miércoles, 29 de junio de 2011

Gerardo Camargo: Exposición Galería-Café SIMÖN



Hace tiempo que quiero ver lo nuevo de Gerardo Camargo, un talentoso y comprometido artista plástico, a quien le tengo mucha fe porque es bien hecho, está comprometidísimo con el cumplimiento de su vocación --en una época muy difícil para quien decide vivir del arte-- y es, sobre todo, AUTÉNTICO.

¿En qué consiste lo auténtico y porqué, en vez de emplear una categoría estética relacionada con lo visual, uso un calificativo del orden de lo moral? --me pregunto, previniéndome de no caer en una defensa del arte a partir de postulados románticos--, pero de inmediato insisto en la noción del respeto a la voz propia, porque es ésta la que guía una y otra vez mis preguntas, durante la entrevista que le hago.



Lo orgánico como tema: una apuesta arriesgada que se torna decorativa

Gerardo Camargo (Ciudad de México, 3 de octubre de 1974) se ha dado a conocer en nuestro estado por ser el creador de un universo protagonizado por líneas que no tiene que ver con el mundo figurativo tal cual se ha venido representando en la historia del arte, sino con la idea de lo compulsivo. Tal propuesta cuenta con antecedentes en el mundo y en nuestro país --ahora mismo, en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México hay una muestra que deja ver esta tendencia renovadora del dibujo[1]--, y a grandes rasgos podemos decir que busca explorar las posibilidades expresivas de la línea que se repite formando patrones seriales.

Sin embargo, habría que decir que Gerardo Camargo le imprime una frescura que surge de la participación activa de su cuerpo completo durante el proceso creativo; la experiencia de lo orgánico o lo vital se aclara no sólo cuando sus dibujos recuerdan intestinos y venas, sino cuando declara que: “al principio aparece un gesto, que se convierte en regla y esto mismo va estructurando la composición. Por ejemplo, ve esta pieza “10.5” (esmalte sobre lona plástica, 2011. 1.80 x 1.30 cms.), que nace de una mancha que tenía en la mano. Esta mancha medía 10.5 cms. de largo y me dio la pauta para repetir sus dimensiones una y otra vez, con la ayuda de una regla, en lona plastificada, con un plumón de esmalte. Así, de manera obsesiva, se fueron configurando las diversas áreas que recuerdan pliegues y recuadros”.

Conforme vamos platicando sobre el interés que lo habita, sobre la noción del cuerpo trabajando a su favor, me platica que hasta la respiración forma parte del cúmulo de ideas que lo inspiran: “A veces, se me olvida respirar –me dice—tuve problemas alérgicos de niño y como a los once años tuve que aprender a respirar bien. Hoy cuando dibujo, estoy consciente de que a veces mi respiración se detiene por unos instantes”.

De esta observación orgánica hay indicios en la historia de los procesos creativos; el caso de Jackson Pollock, entrando en trance a partir del gesto corporal cuando pintaba es uno de los casos más conocidos, pero también están los escritos de Siqueiros y de Joseph Beuys al respecto.

Por otra parte, el reflejo de su cuerpo en la pieza titulada “36” (esmalte sobre lona color plata, 1.80 x 1.30 CMS) me lleva a pensar no sólo en la importancia de lo vital porque 36 son los años que cuenta de vida, sino en el famoso estadio del espejo del que hablara Jacques Lacan, en esa estupenda disertación sobre el descubrimiento del yo que lleva a cabo el infante la primera vez que se observa frente al objeto reflejante. Esta es, dicen los expertos, la manera en la que se va construyendo la noción de “yo” y se vive el propio cuerpo, lo cual inevitablemente lleva a pensar en la noción de autorretrato y la insistencia de lo biográfico en la historia del arte.


Galería virtual: la importancia de lo vivido como objeto del arte

“Cola de Rata” se llama la página web en la que cuelga su obra a manera de galería virtual; la misma, nombrada a partir de la evocación de una turbadora huella mnémica (el estudio en el que trabajaba antes se infestó de ratas y tal impacto lo marcó para siempre) se abre como un universo para el espectador que busca entender qué está pasando en el arte contemporáneo y cuál es la oferta visual con la que cuenta para “decorar” los espacios que le toca habitar. Entrecomillo decorar porque estoy de acuerdo con el teórico Fernando Castro Flórez en que el arte debe recuperar el gozo visual perdido en medio de tanto “azote” declarado por los artistas en los últimos 100 años; éste grito del “yo torturado” debe dar paso ya a la pulsión de gozo animada por la masiva y complaciente cultura visual que nos toca vivir. ¿En dónde han quedado las nociones de belleza, armonía, composición¿

En la galería café “Simón”, un espacio recientemente abierto para el arte joven en la Boulevard Juárez me entero de que Gerardo invitó a la gente a dibujar en uno de los cristales del local con la idea de animar su exposición. Dicho trabajo no se terminó y como quedan tres espacios pictóricos listos para el que se anime, le prometo regresar la próxima semana y dejar mi propia impronta en este su espacio temporal.


Técnicas alternativas

Fascinado con la tecnología, Camargo decidió mandar grabar con láser una serie de dibujos abstractos de pequeño formato y el resultado es espectacular. Colgados allí mismo, los cuadritos enmarcados en blanco son muestra viviente de elegancia y creatividad y en su contundencia responden a la pregunta final que me hago sobre la posible presencia del llamado “accidente controlado” en su trabajo. Tal accidente no puede existir --me digo--, a pesar de la libertad manifiesta en la elección del tema que ha elegido como asunto principal: Gerardo le dio al clavo una vez más con esta serie de dibujos pensados para el disfrute del objeto sobre la pared. Son una delicia y por ello pondré uno o dos sobre mi escritorio de inmediato. Ω

Publicado Diario de Morelos 29 de junio de 2011
http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=90580&Itemid=68

Abrazo



No dejo de pensar en el abrazo que se dieran ayer Calderón y Sicilia como si se tratara de la reformulación mediática y posmoderna de aquella pintura de Jorge González Camarena titulada precisamente “El Abrazo”. En dicho óleo (que es versión de caballete del mural que pintara para el Castillo de Chapultepec en 1960), aparecen un Caballero Águila y un hombre dentro de una armadura enfrentándose fatalmente. Resulta que el acercamiento de los cuerpos deja de ser el gesto amoroso que caracteriza el saludo entre los humanos porque las lanzas que ambos portan atraviesan sus cuerpos. La muerte es inminente en esta obra maestra del arte mexicano.

Tanto en la pintura como en la fotografía que apareció en las primeras planas de los diarios de este viernes, la metáfora visual es sumamente elocuente: el choque de ambas cosmovisiones es frontal; conquistado y conquistador o poeta y mandatario apuestan hasta el corazón en la lucha por hacer prevalecer sus discursos. Son dos pasiones diferentísimas las que los mueven a actuar; los actores van al des-encuentro en un escenario iluminado por fuego. La centrada composición se acentúa porque el desastre enmarca estrambóticamente las siluetas.

Quisiera pensar que las cosas van a cambiar estando el poeta en la palestra. Tenemos puesta la fe en el que sabe pensar y hablar como si se tratara de un padre; confiamos en el que pudiera hacer que LA PALABRA coincidiera con la realidad. Durante años he querido pensar que la figura del artista idealizado, del poeta romántico sirve para algo en el México banalizado que nos toca sufrir. No obstante, lo que escucho hoy es que mientras uno habla de silencios y hace referencias culturales, el otro hace gala de batallas frontales contra el crimen organizado y pide perdón por las miles de víctimas que han pasado a formar parte de una lista interminable de muertes inútiles.

En el maremágnum de imágenes en el que nos movemos, son pocas las oportunidades que tenemos de presenciar con tanta elocuencia visual lo que nos está sucediendo. La fotografía presenta a un Calderón que mira para abajo, mientras Sicilia lo abraza como queriendo protegerlo. El que viste de traje se evade; el otro, vestido de intelectual alza el micrófono para hacerse escuchar en un idioma hablado en voz baja. La palabra y la cosa no coinciden. Nunca han coincidido. La frustración del ser humano viene de que lejos de acercarnos a nuestros ideales colectivos, nos alejamos por darle gusto al instinto. Como en la pintura del jalisciense, la pulsión de muerte nos invade. Ω

Publicado en La Jornada Morelos 26 de junio de 2011
www.jornadamorelos.com/2011/06/26/cultura.php

jueves, 16 de junio de 2011

Notitas para pensar a Artemisia Gentileschi en el mundo actual


Según estudios publicados por Linda Nochlin, Griselda Pollock, Whitney Chadwick y Frances Borzello (feministas destacadas de los años setenta), las pintoras no sólo fueron olvidadas por la historia del arte hasta el siglo XIX, sino que hubo momentos en los que se les presentaba como fenómenos, como le sucedió a Sofonisba Anguisola (Cremona, hacia 1532 - Palermo, 1625).
Se cree que el estudio de la H. A. es neutro, no amañado y que se da de la siguiente manera: los maestros les enseñan a los --y las discípulas-- y así éstos adquieren, poco a poco, la maestría para recibir el merecido reconocimiento y el encargo, sólo que no se menciona que las mujeres no pasaban casi nunca de discípulas y que aparecen como anónimas modelos en miles de cuadros porque eran un objeto más del mundo representable. Además, cuando lograban llegar al estudio del maestro para aprender, no se les dejaba hacerlo con modelo en vivo, no se les dejaba mirar el cuerpo del hombre desnudo.
Como se pudo ver en la película dedicada a Artemisia Gentileschi (dirigida por Agnés Merlet y protagonizada por Valentina Cervi) hace unos días, a la mujer le costó sangre destacarse como una profesional del arte. En su caso, y después de los tristes acontecimientos ocurridos a su persona por la falta de tacto de su padre, el pintor Orazio Gentileschi, y la vileza de Agostino Tassi, su maestro de perspectiva, ella tuvo que luchar desmedidamente para hacerse un lugar entre sus colegas y lo hizo tan bien, que terminó pintando para la corte en la Inglaterra del siglo XVII. Muchas de sus obras fueron atribuidas en su tiempo a su padre y hoy se encuentran exhibidas en varios de los museos más prestigiados del mundo. Su estilo caravaggiesco, manierista-barroco es motivo de admiraciones y su Judith decapitando a Holofernes es inolvidable por la dureza de la escena.

Lo cierto es que siendo la calidad de los trabajos la misma que la de los maestros, la historia nos ha dado sólo un puñado de nombres de mujeres a recordar. Además, notemos otra cosa: la identidad no se nota en las obras de arte: si el ser salida de manos de mujer significara que el asunto “se nota femenino”, tal vez implicaría menos calidad por ser cosa de minorías, pero no es así. No sabemos frente a una obra exhibida si ha salido de manos de mujer o de varón, salvo en los casos en los que el contenido es evidentemente feminista, y esto sólo se dio en el siglo XX.
...
La pintura de Frida Kahlo titulada “Unos cuantos piquetitos”, dice Raquel Tibol, es metáfora de la violencia sufrida contra la mujer a través de la historia. El caso de Artemisia Gentileschi (Roma, 8 de julio de 1593 - Nápoles, hacia 1654) y el mismo hecho de que actualmente en el mercado del arte se vendan las obras de mujeres más baratas que las de los varones, prueban lo dicho.
Pero tal vez sea lo dicho por Leonel López Nussa, pintor y escritor cubano la muestra más repelente de la estupidez machista. Lo cito para que usted termine de leer, con cara de asombro, este artículo: “Si hay algo opuesto a la naturaleza femenina es el dibujo. Las niñas dibujan, pero las niñas no son mujeres. Las mujeres son objeto del dibujo, no sujeto. Cuando la mujer dibuja, se masculiniza. El dibujo es macho, demasiado incorpóreo para interesar a la hembra”. (El Dibujo, Ediciones Revolución, Cuba, 1963) ¿Cómo la ve? Ω

Publicado en El Diario de Morelos 15 de junio de 2011

http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=90077&Itemid=68

jueves, 9 de junio de 2011

El artista, ese desconocido: De cómo le conferimos nuestra voz desgarrada al artista en el México actual



Para pensar al artista contemporáneo, hace falta ubicarlo en un lugar más o menos intermedio de un esquema planteado por la historia social del arte. Dicho esquema recoge, por un lado, la postura del creador egresado de las escuelas de arte como un profesionista –no es lo mismo que un profesional—, que busca la ganancia económica, irremediablemente relacionada con el prestigio del que habla Z. Bauman en su estupendo estudio sobre la era líquida que vivimos.
Tal artista persigue ubicarse en el llamado mainstream, para exhibir sus facilidades manuales, y, en el camino, se convierte en un decorador que vende y se vende. En el otro extremo, se ubica el modus operandi del artista que crea por pura necesidad expresiva del ahogo que lo aqueja. Se trata, en este caso, del artista romántico que se entrega a su obra a pesar de sí mismo y no se interesa en la remuneración inmediata de lo que crea, sino en la autenticidad de su oficio y lenguaje.


Ese es el par de pulsiones que mueven al artista contemporáneo en su quehacer cotidiano; éste nada en un mar de deseos insatisfechos hasta que poco a poco va llegando a una isla cercana a cualquiera de los dos extremos que lo mantiene a flote.


Pero nosotros, los miembros de la sociedad, asombrados por la moral de guerra que vivimos, estamos tendiendo cada vez más a buscar el ideal romántico. Acaso el que más conocemos a partir del cine sea el retrato del “artista maldito” que vive al extremo y lo da todo por expresar los frutos de su (nuestra) hipersensibilidad torturada.


En este sentido, no deja de asombrarme la respuesta de la sociedad al infortunado caso sufrido por Juan Francisco Sicilia, porque el ánimo y la solidaridad que despertó en la gente tienen mucho que ver con los valores que vemos representados en su padre, el poeta y ahora activista, Javier Sicilia.


Resulta que su voz se ha convertido en la nuestra; sus dolidas palabras de padre martirizado son, asimismo, nuestros gritos de dolor. Sucede que el movimiento que hoy encabeza representa un anhelo común simple y atávico: es el deseo de la tranquilidad psíquica, la paz espiritual, acaso el principio de constancia del que hablaba Freud.
Recuerdo que otros casos similares, entre ellos el de Alejandro Martí, no despertaron la consciencia colectiva del mismo modo, y no dejo de pensar que esto no sólo se debe al hartazgo de la población, sino al papel que juega en nuestro imaginario la figura del poeta idealizado, el que siente con el corazón más puro, el que habla con las palabras más escogidas. No se trata, en el caso de Javier Sicilia, de una víctima más: se trata de un bardo, hermanado estrechamente al mago, al chamán en las sociedades antiguas.


No es mi intención hablar aquí del caso Agustín Bejarano, lo que quiero enfatizar es que la figura del artista ocupa hoy un lugar privilegiado y necesario en el imaginario colectivo. Del artista –no el de la farándula “estrellada”, por supuesto. Hemos venido a agarrarnos con el alma y los dientes, con el corazón y la razón, porque nuestras voces han enmudecido. Es al artista romántico al que estamos rescatando. Un dibujo publicado hace un par de días en Internet de la familia Bejarano es lo bastante elocuente al respecto, porque proyecta el anhelo de toda familia: poder sentarse en paz a la mesa, tomados de la mano.


Cuando pensamos en este sujeto que decide producir objetos de sabor personal que aparentemente nadie necesita, pensamos inmediatamente en términos de destino, de vocación y de talento; no obstante, en la época actual, el genio divino que para Alberti poseía al artista durante el acto creativo (el artista era comparado con Dios), ha vuelto a encumbrarlo. Fin.

Publicado Diario de Morelos 8 de junio de 2011
http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=89950&Itemid=68

miércoles, 1 de junio de 2011

Leonora, mi Leonora


Me entero de que falleció Leonora Carrington y una nube gris invade mi alma. “Se murió la que pintó torbellinos-pasión, la de las nubes bajo el techo, la del Minotauro a la mesa-- me digo--, se ha ido físicamente la amiga de Remedios Varo, ya no podrás soñar con entrevistarla. Se murió la última intérprete del surrealismo bretoniano, se lleva con ella la magia del Freud poeta. Ya no estará para contarnos cómo simbolizó sus ensoñaciones y como no se dejó ensombrecer por ni Frida, ni por nadie del círculo culto del México de mediados del siglo XX. Me consuela, sin embargo, el hecho de que el personaje creado por Elena Poniatowska, en su más reciente novela, no morirá nunca, esa Leonora vive en mí desde hace unas semanas y no exagero al decir que el decurso de su vida no-velada ha cambiado la mía para siempre”.
A ese brillante personaje creado por la escritora es al que me voy a referir en este espacio, porque desde que la leí (los seres humanos nos leemos como textos unos a otros), no he dejado de pensar en la importancia de conocer la vida del autor detrás de su obra. Resulta que la pintura es otra cuando se saborean las intensidades del amor-desamor, la pasión que implica la vocación artística y por supuesto la importancia de una vida vivida por diseño: la vida artística. Eso es dominio de la narración y la narración son palabras. La importancia de la palabra es hoy más evidente que nunca.
Creo que una de las cosas que más me gustó de esta novela biográfica es el respeto de la escritora por la locura (proceso creativo) al que se somete el artista, esa aflicción que reporta Rimbaud y que habla de un largo, inmenso y razonado desarreglo de nuestros sentidos: “Hay que buscar todas las formas del amor, del sufrimiento, de la locura, y agotar todos sus venenos para conservar sus quintaesencias; lograrlo es una tortura que él llama inefable y para la que se necesita una fuerza sobrehumana.” (Cfr. p. 68-69). Para hablar del aparato psíquico del loco hacen falta las metáforas porque lo que se siente es indescriptible; y tales estados del alma como también son poesía, sólo se intuyen.
Leonora, la mujer lunar, proyecta el ideal del pintor romántico, retrata una mística de trabajo que se ha perdido hoy en medio de tanta banalización. Ella personifica el polo opuesto del modus operandi del artista que hoy se profesionaliza buscando el acomodo en el mercado del arte, aquel que apuesta su integridad moral y termina siendo decorador.
En la novela de la Poniatowska, Leonora lo da todo por vivir intensamente. Se enamora de Max Ernst hasta enloquecer ambos en el sur de Francia: “Recargaban su cuerpo en el piso de piedra, en la cama de piedra, en los muros de piedra, el sol incendia sus vientres….Max es humildemente feliz y… Leonora se exalta, cree en sí misma, en la belleza de su cuerpo, es una yegua libre dentro de su pelaje…puede levitar”. A Max y a ella no les falta nada, soportan las miradas de los otros y no les interesa nada más que la vida de los sentidos vertida en dos: sus cuerpos y la pintura embarrada en la tela. Poco después aparecerán Peggy Guggenheim y Renato Leduc en las vidas de ambos y por azares del destino ella llegará a la calle de Artes, en la Colonia San Rafael, en México un país que sabe virgen. Aquí se hará amiga de Remedios Varo, Benjamín Peret, Katy Horna, Víctor Serge, Laurette Séjourné, Alice Rahon, Wolfgang Paalen, Gunther Gerzo y juntos abrirán un capítulo nuevo, místico, mágico, brujeril en la historia del arte mexicano.
Leonora Carrington nació en Inglaterra en el seno de una familia adinerada, se consideraba a sí misma una irreverente, una yegua desbocada. Su padre fue el motor que la definió como una opositora del stablishment, mientras que su madre, quien solapó sus locuras por estar desplazando las propias y su nana le imbuyeron el amor por la vida doméstica que la salvó de la locura permanente: “Mamá, entre más libre me siento, mejor pinto, hago progresos continuos gracias a esa inmensa fuerza que tengo dentro”.
Las memorias del tiempo que pasó encerrada en un hospital para insanos mentales en Santander, reportan no sólo el dolor del encierro y los tratamientos médicos criminales a los que se somete al que se le niega la escucha atenta y respetuosa; dichas memorias trasladan a las páginas de En Bas la triste realidad de quienes se convierten en meros pedazos de cerebro vistos al microscopio, en retazo con hueso, como lo pintara Manuel González Serrano, otro gran artista mexicano que sufrió como un San Sebastián en La Castañeda.

Hace unas semanas, me armé de valor y le hablé a la Señora Poniatowska para preguntarle más cosas sobre su libro, sobre la época que retrata, sobre sus lecturas sobre el tema. Le marqué con el libro todo subrayado en la mano para releerle varias de sus propias frases y felicitarla por el tamaño de su alma reportera. Ella, asustada ante tanta admiración sólo atinó a decirme gracias, gracias y gracias. La pregunta lógica que cerraba la conversación era ¿qué dice Leonora del libro?, y se la hice. La respuesta fue contundente y clara: “No lo sé. Ya está muy viejita. No sé si ya lo leyó o se lo leyeron.”
Me dio la impresión de que hacía tiempo que no se veían y eso me entristeció, sobre todo porque acababa de ver en internet una fotografía en la que aparecen juntas, del brazo de mi querido amigo Manuel Felguérez.
Corroboró con esta respuesta el hecho de que uno es el artista y otro el personaje en el que se convierte ante los ojos de los demás. De este desdoblamiento fantasmal habló muy bien Borges un día. Aparece en internet. Ω

Publicado Diario de Morelos 1 de junio de 2011
http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=88426&Itemid=68

viernes, 27 de mayo de 2011

Primer Salón de la Plástica Morelense: ¿una iniciativa con peso específico?


Me gustaría felicitar --antes que nada--, a la organizadora de esta colectiva, la escritora Graciela Salas por poner el ejemplo, por atreverse a romper una dinámica que ha afectado nuestra “culta” imagen ante el mundo, y muy en particular el ánimo de los agentes productores del arte, los llamados artistas. Me refiero, al hablar de esta falla, a la inexistencia de una política cultural que muestre fe en lo propio y se encargue de historiar lo que aquí se produce…parto de un breve análisis para preguntar ¿es esta muestra un parteaguas?
Como Miguel Salas Anzures, quien fuera director del Departamento de Artes Plásticas del INBA hace casi cincuenta años, su hija, la señora Salas decide preguntarse por la historia del arte local y poner el dedo en la llaga, incidir en esta falta de historia del arte local, no porque no exista, sino porque no se cuestiona y registra lo que se hace.
Es de este modo, como decide juntar a 18 artistas en un espacio vinculado con la cultura y la educación –el lugar es emblemático-- y a dicha muestra colectiva le da el nombre de “Primer Salón de la Plástica Morelense”, cosa que implica, no sólo la selección de los artistas que considera representativos de la plástica del estado porque cada uno ha logrado un currículum sólido, sino la selección de la obra que cree está representando, de alguna manera, la historia del arte de esta región, y eso, queridos amigos, es mucho decir.

Hacer cortes reflexivos, voltear a sopesar producciones de una manera seria, es una labor que se hace con frecuencia en los ámbitos académicos más prestigiados del mundo, no obstante, no es costumbre morelense cuestionarse cómo se piensa el arte aquí, por más que desde el CEMA y la facultad de artes de esta casa de estudios egresen cada año decenas de estudiantes formados como artistas profesionales. ¿Qué se le contesta a quien busca información sobre lo que aquí se ha producido en materia de arte en el siglo XX? ¿Acaso un salón como este puede convertirse en el primer capítulo de un texto serio sobre la el asunto?
Quiero pensar que sí, que esta voluntad de análisis y registro –porque esta muestra va a contar con un catálogo—, esta sumatoria de almas expresivas va a dar cuenta de intereses, sensibilidades, influencias, estilos y escuelas. Y creo, Graciela, que al instaurar tú la voluntad en quienes toman las decisiones sobre lo que se exhibe y promueve, al invitarlos a echarse el trompo a la uña con tal compromiso, has dado un paso crucial. Para nadie es novedad que las últimas muestras aquí colgadas dejaban mucho que desear en todos sentidos, empezando por el bajo presupuesto. Hoy, tú tomas en serio, como lo hiciera tu padre en su momento al fundar el Museo de Arte Moderno en México, el arte producido en un lugar en el que no sólo se retiran a vivir los artistas, sino en el que nacen día a día como tales.

En tu texto de sala hablas de palabras pintadas, de que la pintura habla y de que sin tal forma de discurso nos quedaríamos profundamente solos. Pues bien comienzo este breve análisis partiendo de tal paradigma para enfatizar la noción de unidad en la diversidad. ¿Qué los une? La terrible vocación expresiva, el gozo de la arte-factura. ¿Qué los separa? Todo.
Hay que entender, de entrada que una muestra como esta requiere respiros varios mientras se deambula por el reducido espacio en el que se montó. Debió ser muy difícil colgar tanto monólogo…, aquí hay gritos y calladas voces, poesía dicha al oído y textos atravesados por la pulsión del homenaje. Tantos estilos y propuestas conforman aquí un coloquio, que debe verse espaciadamente para que las voces no nos enloquezcan.

Yendo de lo figurativo a lo abstracto, los homenajes y las influencias del arte surgido de las vanguardias históricas se dejan sentir en las piezas de todos ellos. Si acaso un costumbrismo florido viene a darle un toque animoso al consenso general, que apuesta por el rompimiento con la tradición académica.
La muestra abre con el sintetismo de sabor brancussiano de Estela Ubando y cierra, en la sala negra, con una pieza de Xerxes Díaz que engalana el tiro visual del espacio alongado. Rojo sobre negro se convierten en este caso, en una propuesta acertadísima para la lectura de una modernísima sirena de lámina de fierro.
En el otro extremo, el lado izquierdo de la sala vista de frente, cuelgan dos fabulosos trabajos dedicados al hombre visto en su dimensión corporal; ambas recuerdan las composiciones monumentales de la escuela mexicana de pintura, en particular de algunos trabajos de Rodríguez Lozano por sus aspiraciones, una vocación que bien vista se desprende hasta los cuerpos que pintaba Miguel Ángel. El primero de estos cuerpos lo pintó Adriano Silva en tonos neutros y es una hermosa pieza compuesta en suavísimos y mil veces diversos blancos; el segundo, un hombre hincado, lo pintó Francisco Maza y lo adornó con ricos símbolos como acostumbra, ya que su obra es siempre el resultado de su extensa cultura. Ambas pinturas son ricas en texturas y gamas cromáticas.
A un lado de dichas piezas, las esculturas del maestro de maestros Antonio Castellanos, quien se destaca por su gran oficio, pero también por imprimirle sentido del humor al bronce. De Castellanos “El Gran Teatro de la Suprema Corta”, una pieza que habla del mundo socio-político que nos ha tocado vivir en el México pos-revolucionario, pero también una pieza que le rinde homenaje al cuento más breve escrito en lengua española, me refiero al de Monterroso sobre un dinosaurio que se distingue por su voluntad de permanencia, al mismo tiempo que homenajea a un colega mediante la cita de “El sueño”, escultura del colombiano-mexicano Rómulo Rozo que representa un indio que oculta el rostro entre las piernas flexionadas, como si reposara la borrachera.
Los drippings de Willy Ávila no sólo homenajean a Jackson Pollock, sino que de una manera muy inteligente hablan de la situación vivida en las fronteras del país. Por un lado el caos que vive el inmigrante (los colores chorreados), por el otro la estructura inamovible con la que se topan. Dos geometrías inconexas, dos situaciones de vida, que el autor logra esquematizar perfectamente.
Por su parte, Xolo Polo presenta un trabajo que merece ser visto y revisto porque le da al díptico de continuación un valor nuevo. De un lado, la figura pesa porque ocupa casi todo el espacio pictórico fondeado en verde ácido, del otro, la segunda tela recibe sólo al brazo estirado de la exasperada figura. Un mundo de nervios y músculos, que grita su existencia en esta pieza que logra dialogar, de algún modo con el expresionismo de Miriam Pérez.
Los trabajos de Fernando Silva, de sabor setentero por su propuesta vinculada con el geometrismo óptico, contrastan con el figurativismo de orden simbólico de Luis Miguel Valdés, artista de origen cubano avecindado en Cuernavaca, mientras que las representaciones dedicadas a la vida en la playa, del maestro Adolfo Mexiac --digno hijo de Gauguin—, vienen a recordar que en toda propuesta vanguardista hay algo de nostalgia.
Casi en el centro de la sala se destaca una oficiosa pieza del maestro del realismo Rafael Cauduro. En dicho trabajo que obedece a los afanes del realismo matérico, aparece el frente de una locomotora para recordarnos la historia del país, pero también la tragedia del ser humano atropellado por la vida.

Nada inocente, el título de esta colectiva queda pues, como un compromiso de los autores para con su propio quehacer porque están presentándose en un salón representativo del área cultural que los acoge, pero queda asimismo como un gran compromiso para los organizadores, quienes deberán convencer a esta comunidad tan vapuleada, de que un esfuerzo consistente y sostenido en materia de reflexión artística podría redundar en un espacio de encuentro y diálogo permanente. De que si todos --creadores-espectadores serios-- le echamos ganas, podríamos hablar con el tiempo de una escuela de pintura y de escultura morelense que le hiciera contrapeso a la oaxaqueña, o al centralismo defeño ¿por qué no? Ω
Publicado en el Diario de Morelos, 18 de mayo de 2011

http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=87945&Itemid=68

sábado, 30 de abril de 2011

La pintura de cromos a principios del siglo XX en México: Guillermo Kahlo y Ana María Serrano Orozco, dos casos notables para la historia del arte.





Como reinas solitarias y mudas, muchas pinturas elaboradas a principios del siglo XX por autores aficionados permanecen en las casas mexicanas sin haber merecido hasta el momento, una reflexión sobre su papel como agentes conformadores de nuestra cultura visual. La historiografía del arte mexicano, centrada en los mitos fundadores del nacionalismo como sinónimo de identidad, se centró en el análisis de movimientos que reflejaran la paulatina modernización del país y por ello escasamente encontramos ensayos dedicados a la pintura que se elaboró fuera de la academia a principios de siglo, en los talleres que quiérase o no, también satisfacían una demanda de imágenes que, si bien cumplían esencialmente con una función decorativa, también formaron gusto y propiciaron un cúmulo de reflexiones estéticas cuya influencia puede seguirse hasta nuestros días. A tal grupo de obras pertenecen las que aquí se comentan.

1. “Rosas y botellas”, un cromo inspirador
Padres de artistas reconocidos y aficionados a la pintura ellos mismos, Guillermo Kahlo Kaufmann (1872-1941) y Ana María Serrano Orozco (1888-1950) , dejaron entre sus familiares algunas obras pictóricas realizadas en la primera mitad del siglo XX. Si bien éstas no forman acopio suficiente como para hablar de trayectorias artísticas en el campo de la pintura, sí se da el caso de que por su calidad y singularidad, dos de sus piezas nos llevan a hacer consideraciones de interés con respecto al complejo mundo artístico del naciente siglo XX.

Descritas a grosso modo, las dos pinturas a las que me referiré representan originales arreglos florales pensados para muro, siendo la de Guillermo Kahlo una acuarela sobre papel y la de Ana María Serrano Orozco un óleo sobre tela; se trata pues de dos piezas a primera vista casi idénticas.

La semejanza extrema de las dos obras hace suponer que se trata de copias de una cromolitografía --hasta el momento de autor no identificado, aunque de origen europeo— que circuló en hoja volante o inserta en un libro o revista, en las academias de arte o en las tiendas de materiales para artistas por aquellos días . Es importante aclarar que en la década de los treinta, cuando Kahlo pinta estas y otras obras , vivía y trabajaba como fotógrafo en la Ciudad de México, mientras que Serrano Orozco, tenía la intención de ordenarse monja y se disponía a realizar un viaje a Europa con motivo de la beatificación de Magdalena Sofía Barat, fundadora del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, institución capitalina en la que se había educado, y en la que probablemente tuvo los primeros contactos con el arte. Un año después contrajo matrimonio en la ciudad de Lagos de Moreno, Jalisco, y según narran sus familiares solía tener siempre dispuesto el caballete en su recámara ya que pintaba al óleo casullas y lienzos para el altar, además de que bordaba y tejía de manera regular .

1.1 Consideraciones sobre la copia como reproducción y como ejercicio académico.
La copia de la estampa europea (incluidos los diversos tipos de grabado en plancha de metal o madera) constituyó desde su aparición en América en el siglo XVI, uno de los recursos más socorridos para proveer de imágenes a la naciente comunidad novohispana, y desde su fundación en 1785, la antigua Academia de San Carlos (desde 1867, Escuela Nacional de Bellas Artes) adquirió obra —grabado, óleo, escultura— procedente de Europa, especialmente de la Academia de San Fernando de Madrid, para que los alumnos que ingresaran pudieran reproducir, aprender de esos originales europeos porque el canon estético de aquella época era ése.

Vistas como ejercicios académicos, las copias de estampas servían para entrenar el ojo y la mano con el fin de aprender el modelado y el oficio de la ilusión tridimensional en un solo plano. La copia como ejercicio se debía ejecutar siguiendo una escala gradual de dificultad, incluyendo la transcripción de la imagen por medio de retículas y a veces la proyección de objetos opacos sobre la superficie a pintar. Dicha práctica, respondía a la noción del arte como resultado del trabajo constante y del dibujo como la madre de todos los oficios . Para el mundo académico, el disegno interno, como también se le llamaba al dibujo, era un proceso mental trabajado a partir de conceptos, mientras que el color era considerado un hecho físico que radicaba en el ojo.

La copia de estampas predominó durante un largo período de la vida académica sobre la copia del natural y si el parecido logrado era plenamente satisfactorio, las obras copiadas gustaban igual que los originales pues el modelo europeo era imprescindible, como lo señalan los especialistas en el arte del momento . Incluso existen documentos que prueban repetidamente como la copia acuciosa de la estampa era motivo indiscutible de distinciones para las damas, quienes no fueron asiduas al ámbito académico hasta bien entrado el siglo XIX. Y se sabe también, que en el siglo XIX, las principales imprentas contaban con fondos de ilustración y que cuando el licenciado José Bernardo Couto estuvo al frente de la Academia (1852-1860), también encargó trabajos a los artistas europeos para que los mandaran a México y los mismos alumnos mexicanos que estudiaban en Europa tenían la consigna de traer obra de allá. En esta época llegaron al país cromolitografías de varia índole temática, ya que incluso quienes se formaban como litógrafos y grabadores en la academia , se dedicaban más a la copia que a la ilustración creativa, como Hipólito Salazar, quien por los 1840 ilustraba el “Semanario de las Señoritas Mexicanas” y otras publicaciones a las que solía ofrecer trabajos copiados o inspirados muy notoriamente en obras extranjeras. Así se formaron los amplísimos acervos de estampas, revistas y libros de la antigua Academia de San Carlos y el Archivo General de la Nación. Es importante subrayar que dichos acervos no se alimentaron exclusivamente con obras salidas de la academia: los talleres particulares y la obra de aficionados forma parte del cúmulo de imágenes elaboradas con el mismo espíritu de la época.

Avanzado el tiempo y más allá del ámbito académico, la compleja situación vivida a principios del siglo XX en el país, pinta un panorama dividido entre un ambiente artístico de avanzada que comenzaba a oficializarse (y que también era puesto en tela de juicio por ciertos grupos), los centros populares que seguían una línea oficial y el gusto conservador de la vieja clase acomodada que no alteró sus costumbres de manera inmediata --ejemplificado en la década de los treinta por Germán Gedovius y sus alumnas.

Las alumnas de dicho maestro ya fuera como aficionadas o tomándose la pintura como vocación de vida, decidieron abocarse a la representación costumbrista, el retrato y la llamada pintura de géneros. Habiéndose formado en una época prerrevolucionaria de relativa paz y en hogares católicos conservadores a ultranza, propusieron una pintura cimentada en el oficio y sin ánimos de trascender. Don Manuel Toussaint se refería al gusto del momento señalando que “Para esa época, México respiraba por la pintura española, y la novedad del arte de Gedovius, con su factura suelta, su dibujo atildado, sus interiores coloniales, sus retratos de rebuscado arreglo, tenían que cautivarnos por fuerza.”

Lo antes dicho demuestra cómo en aquellos días cabía perfectamente la copia de estampas o de pinturas seleccionadas de acuerdo al gusto clasicista-romántico imperante entre las clases acomodadas, herederas de una estética novocentista , misma que como pretende demostrar este breve ensayo, se descolgará todavía viva hasta entrado el siglo XX, según lo demuestran las pinturas de Guillermo Kahlo y Serrano Orozco. No olvidemos que durante el porfiriato, cuando ambos se formaron, se seguía privilegiando una estética europeizante, en ciertos momentos particularmente afrancesada, como medio de control y para simbolizar la supremacía militar y política de las grandes potencias y que dicha estética se difundió dentro y fuera de la academia y produjo cuantiosas piezas para consumo local básicamente.

Podemos suponer entonces, que dichos objetos simbolizaban origen social y moral, distinguían a una clase de otra y buscaban inmortalizar una estética que representara la belleza clásica frente a la amenaza del gusto proletario.

Lo anterior, nos ayuda a matizar la idea de una pintura posrevolucionaria predominante entre el gusto mayoritario, una pintura caracterizada por la búsqueda de un lenguaje nacionalista –mismo que había empezado a pregonarse como ideal a raíz de la Independencia y sobre todo en la época juarista, dando algunos frutos memorables, alabados por Felipe S. Gutiérrez e Ignacio M. Altamirano entre otros--, dado que las pinturas que aquí se comentan y muchas otras visibles en colecciones particulares que han pasado a la historia sin merecer comentarios de los especialistas, nos demuestran que conviviendo con los afanes revolucionarios y modernizadores pervivía una tradición clasicista a la que podemos seguirle los pasos aún en nuestros días. Dicho gusto se refleja en el refinamiento de las formas y las expresiones, un refinamiento que llevado hasta el grado límite, privaba sobre la expresión espontánea, como bien lo señaló en su momento el pintor Ángel Zárraga, anunciador del simbolismo importado de Europa que se dejaba ya sentir en México entre ciertos artistas.

Dado que ni Kahlo ni Serrano Orozco acudieron a las aulas de la Escuela Nacional de Bellas Artes, es fácil suponer que se mantenían al tanto en materia de técnicas y estilos por mediación de algunas amistades relacionadas con el mundo artístico --esto especialmente en el caso de Kahlo, fotógrafo profesional desde 1901 y suegro de Diego Rivera a partir de 1929--, ya que su proceder creativo responde al entrenamiento acostumbrado dentro y fuera de la academia, además de en los estudios particulares ubicados en muchas casas mexicanas, según narran algunos de los artistas formados en las aulas por aquellos días, quienes aprendían según los métodos de enseñanza de Germán Gedovius, Mateo Herrera, Leandro Izaguirre y Francisco de la Torre y estaban al tanto, por medio de algunas publicaciones de lo que se comentaba sobre el gusto del momento.

1.2 Más allá del ejercicio: la copia como imitación creativa
Está claro que existe una diferencia entre lo que llamamos oficio y placer de la arte-factura –entiéndase el gusto por el trazo sobre el papel, el trabajo manual— y lo que llamamos creación original, que viene a ser el resultado de la integración de la visión personal del artista, de su experiencia expresada traducida a formas al oficio que ya conoce. Por eso, no todo el que se lo propone puede ser artista, aunque su trabajo manual sea encomiable. Pero también sabemos que se necesita mucho trabajo –incluidos ejercicios como la copia--, para que la mente se apreste a dejar salir el material propio y valioso que todo ser lleva dentro. Cuando Rilke se dirige al joven poeta, sabe muy bien de qué habla, pues le aconseja estar atento a cada detalle de la vida cotidiana para poderse allegar material susceptible de ser transformado en asunto artístico.

Mucha gente piensa que una excesiva atención a los detalles técnicos, los que forman el oficio, interfiere con la libre expresión, no obstante, se ha demostrado que el conocimiento técnico basado en la experiencia resulta de enorme valor pues le ayuda a expresarse eficazmente y de manera más permanente.

Así, entendida como entrenamiento y en su capacidad de imitación y no de mera reproducción (lo cual implica un proceso mecánico y una identidad exacta), la copia creativa implica cierto nivel de invención, ya que el realizador que la lleva a cabo ha efectuado una lectura personal de la pieza y ha trabajado imprimiendo su propia personalidad por medio de la pincelada, variaciones en el color, etc. Finalmente, la copia no es una calca o un faccímil: quienes sólo piensan en el contenido de la obra, están descalificando un trabajo especializado que implica un talento especial.

En este sentido, no podemos descartar que el trabajo que nos ha llevado hasta aquí, pudiera haber sido parte del proceso formativo de un estilo; Kahlo y Serrano Orozco llevaron a cabo sus oficios a partir de la elección de un tema afín a sus personalidades, la contemplación activa que requiere cualquier trabajo manual y la experimentación del oficio. Y yendo más allá, podemos afirmar que cada uno copió a su estilo, ya sea porque eligieron o discriminaron detalles y prefirieron una técnica dada.

2. Las pinturas ante el juicio del espectador contemporáneo
Tomando en cuenta que hoy se considera que la obra de arte debe ser siempre innovadora o propositiva, única, original, diferente, motivadora de reflexiones profundas, una experiencia fuera de lo cotidiano y sobre todo representativa de un estilo personal e identificable, las piezas que se analizan han sido menospreciadas tanto por el mercado del arte como por los curadores de museos quienes las voltean a ver solamente como material de apoyo o meras curiosidades. El pintor de pasatiempo se siente acomplejado frente al creador que logra vivir decorosamente de su oficio; no obstante, el estudio de las corrientes marginales arroja una luz sobre los objetos decorativos, en este caso las pinturas de menores pretensiones-- y nuestras relaciones afectivas con ellos que vale la pena analizar porque completan un panorama que se siente cojo.

Hoy se llama cromo, de manera peyorativa, a cualquier imagen múltiple coloreada en exceso, de mal gusto o caracterizada por sentimentalismos ramplones, pero hubo una época muy larga en la que el cromo era considerado ejemplar, bello, elegante, valioso como representación.

Las dos pinturas de este capítulo son el resultado del aprendizaje de un método pictórico, de un proceso que formó gusto en una época y que originó un cierto número de pinturas muy similares entre sí, ya que no se buscaba el rompimiento con lo establecido por la academia, sino la continuidad visual ya aceptada por la burguesía adinerada.

Publicado Revista digital CENIDIAP
http://discursovisual.cenart.gob.mx/dvweb15/entorno/entnoval.htmSi estas piezas resultan menospreciadas desde el “ámbito culto”, son valoradas por la pluma que las firma o por su calidad de antigüedades, es porque no se ha sabido ver la información que hay más allá de su lectura formal.

Una historia social del arte que busque ser abarcadora y realista, incluiría las voces que la historia del gran arte ha dejado fuera; la consideración de estas pinturas como parte del imaginario del mexicano debe ser vista no como un anecdotario, sino como un capítulo necesario que hace falta completar con más investigación. Esto nos daría una luz sobre cómo se percibían algunos individuos a sí mismos y qué imágenes deseaban dar de sí. Ø

Publicado revista digital CENIDIAP
http://discursovisual.cenart.gob.mx/dvweb15/entorno/entnoval.htm