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Esta semana, el cine fue nuestro estímulo para dialogar con ustedes. No es casual, buscamos temas de actualidad para motivar su curiosidad por la reflexión estética. En este caso el elegido es el vampiro, figura que ha atravesado la literatura, el cine y la artes visuales. Como los pegasos y las sirenas. Es uno de los arquetipos más persistentes de la modernidad.
Para Vicente, autor de Sintaxis del vampiro, la creatura nocturna no es solamente personaje de novela gótica: es metáfora de nuestros miedos y deseos, de la tensión constante entre Eros y Thanatos, de la fascinación por la inmortalidad y el temor a la decadencia. “Todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte…sólo el vampiro los explora, los transgrede y los modifica” (Quirarte, 2003). En su poesía lo ha dicho contundentemente: “El Vampiro es un vicio refinado y esperará, paciente, tu retorno” (Quirarte, s. f.).
Para mí, en cambio, este universo es nuevo. En mi pobre imaginario gótico, Drácula y Frankenstein conviven con otras creaturas del Halloween de los colegios de mis hijos. Confieso mi ignorancia sobre el tema, pero como el amor es capaz de abrir horizontes insospechados, también me veo descubriendo que detrás de la sombra del vampiro hay una sintaxis luminosa, una forma de leer el mundo que se conecta con nuestra propia experiencia.
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El siglo XXI confirma que el mito vampírico sigue vigente, aunque no siempre con el mismo éxito. La reciente película Sinners de Ryan Coogler (2025), que alcanzó decenas de millones de espectadores en Estados Unidos y más de un millón en Francia, demuestra que cuando el vampiro se reinventa con claves narrativas contemporáneas puede convertirse en fenómeno de taquilla. En contraste, Drácula: A Love Tale de Luc Besson apenas rebasó el medio millón de asistentes en Francia en sus primeras semanas.
Besson intenta hacer de la novela una historia de amor, lo cual es inverosímil desde el punto de vista literario. La película no aporta nada nuevo que no aparezca en las cintas de vampiros, sobre todo los casos de James Whale, Francis Ford Coppola y Roman Polanski, quienes han contribuido decisivamente a crear metáforas inolvidables. En este caso, las gárgolas y las coreografías son un homenaje a Walt Disney. El hallazgo mayor consiste en haber elegido al actor Christoph Waltz conocido por sus caracterizaciones de villano. Es el único personaje verosómil, pues emplea su flema típica y su sentido del humor para convencer a Drácula de que debe renunciar a la vida eterna a la que ha sido condenado, para seguir perpetuando el ciclo del amor (aquí hay que recordar la noción lacaniana de goce). El enemigo del vampiro en este caso es un clérigo que recuerda a Dom Agustín Calmet, autor en el siglo XVIII de la primera radiografía del vampiro, al tiempo que emplea recursos que evocan escenas de El Exorcista. Lo peor de la película es que nunca experimentamos miedo, sino una risa piadosa, por ejemplo cuando Drácula trata inútilmente de suicidarse, o cuando Maria se enfada porque parece que le proocupa más ensuciarse el vestido que morir balaceada.
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El vampiro, en la lectura de Quirarte, es el eterno retornado. Su condición de arquetipo no radica en la sangre que derrama, sino en las metáforas que alimenta: la sed insaciable de vida, la transgresión de los límites, la eterna pregunta sobre qué significa ser humano. Esa sintaxis, la del vampiro, nos recuerda que toda cultura necesita sus sombras para comprender mejor su luz. Pero en la película de Besson esto no se transmite cabalmente.
La pregunta que nos hicimos al salir del cine, es si el deseo de vivir para siempre, aun sabiendo que la eternidad puede ser la más oscura de las condenas, será modificado por los avances de la ciencia. La interdisciplina entre genética y robótica -por mencionar dos campos del conocimiento- ofrece la posibilidad de sustituir miembros, crear piel y otros órganos en Cajas de Petri, congelar y revivir cadáveres. ¿De qué manera le gustaría a usted vivir para siempre?
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