 1921 y 1927, el Dr. Atl publicó estudios decisivos para la historiografía del arte mexicano: Catálogo de pinturas y dibujos de la Colección Pani (1921), Las artes populares en México (1922) e Iglesias de México (1929). Estos libros, surgidos durante su estancia en el ex convento de la Merced, revelan su interés por el arte popular, la arquitectura religiosa y las vanguardias, en diálogo con Roberto Montenegro y Jorge Enciso, dos de los jasliscienses con los que trabajó en varios momentos de su vida. Aclaramos que vivió en lo que hoy es el Museo de la Ciudad de méxico, porque tenía el encargo de su recuperación.

Este núcleo incluye también su novela autobiográfica Gentes profanas en el convento (1950) y materiales vinculados a la también pintora Carmen Mondragón, Nahui Olin, entre ellos el notable retrato que Atl le hizo a la artista en 1922 (Col. Blaisten).

Aquí encontramos la parte más significativa de la obra narrativa de Atl: Las sinfonías del Popocatépetl (1921), Cuentos bárbaros (1930), Cuentos de todos colores (1936–1946), Un hombre más allá del universo (1935), El Padre EternoSatanás y Juanito García (1938).


En estos libros aparece un paisaje humano que complementa el panorama natural de su pintura: personajes marcados por la crueldad y la ternura, por la miseria, el humor y los claroscuros de la experiencia mexicana.


Sus relatos recogen el habla, las costumbres y las tensiones sociales que Atl conoció como artista, observador político y testigo de la Revolución.
Un hombre más allá del universo destaca como una obra especulativa que investigadores como Roberto Javier Acuña Gutiérrez (2019) consideran la primera novela de ciencia ficción en México.


Los dibujos geométricos y abstractos exhibidos —probablemente hechos para ese libro— dialogan con la exploración imaginativa y las hipótesis visuales que atraviesan su ficción.

3

En sus cuentos es notable la trascripción del habla del pueblo, sobre todo en sus personajes femeninos; pero nos gustaría cerrar con el comentario sobre El cuadro mejor vendido, porque en él Atl despliega una mirada mordaz sobre el mercado del arte: narra cómo un cuadro menor, casi un ejercicio sin importancia para su autor se convierte en una pieza célebre gracias a la especulación, la moda y el entusiasmo artificial de marchantes y críticos. La obra asciende de valor no por su calidad estética sino por un entramado de intereses, exageraciones y deseos ajenos, hasta volverse “el cuadro mejor vendido”. Con este relato, Atl revela con claridad los mecanismos que distorsionan el juicio artístico ayer y hoy. Desmonta, con humor y lucidez, la facilidad con que la opinión pública puede ser moldeada alrededor de una obra. Este heterodoxo que ahora nos invita a leerlo es el que nos llevamos tras haber visitado la muestra de Rius en El Colegio Nacional.

* helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Un hombre más allá del universo – LA JORNADA MORELOS










domingo, 16 de noviembre de 2025

Elogio de la Quinoterapia

 Por Helena González y Vicente Quirarte



Vicente Quirarte y María Helena González*

No tiene importancia lo que yo pienso sobre Mafalda.

Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí.

Julio Cortázar.

1.

En 2025 se cumplen nueve años de la publicación de la séptima edición de Todo Mafalda (Lumen-Penguin Random House, 2016), volumen que reúne por primera vez la casi la totalidad de las tiras creadas por Quino entre 1964 y 1973. Nueve años no es una cifra redonda, pero sí simbólica: el número remite a la edad misma de Mafalda, que en la ficción siempre se mantuvo niña para conservar su lucidez; en cambio. Esa coincidencia ofrece un pretexto poético y reflexivo: la edición tiene la edad de su protagonista, nueve años y podemos preguntarnos si el mundo ha madurado más que ella.

Todo esto porque Vicente llegó a casa armado con el mencionado volumen aclarando que Mafalda le debe a Peanuts de Charles M. Schultz su origen, pues se trata de niños que reaccionan y piensan como tales, aunque sus reflexiones nos dejan más preguntas que respuestas sobre el contexto global -crisis climática, polarización política, saturación mediática y violencia extrema- que se ha agudizado.

Un título más justo sería Mafalda y sus amigos, pues todos ellos son un contrapunto necesario para que Mafalda (el nombre proviene de una novela y del de la hija de Vittorio Emanuelle) ponga en práctica el pensamiento crítico, una de las facultades ejecutivas que reposan en la corteza prefrontal, habilidad del pensamiento actualmente muy valorada en el ámbito educativo. Por lo mismo en las bibliotecas de los colegios debería de ser de más lectura obligada que otras propuestas.

2.

Recientemente, durante la entrega del Premio Crónica, Quirarte reconoció que las tiras cómicas no arruinan el intelecto, como le dijo una profesora hace muchos años: son importantes para formar a futuros lectores. Añade que el diálogo con los amigos Manolito, Felipito, Susanita, Miguelito, Guille y Libertad amplifica el mensaje que el autor argentino desea transmitir. Curioso resulta que en este caso los diminutivos no empequeñecen a los personajes, sino todo lo contrario. Manolito o la necesidad de enriquecerse económicamente y cuyo sueño dorado es convertir el almacén del padre en una cadena multinacional; Susanita o el deseo de tejer comunidad a cualquier precio -incluso el de ser detestable-; Felipe o la inseguridad ante los deberes que el mundo le impone, siempre fantaseando vivir una aventura del Llanero Solitario, dejando para mañana lo que puede hacer hoy; Guille, reflejando los ideales más puros, cuya inocencia le permite hacer preguntas que sonrojan incluso a su hermana mayor; Miguelito desafiando la creencia universal sobre la disyuntiva entre morir de pie o vivir arrodillado, proponiendo la alternativa de subsistir sentados; y Libertad, cuyo pequeño tamaño representa la dimensión del mundo infantil frente al adulto, todos ellos crecen ante nuestra mirada a medida que despiertan nuestra conciencia ética.

3.

Con el libro en la mano, un domingo de noviembre, Vicente y yo también nos preguntamos si las nuevas generaciones que la descubren en memes o ediciones digitales reciben con la misma contundencia el humor crítico de Quino. En la era de la inmediatez este manual ético y estético de resistencia infantil propone el sentido del humor contra la indiferencia, la ternura frente a la indolencia y el pensamiento crítico frente al dogma y por ello debería resonar en Latinoamérica más que las formas de humor embebidas de vulgaridad y narcoviolencia que abundan en la www. Leer a Mafalda equivale a recibir una dosis de elevada quinoterapia, como lo dice Gabriel García Márquez al principio del volumen que recomendamos.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/sociedad/elogio-de-la-quinoterapia/