domingo, 9 de noviembre de 2025

París bien vale una misa, pero ¿y las piezas robadas de las iglesias mexicanas?

Por Helena González

María Helena González*

El saqueo y el tráfico ilícito de bienes culturales no solo priva a las comunidades de sus símbolos materiales, también destruye los lazos espirituales que les dan sentido de pertenencia.

ICOM, México

El espejo de París

El robo de las joyas napoleónicas en la Galerie d’Apollon del Musée du Louvre duró apenas siete minutos. Cuatro hombres, sin armas de fuego, entraron por una ventana con un elevador mecánico y se llevaron ocho piezas históricas. La escena parecería de película si no fuera porque ocurrió en el museo más visitado del mundo. Ese golpe fulminante recuerda que ni siquiera los colosos son invulnerable y nos devuelve inevitablemente a México, donde la memoria de nuestros propios atracos sigue siendo incómoda.

El robo del siglo

El 25 de diciembre de 1985, dos estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México entraron al Museo Nacional de Antropología y sustrajeron 124 piezas prehispánicas. Entre ellas, se citaba la máscara de jade del Señor de Kalakmul. Cuatro años después se recuperaron 111, pero varias jamás volvieron. El caso convirtió al MNA en emblema de vulnerabilidad tanto como de grandeza.

Jardín Borda: un museo herido

En agosto de 2016, en Cuernavaca, desapareció Dunas (1920) de Miguel Covarrubias durante la exposición Adolfo Best Maugard. La espiral del arte. Meses más tarde, otra nota local habló de la pérdida de Motivo tropical, también de Covarrubias. El Centro Cultural Jardín Borda, corazón cultural de Morelos, quedó marcado por la herida silenciosa de esas piezas ausentes.

Iglesias vaciadas

Pero los robos más frecuentes no aparecen en titulares internacionales. Se consuman en parroquias rurales, donde cada domingo desaparece un santo más. Según un editorial del diario local La Jornada Morelos, “la falta de un inventario facilita el robo y hasta la venta de este tipo de artículos en un circuito de millones de dólares… hace algunos años se calculaba que en México eran robadas 26 iglesias a la semana (…) y desaparecían piezas coloniales que podían venderse fácilmente hasta los 150 000 dólares; las entidades más saqueadas eran Puebla, Tlaxcala, Estado de México, Ciudad de México… y desde luego, Morelos” https://www.lajornadamorelos.mx/editorial/el-arte-sacro-mas-que-fe-e-historia/?utm_source=chatgpt.com

De hecho, según datos de distribución nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) vía transparencia, el estado de Morelos no registró denuncias de robo de arte sacro entre 2015 y 2023, salvo el caso de una escultura de San Antonio de Padua sustraída en 2002 en Santiago Apóstol (Jiutepec), recuperada en 2022 en Dallas, Texas https://www.eluniversal.com.mx/cultura/siete-estados-lideran-el-robo-de-arte-sacro-en-el-pais-inah/?utm_source=chatgpt.com

El silencio estadístico puede significar tanto ausencia de robos como falta de denuncias, lo que refuerza la hipótesis de invisibilidad institucional. Especialistas del INAH e ICOM han insistido en que la ausencia de catálogos públicos unificados dificulta la identificación y recuperación de piezas, y alimenta el mercado ilícito.

La hipótesis incómoda

Como hemos dicho, sin bases de datos estandarizadas las piezas se “licúan” y reaparecen en subastas o colecciones privadas. Recordemos que el arte prestigia y las piezas religiosas son especialmente sustanciosas porque suele vinculárseles con linajes familiares asociados con el coleccionismo, cosa que potencia el modus operandi de los llamados “cajueleros”, vendedores de arte que no operan en galerías y no declaran las ventas al fisco.

Lo que falta

Las soluciones no requieren ciencia ficción: un inventario público interoperable; una alerta patrimonial inmediata —como la Alerta Ámbar, pero para el arte—; y medidas básicas de resguardo en parroquias rurales. Las políticas concretas tienen que mandatar la colocación de sistemas de vigilancia con cámaras, detectores de movimiento, alarmas y denuncias obligadas con datos específicos. El chequeo regular de los inventarios debe ser obligado.

Florezcamos como colectividad cuidando lo nuestro

Como investigadora del bienestar, sostengo que la infraestructura invisible de la seguridad también es bienestar en sus versiones de cognitivo, eudemónico, social y económico. Un museo, un templo, una comunidad protegida puede florecer culturalmente. Si “París bien vale una misa” -es decir la inversión en el viaje- es porque todos saboreamos el prestigio de Notre Dame, Sacre-Coeur y Chartres, entre otros sitios icónicos para el turismo.

El robo y la dispersión del patrimonio no solo implican pérdidas simbólicas, socavan también una economía cultural que podría generar empleos, ingresos y desarrollo regional. En este sentido, Carlos Villasenor Anaya ha señalado que la inversión en infraestructura cultural —museos, archivos, equipamiento de iglesias— es parte integral del desarrollo sostenible: proteger las piezas implica también activar el valor económico de lo cultural.

El Consejo Internacional de Museos (ICOM) publicó en 2017 la Lista Roja de Bienes Culturales en Peligro de México y Centroamérica, revisada en 2019 con apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la UNESCO. Este documento no es un inventario de piezas robadas, sino una herramienta preventiva internacional destinada a orientar a aduanas, policías, museos y casas de subastas sobre los tipos de objetos que suelen ser saqueados y traficados ilícitamente.

Categorías de objetos más vulnerables

  • Objetos arqueológicos:
    Cerámica prehispánica, figurillas, máscaras, esculturas y elementos arquitectónicos.
  • Arte virreinal y colonial:
    Lienzos de gran formato, imágenes devocionales, tallas en madera y marfil.
  • Arte sacro:
    Esculturas policromadas, retablos, custodias, cruces procesionales, orfebrería litúrgica.
  • Objetos de museos e iglesias:
    Piezas patrimoniales que, por su tipología o materiales, suelen ser blanco de exportación ilegal.

Advertencias principales de ICOM

  • La mayoría de los saqueos ocurre en contextos rurales: iglesias poco vigiladas, capillas aisladas y yacimientos arqueológicos sin resguardo.
  • Cada robo implica la pérdida no solo de un objeto artístico, sino también la ruptura de la memoria espiritual y cultural de comunidades enteras.
  • El tráfico ilícito priva a los pueblos de sus símbolos de identidad, debilitando su cohesión social y sus tradiciones. No olvidemos además que las fiestas patronales forman parte del patrimonio cultural inmaterial de los pueblos y éste se asocia con el turismo cultural nacional, por lo que debemos asociarlo con la economía cultural.

📖 Referencia APA 7

International Council of Museums. (2019). Red List of Endangered Cultural Objects of Central America and Mexico. ICOM. https://icom.museum/en/ressource/red-list-of-endangered-cultural-objects-of-central-america-and-mexico/

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/sociedad/paris-bien-vale-una-misa-pero-y-las-piezas-robadas-de-las-iglesias-mexicanas/

lunes, 20 de octubre de 2025

Cartas encontradas, un homenaje a Rosario Castellanos

 

PorJazmin Aguilar

Este fin de semana, la Feria Internacional del Libro Malcolm Lowry llenó el Museo de la Ciudad con una amplia oferta de actividades literarias. El segundo día abrió con un homenaje a Rosario Castellanos, en el que nuestros queridos amigos jornaleros Vicente Quirarte, María Helena González y Ángel Cuevas dialogaron en torno al libro Cartas encontradas (1966-1974), que reúne el intercambio epistolar entre la escritora y Raúl Ortiz y Ortiz.

El homenaje estuvo acompañado por la voz y la guitarra de Jessica Hamed, cantautora y colaboradora de este periódico. Quien interpretó versiones musicalizadas de los poemas Los adioses, La tierra que piso y El otro. Una propuesta inédita que tuvo su estreno durante la feria.

Cartas Robadas

Ángel Cuevas fue el primero en abrir el conversatorio. Señaló que el libro resulta imprescindible no sólo por su alta calidad literaria, sino también porque constituye un testimonio de la profunda amistad entre Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz. Además, dijo, es un valioso documento que permite asomarse a los acontecimientos y protagonistas más relevantes de la vida cultural y política de los años sesenta y principios de los setenta, principalmente en México, aunque también en el contexto internacional, dada la naturaleza cosmopolita de ambos autores.

Cuevas subrayó que el libro cubre una laguna importante en la vida y obra de Castellanos, ya que en sus cartas le cuenta a su amigo las vicisitudes que enfrentó durante su estancia en Israel, así como los proyectos literarios que debió interrumpir tras el estallido de la guerra de Yom Kippur, a finales de 1973.

Relató, además, que las cartas originales enviadas fueron sustraídas de la biblioteca de Ortiz. Por esa razón, la primera edición que se publicó llevó por título Cartas robadas, elaborada a partir de copias fotostáticas que el propio Ortiz había conservado con previsión. Cuevas recordó también que, gracias al trabajo y la tenacidad de María Helena González, presente en el podio, se logró una nueva edición del libro, que estuvo a punto de no ver la luz ante el desinterés de diversas instituciones. Finalmente, fue Óscar Ortiz, sobrino del autor, quien financió la publicación definitiva, concretando así un esfuerzo editorial que requirió años de trabajo minucioso y de perseverancia para poder materializarse.

La ciudad de Jerusalén

El escritor y ensayista Vicente Quirarte, compartió el texto Bitácora de una amistad, donde reconstruyó la presencia de Rosario en Jerusalén, ciudad que él también habitó como segundo ocupante de la cátedra que lleva su nombre. Describió la diversidad humana de la ciudad y la fuerza simbólica de la urbe que resume lo mejor y lo peor de las pasiones humanas. Desde ese paisaje, Quirarte reflexionó sobre la labor diplomática de Castellanos y su papel como “fugaz embajadora de la cultura”, cuya estancia en Israel marcó un antes y un después en su vida y en la de otros escritores mexicanos.

Al referirse a Cartas encontradas, destacó el doble sentido del título como un hallazgo de materiales inéditos y un cruce epistolar que revela la amistad entre autores: “la amistad es el único vínculo exclusivamente humano, que requiere cultivo, inteligencia y constancia”. Mencionó además el trabajo de Ángel Cuevas y Hernán Lara Zavala, quienes contribuyeron a rescatar el epistolario y a darle forma en la edición, donde las cartas y fotografías reconstruyen la sensibilidad íntima de la autora.

Gracias a esas cartas, afirmó, podemos apreciar a una Rosario con sentido del humor, capaz de convertir la tristeza en lucidez. “Toda su obra está impregnada de una melancolía salvada por la precisión de su lenguaje”, dijo. De haber vivido más tiempo, agregó, hoy Castellanos tendría cien años y sería integrante del Colegio Nacional, como anticipaban ya las ideas plasmadas en Mujer que sabe latín y en su tesis de licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras, textos fundamentales para el feminismo mexicano.

“Leemos sus cartas como literatura”, concluyó, “no sólo por su lenguaje claro y elegante, sino porque revelan sus emociones más íntimas, la cotidianidad de su vida académica en Houston, su paso por Israel y la odisea de una mujer que supo transformar la experiencia en pensamiento.”

El pensamiento vuelto papel

Durante su intervención, María Helena agradeció a los gestores culturales que continúan creyendo en el libro como un objeto de conocimiento y pensamiento, afirmando que “las ferias del libro son pensamientos de papel dispuestos a ser leídos por otros”.

En torno al nuevo epistolario, subrayó el valor de estas cartas no radica solo en su carácter inédito, sino en el modo en que permiten escuchar la voz íntima y profesional de una mujer que se asumía como escritora, madre y pensadora. “Rosario era una profesional de la cultura, una mujer de carne y hueso que enfrentó la maternidad desde la razón y no desde el romanticismo”, señaló.

María Helena destacó la conciencia estética y narrativa de Castellanos, quien sabía que sus cartas, aunque personales, algún día serían leídas como documentos literarios. Por ello, consideró que el epistolario tiene un valor como testimonio de época y como obra de reflexión sobre el yo consciente. Retomando a Vicente Quirarte, recordó el episodio de la muerte de la autora al limpiar una lámpara, símbolo que, dijo, “le dio la ironía de marcharse en brazos de la luz”.

Finalmente, concluyó que hoy las lectoras se acercan a Rosario Castellanos no solo desde la admiración literaria, sino como parte de un diálogo contemporáneo con su pensamiento y su lucidez. “Después de años de insistencia, este epistolario nos permite leerla de nuevo, con la conciencia de su tiempo y la vigencia de su mirada. Es una lástima que se haya marchado en su plenitud”, afirmó.

Ángel Cuevas abrió el conversatorio con una reflexión sobre el valor testimonial y literario de Cartas encontradas, obra que documenta la amistad entre Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz, a su izquierda el escritor Vicente Quirarte, la crítica de arte María Helena González y la música Jesica Rivera Hamed. Foto: Jazmin Aguilar.

Vicente Quirarte compartió un texto donde reconstruyó la estancia de Rosario Castellanos en Jerusalén y su papel como “fugaz embajadora de la cultura mexicana”. Foto: Jazmin Aguilar



Rosario Castellanos en cartas: amistad, complicidad y memoria

 


Por María Helena González*

1.

Los libros de cartas tienen un poder especial: nos acercan a los escritores sin la solemnidad de sus obras, como si pudiéramos escuchar sus confesiones a media voz. Cartas encontradas (1966-1974) -Fondo de Cultura Económica, Tezontle, 2022-, reúne la correspondencia entre Rosario Castellanos y su amigo Raúl Ortiz y Ortiz. No son cartas para la historia política ni documentos oficiales; son los mensajes que dos amigos se enviaban, llenos de complicidad, humor, confidencias y desahogos. Y precisamente ahí radica su fuerza: en mostrarnos a una de las escritoras más importantes de México en su dimensión más humana.

Rosario, ya para entonces una figura destacada de la literatura mexicana y embajadora en Israel, aparece en estas páginas lejos de los homenajes y las fotografías oficiales. La vemos escribiendo sobre sus clases en Jerusalén, las rutinas de la embajada, la crianza de su hijo Gabriel —compartida con la nana y el chofer— y la soledad de una mujer separada, que buscaba sostenerse en la escritura y en la amistad. Estas cartas nos permiten asomarnos a la mujer de carne y hueso que preparaba informes diplomáticos mientras luchaba contra la depresión y al mismo tiempo encontraba en la literatura su “espina dorsal”.

2.

El libro emociona porque nos deja acompañar a una Rosario que se queja del correo lento, que celebra los regalos que le envía su amigo —una falda, unos papadzules—, que se ríe, que recuerda, que se duele. Ortiz y Ortiz, a su vez, le responde con afecto y consejos, con un tono de complicidad que por supuesto nunca cruza la frontera erótica. Es la amistad hombre-mujer puesta en letras: el refugio que da la confianza sin condiciones.

El lector aprende también que los epistolarios son más que simples colecciones de cartas. Forman parte de lo que se llama “literatura del yo”, junto con las memorias y las autobiografías. A diferencia de las biografías, que construyen un relato ya elaborado, las cartas muestran la vida en proceso, con repeticiones, cambios de ánimo y hasta silencios que dicen tanto como las palabras. De ahí su valor pedagógico: enseñan a leer entre líneas, a entender cómo un creador va construyendo su obra y su identidad en diálogo con los demás.

Además, el libro funciona como un documento histórico. Entre bromas y confidencias, aparecen los ecos de una época: el ambiente cultural de los años sesenta y setenta, la vida diplomática, los viajes, los amigos escritores y artistas. Nos enteramos de las dificultades del correo internacional, de la vida en Tel Aviv bajo el gobierno de Golda Meir, y de la fragilidad de una mujer que, aun sintiéndose vulnerable, nunca dejó de escribir.

3.

¿Por qué nos atraen tanto estos libros de cartas? Quizás porque en ellos encontramos lo que la literatura suele disimular: la voz sin maquillaje, la confesión íntima, el reconocimiento de debilidades y afectos. Y al mismo tiempo, nos devuelven la certeza de que la escritura puede ser también un acto de compañía y de resistencia.

Con Cartas encontradas, Rosario Castellanos vuelve a nosotros no solo como la poeta y narradora que abrió caminos al feminismo y a la reflexión sobre la identidad, sino como amiga, madre, mujer que se permitió la ironía, la ternura y el humor. Leer sus cartas es acompañarla en ese tránsito, y entender que —como escribió ella misma— “debe de haber otro modo de ser humano y libre”.

¡Ah, y por supuesto, también hay que decirlo!, lamento que no contemos con todas las cartas (las que conocemos llegaron fotocopiadas a quienes se encargaron de empujar el proyecto) y por lo mismo no podamos hacer la lectura íntegra del diálogo entre amigos.

*helenagonzalezcultura@gmail.com


Foto: UNAM


domingo, 5 de octubre de 2025

“Miguel Covarrubias, una mirada sin fronteras”, inolvidable recorrido

 Por Helena González y Vicente Quirarte 


Vicente Quirarte y María Helena González*

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Hace unos días cerró su ciclo, en el Palacio de Iturbide (CDMX) una amplia revisión de la obra de Miguel Covarrubias, una de las exposiciones más vivas de los últimos años[1]. Dibujante, caricaturista, cartógrafo y etnógrafo visual, este autor, a quien se le montó un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes en 2005 y una muestra anterior en el extinto Centro Cultural Arte Contemporáneo de Televisa, destaca en la historiografía del arte mexicano porque logró moverse con naturalidad entre el humor y la pedagogía, entre el trazo fluido y el interés por mostrar la diversidad cultural del mundo desde muy joven.

A la cita acudimos Vicente y yo invitados por Ignacio Monterrubio, subdirector de Fomento Cultural Banamex, quien ha mostrado una visión clara y consistente en proyectos como la apertura de la Casa Villa de Antequera en Oaxaca —el sexto recinto cultural de la institución bancaria en el país—, donde coordinó la adecuación de espacios históricos con tecnología, seguridad y climatización para exhibiciones de alto nivel. Por su trayectoria y sensibilidad hacia el patrimonio, bien hubiera sido deseable que Monterrubio quedara al frente de Fomento Cultural, como garante de esa vocación de preservar y difundir el arte y la cultura mexicanos en tiempos de transición. Ojalá que con la reciente adquisición de Citybanamex por parte de Fernando Chico Pardo se fortalezca el compromiso cultural que ha definido a esta institución encabezada por por Cándida Fernández de Calderón por más de tres décadas.

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Vuelvo al comentario: siendo apasionado de Herman Melville, no me extrañó que casi al final del recorrido Vicente me haya dicho entusiasmado: “ese libro yo lo tengo” refiriéndose a Typee, obra que recrea la estancia de Melville en las islas Marquesas, ilustrado por Covarrubias, quien alli encontró el material que lo covertiría en un importante etnógrafo, como después lo demostró en sus libros dedicados a América. Éstos fueron inicialmente publicados en inglés, editados por Alfred Knopf y postriormente traducidos por la UNAM en una edición pulcra y cuidada, tanto en su tipografía como en las ilustraciones. Viéndolas se siente el entusiasmo y la erudición que estas culturas despertaron en Covarrubias. Otra cosa que nos impactó fue su capacidad de traducir el ritmo de los negros a la línea que los representa, tan diferente de los trabajos de Bali.

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Yo, en cambio, quedé prendada de las entrevistas imposibles. Son piezas doblemente originales y propositivas: combinan la caricatura con un diálogo ficticio, escrito en tono satírico, entre dos personajes públicos que nunca se habrían encontrado. Covarrubias trabajó en ellas en revistas como Vanity Fair y Vogue entre 1931 y 1935, y el resultado es fascinante.

Algunas de esas entrevistas enfrentan a Gandhi con la evangelista Aimee Semple McPherson; a Stalin con Rockefeller; a Freud con Jean Harlow; o a María de Rumania con Mae West. Son choques de mundos, juegos irónicos con la celebridad de la época. Y lo notable es que la caricatura de Covarrubias nunca es grotesca: es elegante, estilizada, de líneas fluidas y colores sobrios pero vibrantes. La ironía no degrada a los personajes, los vuelve más humanos y más cercanos al lector.

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Al salir del Palacio de Iturbide rumbo al Casino Español, en donde siempre se come muy bien, comentábamos que Covarrubias supo mirar el mundo con ojos de niño y que su Nueva York no es solo escenario: es laboratorio cultural donde convivían el jazz, los cabarets de Harlem, la moda, el cine y el cruce constante de lenguas y acentos.

Para Vicente y para mí, esa ciudad sigue siendo una pasión compartida, un punto de fuga que se explica apenas poner los pies en cualquiera de sus avenidas. Esa tarde volvimos a redescubrir la vitalidad de aquel Nueva York de entreguerras y comprobamos una vez más que el arte, cuando es auténtico, conecta geografías, épocas y sensibilidades en un mismo pulso.

*helenagonzalezcultura@gmail.com






  1. Si usted no la vio, aquí tiene algunos libros en los que podrá apreciar el trabajo de este artista:

    Miguel Covarrubias: homenaje. (1987). México, D.F.: Centro Cultural Arte Contemporáneo, A.C. / Fundación Cultural Televisa. Catálogo de exposición (febrero–mayo de 1987), 261 pp. 

    Navarrete, S. (1993). Miguel Covarrubias: artista y explorador. México, D.F.: Dirección General de Publicaciones, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). 139 pp. ISBN 968-295-707-9. 

    Navarrete, S. (2004). Miguel Covarrubias: retorno a los orígenes = A return to origins (ed. A. Tovalín Ahumada). Puebla: Universidad de las Américas Puebla; México: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). 196 pp. ISBN 968-6254-63-3 (UDLAP); 968-03-0058-7 (INAH).  











domingo, 14 de septiembre de 2025

Los 1000 de La Jornada Morelos

 Por Helena González y Vicente Quirarte

Vicente Quirarte y María Helena González*

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Los grandes escritores han sido principalmente periodistas: José Joaquín Fernández de Lizardi fue el primer mexicano en demostrar que la letra es más poderosa que la espada y se convirtió en el autor de la novela El periquillo sarniento. Su labor en los periódicos ha sido recopilada por María Rosa Palazón en uno de los volúmenes con mayor número de páginas de la Nueva Biblioteca Mexicana de la UNAM. De ahí en adelante todos los escritores pasaron por las filas del periodismo hasta llegar a fines del siglo XIX, cuando el aumento de los periódicos fue impresionante. Cuando Manuel Gutiérrez Nájera escribía sus crónicas había en México cerca de 100 periódicos. Debemos a Boris Rosen Jelomer la publicación en libros de las obras de Guillermo Prieto, Francisco Zarco e Ignacio Ramírez; a Nicol Giron, las de Ignacio Manuel Altamirano; a Fernando Ortiz Monasterio, las de Manuel Payno; y a Jorge L. Tamayo las de Benito Juárez.

Todo esto para decir que no hay arte mayor y menor, periodismo y literatura han ido estrechamente de la mano tejiendo las ideologías de las diversas comunidades que conforman el público lector. “La lectura del periódico es la oración matutina del hombre civilizado”, decía Hegel, pero no es lo mismo el grato gozo de leer el periódico que hacerlo, pues además de las colaboraciones de los autores más diversos que se ensayan cotidianamente en las lides del lenguaje, se requiere de un equipo de reporteros, cronistas, fotógrafos, diseñadores y de quien guíe desde el perfil editorial del diario la factura que mejor capture la atención del público interesado en la odisea del acontecer cotidiano. La Jornada Morelos cumple 1000 números gracias a la conducción de Enrique Balp, pero gracias también a sus lectores. Sin el diálogo conjunto no tendría sentido la ingente labor. Además, en un mundo en crisis como el nuestro, Balp ha sabido sortear mares procelosos y mantener una línea equilibrada que busca la verdad.

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José Iturriaga de la Fuente, Miguel Izquierdo Sánchez, Jesús Zavaleta Castro, Hélène Blocquaux, Oralba Castillo Nájera, Roberto Abe Camil, Alma Karla Sandoval y Lya Gutiérrez pueden dar fe de que la gimnasia diaria de escribir permite que sus obras respiren con mayor libertad. Todos ellos saben que el periodismo impone una disciplina rigurosa: no respeta autores, fija un límite de palabras y establece una fecha de entrega inaplazable. No es casual que resulten legendarias las correcciones que José Emilio Pacheco hacía a sus Inventarios, verdaderas enciclopedias donde vertía tanto sus propios conocimientos como los de otros. En nuestro caso, el de dos personas que nos sentamos a escribir una colaboración conjunta para el diario, esa misma exigencia se convierte en un estímulo que nos invita a revivir y compartir nuestra experiencia. Más que un sacrificio, el proceso se vuelve un gozo. Por ello, gracias a La Jornada Morelos.

Pero no todos los que saben leer, saben leer, decía Lizardi, significando con esto que hay mentes que no captan lo que subyace en los documentos escritos. En nuestro caso intentamos unir dos vertientes en un mismo río y repartir equitativamente los hallazgos y las culpas, pues no siempre miramos las mismas cosas. ¿O sí? El lector tiene la última palabra.

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En un país en el que cada vez se lee menos, el esfuerzo de quienes se atreven a ser periodistas vale oro, no sólo arriesgan su vida: se exponen a ser invisibles, a que nadie los lea. En este transitar de letras, que vengan otros mil y mil más.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/plaza/los-1000-de-la-jornada-morelos/


domingo, 7 de septiembre de 2025

Estética Revueltas, una familia de vanguardia en el MAM

 Por Helena González y Vicente Quirarte


Vicente Quirarte y María Helena González*

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Durango es una tierra que pareciera solo fabricar botas para consumo de clientes amantes de lo exótico, o ser escenario de películas de vaqueros y de alacranes altamente venenosos. Pero también es la cuna de una ilustre familia que contribuyó decisivamente a modificar el México posrevolucionario. El cuarteto de hermanos – Silvestre (1899 –1940); Fermín (1901 -1935); Rosaura (1910 –1996) y José (1914 –1976)- ahora aparece en el Museo Arte Moderno (CDMX). La muestra se llama Estética Revueltas, una familia de vanguardia, pues los cuatro rompieron en sus varias disciplinas los esquemas exigidos por el arte oficial.

Dice Vicente Quirarte: “Pude ver a José Revueltas en 1971, en la Preparatoria Dos, cuando recién acababa de salir de la cárcel de Lecumberri. Firmaba libros y ya no era un hombre joven, pues rozaba las seis décadas, sin embargo, su pelo largo y su barba de chivo lo hacían igual a nosotros. A Silvestre lo vi en una foto que tenía Eusebio Ruvalcaba, el músico aparecía en estado inconveniente. A Fermín me lo presenta su pintura y el rostro de Rosaura, inconfundiblemente mexicano, lo identifico gracias a la época de oro del cine mexicano.”

Yo, Helena, en cambio conocí lo furibundo de esta familia mediante el retrato al óleo que le hizo Manuel González Serrano, inspirado en una escultura de Carlos Bracho, en la década de los 40 a Silvestre, muerto poco antes. En el óleo aparece despeinado, altivo, enfebrecido frente a un piano cuyas teclas tienen venas, acompañado de mujeres violín. En Cuernavaca, a principios de la década de los noventa visité a Arturo Bodenstedt, hijo de Rosaura, en cuya sala encontré otras dos espléndidas piezas de González Serrano. Aún me falta dar cuenta de la amistad que los unió.

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Una de las piezas más importantes de la exposición es El Café de Nadie (óleo/cartón, 1927) de Ramón Alva de la Canal, en la que es posible reconocer a Manuel Maples Arce, cabeza del movimiento estridentista y en la parte inferior izquierda a Leopoldo Méndez, fundador del Taller de la Gráfica Popular en 1937, del cual se exhiben grabados que demuestran su especial habilidad para transmitir mensajes políticos con economía de elementos. En la pintura también figuran el Dr. Gallardo Dávalos y a la izquierda de Maples Arce el rostro de su lugarteniente más próximo, Germán List Arzubide. La composición le debe al talento del creador lo mejor de sí, aunque no podemos descartar la influencia del surrealismo y del cubismo sintético.

Vinculados con la educación del momento destacan los grabados que hizo Julio Prieto para Troka el poderoso de List Arzubide, que pretendía formar a los niños mediante el conocimiento de la técnica y la ciencia que estaban modificando velozmente el mundo. En el lado contrario de la pedagogía, los títeres de Lola y Germán Cueto, nos guían por el sendero lúdico, contagiado a Silvestre Revueltas, quien participó en el guiñol con la música.

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Deambulando por la sala circular del segundo piso del recinto, se topa uno con la colección de Crisol. Revista de Crítica, editada por el Bloque de Obreros e Intelectuales. Los curadores se anotaron un diez solicitando en préstamo material que solamente ve uno en la Hemeroteca Nacional. En la misma vitrina aparece la edición de El Son del Corazón de Ramón López Velarde, poeta al que los estridentistas unieron de inmediato a sus vidas. La tipografía en todos estos ejemplares es de Fermín, quien apasionadamente abrevó de la ideología y las formas del Realismo Socialista ruso y del Art Decó.

En este punto nos hubiera gustado que la museografía incluyera -mediante la exhibición de fotografías en loop– algunas de las ilustraciones y viñetas que aparecen al interior de los ejemplares.

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El reto de colgar la selección de objetos de y sobre cuatro luminarias de la cultura mexicana equilibradamente es resuelto por los curadores Brenda J. Caro y Carlos Segoviano, quienes realizaron una investigación a fondo que permite al espectador darse una idea más completa de lo que fueron los trabajos y los días de los Revueltas, a quienes muchas veces se conoce solamente referenciados a partir de sus trágicos destinos. Regálese un ratito de museo, no se arrepentirá.

* helenagonzalezculturagmail.com





lunes, 1 de septiembre de 2025

El vampiro y su sintaxis en el siglo XXI: de la pantalla al mito perdurable

 

Por: Vicente Quirarte y María Helena González

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Esta semana, el cine fue nuestro estímulo para dialogar con ustedes. No es casual, buscamos temas de actualidad para motivar su curiosidad por la reflexión estética. En este caso el elegido es el vampiro, figura que ha atravesado la literatura, el cine y la artes visuales. Como los pegasos y las sirenas. Es uno de los arquetipos más persistentes de la modernidad.

Para Vicente, autor de Sintaxis del vampiro, la creatura nocturna no es solamente personaje de novela gótica: es metáfora de nuestros miedos y deseos, de la tensión constante entre Eros y Thanatos, de la fascinación por la inmortalidad y el temor a la decadencia. “Todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte…sólo el vampiro los explora, los transgrede y los modifica” (Quirarte, 2003). En su poesía lo ha dicho contundentemente: “El Vampiro es un vicio refinado y esperará, paciente, tu retorno” (Quirarte, s. f.).

Para mí, en cambio, este universo es nuevo. En mi pobre imaginario gótico, Drácula y Frankenstein conviven con otras creaturas del Halloween de los colegios de mis hijos. Confieso mi ignorancia sobre el tema, pero como el amor es capaz de abrir horizontes insospechados, también me veo descubriendo que detrás de la sombra del vampiro hay una sintaxis luminosa, una forma de leer el mundo que se conecta con nuestra propia experiencia.

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El siglo XXI confirma que el mito vampírico sigue vigente, aunque no siempre con el mismo éxito. La reciente película Sinners de Ryan Coogler (2025), que alcanzó decenas de millones de espectadores en Estados Unidos y más de un millón en Francia, demuestra que cuando el vampiro se reinventa con claves narrativas contemporáneas puede convertirse en fenómeno de taquilla. En contraste, Drácula: A Love Tale de Luc Besson apenas rebasó el medio millón de asistentes en Francia en sus primeras semanas.

Besson intenta hacer de la novela una historia de amor, lo cual es inverosímil desde el punto de vista literario. La película no aporta nada nuevo que no aparezca en las cintas de vampiros, sobre todo los casos de James Whale, Francis Ford Coppola y Roman Polanski, quienes han contribuido decisivamente a crear metáforas inolvidables. En este caso, las gárgolas y las coreografías son un homenaje a Walt Disney. El hallazgo mayor consiste en haber elegido al actor Christoph Waltz conocido por sus caracterizaciones de villano. Es el único personaje verosómil, pues emplea su flema típica y su sentido del humor para convencer a Drácula de que debe renunciar a la vida eterna a la que ha sido condenado, para seguir perpetuando el ciclo del amor (aquí hay que recordar la noción lacaniana de goce). El enemigo del vampiro en este caso es un clérigo que recuerda a Dom Agustín Calmet, autor en el siglo XVIII de la primera radiografía del vampiro, al tiempo que emplea recursos que evocan escenas de El Exorcista. Lo peor de la película es que nunca experimentamos miedo, sino una risa piadosa, por ejemplo cuando Drácula trata inútilmente de suicidarse, o cuando Maria se enfada porque parece que le proocupa más ensuciarse el vestido que morir balaceada.

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El vampiro, en la lectura de Quirarte, es el eterno retornado. Su condición de arquetipo no radica en la sangre que derrama, sino en las metáforas que alimenta: la sed insaciable de vida, la transgresión de los límites, la eterna pregunta sobre qué significa ser humano. Esa sintaxis, la del vampiro, nos recuerda que toda cultura necesita sus sombras para comprender mejor su luz. Pero en la película de Besson esto no se transmite cabalmente.

La pregunta que nos hicimos al salir del cine, es si el deseo de vivir para siempre, aun sabiendo que la eternidad puede ser la más oscura de las condenas, será modificado por los avances de la ciencia. La interdisciplina entre genética y robótica -por mencionar dos campos del conocimiento- ofrece la posibilidad de sustituir miembros, crear piel y otros órganos en Cajas de Petri, congelar y revivir cadáveres. ¿De qué manera le gustaría a usted vivir para siempre?