Vicente Quirarte y María Helena González*
Como tantas otras veces, fuimos juntos al Museo de Arte Moderno. Unos minutos antes, nos detuvimos frente a otro montaje: en las rejas de Chapultepec, una exposición fotográfica (Pablo Salazar, José Moisés Blanco y Jorge Gómez Maqueo) recordaba que en Morelos hasta las piedras son zapatistas. La figura recortada y resignificada del combatiente parecía advertirnos que toda mirada es también una toma de posición. Con esa idea, nos formamos en la larga fila para entrar al museo.
Y no fue una visita cualquiera: comprobamos que en México se necesitan los escándalos para que la gente acuda a los museos. Por fortuna, además de selfies encontramos espectadores detenidos más de los 30 segundos habituales, frente a las obras.
Había expectativa
Nos proponíamos seguir una intuición que la exposición apenas insinúa: la pintura de Frida Kahlo y la de Diego Rivera no avanzan paralelamente, sino en un cruce constante. El catálogo de 2004 lo dice con claridad. En El camión (1929), Kahlo introduce al “gringo” con sombrero de paja y bolsa de dinero; Rivera lo retoma en La noche de los ricos (murales de la SEP, 1928). Más adelante, el cuerpo vegetal de Tina Modotti en Chapingo (1926-27) encuentra eco en el Luther Burbank de Kahlo (1931): raíz y carne, imagen que migra, formas que insisten. No es influencia: es una conversación entre ambos latente en la sala, pero el montaje no siempre nos daba las claves para seguirla.
Conforme avanzábamos, oscilaban nuestras miradas entre las mamparas y la gente. Gente viendo a la gente. Constatamos una y otra vez que nuestro deambular entre las piezas responde a la costumbre de nombrar para reconocer: un cactus, un huipil, un búho, unos monos, una madre mártir, el paisaje mexicano. El nacionalismo presente. Pero reconocer no es comprender: Hace falta comparar, preguntarse ¿qué historia se arma entre las obras? En el MAM la exposición parece resuelta con una prisa elegante: bien colgada, pero no del todo pensada para desplegarse en la mente del espectador.
El recorrido tampoco ayuda. El cedulario, discreto hasta volverse casi invisible, no acompaña. Se lee poco, se abandona pronto. Y entonces cada obra queda aislada, cuando lo que esta colección pide es lo contrario: ser vista como conjunto, como trama.
Y sin embargo, hay momentos que lo cambian todo. No es frecuente ver reunidas tantas fridas. Ahí está La novia que se espanta al ver la vida abierta (1943), ofrecida a los sentidos, apetitosa -inevitable recordar a Manuel González Serrano en este punto-. Pero más allá de ese magnetismo, la exposición guarda una clave mayor en su origen: el retrato de Cantinflas pintado por Rufino Tamayo en 1948.
Con él se abre una relación profunda entre pintura y cine, entre dos formas de narrar México. Cantinflas no es solo el personaje popular: es una conciencia crítica que se cuela en la modernidad. A su alrededor, la colección Gelman -y su vínculo con Posa Films- articula un universo donde la pintura dialoga con la cámara, donde los fotógrafos capturan rostros y épocas, y donde figuras como Gunther Gerzo -escenógrafo antes de declararse pintor- recuerdan que el espacio visual mexicano también se memoriza desde la escena construida y la luz. De Gerzo hubiéramos querido ver más.
Finalmente comentamos los retratos de Jacques y Natasha Gelman porque refuerzan otra dimensión: la del origen burgués del acervo. Figuras de pose y serenidad calculada. En el retrato que le hace Rivera a Natasha, los alcatraces siguen la curva de su cuerpo con una sensualidad heredada de la tradición europea (odaliscas y majas); en La vendedora de alcatraces, en cambio, las flores ocupan casi todo el espacio, desplazando el cuerpo indígena hacia una presencia monumental, vista de espaldas, silenciosa y poderosa.
Pero lo que falta pesa. La selección actual deja huecos difíciles de ignorar: Juan Soriano, Martín Ramírez, Carlos Mérida, Miguel Covarrubias, Emilio Baz Viaud… ¿dónde están? No se trata de acumular nombres, sino de sostener una lectura. Sin ellos, la historia se fragmenta.
*helenagonzalezcultura@gmail.com











