miércoles, 30 de mayo de 2012

El Código Cultural

Según Clotarie Rapaille, un psicoanalista experto en mercadotecnia que inventó y patentó un método para analizar las culturas y subculturas del mundo con la idea de entender por qué la gente que habita este atribulado planeta vive y compra como lo hace, las actitudes de la gente traslucen “ideas síntesis” o códigos, y estas ideas se diferencian entre sí por países.



Rapaille en su entretenido análisis (publicado por Editorial Norma bajo el título “El Códico Cultural”), va más allá de las simples cuestiones comerciales (finalmente quienes lo contratan son las empresas que buscan publicidad dirigida y eficaz) y extrema su idea hasta el grado de decir que percibimos a los países completos bajo una sola categoría o idea. Según su super digerible y entretenido libro, a cada Estado le tocaría una palabra definitoria. Dicha palabra, por otro lado, no proviene de la corteza cerebral o parte inteligente de nuestras cabecitas (léase la parte racional), sino del llamado cerebro reptiliano, o sea la parte instintiva y según los expertos, la parte que nos hace actuar (no confundir con el cerebro emotivo, que también nos mueve mucho).


Así, tenemos que el código para los Estados Unidos (país de adopción de Rapaille) es “adolescente”, lo cual los lleva a valorar la juventud, la inmadurez, los atrevimientos y la acción en demasía. Por eso permiten, dice Rapaille, las actitudes poco responsables de algunos de sus políticos y veneran las vidas amorosas de Hollywood. El caso de Clinton-Lewinsky sería muy significativo en este caso.



La salud en los Estados Unidos (y en general en el mundo occidental), se entiende reptilianamente como MOVIMIENTO, es decir, los estadounidenses identifican el estar sanos con el poder moverse y por lo tanto cualquier impedimento para la acción implica enfermedad. Por eso, dice Rapaille, a los ancianos se les minimiza en sociedad y nos da tanto miedo envejecer. Movernos nos confirma que estamos vivos y hacemos toda clase de cosas para conservar la inercia, desde llenarnos de actividades (muchas veces innecesarias), hasta comenzar una carrera nueva habiéndonos jubilado con una situación económica desahogada.


El código para la belleza, en el mismo país, es la redención del hombre (una mujer bella le provoca los más nobles sentimientos al varón, dice Rapaille), aunque por otro lado lo condene a su búsqueda incesante, a su perdición. Aquí se presenta una tensión muy poderosa y la prueba de que la belleza es importantísima en la cultura occidental la encontramos en las miles de publicaciones dedicadas al tópico mujer ideal o modelo, asunto que día a día causa más estragos entre quienes no cumplimos con el ideal.



Y más allá del esquema biológico, el código cultural para la cena es CÍRCULO ESENCIAL, refiriéndose este concepto al único momento en el que la familia intercambia emociones e ideas, al encuentro íntimo de sus miembros. En el hogar están nuestros corazones y uno de los primeros recuerdos que nos viene a la mente cuando pensamos en el concepto familia, es “cena”. ¿Quién no piensa en el pan dulce y el atole, los tamales y los sándwiches nocturnos tomados en la mesa de la cocina al calor de la plática?, ¿quién no concatena estos recuerdos con el significado más profundo de la vida y quien no entiende a la cena como el fin último de un día agitado, incluso en los momentos en los que la cena viene en una caja?.



Llevo estas ideas a mi terreno y concluyo: “De flojera”. Ese es el código para los museos en México. Así se perciben en general y las estadísticas no hacen más que confirmar el hecho de que la gente prefiere hacer cualquier cosa antes que refugiarse en la llamada alta cultura. Qué mala suerte y qué imposible se me hace cambiar el tal código cultural con la idea de contagiar mi amor por el arte. Ω






María Helena Noval

miércoles, 23 de mayo de 2012

Cultura escrita: hay que dar la batalla




1. Primer round


El domingo pasado se publicó en este diario un incisivo reportaje sobre la lectura en nuestro estado: en una esquina del ring las bibliotecas, en la otra los antros. La contienda la ganó la cultura de los consumos etílicos. Los libros salieron muy mal parados. Lo mismo sucedió con esos centros de acopio llamados bibliotecas públicas: se están cayendo de soledad y su equipamiento y acervo son lastimeros.
Se dice que en México se lee medio libro al año y que ni la creciente calidad en el diseño editorial aminora la agonía de estos objetos, depositarios de la letra escrita, si su consumo se mide en términos de preferencias para el rato de ocio. ¿Qué van a hacer los políticos que están proponiendo más cultura y menos ocio, escuelas de tiempo completo, elevar los niveles de educación para revertir este problema vinculado íntimamente con la moral de guerra que estamos viviendo? La situación se ve muy difícil, de entrada porque no se trata de un asunto que se disipe por decreto o gastando más en bibliotecas.
alla 

En esta sociedad de enfermos de la letra, a la SEP con su legión de maestros y a los institutos de cultura de los estados les toca el papel de instancias salvadoras de almas. En el caso de Morelos, las preguntas que se antojan giran en torno a la formación de lectores en la presente administración. La cantidad de publicaciones y presentaciones de libros cuenta como un índice nada despreciable si se trata de medir la existencia de escritores en el país, no obstante, las clases de Comprensión Lectora impartidas en los colegios del estado tienen el papel más relevante por cuanto respecta al futuro de la lectura en la entidad.


El panorama es alentador si se voltea a ver lo que se hace en algunas de las Salas de Lectura de CONACULTA. Será porque son más pequeñas, será porque responsabilizan a un tallerista entrenado, será porque están dirigidas a niños, será porque se trata de libros muy atractivos visualmente, pero lo cierto es que la mayoría de estos lugares reporta actividades constantes en el estado. "Como las salas están estrechamente vinculadas con los programas de formación de lectores --explica Lidsay Mejía, Subdirectora de Cultura Escrita del Instituto de Cultura de Morelos--, y se piensa antes que nada en los públicos que no son lectores asiduos, nuestros talleristas terminan por motivar el acercamiento sin prejuicios. Ellos trabajan antes que nada con la gente común, no con los académicos y los profesionistas. Trabajamos para la sociedad civil sin recursos ni formación académica y resulta que sí se comprometen. Actualmente contamos con 87 salas de lectura y tenemos 3 más que se llaman Paralibros (Palacio de Justicia, Casa de los Pequeños Hermanos y junto a la Vecindad). Estos lugares son como paradas de autobuses en los que puedes recoger un volumen. Realizamos el Maratón de lectura, donde se compite contra uno mismo en ritmo y marcha y se invita a dejar allí mismo el libro, se dan credenciales y se marca con separadores el lugar en el que cada quien suspendió la lectura.
La Casa de Lectura Infantil y Juvenil Comenios, quien fue un defensor de los libros, héroe casi desconocido de la lectura, contiene más de tres mil ejemplares especializados en estos lectores, sin ser una biblioteca tradicional. Por su parte, la Biblioteca Vagabunda también va a las comunidades a realizar talleres.


3.- Knock Out por amor 


Pero ¿cómo es que se contagia el amor a la lectura? me pregunto y les pregunto a mis entrevistados, porque sabemos que no se trata sólo de proporcionar el material sino de hacer que lo abran. Como predicamos con el ejemplo y estamos convencidos de que leer y escribir pueden cambiar la vida, porque así nos ha sucedido a nosotros, nuestra primicia a transmitir es precisamente que leer se torna vital. Hay un taller que se llama "Mujer: escribir cambia tu vida" que se torna cada día más en una herramienta de autoconocimiento.
En este caso termina por darse empatía y complicidad entre lectora y escritora. En el caso de los Paralibros hacemos hincapié en que no tiene que ver con una biblioteca tradicional, o sea un espacio ceremonial para guardar compostura, se trata de la calle y si pasa un fontanero se le comparte un manual de su oficio: les damos la cotidianidad vista por especialistas y grandes escritores. Los demás mediadores también saben, que hay que adaptarse al lector, termina por decirnos Lidsay Mejía.   



4. Políticas culturales creativas: el verdadero punch


Los seres humanos nos comunicamos mediante la palabra incluida la escrita. Pero leer implica un trabajo y este se dificulta más si el mundo nos distrae.
La historia de la Biblioteca de Alejandría, aquel sitio de indagación que llegó vivo hasta los inicios de la era cristiana y que se acabó entre otras razones por el fanatismo de quienes confiaron más en el creacionismo que en la cosmovisión naturalista del mundo, contribuyó para el nacimiento de las primeras políticas culturales de la historia de occidente. La dinastía de los Ptolomeos quiso que allí se guardaran libros provenientes de todo el mundo conocido y que se incluyeran textos sobre las culturas de los pueblos gobernados. Aquellos estadistas tuvieron la visión de un imperio incluyente y civilizado. No sólo se trataba de que una élite gozara del saber, sino de que lo humano se aprovechara a favor de lo humano. 



5. ¿Y la bio-política qué?


La idea de nuestros brillantes candidatos sobre el fomento a la lectura como contrapeso a la narcocultura que vivimos no es nueva. Lo nuevo será en todo caso la manera en la que estas políticas culturales se implementen.
La creatividad a la hora de presentar el material, lo que se difunda sobre la experiencia cumbre con el libro, la desacralización de las bibliotecas como lugares de culto, elitistas y sobre todo el cuidado del lenguaje de los propios dirigentes (no pedante, sino cuidado) se tornarán en el verdadero punch contra los agentes pervertidores del ciudadano. Se trata de que hagan bio-política, de que usen lo humano en favor de lo humano y no sólo en favor de la cultura material.
A propósito de la lectura ¿Quién cree usted que ha leído más de los 4 candidatos morelenses a la gubernatura del estado?









María Helena Noval


miércoles, 16 de mayo de 2012

Día de los Museos: ¿también en Morelos?

Para el promotor y artista plástico Alejandro Quijano

Se celebra este 18 de mayo el Día Internacional de los Museos en gran parte del mundo; se conmemora, evidentemente la existencia de estas "bodegas" del hacer y del saber humano y se preparan visitas especiales, fiestas y discursos de reconocimiento a donadores y estudiosos. (¿De qué otra manera se puede celebrar la existencia de los objetos, si no es a través del culto a la personalidad de sus creadores?)


En Morelos no habrá rebumbio al respecto; la falta de presupuesto tiene la culpa, pero los tiempos políticos también hacen lo suyo en esto de opacar más la vida cultural de un estado que vive moral de guerra.


Ni tanto que queme al santo...

Acabo de leer un artículo incendiario escrito por el señor Fernando Buen Abad, publicado en la Revista Pantagruélica (Cfr. revistapantagruelica.com / Demagogia de Museos: las obras de caridad educativa) que plantea algunos asuntos que bien vale la pena traer a colación, porque parte de la suposición de que los museos no sirven para ennoblecer a la gente. "Los museos sólo son exitosos en la vendimia de glamour y en la verbena de las donaciones y los financiamientos. Visitar un museo no necesariamente significa conocer el arte, la ciencia o el saber en general. No siempre implica 'admirar' obras de arte, ni tener, verdaderamente, experiencias interactivas, entretenidas, divertidas e ilustrativas, ni para chicos ni para grandes. La oferta cultural burguesa que ofrecen casi todos los Museos es una coartada ideológica plagada con demagogia y marginación. Da lo mismo si se trata de exposiciones con objetos artesanales, fotografías, arte contemporáneo o colecciones variopintas de todo el mundo. El objeto es auto-complacerse y complacer a sus convencidos". Cierro aquí la cita, no sin apuntar, que el artículo de marras no deja de oírse como una lectura marxista, de esas de "catálogo" de la historia del arte, con algunos aciertos que debemos escuchar quienes vemos en la existencia de estos sitios muchas más ventajas que desventajas.



El señor Buen Abad acierta en señalar que el mercado del arte y el mundo de los negocios culturales es hoy por hoy la ingeniería detrás del hacer museístico y truena contra la hipocresía de quienes saturan sus agendas de compromisos políticos antes de pensar en la expansión o el contagio de valores como la belleza y la verdad. Tiene razón cuando se queja de que "la palabrería culturosa poco tiene que ver con la realidad educativa y las necesidades de memoria crítica de los pueblos", sin embargo creo que está dejando de ver la realidad concreta de nuestro país. Convendría recordar que las condiciones sociales de los pueblos divergen y que no es lo mismo acudir a un museo de marca, como el Guggenheim, que a un museo en el que los contenidos giran en torno a la historia de la localidad; que no es lo mismo ir a una pinacoteca especializada en miniaturas, que a un museo que exhiba lo mejor del arte popular. Unos y otros presentan, o mejor dicho representan contenidos que difieren en intenciones. Unos inflan el valor de sus colecciones, mientras que otros cumplen (en algunos casos mediocremente, en otros exitosamente) con la instauración de la noción de identidad y pertenencia que tanta falta nos hace en estos momentos a los mexicanos. Las vocaciones de los museos sí, a veces responden a sofisticaciones e intereses creados, pero eso no descarta el hecho de que el espectador todavía se conmueve frente a la belleza y de que no conocemos otro medio, más que la historia re-presentada, para prevenir, revertir o sanar en algo el daño de un ambiente violento.


Museos en Morelos: ¿vale la pena uno más?



El mundo ha sufrido una serie de grandes transformaciones, este dinamismo ha debilitado la sensibilidad del individuo, la captación de la vida por el arte que viene a ser la obra humana encargada de expresar los sueños, los ideales, las carencias, los deseos del hombre.
En este momento desde la educación escolar, no le estamos aportando a los individuos medios para la introspección. Lo material o los conocimientos promovidos como los agentes de cambio social, no sirven si no se le mete el "nosotros", la noción del otro al sujeto. Tal es la función del arte y el arte se preserva en los museos.
Cuando el niño cuando juega, desarrolla redes neuronales importantes, cuando el hombre se plantea las ideas de belleza y verdad, cuando se asombra frente a la destreza manual o la originalidad de una idea, está asimismo transformando su ser.
Las campañas electorales que estamos viviendo en nuestro estado --no hay manera de no vivirlas, por más que queramos huir de ellas, nos salen al paso en cualquier rincón--, plantean como uno de los puntos de su agenda, como una promesa salvadora, la construcción de un museo más. La idea se la escuchamos antes que a nadie y obedeciendo a un diagnóstico de lo que sucede locamente, al candidato de las izquierdas, pues como todos sabemos, su esposa cuenta con la experiencia suficiente en el ramo cultural (se desempeñó como directora de cultura del DDF los últimos 6 años). Ella está convencida de que los museos bien manejados pueden convertirse en verdaderos agentes de cambio social.
Como dije, otros candidatos se apropiaron ya de la propuesta graquista y sin habérseles escuchado cómo, por qué, de dónde ni qué vocación tendría el citado museo, indican que esa sería su carta mayor hablando del área cultural que por fuerza también les tocaría dirigir, arreglar, manejar...¿batear?
En este brete museístico, a nadie se le ha ocurrido hablar del mero "tuétano" del asunto, me refiero al acervo, lo museable. Estaremos atentos al desarrollo de la campaña graquista-elenista para tratar de entender de qué manera planean que nuestra entidad federativa vaya resolviendo el déficit en materia de desarrollo social. Por ahí se vislumbra un respiro.

Maria Helena Noval