jueves, 28 de abril de 2011

Zapata: crónica en imágenes



En días pasados asistí al centro de documentación estatal, lugar en el que se ha venido armando desde hace casi un año, una muestra fotográfica única, deliciosa. La misma está dedicada a la iconografía zapatista –incluyendo en el concepto tanto al héroe de la Revolución Mexicana, como a algunos de sus más fieles seguidores, además de la tropa y algunas mujeres— y destaca no sólo por la innovación museográfica, sino por la delicadeza con la que María Gabriela Dumay, la curadora, decidió abordar el asunto: a estas alturas hablar de Emiliano Zapata y sobre todo en nuestro estado, resulta comprometedor porque puede caerse muy fácilmente en lugares comunes o en abordajes panfletarios.

Respondiendo a su gran creatividad, la señora Dumay se pronunció por la idea de la representación escenográfica (la idea de la crónica en imágenes no se completa si no aparece el concepto tiempo involucrado), evitando con ello interpretar tendenciosamente, e invitó a tres artistas a colaborar en el proyecto, uno de ellos el reconocidísimo pintor Xolo Polo, quien se ha destacado en los últimos años como el creador de algunos “zapatas” posmodernos de gran interés, entre ellos, el que nos presenta a un GQ-Zapata que ha dejado de ser personaje histórico para convertirse en un “modelo de héroe”, en un “galán contemporáneo de la historia” (fuera de esta muestra pero puede consultarse por internet en su página web). Por su parte, Enrique Lambarri resolvió toda la parte técnica de la muestra y nos propone la recreación del vagón de un tren coronado por unas estupendas pinturas elaboradas por Xolo Polo, que invitan a pensar en el dramatismo del movimiento armado, en el pueblo que fue habitado por una idea, la idea del cambio social aunque costara la muerte y grandes pérdidas. Zelindabeth Reyes-Retana completa la triada de estos generosos creadores dedicados al asunto desde hace meses.

El universo zapatista en pleno

Se dice que existen cerca de 250 mil fotografías de la Revolución Mexicana, de ellas, casi 300 aluden al zapatismo y siguiendo con esta puntualización, podemos decir que asombra sobremanera el hecho de que a Zapata lo conocemos a partir de menos de 10 fotografías multirreproducidas en diversos soportes, desde la propia fotografía impresa en papel, hasta el grabado, la pintura (reinterpretación) y los medios electrónicos.

Ya sea en la fotografía atribuida a Hugo Brehme –una de las más multiplicadas en el mundo entero--, o a partir de las reproducciones de las imágenes capturadas por H. J. Gutiérrez o Protasio Salmerón, a Zapata no deja de admirársele por su apostura frente a la cámara. A él le gustaba posar para la lente instalada en el estudio, como se ha demostrado y registran los anecdotarios.

Las fotografías de Emiliano Zapata conforman lo que hoy se conoce como fotografía de estudio, pues las imágenes fueron capturadas después de minutos de análisis luminosos y retoques escenográficos. Se trata pues, para el caso de la iconografía nacionalista, de uno de los capítulos más interesantes de estudio, porque además de tratarse de uno de los héroes más apuestos de la historia del país[i], se trata de un personaje cuya vestimenta como un atributo, contraviene la tradición de la industria del retrato individual para el burgués, quien era el que habitualmente consumía y difundía este tipo de trabajos.

Lo que quiero decir, es que las fotografías que conocemos de Zapata proponen por lo menos una contradicción: su tipo físico y su gesto (Zapata con rifle y espada), rompen la convención de acuerdo al medio que lo difundió como personaje histórico, aunque luego como héroe nos parezca muy natural verlo en actitud de hombre de guerra. Esta es una cuestión que hay que tomar en cuenta frente a la famosísima imagen atribuida al fotógrafo de origen alemán Hugo Brehme, quien vino a Cuernavaca a conocer al general en 1911, hace 100 años, y que por supuesto aparece en la instalación fotográfica que comentamos.



El Zapata de rifle y espada

Se ha dicho que esta fotografía tomada según el especialistas Ariel Arnal antes de 1913, responde a la tradición representativa de los “tipos”, aquellas codificaciones iconográficas que nos hacían reconocer al charro, el aguador, el lechero, el tlachiquero, etc., en el México colonial, pero también podemos reconocer en el Zapata de rifle y espada que fue fotografiado en el antiguo Hotel Moctezuma, en el centro de esta ciudad de Cuernavaca, al hombre de armas envestido con un poder militar que no proviene del Estado: Emiliano Zapata buscó semejarse, con los atuendos que se dice le prestó Manuel Asúnsolo, al militar de carrera. Dejaba de ser, por ello, un advenedizo, un simple guerrillero, dejaba de ser del montón zapatista y por ello, tampoco era el charro tradicional.

¿Con quién se identificaba el Zapata? ¿Con el campesino o con el hacendado, quien como Maximiliano de Habsburgo gustaba del sofisticado traje?



Casi como si fuéramos al teatro

Son casi sesenta las ampliaciones fotográficas pegadas en MDF, las que conforman las diversas escenificaciones que recibirán al espectador en la explanada en la que se encuentra el monumento funerario de Zapata, en Cuautla en próximos días (la itinerancia de la muestra no se ha confirmado hoy que escribo esto). El objetivo es darle una visión “viva” de la Revolución Mexicana a la gente, sacar del muro habitual a los personajes históricos, buscar una identificación entre el ser actual y el de antes, borrar la noción de que el pasado ya no nos atañe. Para lograr tal efecto, Dumay tuvo el tino de hacer crecer esas reproducciones mecánicas de la realidad llamadas fotografías, además de incorporar, esta vez en color, las imágenes de unos espectadores ataviados como nosotros. Dichos personajes, pensamos, acuden al enfrentamiento estético con la curiosidad natural de quien se busca en el otro, antes de disponerse a entrarle al rollo conceptual y cultural; se esos personajes se acercan, como usted o como yo, con la actitud de quien quiere darle un sentirlo humano a la historia.

Los hermanos Emiliano y Eufemio Zapata con sus mujeres, Zapata con sus generales, la firma del Plan de Ayala, el papel de la mujer en la Revolución Mexicana (las hermanas Serdán, enfermeras, soldaderas, esposas, madres, hijas), y la muerte de Zapata –evitando la conocida imagen del cadáver--, son los temas que invitan, no obstante, la noción de la llamada micro-historia también está presente de otro modo: ¿Cómo se vestía la gente? ¿Cómo era su tipo físico? ¿De qué manera interactuaban entre ellos? ¿Qué comían? Son algunas preguntas que nos podemos hacer frente a las fotografías tomadas en la mayoría de los casos por Agustín Víctor Casasola o algunos de los fotógrafos que trabajaban para su agencia.

Para completar la información que nos brindan las imágenes, aparecen las fotografías de los 10 presidentes que se sentaron en la silla presidencial durante la lucha zapatista, desde Porfirio Díaz hasta Carranza.



Una notita más para que usted entienda porqué vale la pena un esfuerzo como este:

Dice el investigador y escritor Carlos Azar Manzur, que la teatralización se ha impuesto para contar la historia, especialmente en su versión de melodrama, aunque también se dan el relato en forma de comedia y de aventura. Dice él que nos gusta el artificio, que solemos aplanar a los personajes, que no cuestionamos las convenciones sociales.

Nos empeñamos en ver la Revolución Mexicana a partir de los ojos de Gabriel Figueroa, quien la retrata bajo los cielos y paisajes más bellos del planeta. La entendemos como sinónimo de balazos por todos los rincones del país, como causa del progreso y el desarrollo social priísta…y por si fuera poco, pensamos que nuestro melodrama es especial, nos gustan las águilas que caen, los héroes que pierden….

Vistas así las cosas, hay que aceptar que una escenificación fotográfica nos da la oportunidad de hacer una lectura fresca de la historia, de hacernos la propia idea alejada del relato edulcorado de la historia oficial.

Escribió Zapata en 1911:

“Por último diré a ustedes que yo me he levantado no por enriquecerme, sino para defender y cumplir ese sacrosanto deber que tiene el pueblo mexicano honrado y estoy dispuesto a morir a la hora que sea, porque llevo la pureza del sentimiento en el corazón, y la tranquilidad en la conciencia.”

Este Zapata real cabalga por nuestro imaginario colectivo como un ser etéreo.

Yo lo invito a usted, querido lector a acercarse a la reproducción de algunas imágenes de la lucha armada que vivió nuestro país a principios del siglo XX. Entre otras cosas para poder ver de frente a nuestros antepasados. Ω

Publicado Diario de Morelos 14 de abril de 2011
http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=85595&Itemid=80

Emiliano Zapata y su proyección histórica entre los morelenses


Llama la atención que sin obedecer a una campaña mercadológica o a una franca estrategia política, la figura de Emiliano Zapata Salazar (1879-1919) se haya venido posicionando en el mundo entero como un producto cultural que satisface necesidades expresivas y comunicativas de diversas índoles. No es difícil encontrar representaciones del rostro de Emiliano Zapata en los cinco continentes y creo que tanto por la cantidad de las mismas, como por sus diferentes abordajes, la lectura de la imagen del héroe debe ir más allá de contexto marcado por el mito surgido hace casi cien años. A esto me he venido dedicando los últimos tiempos con un estado de ánimo que va de la sorpresa al regocijo máximo, he de decirlo sin pena. Lo que me interesa destacar en esta colaboración, es la manera en la que el sujeto contemporáneo asimila y consume los relatos históricos y resignifica los símbolos. Parto del caso muy particular de los “zapatas” creados en el estado de Morelos, dado que han adquirido la connotación de símbolos doblemente identitarios: Zapata nació en Morelos, aquí se firmó el Plan de Ayala, sí, pero aquí también surgieron algunas de sus representaciones más Esta idea de que “aquí surgió lo más memorable, lo más enorgullecedor de la Revolución Mexicana” llama la atención además, porque lleva a pensar en un uso de la imagen zapatista que extiende sus tentáculos hasta los tendajones: ya existe una “Cerveza Zapata” y esta imagen que vende y vende bien, engalana restaurantes y bares, además de que, podemos encontrarnos al héroe como suvenir fácilmente y no sólo me refiero a las reproducciones fotográficas que se expenden en varios sitios --entre ellos los museos dedicados a su culto--, sino también a otro tipo de objetos como pueden ser aretes, ropa, bolsos, estampas, cajitas, etc. Por supuesto que si los entrecomillados le motivan reflexiones más agudas, querido lector, y quiere nos sentemos a platicar en cómo los morelenses nos apropiamos de las imágenes y las reciclamos, estoy a sus órdenes en este email: helenanoval@yahoo.com.mx
Iconografía Zapatista
Las artes visuales son generosas en imágenes dedicadas a la lucha armada que se dio a principios del siglo XX en nuestro país. La fotografía, como medio de reproducción mecánica del entorno y por ende de la realidad social experimentada, se encarga de mostrarnos a Zapata como un individuo y como parte de una colectividad que se distingue del resto de los habitués de los medios impresos del momento, por su tipo físico y por su vestimenta. Tales características, irán conformándose con el tiempo, en símbolos de autonomía, de fuerza, de honorabilidad y de autenticidad, por decir lo más destacable.
De entre las imágenes de cuerpo completo del nacido en Anenecuilco, destaca el retrato atribuido al fotógrafo de origen alemán Hugo Brehme (1882-1954) probablemente en 1911. En el mismo, Zapata aparece frente a una escalera, en el antiguo Hotel Moctezuma, ubicado en el centro de esta ciudad capital. Por haber sido multirreproducida en diversos soportes y por medio de diversas técnicas, dicha imagen destaca de entre las más conocidas.
En dicha fotografía revelada en blanco y negro, Zapata posa portando espada, rifle y cananas, con una banda tricolor al pecho, vestido de charro. La lectura de la imagen nos lleva a pensar de inmediato tanto en un hombre de armas, como en un hombre de origen rural. Las ideas de lo auténtico, los movimientos sociales como procesos históricos progresistas y el orden natural de las cosas (justicia) acuden a nuestra mente fácilmente, pero hay que recordar que en aquellos días la imagen zapatista causó mucho escozor entre la gente que veía el levantamiento armado como la posibilidad de la muerte y el dolor inminente. Al respecto basta recordar que José Guadalupe Posada reprodujo esta fotografía por medio de un grabado que convirtió en una hoja volante y en ella se hablaba muy mal del héroe (La jeringa de Zapata).
De esta y otras fotografías de Zapata, cabe destacar asimismo, la consciencia que parece tener él de su devenir como personaje histórico: posa con ciertos atributos simbólicos (se dice que se los prestó Manuel Asúnsolo) y se sabe importante, se prefigura así la idea del héroe que hoy es común entre nosotros.
Dicha imagen ha sido relacionada con la del ejecutivo nacional, pues así posa el presidente electo cuando toma posesión del máximo cargo que el voto popular puede conferir.
Esta fotografía ha servido como motivo de inspiración de algunas pinturas famosas, entre ellas un fragmento del mural que pintara Diego Rivera en el Palacio de Cortés, apenas iniciada la década de los 30. En dicho fragmento, el Zapata tricolor queda debajo del lema “Tierra y Libertad”, a su lado, una mujer reclinada representa la idea de la tierra.
Me referiré ahora a la parte del mural que lo presenta vestido de manta, porque además de ser muy conocida en el mundo, dicha pintura al fresco habla de las intenciones del pintor con respecto a su mitología particular.
Recién casado con Frida, Rivera decide pasar unos días paradisiacos en Cuernavaca en su compañía; invitados por el platero William Spratling, se quedan en casa del embajador Morrow y una vez que decide aceptar la encomienda de pintar un mural de tema libre, se prepara para pintar la epopeya de la nación, la historia gloriosa de su país. Esta será la época en la que pinta también los murales de Palacio Nacional.
Además de que el muro al que nos referimos coincide con la orientación de Anenecuilco, lugar de nacimiento de Zapata, asombra la creación de un espacio pictórico en el que encontramos por lo menos dos lecturas particulares de la historia.
Por una parte aparece representada la idea que Rivera tenía de la Revolución Mexicana como un movimiento exitoso y terminado. Zapata pisa con el pie izquierdo al español cuyos descendientes son los hacendados, quienes lo despojaron a él y su pueblo de sus tierras; con la mano de ese mismo lado domina a un hermoso caballo blanco que recuerda los pintados por Paolo Uccello, y en la otra porta la hoz del comunismo, sistema en el que, como sabemos creía como una posibilidad salvadora de la humanidad.
Por otro lado, en el mismo mural, Zapata vestido de manta (cosa que no acostumbraba), viene a ser también el indígena que vence al conquistador español, y si viste así y no a la manera prehispánica no es porque Rivera desconociera los usos y las costumbres de la antigüedad, es debido a que quiso demostrar que el indigenismo, la raíz, la sangre y la raza pervivían en la entraña del campesino morelense.

La pintura morelense comprende un gran número de obras en las que el muerto en Chinameca, en 1919, aparece retratado a partir de copias de las escasas fotografías que existen en primeros planos de su figura. Lo interesante es que Zapata, para los creadores locales, constituye, además, de una extensión de la identidad local, un motivo de identificación personal porque hay quienes se han destacado como especialistas en el tema, pintores de “zapatas”. Casos notables son los de los pintores Xolo Polo, Pedro Zamora y José Iturbe.
Ya convertido en un símbolo –que nunca será fijo porque la historia, como discurso, está hecha de subjetividades--, a Zapata le es dado habitar un universo completo de pinturas diversas creadas por artistas contemporáneos, entre ellos Arnold Belkin, quien ve al héroe como el motor de la historia.
Los “zapatas” del canadiense-mexicano Belkin, reconstruyen por medio de geometrismos, la famosísima imagen atribuida a Hugo Brehme y al mismo tiempo le devuelven el cuerpo al héroe que la sociedad le arrebató. La fotografía tomada en 1914, por Agustín Víctor Casasola, en la que se ve a Zapata sentado al lado de Pancho Villa, en Palacio Nacional, le sirve como inspiración al pintor para crear su propia versión del memorable momento en el que ambos revolucionarios se encuentran. A ambos los pinta literalmente de carne y hueso, son la reinterpretación del hecho histórico a la luz de lo humano. Esta hermosa pieza se encuentra en el Castillo de Chapultepec.
La estatuaria y el charro más charro de la historia nacional
Obedeciendo al afán del homenaje, a Zapata Salazar se le han erigido algunos monumentos en la República Mexicana. En casi todos aparece ataviado con traje de charro (media gala y gran gala), situación que se da porque de ese modo aparece ataviado en la mayoría de las fotografías que se le tomaron en la época de cuerpo completo.
Tal característica compone una imagen única en la historiografía nacional: no abundan los héroes charros. De ahí, que la estatuaria oficial haya hecho del dominio de estas artes campiranas y de la osadía de Emiliano Zapata, la imagen más perdurable del héroe de bronce.

Esto sucede así, porque se sabe que él prefería este atuendo como vestimenta y se esmeraba mucho en su arreglo personal, pero también porque las labores del campesinado adquieren una gran dignidad así representadas y paradójicamente acercan, o funden en el imaginario colectivo, al hombre de campo con el hacendado.
Por lo que respecta a las composiciones de las esculturas morelenses zapatistas, hay que decir que cuando el héroe aparece a caballo, las piezas repiten un formalismo cuya tradición se extiende hasta la antigüedad clásica. Dicha tradición manda representar al caballo con dos patas levantadas cuando el homenajeado murió en el campo de batalla. De la autoría de Carlos Kunte y Estela Ubando, el Zapata que fue removido por las obras de remodelación de la ciudad (entrada por la carretera federal), se ha convertido en un referente citadino, no lo es en cambio, la obra que fue colocada en la Plaza de Armas hoy llamada Emiliano Zapata por su mala calidad, por más que integre a otros personajes zapatistas en la composición.

Si pensamos que a Zapata lo hemos estado construyendo desde la mente mágica y el ámbito de lo simbólico, entonces nos quedará más claro por qué este fenómeno es en gran medida inexplicable. Dos muestras colectivas montadas en museos de la Ciudad de México con motivo de los festejos centenarios dan fe de cómo los héroes nacionales han venido conformando una especie de santuario especial habitado por figuras tan idealizadas como los santos. Sin ánimos de abundar, diré que he visto “zapatas” en altares domésticos con veladoras delante y que según el investigador Jaime Cuadriello, Zapata convive en el imaginario popular con Cuauhtémoc.
Recuerdo que Jorge Alberto Manrique, un notable historiador del arte, acuñó hace años el concepto “religión de la patria” para explicar la idea de un nacionalismo revolucionario hoy engrandecido, a más no poder, con la figura del héroe que hoy nos ocupa, el que nunca se corrompió. ¿Reflejará este hecho el anhelo de borrar de la historia la historia de la corrupción humana hoy tan destapada? Ω

martes, 8 de febrero de 2011

El ilustrador de la crítica


Dedicado a la interpretación de la sociedad mexicana, el conocido caricaturista Abel Quezada (1920-1991) creó como pintor, un universo poblado de bonvivants y damas de sociedad que se entregan a nuestra curiosidad de frente. Haciendo a un lado la impronta del humorismo ácido que sentaría las bases de la historieta de corte político y social en nuestro país, se dispuso a analizar el comportamiento de la burguesía y la trasladó a su obra personal, destacándose en cada caso el entorno en el que habita el “pudiente” en el mundo.

La mayoría de sus trabajos periodísticos --expuestos hasta el mes de abril en el Museo de la Ciudad de México--, fueron publicados entre los años 50 y 80 en Ovaciones, La Jornada, Cine Mundial, Últimas Noticias, Excélsior, Novedades, The New Yorker y The New York Times. Su lugar dentro del periodismo nacional es indiscutible y sin embargo, la obra efectuada a partir de la intimidad de su hogar para su propio goce y el de sus más allegados, no ha sido difundida con empeño, a pesar de que se expuso con anterioridad en dos museos capitalinos de importancia. La revista “Artes de México”, por su parte, le dedicó un hermoso ejemplar (Número 6, Invierno de 1989) en el que los escritores Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis y Alejandro Rossi hablan del amigo, de su capacidad narrativa y del por qué de sus personajes.

De la entrevista que le hiciera el también pintor y cineasta Claudio Isaac en dicho ejemplar, extraigo la siguiente confesión del artista, con la idea de avistar una postura que hoy en día se echa de menos en el gremio cultural: la del nadador que se avienta al mar por el puro placer del chapuzón, del sabor de la sal, del otro ritmo, del olor inconfundible del origen de la vida:

“Yo tuve una educación primitiva en las artes plásticas. Creo que los primeros cuadros que vi fueron los que reproducían los cerillos de “La Central”…Cuando tuve oportunidad empecé a ver museos, en viajes y en México también…La maja desnuda de Goya tiene una sola pincelada sobre los ojos que le cambia toda la expresión. Eso hay que verlo como con lupa; yo tengo un lente para apreciar ese tipo de detalles. Lo único que me despiertan esos monstruos de la pintura es coraje, envidia, admiración…pero más que todo coraje, por eso los insulto en voz alta; les digo de su madre y demás… ¿Cómo es posible que haya hecho esa maravilla?... ¿Cómo es que no la pueda hacer yo?

Me sitúo frente a la obra de quien viviera sus últimos años en Cuernavaca y frecuentara a varios amigos en común y me digo: “Su obra, vista con ojos críticos se da entre el mundo de lo lineal y el mundo de lo pictórico y las tonalidades que emplea podrían calificarse de artificiales porque no busca la mímesis, sino la alegoría. Con prevalencia de amarillos y azules ácidos crea ambientes soñados y al mismo tiempo de un realismo conceptual convincente”. Sin embargo, estas palabras que suenan a especialización, no alcanzan a describir la complacencia que vivo frente a los personajes “inflados” que inventó el “pintor aficionado”.

Me llaman la atención el apego a la ornamentación y el ambiente como de cuento infantil, no lejano de la ilustración editorial a la que Quezada estaba acostumbrado. Vislumbro el México que pienso vivieron mis antepasados y empeñada en revivir la época gloriosa del cine mexicano de los cuarenta (olvidándome del trabajo que me ha traído al museo), continúo el soliloquio que empecé un párrafo atrás: “En sus telas no hay intemperancia, sino un mundo amable. El hecho de que sus mujeres me recuerden un poco a las de Modigliani, me encanta. Además, está el asunto de las miradas. Creo que empecinado con soñar, quiso pintar ojos imposibles, rasgados, y el muy bárbaro los entintó con turbadores azules.”


“Todos los pintores tienen un estilo definido o buscan un estilo y lo siguen durante toda su vida. Yo soy exactamente lo contrario, no quiero ningún estilo. Quiero irme por cualquier lado”, afirmaba Quezada. No obstante, me parece que es la elección de los maestros por quienes se deja atrapar este seguidor del arte naíf inventado por el Aduanero Rousseau, lo que define su estilo.

Matisse, Brueghel, la pintura metafísica, el realismo del norteamericano Hopper y en muchas ocasiones la pintura del español Vicente Gandía (quien como Quezada vivió sus últimos años en Cuernavaca) se dejan sentir como resabios en su obra, porque Quezada sólo coquetea –y lo hace muy conscientemente-- con algunas imágenes del amplio repertorio icónico de la historia del arte que conoce.

Una polémica

La museografía de la exhibición es el resultado de un trabajo planeadísimo porque se pensó en aprovechar los altos muros del antiguo edificio. Para ello tuvieron que crecer los personajes, dándose por resultado una presencia inédita de la caricatura en un museo dedicado al arte contemporáneo. La selección y cuidado de la obra estuvo a cargo de la recientemente formada asociación civil dedicada a promover su obra. La dirigen sus hijos Josefina y el también pintor Abel.

El resultado es que al ver estas proyecciones sobre los enormes muros, al imaginarnos al pintor en su mesa de trabajo con su lámpara encendida, el percibir el montaje limpio y fácil de entender porque su idea de las clases sociales en México es esquemática y contundente (el flojo con las moscas alrededor, el rico con los billetes cayéndosele), salimos pensando que se nos ha ofrecido una puesta en escena totalmente diferente de lo que vimos en el Museo Tamayo hace años.

A la asombrada vista aparece también el mural que realizara para Pemex, por su amistad con quien fuera director de la institución, Lic. Jorge Díaz Serrano (en la década de los sesenta organizó la compañía Perforadores Mexicanos de Petróleo" y se dedicó a actividades petroleras). Por defender dicha amistad, en tiempos de López Portillo el caricaturista se separó de la revista Proceso, en la que permitió aparecieran algunas de sus antiguas colaboraciones de Excélsior. Æ



Publicado Revista Día siete
6 de febrero de 2011 https://www.diasiete.com/

miércoles, 26 de enero de 2011

Jo Köser: Mundos en Movimiento


De un lado la influencia de la escultura moderna en la técnica y el tratamiento de las piezas; del otro, el interés del escultor Jo Köser (Hamburgo, Alemania, 1959) en la interpretación de un mundo habitado por seres que se declaran vivos y habitados por dualismos.
El contraste extremo entre los materiales empleados le viene a Köser de lo aprendido en los museos y los libros de arte, pero también de su formación como artesano y herrero. A él se debe, en este campo, el diseño de la antesala del teatro “Scala” en Hamburgo, cosa que habrá de tomarse en cuenta a la hora de sopesar las diversas intenciones que basan su obra.
En varias de sus piezas se aprecia el contraste entre el acabado terso del metal y la rugosidad de la roca en bruto. Con ello busca despertar la consciencia y los sentidos. “Para mí, el bloque de concreto representa lo urbano, pero además, la geometría de la que se desplantan las piezas es la razón. Lo de arriba, en cambio, cada personaje sobre su roca particular debe leerse como el cosmos que cada uno somos. Juntos creamos un caos que fluye. Eso es lo que me interesa destacar”, dice el autor a quien entrevisto por teléfono después de haber visitado su muy bien planteada retrospectiva en días pasados.
Tal tratamiento no sólo logra inscribir las piezas en el decurso del arte contemporáneo; consigue, asimismo, que el espectador transite fácilmente entre lo visual y el sentido figurado de cada obra. En “Trotamundos” y “Molino de oración”, por ejemplo, también llegamos a la conclusión de que estamos vivos por obra y gracia de un milagro, del cual somos sujetos y operadores al mismo tiempo.
--Nos movemos, dice el autor, refiriéndose a los desplazamientos en el espacio que efectuamos los seres humanos, pero también al constante fluir de las cosas, al cambio de perspectivas, al deseo de mejorar. Estamos a la caza constante de algo.
--Somos seres anhelantes, deseosos de desear. Somos nosotros quienes empujamos la vida. Nos nutre Eros, pienso yo esta tarde lluviosa, frente a las imágenes de sus esculturas en mi computadora.

La luz como elemento compositivo
Jo Köser maneja la idea de la luz como un elemento más de la composición escultórica en una pieza que me interesa destacar por su contundencia. No se trata, como podría pensarse, de que la luz resalta o construye los volúmenes de la misma, sino de que Köser juega al mismo tiempo con la idea de la bidimensionalidad proyectada.
Colocada cerca de la pared, una mujer de lámina de fierro de 3mm., proyecta su curveada silueta en el muro ofreciéndose como imagen plana susceptible de ser leída desde otro lugar de la facultad interpretativa. La misma, vista en la pared lleva a pensar en la sensualidad del cuerpo femenino, no obstante, a medida que la giramos, nos percatamos de que la pieza está atravesada por pivotes de fierro, mismos que no se perciben en la sombra del muro.
--¿Qué sucede?, le digo, cuando dos lecturas contradictorias se desprenden de una misma obra artística? ¿Qué lleva al autor a proponernos una recepción contrastada? “Son los dos lados de un ser humano –me dice--, son las filosofías dualistas las que me inspiran en este caso, la idea del bien y el mal, lo bueno y lo malo, la tristeza y la alegría, los complementos que nos construyen. Es lo que llevamos dentro. Ella es a simple vista una figura que posa, es bella, pero luego también aparece algo que no puedes definir. Es algo violento. Tratamos todo el tiempo de esconder esta parte, queremos mostrarnos como buenos y planos desde el punto de vista emocional y no es así. Quiero que la gente se haga consciente de sus contradicciones” me aclara.
--O de sus complementos, pienso yo, al constatar que esta dialéctica se vuelve a hacer presente en las piezas tituladas “Femenino-Masculino” y “Complemento”, ahora ya a partir de una lectura desprovista de juicios morales.
--“Las formas se complementan, me dice, uno busca parejas para complementarse, nos juntamos con los contrarios, para mí es como ley cósmica. El taoísmo y el ying y yang vienen a apoyar la interpretación de esto que simplemente sucede. La figura de la entrada, la que se llama “Complemento”, incluye lo femenino y lo masculino, Abajo la figura recibe, pero arriba ataca o entra en la otra. Así funcionan las relaciones; la mujer recibe al hombre, pero lo mismo sucede al revés, el hombre recibe a la mujer. Eso no tiene nada que ver con matriarcados o patriarcados. Es el principio de la diversidad de la cual formamos parte.

Artesanías con propuesta
La serie “Piedras felices” es tal vez lo que más se conoce de Jo Köser en Cuernavaca, ciudad en la que habita desde el año 2002. Y lo es no sólo porque desde el punto de vista del mercado de arte estas obras se colocaron como afortunados objetos artísticos, como artesanías de altísimo nivel, sino porque llevan el mensaje más allá del ámbito lúdico.
Se trata de piedras antropomorfizadas de varias dimensiones a las que se les han añadido sintetizados brazos y piernas de varillas de hierro. Dan la idea de caricaturas y por supuesto representan niños, almas puras. La propuesta proviene del “object trouvée” duchampiano, son piedras encontradas al paso de la vida, pero al tomarlas como concepto de algo más y meterlas en el entorno artístico, museístico o doméstico, las mismas adquieren una serie de significados fabulosos.

El movimiento en abstracto
“Todo se mueve, nada es inamovible” es la frase que apoyando el diseño museográfico, nos acompaña durante el viaje por el mundo de Köser. La misma, inspirada en las propuestas de Jean Tinguely, quiere indicarnos que el desplazamiento en el espacio de algunas de sus esculturas abstractas de madera y lámina de acero no son mecánica en vano, sino una dinámica que requiere interpretaciones simbólicas.
--“En este caso me gusta que el espectador se convierta en parte de la obra; al moverla y actuar, se comunica con eso que puede recordarle al hombre trabajador, al que forma parte del mundo moderno, de las sociedades industrializadas”, dice.

En fin, que espero que el presente texto conmueva al amable lector. Si se identifica con lo aquí expuesto y entiende que el valor del arte reside en el hecho de que funciona como un espejo, entonces usted y yo no habremos ganado un lugar en el cielo. Ω

viernes, 21 de enero de 2011

Arte en Las Vegas


Las Vegas, esa ciudad en la que todo aparenta ser de cartón y de artificio, ahora se engalana con una colección de obras de grandes maestros muy bien vestida, pues se expone en la Galería de las Bellas Artes (Gallery of Fine Art) del hotel Bellagio, un sitio construido a la manera de un gran palacio toscano.

El esfuerzo de la curaduría parte de tratar de mostrar al público que asiste a otros menesteres, que la cultura también puede ser agradable y entretenida y que no está reñida con los ambientes típicamente superfluos. Por supuesto y para que esto suceda, las obras que se muestran deben de estar a la altura de la fastuosa decoración, deben ser reconocidas y accesibles, es decir, sin mucha complicación de contenidos y lógicamente deben ser redituables por donde se les vea.

¿Ya adivinó de quienes se exponen obras ? Pues claro, de varios de los seguidores del impresionismo tan de moda, aunque también hay piezas de Brancussi, Miró, Picasso, de Kooning y Pollock. Todos ellos artistas famosos y aceptados por el establishment.

El folleto de mano, firmado por Stephen A. Wynn, presidente del consejo de administración del gran corporativo, así como la audioguía, nos anuncian que esta colección de maestros de la vanguardia y la postvanguardia se ha conformado en los últimos tres años y que en ella se encuentran varias de las piezas maestras de esos artistas, algunas de ellas provenientes de colecciones privadas, por lo que se convierten en novedades para los espectadores.

Entre las piezas admirables se halla un óleo sobre tela de Renoir (The Loge), que representa a una pareja en el palco de un teatro ; una obra que se trata del hecho de ver y ser visto, pues la dama en primera fila mira al espectador y se sabe mirada por él, al mismo tiempo que el caballero que la acompaña mira de frente hacia el supuesto escenario a través de unos binoculares. Una pequeña joyita trabajada con detalle, que hace consciente al espectador de la intimidad de la vida de una pareja y de que cualquier asunto puede ser materia de la pintura, así sea una escena anecdótica, siempre y cuando esté bien pintado. Por cierto que ella porta un vestido a rayas negro y blanco, atuendo que Renoir repitió para sus modelos en más de una ocasión.

Otra de las piezas a comentar es el retrato de una mujer delante de un trigal de Van Gogh. De esta mujer se desconoce su identidad, pero aparece en otra obra del mismo autor portando un atuendo similar. Ellos suponen que entre Van Gogh y ella hubo alguna relación amorosa. En el mismo tenor de relación amorosa entre pintor y modelo, está el retrato semicubista de Dora Maar pintado por Picasso.

Vale la pena comentar también un hermoso diálogo de insectos surrealista de Joan Miró que está pintado como si el autor hubiera visto la escena desde el punto de vista de un minúsculo bicho ; así como un bodegón de Matisse que más que demostrar un arreglo de objetos y frutos sobre una mesa, pretende configurar un arreglo de colores y formas geométricas. La obra fue pintada en un invierno parisino en el que las piñas eran objetos muy codiciados, por lo que el tropical fruto aparece como centro de la pintura.

Los lirios de Monet, uno de tantos que pintó con el puente japonés de su jardín de Giverny como fondo, así como un retrato más que humano pintado por Rembrandt son también de las mejores piezas de este acopio “bellagianino” que entra con el pié derecho al mundo de las grandes colecciones norteamericanas, aunque no arriesgue mucho en sus propuestas autorales. Por otro lado, la colección está creciendo hacia el pasado; veremos más adelante que nos proponen.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El placer estético como preámbulo del cuerpo gozante


Para Hedwig Jacobsohn

Dice Hans Georg Gadamer, --el alemán a quien nos acercamos los afectos a la filosofía del arte--: “Si yo encuentro algo bello, entonces quiero decir que es bello, quiero detenerme en su espacio poético, en su capacidad generadora y ser parte de ella, al mismo tiempo que admito el contagio de su explosión de sentido. Acepto el encuentro”. Yendo del terreno de la estética al de la ética, la reflexión sobre lo bello, lo que nos cimbra en nuestra dimensión más humana, se torna perentoria en estos tiempos de tanta liquidez, de tanta superficie, de tanto amor fingido. Necesitamos volver a nosotros, los que vivimos dentro de los cuerpos que el ballet de la vida actual dirige.
Lo que nos dice Gadamer es que por naturaleza nos inclinamos a la gracia, la magnificencia, la hermosura; que anhelamos estas experiencias como anhelamos el estado ideal (el prenatal dicen los psicoanalistas), que aspiramos a la perfección en todo. Habla de que la belleza no sólo se percibe, se experimenta; de que una vez intuida, se quiere uno dejar seducir por ella, de que siendo de ojos para afuera, también toca el corazón y el cuerpo porque se monta sobre el paradigma de la experiencia.
Desde el ser reflexivo que hoy soy, yo crítica de arte que piensa en compartir con los lectores sus reflexiones estéticas, busco que me invada ese estado en el que el mundo se siente organizado, en donde el caos se lee como parte de un plan preestablecido para que las cosas salgan bien. Todo esto forma parte de la experiencia estética que conozco como belleza; de esa experiencia que se da frente a una buena obra de arte (aún si el tema se dirime en el ámbito del horror).

Hace un par de días, el escritor Mario Vargas Llosa hizo un brindis memorable tejiendo la propia historia con la de la literatura. La leída y la propia. Decía el escritor: “Gozaba tanto leyendo historias, que un día, este niño que ya era un joven, se dedicó también a inventarlas y escribirlas. Lo hacía con dificultad pero, al mismo tiempo, con felicidad y gozando tanto cuando escribía como cuando leía. Sin embargo, el personaje de mi historia era muy consciente de que una cosa era el mundo de la realidad y otra, muy distinta, el mundo del sueño y la literatura y que éste último sólo existía cuando él leía y escribía. El resto del tiempo se eclipsaba….Mi personaje comenzó entonces, maravillado, a vivir, en la vida real, una de esas experiencias que, hasta entonces sólo existían para él en el dominio ideal e irreal de la literatura. Todavía sigue allí, desconcertado, sin saber si sueña o está despierto, si aquello que vive, lo vive de verdad o de mentiras, si esto que le pasa es la vida o la literatura, porque los límites entre ambas parecen haberse eclipsado por completo.”
Coincidentemente, el Premio Nobel de Literatura y Gadamer hilan fino la misma historia: la del arte que se confunde con la vida, la de la vida vivida estando conscientes de su facultad creativa, artística. Ambos hablan del goce estético, del goce de los sentidos. En el primer caso el filósofo se refiere a la percepción sensorial de la armonía en una obra de arte o en la naturaleza; en el segundo caso, el célebre escritor peruano se refiere a la experiencia literaria ensayada como el sentido y el fin último de una vida. Y entiéndase bien, no se trata en su caso, de un oficio como el del periodista común, el que se roba palabras como cáscaras y las va soltando despellejadas, desproveyendo de su música y polisemia al lenguaje, por el mero afán de informar. Se trata en el caso de la literatura, de renombrar las cosas, de encontrar el sinónimo adecuado, de tallar la frase hasta hallarle el ritmo que le sienta justo.
La extraña magia de una historia contada desde dentro, de un poema que canta la verdad del alma humana, tiene que ver con la posibilidad provocadora de la palabra, con la voluntad del lector de dejarse seducir, con la voluntad del escritor de poseer al lector de cuerpo completo. Comenzando por el secuestro de su mirada, si éste decide entregarse a la lectura concentrada, va dejando, poco a poco el cuerpo en el libro. Cuando alguien se deja tomar por la palabra, cuando se goza escuchando la frase bien escrita una y otra vez, está participando en un encuentro amoroso sin par, único en su calidad de producto cultural elevado.
Al respecto el escritor Adolfo Echeverría dice: “Somos materia central neurálgica rozándose con otra llena de emociones y sentimientos que se llama texto”, coincidiendo en su aseveración con quien dice que el acto de leer se parece al de la llama que abrasa la madera. Ambas aseveraciones sin duda rememoran el acto erótico, cosa maravillosa cuando el intelecto pone lo mejor de sí.
Aceptémoslo: la casa que somos se habita mejor si adentro se da el juego, si dejamos que los buenos libros nos hablen al oído, si permitimos que la obra de arte nos susurre sus potencias y polisemias. Esa geografía en la que todo puede suceder –que es el cuerpo gozante— lo agradecerá infinitamente. Ω

jueves, 25 de noviembre de 2010

Emiliano Zapata: De cómo la idea del héroe nacional nos habita y perpetúa su imagen.


Como figura de culto, Emiliano Zapata Salazar (1879-1919) habita amplios círculos de lo público y rescinde su contrato como figura histórica. A Zapata se lo han tragado un sinfín de discursos y de esto dan cuenta no sólo los homenajes orales que se le han venido haciendo a partir de su trágica muerte, sino los miles de imágenes que reproducen su efigie y figura en todo el mundo, en todo tipo de soportes, desde los murales pintados por Diego Rivera hasta los graffittis chiapanecos; desde las camisetas que se venden como pan caliente, hasta los emails que lo reproducen ataviado como boxeador; desde la pintura morelense de caballete, hasta el diseño gráfico de las revistas que lo colorean y recomponen.
Con ello quiero decir que el héroe ya no nacional, sino mundialmente alabado, viene a representar para cada mirada un significante que no dejará, en última instancia de recordar lo propio, lo que se anhela, lo que se espera de la figura idealizada, de la figura que podría lograr que se cumpla el orden establecido, la ley. Viendo la diversidad de la imagen zapatista, nos sentimos orgullosos mexicanos, conseguimos dignificar la pobreza --el neozapatismo es acaso el movimiento civil que más ha honrado al indígena desprotegido pidiendo un arte que lo represente en su territorio-- y le damos sentido a una historia nacional, poblada de héroes a estas fechas medio despeinados.

Se sabe y se repite, pero sobre todo se ve y se copia
Hace unos meses salió a la luz un libro titulado “Zapata en Morelos” (Planeta-Lunwerg) en el cual me fue dado participar como coautora. El mismo, ilustrado estupendamente por el fotógrafo Adalberto Ríos Szalay, abre con un refrescante capítulo escrito por el Dr. Salvador Rueda Smithers en el que se narran algunos hechos revolucionarios partiendo de las entrevistas realizadas por él a algunos veteranos zapatistas, hace casi 30 años.
Por mi parte y como historiadora del arte, de lo que me he venido encargando de tiempo atrás, es de la imagen gráfica, visible del caudillo. Para ello he echado mano, entre otras herramientas, de la semiología de la imagen: me ha interesado destacar la incidencia del héroe en nuestras vidas posmodernas.
¿Por qué se le representa en todo tipo de objetos?, ¿por qué se banaliza?, ¿por qué se idolatra?, ¿cómo se fue convirtiendo en figura icónica?, ¿qué nos dicen los monumentos de bronce? ¿Cómo pasó de la historia del arte al ámbito de la comunicación de masas?, son algunas de las preguntas que intenté resolver en dicho texto; un texto que para estas fechas ha dado origen a otro más abundante, un ejemplar hoy en busca de editorial. Cuento con cientos de imágenes.
Pero mientras llega el caso de dar a la luz los asombros a los que me ha llevado el descubrimiento de un Zapata multiforme --y sin embargo el mismo de siempre--, me gustaría compartir con ustedes, los lectores de este diario, algunas ideas. Acaso las mismas respondan en parte a una gran interrogante: ¿cómo interpretamos la historia de nuestro país los mexicanos?

El Zapata que habita el mundo del arte
La evidencia es contundente: algo hay en la figura de este personaje que genera una vida icónica que rebasa las diversas intenciones del homenaje propias del personaje histórico. No se trata sólo de esculturas públicas y fotografías reproducidas en libros de texto, o colgadas de las oficinas de gobierno, se trata del secuestro de una imagen por parte del público que busca convertirla en un nuevo mensaje, asociado, generalmente con la resistencia civil.
Lo que he venido proponiendo es una lectura de la imagen a la luz del contexto marcado por el mito surgido hace casi cien años. No es que no me interesen la biografía del revolucionario, el problema agrario o las apologías del zapatismo. Es que me maravilla la capacidad del artista visual que ha reinterpretado cada una de estas instancias a la medida de sus necesidades. Me deja con la boca abierta, la creación pictórica de un Zapata idealizado por Diego Rivera en una de las máximas obras del cubismo hecho en París, me emociona verlo transformado por el muralista, en el indígena más puro que se pronuncia en contra del conquistador español y del norteamericano que interfiere en la política mexicana, de los años treinta del siglo pasado (Mural del Palacio de Cortés). Me imagino la sonrisa de Rivera al haber convertido el entierro zapatista en un homenaje a las costumbres prehispánicas y a la propia Revolución Mexicana al pintar el maíz floreciente sobre los cadáveres enrollados de Emiliano Zapata y Otilio Montaño (mural en la escuela de Chapingo).
Ya convertido en un símbolo –que nunca será fijo porque la historia, como discurso, está hecha de subjetividades--, a Zapata le es dado habitar un universo completo de pinturas diversas creadas por artistas contemporáneos, entre ellos Arnold Belkin, quien ve al héroe como el motor de la historia. Los “zapatas” del canadiense-mexicano Belkin, reconstruyen por medio de geometrismos, la famosísima imagen atribuida a Hugo Brehme y al mismo tiempo le devuelven el cuerpo al héroe que la sociedad le arrebató; son la reinterpretación del hecho histórico a la luz de lo humano.
La pintura morelense comprende un gran número de obras en las que el nacido en Anenecuilco en 1879, aparece retratado a partir de copias de las escasas fotografías que existen en primeros planos de su figura. Lo interesante es que Zapata, para los creadores locales, constituye una extensión de la identidad local, nacional y acaso personal, tratándose de quien adquiere las obras porque se identifica con los ideales del luchador social.

“San Emiliano Zapata”
Si pensamos que a Zapata lo hemos estado construyendo desde la mente mágica y el ámbito de lo simbólico, entonces nos quedará más claro por qué este fenómeno es en gran medida inexplicable. Dos muestras colectivas recientemente montadas en museos capitalinos y una más añeja, curada para el Palacio de Bellas Artes en la década de los ochenta del siglo XX, dan fe de cómo los héroes nacionales han venido conformando una especie de santuario especial habitado por figuras tan idealizadas como los santos. Sin ánimos de abundar, diré que he visto “zapatas” en altares domésticos con veladoras delante y que Zapata convive en el imaginario popular con Cuauhtémoc. Según el investigador Jaime Cuadriello, por su identificación con el mundo indígena (aunque Zapata haya sido un mestizo vinculado recientemente con otro tipo de valores) al revolucionario se le ha pintado o dibujado siempre vinculado con elementos prehispánicos y agrarios por esa razón.
Recuerdo que un notable historiador del arte, acuñó hace años el concepto “religión de la patria” para explicar la idea de un nacionalismo revolucionario hoy engrandecido, a más no poder, con la figura del héroe que nunca se corrompió: Emiliano Zapata. ¿Reflejará este hecho el anhelo de borrar de la historia la historia de la corrupción humana hoy tan destapada?
La estatuaria y el charro más charro de la historia nacional
Zapata aparece ataviado con traje de charro (media gala y gran gala) en la mayoría de las fotografías que se le tomaron en la época y tal característica compone una imagen única en la historiografía nacional. De ahí, que la estatuaria oficial haya hecho del dominio de estas artes campiranas y de la osadía de Emiliano Zapata, la imagen más perdurable del héroe de bronce. Esto sucede así, porque se sabe que él prefería este atuendo como vestimenta y se esmeraba mucho en su arreglo personal, pero también porque las labores del campesinado adquieren una gran dignidad así representadas y paradójicamente acercan, o funden en el imaginario colectivo, al hombre de campo con el hacendado.
Ya sea en la fotografía atribuida a Hugo Brehme --en la que Zapata porta sable, carabina y cananas-- (copiada por muchos artistas, entre ellos José Guadalupe Posada) o a partir de las reproducciones de las imágenes capturadas por H. J. Gutiérrez o Protasio Salmerón, a Zapata no deja de admirársele por su apostura frente a la cámara. A él le gustaba posar para la lente instalada en el estudio, como se demuestra en varios casos. Es fácil constatar que estas imágenes fueron construidas después de minutos de análisis luminosos y retoques escenográficos. Se trata pues, para el caso de la iconografía nacionalista, de uno de los hombres más engalanados de la historia del país. Zapata fue un tipo guapo, pero también vale decir que lo hicimos guapo entre todos.
Zapata entre políticos
El encargo oficial de la imagen zapatista, por su parte, ha pretendido darle un lugar de honor al héroe a partir de la idea de las nociones de honor y patriotismo. Para ello, la dinámica del hombre a caballo, del hombre que domina la naturaleza, del hombre físicamente poderoso y los momentos antes de la muerte, han sido cosa suficiente. Ningún político en cambio, ha visto en la figura sintetizada o semi-abstracta de un hombre a caballo, la posible condensación del hombre ideal, de aquel que compendia o condensa a todos los otros hombres que a caballo hicieron el México de hoy. Tal era la propuesta de una escultura proyectada por el morelense Víctor Hugo Núñez muy lograda, aunque nunca llevada a cabo por falta de interés de quienes toman las decisiones sobre el aspecto de la ciudad quienes esgrimían la falta de un presupuesto que luego fue gastado en menesteres menos decorosos. Y estoy empleando la palabra en su sentido literal: decoro es aquello que aplica al posible embellecimiento de una ciudad a la que le urgen huellas artísticas, manifestaciones estéticas de alto valor. Dignificación a través de la alta cultura que aquí se da. Ω