domingo, 12 de abril de 2026

Editorial: Arte: emoción, crítica, territorio y revelación

 En esta edición de Plaza de La Jornada Morelos, cuatro voces distintas convergen en un mismo territorio: el arte como experiencia, como pregunta, como conflicto y como posibilidad. Más que una coincidencia temática, es un síntoma de época. Mientras que a la realidad la atraviesan tensiones de toda índole, el arte reaparece no como lujo cultural, sino como un espacio indispensable para pensar lo humano desde otros ángulos. 

En “Arte, emociones y bienestar: una conversación que apenas comienza”, de María Helena González, nos sitúa en un terreno que durante mucho tiempo fue relegado: la relación entre emoción y conocimiento. El arte no es solo un objeto de estudio, sino una experiencia que transforma desde lo sensible. En un contexto educativo que comienza a reconocer la importancia de la percepción, la imaginación y la experiencia estética, el texto abre una discusión necesaria sobre el papel del arte en el bienestar emocional de quien se involucra en él. Propone detenernos, observar y permitir que la experiencia artística nos interpele. En tiempos de saturación informativa, esa pausa se vuelve un acto casi subversivo. 

En contraste, Cristo Contel, en “Celebrar el arte mientras el mundo arde”, introduce una mirada crítica. Su texto desmonta la aparente armonía del discurso cultural contemporáneo para revelar la paradoja de que nunca se ha celebrado tanto el arte como hoy, en un mundo marcado por la violencia, la desigualdad y las tensiones geopolíticas. Contel cuestiona la capacidad real del arte para incidir en la realidad y advierte sobre el riesgo de que la crítica se convierta en espectáculo, de que la disidencia sea absorbida por el mismo sistema que pretende cuestionar. El problema no es la ausencia de imágenes o discursos, sino la pérdida de su impacto social. En este escenario, el arte que importa no es el que consuela, sino el que incomoda, el que rompe la normalidad perceptiva y nos obliga a mirar de nuevo aquello que hemos aprendido a ignorar. 

Desde otro ángulo, Jorge Cázares Clement, en “La Colección Gelman, posible motor de desarrollo local”, aterriza la discusión en el territorio concreto de Morelos. Su propuesta trasciende la polémica legal para plantear una visión estratégica: la cultura como motor de desarrollo. La posible instalación de la Colección Gelman en Cuernavaca no solo representaría la recuperación de un vínculo histórico, sino la oportunidad de articular un proyecto urbano, económico y simbólico de largo alcance. El llamado “efecto Guggenheim” es evidencia de que la cultura, cuando se integra a políticas públicas e infraestructura, puede transformar ciudades. Descentralizar la cultura sin fragmentarla, fortalecer identidades locales y convertir un conflicto en una oportunidad de innovación institucional. El arte, aquí, trasciende la estética y su valor patrimonial para convertirse en política pública. 

Finalmente, Elsa Sanlara, en “La belleza del arte”, nos devuelve al origen íntimo de toda experiencia estética. Su relato, construido a partir de un encuentro casi fortuito con el David de Miguel Ángel, es una celebración de esos momentos irrepetibles en los que el arte se convierte en revelación. Se trata de una lectura profundamente humana de la escultura. Sanlara nos recuerda que el arte no habla de lo extraordinario, sino de lo esencial: ese punto intermedio en el que aún no sabemos si venceremos, pero decidimos no retroceder. En esa pausa, en ese “antes”, habita una verdad que conecta con todos. 

Cuatro perspectivas, un mismo hilo conductor: el arte como espacio de interrogación. Desde la emoción hasta la crítica, desde la política cultural hasta la experiencia íntima, estas voces nos invitan a repensar no solo el lugar del arte, sino nuestra relación con él, no solo de forma íntima y personal, sino como comunidad. 


Quizá la pregunta no sea qué es el arte o para qué sirve, sino qué estamos dispuestos a sentir, a cuestionar y a transformar a partir de él. En nuestros vertiginosos tiempos tan llenos de incertidumbres, el arte insiste en la pausa, en la reflexión, en la duda, en la incomodidad y en la posibilidad; precisamente, en todo eso, radica su mayor potencia. 

Arte, emociones y bienestar: una conversación que apenas comienza

 María Helena González* 

1 

En los próximos días participaré en una mesa de diálogo internacional organizada por EDART, en el marco de la Semana Internacional de la Educación Artística. El eje general es tan amplio como provocador: ¿qué significa ser humano? Y dentro de él, una pregunta que, aunque parece sencilla, abre múltiples capas de reflexión: ¿qué papel juega el arte en nuestra vida emocional? 

No adelantaré aquí las respuestas -en parte porque vale la pena construirlas en diálogo-, pero sí quisiera compartir por qué esta conversación me parece hoy especialmente necesaria. 

Durante mucho tiempo, la educación -y en ocasiones también la educación artística- ha operado bajo una lógica que separa el conocimiento de la emoción. Como si pensar y sentir fueran procesos distintos, cuando en realidad están profundamente entrelazados. Hoy, distintos campos de estudio -desde la psicología hasta la neurociencia- han comenzado a cuestionar esa división y a mostrar algo que, quizá, ya intuíamos: que lo que sentimos no es un obstáculo para comprender, sino una vía para hacerlo. Mostraré evidencia. 

En este contexto, el arte ocupa un lugar peculiar. No ofrece respuestas cerradas, no exige una única interpretación, no se deja reducir fácilmente a lo correcto o lo incorrecto. Más bien, nos coloca en una situación distinta: una en la que podemos detenernos, observar, dudar, conectar, incluso incomodarnos. 


Y eso, en sí mismo, ya es significativo. 

2 

En los museos y espacios culturales, esta dimensión ha comenzado a explorarse con mayor atención en años recientes. Las preguntas han cambiado: ya no se trata únicamente de qué aprendemos, sino de qué nos ocurre cuando estamos ahí. Qué recordamos, qué nos interpela, qué nos transforma, aunque sea de manera sutil. 

Porque no todo lo que importa se manifiesta de forma evidente. 

3 

Hay experiencias intensas que nos atraviesan de manera inmediata, pero también hay otras más discretas: pequeños momentos de conexión, de atención o de calma que pasan casi desapercibidos y, sin embargo, dejan huella. Quizá parte del desafío esté en aprender a reconocer ambas. De eso hemos hablado en este espacio. 

Esto nos lleva a otro punto que me interesa especialmente: el papel del entorno. 

Cada vez resulta más claro que lo que sentimos no depende sólo de nosotros, sino también de las condiciones en las que ocurre la experiencia. El espacio, la luz, el sonido, los ritmos, la posibilidad de compartir o de guardar silencio. Todo ello configura una especie de atmósfera que influye -a veces de manera imperceptible- en nuestra disposición emocional. 

Pensar el arte desde ahí implica un cambio de enfoque. 

No se trata únicamente de qué se presenta, sino de cómo se vive. 

4 

En el ámbito educativo, esta discusión abre preguntas relevantes. ¿Qué tipo de experiencias estamos proponiendo? ¿Qué lugar damos a la percepción, a la imaginación, a la interpretación? ¿Cómo acompañamos —o no— la dimensión emocional de lo que ocurre en el aula o en el museo? 

En México, donde el Plan de Estudios 2022 ha comenzado a incorporar con mayor claridad elementos vinculados con la sensibilidad y la experiencia estética, estas preguntas adquieren una resonancia particular. No necesariamente porque tengamos ya las respuestas, sino porque estamos en un momento en el que resulta posible -y necesario- formularlas de otro modo. 

La mesa en la que participaré se titula Arte, emociones y bienestar, bajo el eje Cuidar lo humano. Me parece un acierto. No porque el arte tenga una función utilitaria inmediata, sino porque abre un espacio donde lo humano puede ser pensado, sentido y compartido de maneras menos apresuradas. 


En tiempos marcados por la velocidad, la saturación de estímulos y cierta dificultad para escucharnos tal vez valga la pena detenernos ahí. 

No para encontrar certezas rápidas, sino para ensayar otras formas de atención. 

La conversación se grabará en breve y formará parte de una serie de diálogos internacionales. Ojalá quienes la vean no busquen sólo respuestas, sino también preguntas que valga la pena seguir habitando. 

Porque, al final, hablar de arte no es hablar únicamente de obras. 

Es hablar de nosotros. 

*helenagonzalezcultura@gmail.com 

Imagen: Keith Negley / The New York Times
Foto: David Guttenfelder / National Geographic

 Link de la nota original: Arte, emociones y bienestar: una conversación que apenas comienza  – LA JORNADA MORELOS

domingo, 5 de abril de 2026

El escalofrío que nos salva

 María Helena González *

1 

Hay momentos en los que una canción, una pintura o incluso una escena cotidiana nos recorren el cuerpo. Un escalofrío súbito, un nudo en la garganta, la piel erizada. No es una metáfora: es biología. 

La ciencia ha comenzado a explicar ese fenómeno -conocido como aesthetic chills o “escalofríos estéticos”- como una respuesta medible del organismo ante experiencias artísticas. Investigaciones recientes han mostrado que una parte importante de esta sensibilidad emocional tiene un componente genético, lo que significa que algunas personas están más predispuestas que otras a experimentar intensamente la música, el arte o la literatura (Zickfeld et al., 2020; estudio reportado en Psypost, 2026). Pero lo más interesante no es sólo que lo sintamos, sino para qué sirve. 

Estos escalofríos activan el sistema de recompensa del cerebro, el mismo que responde a estímulos esenciales para la vida. Desde una perspectiva evolutiva, esto sugiere que el arte no es un lujo cultural, sino una experiencia que el cuerpo reconoce como significativa. No es casual que Charles Darwin describiera cómo ciertas melodías le provocaban “un temblor en la espalda” (Darwin, 1872/2009). El arte toca algo profundamente humano: una vía directa entre percepción, emoción y significado. 

2 

En tiempos recientes, desde espacios como el programa Artful Practices for Well-Being del Museum of Modern Art (MoMA), ha comenzado a circular un concepto sencillo pero poderoso: el glimmer. A diferencia del “trigger”, que activa estrés o malestar, el glimmer es ese pequeño momento que nos devuelve calma, conexión o sentido. Puede ser una luz que entra entre los árboles, una textura en una pared antigua, una obra, una canción. No cambia el mundo, pero cambia cómo estamos en él (MoMA, s.f.). 

El punto es crucial: no todas las emociones intensas son negativas. Algunas -como estos escalofríos- pueden entenderse como microexperiencias de regulación emocional. Pequeños ajustes del sistema nervioso que nos permiten recuperar equilibrio en medio de la sobrecarga cotidiana. En este sentido, el arte no sólo representa el mundo: también nos ayuda a habitarlo. 

Y aquí es donde esta reflexión adquiere una resonancia particular en Morelos. En un estado donde conviven la belleza del paisaje -por favor deténgase usted a gozar las jacarandas y las primaveras estos días en Cuernavaca, las floraciones lilas y rosas son únicas- y las tensiones sociales, estas experiencias adquieren otro peso. No porque el arte “resuelva” los problemas estructurales, sino porque ofrece algo que hoy escasea: momentos de conexión, de atención sostenida, de sensibilidad compartida. En medio del ruido, el glimmer

Basta pensar en lo que ocurre al caminar por los jardines de muchas casas, oler lo que nos regalan las flores, apreciar la luz que se filtra entre los árboles; el silencio inesperado que se produce frente a un exconvento del siglo XVI en la ruta de los volcanes; o en la intensidad cromática de un mural comunitario en Cuautla o Jiutepec. Se trata de lo que ocurre en el cuerpo. La pausa, la sorpresa, la emoción inesperada. Ese instante en el que algo hace sentido sin necesidad de explicarse del todo. 

3 

Desde las ciencias cognitivas, hoy sabemos que estas experiencias no son superficiales. La percepción está profundamente ligada al entorno en el que ocurre, y los espacios -naturales, arquitectónicos o culturales- influyen en cómo sentimos, pensamos y nos relacionamos (Gibson, 1979/2015; Chatterjee, 2014). No somos mentes aisladas: somos organismos en interacción constante con lo que nos rodea. Y en Morelos, ese “entorno” incluye tanto los paisajes culturales como los naturales: los jardines, las plazas, los conventos, los museos, las montañas. 

Por eso vale la pena decirlo con claridad: necesitamos más de esos momentos. 

No como entretenimiento, sino como parte de una ecología emocional más amplia. Como espacios donde el cuerpo puede reconocer belleza, sorpresa o significado. Como pausas necesarias en medio de la saturación. 

Tal vez no todos sintamos el mismo escalofrío. La ciencia lo confirma. Pero todos, en algún momento, hemos tenido un glimmer: ese instante breve en el que algo nos recuerda que estamos vivos, que podemos sentir, que aún hay algo que nos conecta. En tiempos como los que vivimos, eso no es menor. 

Referencias (APA 7) 

Chatterjee, A. (2014). The aesthetic brain: How we evolved to desire beauty and enjoy art. Oxford University Press. 

Darwin, C. (2009). The expression of the emotions in man and animals. Oxford University Press. (Trabajo original publicado en 1872). 

Gibson, J. J. (2015). The ecological approach to visual perception. Psychology Press. (Trabajo original publicado en 1979). 

MoMA. (s.f.). Artful Practices for Well-Being. Museum of Modern Art. 


Zickfeld, J. H., et al. (2020). Tears of joy, aesthetic chills and mixed emotions: A meta-analysis. Psychological Bulletin

Psypost. (2026, marzo 19). The biological roots behind the chills you get from music and art

* helenagonzalezcultura@gmail.com

Imagen: neurosciencenews.com/genetics-aesthetic-chills-30156/
Imagen: moma.org
Link de la nota original: El escalofrío que nos salva – LA JORNADA MORELOS