domingo, 25 de enero de 2026

Las tres miradas de José María Velasco

 

Vicente Quirarte y María Helena González*

A nuestra querida amiga, la señora Tere Velasco,

estudiosa y descendiente del notable pintor.

1

En el Museo de Geología de la UNAM, en el corazón de la Alameda de Santa María la Rivera, tuvo lugar nuestro primer encuentro con el otro José María Velasco (1840-1912). Nuestra adolescencia hambrienta se extasió ante las obras que en 1906 el artista elaboró para decorar la planta superior del entonces Instituto Geológico Nacional. Su motivación era ilustrar la evolución de la vida marina y terrestre en las distintas eras geológicas, reinterpretando un ciclo de pinturas sobre el mismo tema realizado por el paisajista austríaco Josef Hoffmann (1831-1904) para la sala décima del Museo de Historia Natural de Viena.

Decimos “el otro Velasco”, porque en el Museo Kaluz se destaca en la exposición titulada El jardín de Velasco (hasta marzo) la faceta de explorador, botánico, geólogo, zoólogo -acaso ictiólogo- del acreditado paisajista. Nos fascinaron porque en estas piezas cuyas acuarelas vimos en el MUNAL un par de horas antes, se combinan el paisaje y la naturaleza muerta, y porque el nacido en Temascalcingo, Estado de México, dio rienda suelta a la imaginación, cosa que no se permitía en otros momentos de sus procesos creativos vinculados con el rigor de la re-presentación minuciosa de la realidad. Sus pétalos se transforman en lenguas y llamas vegetales, las cintas se levantan en vilo, los caracoles y corales semejan instrumentos musicales y esqueletos. En síntesis: el artista va más allá de su inicial encomienda de imaginar el mundo en sus posibles inicios.

2

Una de las discusiones teóricas más importantes del siglo XIX se dio en función de las relaciones entre pintura y fotografía. Se pensaba que la pintura ya no sería necesaria, puesto que existía la posibilidad de registrar mecánicamente los objetos. Charles Baudelaire expresó con claridad este temor al advertir que, “si se permite a la fotografía suplir al arte en algunas de sus funciones, pronto lo habrá suplantado o corrompido por completo”[1], insistiendo en que su papel debía limitarse al de una herramienta auxiliar y no al de un medio creativo autónomo. En la muestra se aborda este asunto y se subraya, frente a esa amenaza de sustitución, la necesidad insustituible de la creatividad humana. En una de las vitrinas se exhiben los aparatos que se empleaban en las expediciones a las que acudía Velasco. En 1865, siendo aún estudiante, se unió a sus compañeros de la Academia, Luis Coto y Rafael Montes de Oca, en una comisión exploradora cuyo objetivo era informar sobre el hallazgo de unas ruinas en el límite entre Puebla y Veracruz. Según informó el jefe de la comisión, Ramón Almaraz, “el trabajo de los dibujantes era indispensable para representar lo que este aparato no podía”. ¿A qué nos referimos? A la enorme cantidad de gradaciones que logra el grafito en sus grises gracias a la presión ejercida sobre el papel y a la potencia de una mirada capaz de distinguir infinidad de tonalidades. Se exhibe un dibujo de un tronco de árbol, obra de Velasco, que da cuenta de la paciencia y del oficio que sostenían su arte.

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Frente al óleo Volcán de Orizaba desde la Hacienda de San Miguelito (1892) el artista representa las plantas como un botanista en el primer plano, pero a medida que la mirada se desplaza hacia el segundo y tercer plano, percibimos la formación del pintor que obedece a los hallazgos renacentistas con respecto a la perspectiva atmosférica: los verdes tienen al azul –el azul es el verde que se aleja, como decía Elías Nandino- y los límites de los objetos se van haciendo borrosos, de acuerdo con las lecciones sobre el sfumato de Leonardo da Vinci. Para apreciar un Velasco necesitamos entender al científico ocupado en el detalle y al pintor animado por la incidencia de la luz sobre los objetos.

4

Las exposiciones del Museo Kaluz y del Museo Nacional de Arte, MUNAL -esta última menor por ser de gabinete y por los recursos empleados en el montaje- responden a la pregunta que nos hemos hecho cientos de veces: ¿por qué se da en el humano la necesidad de re-crear o de re-presentar el mundo si ya están dados los objetos? Una posible respuesta podemos inferirla frente a su autorretrato (grafito/papel, 1894) y la fotografía de autor desconocido (s/f) que aparece junto al mismo. En este caso el pintor no acudió al espejo para desentrañar el “yo”, sino que obedeció al impulso de la mímesis: dio una nueva realidad a la imagen fotográfica. Nos basta observar el abordaje dibujístico de la barba para entender el gozo del acto creativo, pues el detalle tan minucioso no se aprecia en la fotografía.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Link de consulta: Las tres miradas de José María Velasco – LA JORNADA MORELOS


José María Velasco (1840-1912). Autorretrato, 1894 Grafito sobre papel. Colección Museo Kaluz

Retrato de José María Velasco. Autor sin identificar s/f. Colección Museo Kaluz

Flora y fauna marina del periodo Paleozoico, Siluriano y Devónico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / Colección particular

Flora y fauna marina del periodo Mesozoico, Jurásico. Óleo sobre tela s/f. José María Velasco / colección particular


  1. Baudelaire, C. (1859/1981). Salón de 1859. En J. Mayne (Ed.), Art in Paris 1845–1862: Salons and other exhibitions (pp. 154–155). Phaidon Press. 









domingo, 18 de enero de 2026

Antigua en la memoria

 



Por Vicente Quirarte y Helena González

Vicente Quirarte y María Helena González*

Nací en Guatemala, pero me hice escritor en México

Augusto Monterroso

1

Primero es el reconocimiento: la ciudad es una suma de lugares de nuestra suave patria: San Miguel de Allende, Oaxaca, Tepoztlán y San Juan Chamula. Más adelante Antigua obtiene su verdadero lugar en la mirada y en el corazón. Los guatemaltecos, de dulce y cantarino hablar, han tenido la gracia de reinventar el “turismo de ruinas” y se han arriesgado con el “turismo panorámico”. Caminamos literalmente sobre el pasado y vimos la vida cotidiana desde una perspectiva que en pintura se ha dado en llamar “ojo de pájaro”. Durante el día una colmena palpitante, al caer la noche algunos músicos practican su arte y ofrecen la posibilidad del ritmo a los cuerpos.

Sí, no hace falta más que voluntad para dar la bienvenida al extranjero cuando se tienen modestos recursos en términos de infraestructura cultural. A fin de cuentas, todos sabemos que el objetivo de cualquier viaje termina siendo dejar de sentirse intruso.

2

Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.

3

La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.

4

En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.

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Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.

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La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.

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En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.

Link de consulta en: Antigua en la memoria – LA JORNADA MORELOS