domingo, 5 de octubre de 2025

“Miguel Covarrubias, una mirada sin fronteras”, inolvidable recorrido

 Por Helena González y Vicente Quirarte 


Vicente Quirarte y María Helena González*

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Hace unos días cerró su ciclo, en el Palacio de Iturbide (CDMX) una amplia revisión de la obra de Miguel Covarrubias, una de las exposiciones más vivas de los últimos años[1]. Dibujante, caricaturista, cartógrafo y etnógrafo visual, este autor, a quien se le montó un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes en 2005 y una muestra anterior en el extinto Centro Cultural Arte Contemporáneo de Televisa, destaca en la historiografía del arte mexicano porque logró moverse con naturalidad entre el humor y la pedagogía, entre el trazo fluido y el interés por mostrar la diversidad cultural del mundo desde muy joven.

A la cita acudimos Vicente y yo invitados por Ignacio Monterrubio, subdirector de Fomento Cultural Banamex, quien ha mostrado una visión clara y consistente en proyectos como la apertura de la Casa Villa de Antequera en Oaxaca —el sexto recinto cultural de la institución bancaria en el país—, donde coordinó la adecuación de espacios históricos con tecnología, seguridad y climatización para exhibiciones de alto nivel. Por su trayectoria y sensibilidad hacia el patrimonio, bien hubiera sido deseable que Monterrubio quedara al frente de Fomento Cultural, como garante de esa vocación de preservar y difundir el arte y la cultura mexicanos en tiempos de transición. Ojalá que con la reciente adquisición de Citybanamex por parte de Fernando Chico Pardo se fortalezca el compromiso cultural que ha definido a esta institución encabezada por por Cándida Fernández de Calderón por más de tres décadas.

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Vuelvo al comentario: siendo apasionado de Herman Melville, no me extrañó que casi al final del recorrido Vicente me haya dicho entusiasmado: “ese libro yo lo tengo” refiriéndose a Typee, obra que recrea la estancia de Melville en las islas Marquesas, ilustrado por Covarrubias, quien alli encontró el material que lo covertiría en un importante etnógrafo, como después lo demostró en sus libros dedicados a América. Éstos fueron inicialmente publicados en inglés, editados por Alfred Knopf y postriormente traducidos por la UNAM en una edición pulcra y cuidada, tanto en su tipografía como en las ilustraciones. Viéndolas se siente el entusiasmo y la erudición que estas culturas despertaron en Covarrubias. Otra cosa que nos impactó fue su capacidad de traducir el ritmo de los negros a la línea que los representa, tan diferente de los trabajos de Bali.

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Yo, en cambio, quedé prendada de las entrevistas imposibles. Son piezas doblemente originales y propositivas: combinan la caricatura con un diálogo ficticio, escrito en tono satírico, entre dos personajes públicos que nunca se habrían encontrado. Covarrubias trabajó en ellas en revistas como Vanity Fair y Vogue entre 1931 y 1935, y el resultado es fascinante.

Algunas de esas entrevistas enfrentan a Gandhi con la evangelista Aimee Semple McPherson; a Stalin con Rockefeller; a Freud con Jean Harlow; o a María de Rumania con Mae West. Son choques de mundos, juegos irónicos con la celebridad de la época. Y lo notable es que la caricatura de Covarrubias nunca es grotesca: es elegante, estilizada, de líneas fluidas y colores sobrios pero vibrantes. La ironía no degrada a los personajes, los vuelve más humanos y más cercanos al lector.

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Al salir del Palacio de Iturbide rumbo al Casino Español, en donde siempre se come muy bien, comentábamos que Covarrubias supo mirar el mundo con ojos de niño y que su Nueva York no es solo escenario: es laboratorio cultural donde convivían el jazz, los cabarets de Harlem, la moda, el cine y el cruce constante de lenguas y acentos.

Para Vicente y para mí, esa ciudad sigue siendo una pasión compartida, un punto de fuga que se explica apenas poner los pies en cualquiera de sus avenidas. Esa tarde volvimos a redescubrir la vitalidad de aquel Nueva York de entreguerras y comprobamos una vez más que el arte, cuando es auténtico, conecta geografías, épocas y sensibilidades en un mismo pulso.

*helenagonzalezcultura@gmail.com






  1. Si usted no la vio, aquí tiene algunos libros en los que podrá apreciar el trabajo de este artista:

    Miguel Covarrubias: homenaje. (1987). México, D.F.: Centro Cultural Arte Contemporáneo, A.C. / Fundación Cultural Televisa. Catálogo de exposición (febrero–mayo de 1987), 261 pp. 

    Navarrete, S. (1993). Miguel Covarrubias: artista y explorador. México, D.F.: Dirección General de Publicaciones, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). 139 pp. ISBN 968-295-707-9. 

    Navarrete, S. (2004). Miguel Covarrubias: retorno a los orígenes = A return to origins (ed. A. Tovalín Ahumada). Puebla: Universidad de las Américas Puebla; México: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). 196 pp. ISBN 968-6254-63-3 (UDLAP); 968-03-0058-7 (INAH).  











domingo, 14 de septiembre de 2025

Los 1000 de La Jornada Morelos

 Por Helena González y Vicente Quirarte

Vicente Quirarte y María Helena González*

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Los grandes escritores han sido principalmente periodistas: José Joaquín Fernández de Lizardi fue el primer mexicano en demostrar que la letra es más poderosa que la espada y se convirtió en el autor de la novela El periquillo sarniento. Su labor en los periódicos ha sido recopilada por María Rosa Palazón en uno de los volúmenes con mayor número de páginas de la Nueva Biblioteca Mexicana de la UNAM. De ahí en adelante todos los escritores pasaron por las filas del periodismo hasta llegar a fines del siglo XIX, cuando el aumento de los periódicos fue impresionante. Cuando Manuel Gutiérrez Nájera escribía sus crónicas había en México cerca de 100 periódicos. Debemos a Boris Rosen Jelomer la publicación en libros de las obras de Guillermo Prieto, Francisco Zarco e Ignacio Ramírez; a Nicol Giron, las de Ignacio Manuel Altamirano; a Fernando Ortiz Monasterio, las de Manuel Payno; y a Jorge L. Tamayo las de Benito Juárez.

Todo esto para decir que no hay arte mayor y menor, periodismo y literatura han ido estrechamente de la mano tejiendo las ideologías de las diversas comunidades que conforman el público lector. “La lectura del periódico es la oración matutina del hombre civilizado”, decía Hegel, pero no es lo mismo el grato gozo de leer el periódico que hacerlo, pues además de las colaboraciones de los autores más diversos que se ensayan cotidianamente en las lides del lenguaje, se requiere de un equipo de reporteros, cronistas, fotógrafos, diseñadores y de quien guíe desde el perfil editorial del diario la factura que mejor capture la atención del público interesado en la odisea del acontecer cotidiano. La Jornada Morelos cumple 1000 números gracias a la conducción de Enrique Balp, pero gracias también a sus lectores. Sin el diálogo conjunto no tendría sentido la ingente labor. Además, en un mundo en crisis como el nuestro, Balp ha sabido sortear mares procelosos y mantener una línea equilibrada que busca la verdad.

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José Iturriaga de la Fuente, Miguel Izquierdo Sánchez, Jesús Zavaleta Castro, Hélène Blocquaux, Oralba Castillo Nájera, Roberto Abe Camil, Alma Karla Sandoval y Lya Gutiérrez pueden dar fe de que la gimnasia diaria de escribir permite que sus obras respiren con mayor libertad. Todos ellos saben que el periodismo impone una disciplina rigurosa: no respeta autores, fija un límite de palabras y establece una fecha de entrega inaplazable. No es casual que resulten legendarias las correcciones que José Emilio Pacheco hacía a sus Inventarios, verdaderas enciclopedias donde vertía tanto sus propios conocimientos como los de otros. En nuestro caso, el de dos personas que nos sentamos a escribir una colaboración conjunta para el diario, esa misma exigencia se convierte en un estímulo que nos invita a revivir y compartir nuestra experiencia. Más que un sacrificio, el proceso se vuelve un gozo. Por ello, gracias a La Jornada Morelos.

Pero no todos los que saben leer, saben leer, decía Lizardi, significando con esto que hay mentes que no captan lo que subyace en los documentos escritos. En nuestro caso intentamos unir dos vertientes en un mismo río y repartir equitativamente los hallazgos y las culpas, pues no siempre miramos las mismas cosas. ¿O sí? El lector tiene la última palabra.

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En un país en el que cada vez se lee menos, el esfuerzo de quienes se atreven a ser periodistas vale oro, no sólo arriesgan su vida: se exponen a ser invisibles, a que nadie los lea. En este transitar de letras, que vengan otros mil y mil más.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: https://www.lajornadamorelos.mx/plaza/los-1000-de-la-jornada-morelos/


domingo, 7 de septiembre de 2025

Estética Revueltas, una familia de vanguardia en el MAM

 Por Helena González y Vicente Quirarte


Vicente Quirarte y María Helena González*

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Durango es una tierra que pareciera solo fabricar botas para consumo de clientes amantes de lo exótico, o ser escenario de películas de vaqueros y de alacranes altamente venenosos. Pero también es la cuna de una ilustre familia que contribuyó decisivamente a modificar el México posrevolucionario. El cuarteto de hermanos – Silvestre (1899 –1940); Fermín (1901 -1935); Rosaura (1910 –1996) y José (1914 –1976)- ahora aparece en el Museo Arte Moderno (CDMX). La muestra se llama Estética Revueltas, una familia de vanguardia, pues los cuatro rompieron en sus varias disciplinas los esquemas exigidos por el arte oficial.

Dice Vicente Quirarte: “Pude ver a José Revueltas en 1971, en la Preparatoria Dos, cuando recién acababa de salir de la cárcel de Lecumberri. Firmaba libros y ya no era un hombre joven, pues rozaba las seis décadas, sin embargo, su pelo largo y su barba de chivo lo hacían igual a nosotros. A Silvestre lo vi en una foto que tenía Eusebio Ruvalcaba, el músico aparecía en estado inconveniente. A Fermín me lo presenta su pintura y el rostro de Rosaura, inconfundiblemente mexicano, lo identifico gracias a la época de oro del cine mexicano.”

Yo, Helena, en cambio conocí lo furibundo de esta familia mediante el retrato al óleo que le hizo Manuel González Serrano, inspirado en una escultura de Carlos Bracho, en la década de los 40 a Silvestre, muerto poco antes. En el óleo aparece despeinado, altivo, enfebrecido frente a un piano cuyas teclas tienen venas, acompañado de mujeres violín. En Cuernavaca, a principios de la década de los noventa visité a Arturo Bodenstedt, hijo de Rosaura, en cuya sala encontré otras dos espléndidas piezas de González Serrano. Aún me falta dar cuenta de la amistad que los unió.

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Una de las piezas más importantes de la exposición es El Café de Nadie (óleo/cartón, 1927) de Ramón Alva de la Canal, en la que es posible reconocer a Manuel Maples Arce, cabeza del movimiento estridentista y en la parte inferior izquierda a Leopoldo Méndez, fundador del Taller de la Gráfica Popular en 1937, del cual se exhiben grabados que demuestran su especial habilidad para transmitir mensajes políticos con economía de elementos. En la pintura también figuran el Dr. Gallardo Dávalos y a la izquierda de Maples Arce el rostro de su lugarteniente más próximo, Germán List Arzubide. La composición le debe al talento del creador lo mejor de sí, aunque no podemos descartar la influencia del surrealismo y del cubismo sintético.

Vinculados con la educación del momento destacan los grabados que hizo Julio Prieto para Troka el poderoso de List Arzubide, que pretendía formar a los niños mediante el conocimiento de la técnica y la ciencia que estaban modificando velozmente el mundo. En el lado contrario de la pedagogía, los títeres de Lola y Germán Cueto, nos guían por el sendero lúdico, contagiado a Silvestre Revueltas, quien participó en el guiñol con la música.

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Deambulando por la sala circular del segundo piso del recinto, se topa uno con la colección de Crisol. Revista de Crítica, editada por el Bloque de Obreros e Intelectuales. Los curadores se anotaron un diez solicitando en préstamo material que solamente ve uno en la Hemeroteca Nacional. En la misma vitrina aparece la edición de El Son del Corazón de Ramón López Velarde, poeta al que los estridentistas unieron de inmediato a sus vidas. La tipografía en todos estos ejemplares es de Fermín, quien apasionadamente abrevó de la ideología y las formas del Realismo Socialista ruso y del Art Decó.

En este punto nos hubiera gustado que la museografía incluyera -mediante la exhibición de fotografías en loop– algunas de las ilustraciones y viñetas que aparecen al interior de los ejemplares.

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El reto de colgar la selección de objetos de y sobre cuatro luminarias de la cultura mexicana equilibradamente es resuelto por los curadores Brenda J. Caro y Carlos Segoviano, quienes realizaron una investigación a fondo que permite al espectador darse una idea más completa de lo que fueron los trabajos y los días de los Revueltas, a quienes muchas veces se conoce solamente referenciados a partir de sus trágicos destinos. Regálese un ratito de museo, no se arrepentirá.

* helenagonzalezculturagmail.com





lunes, 1 de septiembre de 2025

El vampiro y su sintaxis en el siglo XXI: de la pantalla al mito perdurable

 

Por: Vicente Quirarte y María Helena González

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Esta semana, el cine fue nuestro estímulo para dialogar con ustedes. No es casual, buscamos temas de actualidad para motivar su curiosidad por la reflexión estética. En este caso el elegido es el vampiro, figura que ha atravesado la literatura, el cine y la artes visuales. Como los pegasos y las sirenas. Es uno de los arquetipos más persistentes de la modernidad.

Para Vicente, autor de Sintaxis del vampiro, la creatura nocturna no es solamente personaje de novela gótica: es metáfora de nuestros miedos y deseos, de la tensión constante entre Eros y Thanatos, de la fascinación por la inmortalidad y el temor a la decadencia. “Todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte…sólo el vampiro los explora, los transgrede y los modifica” (Quirarte, 2003). En su poesía lo ha dicho contundentemente: “El Vampiro es un vicio refinado y esperará, paciente, tu retorno” (Quirarte, s. f.).

Para mí, en cambio, este universo es nuevo. En mi pobre imaginario gótico, Drácula y Frankenstein conviven con otras creaturas del Halloween de los colegios de mis hijos. Confieso mi ignorancia sobre el tema, pero como el amor es capaz de abrir horizontes insospechados, también me veo descubriendo que detrás de la sombra del vampiro hay una sintaxis luminosa, una forma de leer el mundo que se conecta con nuestra propia experiencia.

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El siglo XXI confirma que el mito vampírico sigue vigente, aunque no siempre con el mismo éxito. La reciente película Sinners de Ryan Coogler (2025), que alcanzó decenas de millones de espectadores en Estados Unidos y más de un millón en Francia, demuestra que cuando el vampiro se reinventa con claves narrativas contemporáneas puede convertirse en fenómeno de taquilla. En contraste, Drácula: A Love Tale de Luc Besson apenas rebasó el medio millón de asistentes en Francia en sus primeras semanas.

Besson intenta hacer de la novela una historia de amor, lo cual es inverosímil desde el punto de vista literario. La película no aporta nada nuevo que no aparezca en las cintas de vampiros, sobre todo los casos de James Whale, Francis Ford Coppola y Roman Polanski, quienes han contribuido decisivamente a crear metáforas inolvidables. En este caso, las gárgolas y las coreografías son un homenaje a Walt Disney. El hallazgo mayor consiste en haber elegido al actor Christoph Waltz conocido por sus caracterizaciones de villano. Es el único personaje verosómil, pues emplea su flema típica y su sentido del humor para convencer a Drácula de que debe renunciar a la vida eterna a la que ha sido condenado, para seguir perpetuando el ciclo del amor (aquí hay que recordar la noción lacaniana de goce). El enemigo del vampiro en este caso es un clérigo que recuerda a Dom Agustín Calmet, autor en el siglo XVIII de la primera radiografía del vampiro, al tiempo que emplea recursos que evocan escenas de El Exorcista. Lo peor de la película es que nunca experimentamos miedo, sino una risa piadosa, por ejemplo cuando Drácula trata inútilmente de suicidarse, o cuando Maria se enfada porque parece que le proocupa más ensuciarse el vestido que morir balaceada.

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El vampiro, en la lectura de Quirarte, es el eterno retornado. Su condición de arquetipo no radica en la sangre que derrama, sino en las metáforas que alimenta: la sed insaciable de vida, la transgresión de los límites, la eterna pregunta sobre qué significa ser humano. Esa sintaxis, la del vampiro, nos recuerda que toda cultura necesita sus sombras para comprender mejor su luz. Pero en la película de Besson esto no se transmite cabalmente.

La pregunta que nos hicimos al salir del cine, es si el deseo de vivir para siempre, aun sabiendo que la eternidad puede ser la más oscura de las condenas, será modificado por los avances de la ciencia. La interdisciplina entre genética y robótica -por mencionar dos campos del conocimiento- ofrece la posibilidad de sustituir miembros, crear piel y otros órganos en Cajas de Petri, congelar y revivir cadáveres. ¿De qué manera le gustaría a usted vivir para siempre?



domingo, 24 de agosto de 2025

Rosario Castellanos: del porte juvenil a la consagración intelectual

Vicente Quirarte y María Helena González*

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Hay escritores que pertenecen a la música de orquesta. Ponen a funcionar todos los instrumentos porque necesitan que se escuchen en su integridad. En cambio existen otros para los cuales está destinada la música de cámara. A esta segunda categoría pertenece Rosario Castellanos.

Es la primera impresión que nos invade al penetrar en la pequeña sala donde se exhiben documentos, manuscritos y objetos que nos ofrecen el retrato íntegro de una mujer excepcional, pues su voz se escucha directamente gracias a la selección de textos escritos por ella, museográficamente muy bien dispuestos a lo largo del recorrido: nos guía por su trayectoria ella misma, no el equipo curatorial.

La muestra fue organizada en el Colegio de San Ildefonso por la Universidad Nacional Autónoma de México a través de su Coordinación de Difusión Cultural y la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura, con motivo del centenario del natalicio de la autora y en el contexto de la Feria del Libro y la Rosa, cada vez más exitosa gracias a los afanes de la también escritora y académica Rosa Beltrán. Titulada Un un cielo sin fronteras: Rosario Castellanos. Archivo inédito, cuyo texto de sala está firmado por Julia Santibáñez quien resume muy bien lo que debemos de ver, la muestra sale airosa en el mundo de las lecturas transtextuales.

Hay que decir que, con motivo del centenario del nacimiento de Rubén Bonifaz Nuño, la universidad no hizo tanto escándalo como con Rosario. A esto contribuyó su breve tránsito vital de 49 años, en los que practicó todos los géneros y en todos dejó una huella importante, pero además no olvidemos que estamos en la época de los feminismos, de los cuales ella fue bandera sin pretenderlo. Otra batalla de la que sale avante es que por su potencia evade la lectura cruzada que se suele hacer de ella y su trabajo en los motores de búsqueda de la red.

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En términos museográficos, el montaje es de gabinete, pues se centra en lo documental gracias a la flexibilidad de Gabriel Guerra Castellanos, hijo de la escritora. A estas alturas creemos que Rosario estaría de acuerdo en que no se destacara en su epistolario la relación con Ricardo Guerra y sí en cambio su amistad epistolar con Raúl Ortiz y Ortiz, su compañero más cercano junto con la poeta Dolores Castro, quien aparece en varias fotografías con ella. Por cierto aprovechamos para invitar a la presentación del volumen Cartas Encontradas, publicado por el Fondo de Cultura Económica que se llevará a cabo en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca, MUCIC, en Cuernavaca el próximo 20 de octubre.

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Cuestionada la IA sobre la escritura autógrafa de la poeta y ensayista la cual percibimos en varios momentos de la exposición, ésta nos dice: “Las palabras que se enlazan unas con otras sin dar respiro muestran una mente desbordada, inagotable, que teje ideas a la velocidad de su angustia y de su lucidez. Allí está la escritora que piensa y siente en torrente, sin cortes, sin concesiones. El tamaño de la letra, amplio y seguro, es una declaración de presencia -aquí estoy, y no me borren-. Y al mismo tiempo, en sus titubeos gráficos, se percibe la grieta de la vulnerabilidad, la confesión de que la fortaleza no cancela la fragilidad”. En efecto, Rosario Castellanos fue una mujer fuerte, pero al mismo tiempo vulnerable, enérgica pero no violenta, en consonancia con Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Clarice Lispector, Marguerite Duras o Marguerite Yourcenar, quienes tampoco forzaron el lenguaje para someterlo a una ideología. Como decíamos al principio, su voz es música de cámara que nos murmura al oído con notas sutiles, pero al mismo tiempo resonantes en el espacio y en el tiempo.

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El cartel publicitario nos presenta a una muchacha joven y fresca de cejas naturales, pero a medida que avanzamos por su trayectoria vital e intelectual vamos descubriendo a una profesionista que pugnó por sus derechos en un mundo cultural dominado por los hombres, desde la presentación de sus tesis de licenciatura en filosofía en 1950 que prefigura publicaciones seminales para los estudios de género contemporáneos como Mujer que sabe latín. Antes de morir Rosario era otra: llevaba las cejas depiladas y resaltadas como se ve en las fotografías de Ricardo Salazar.

Castellanos ingresó directamente a la Rotonda de las Personas Ilustres por su estrecha cercanía con el expresidente Luis Echeverría, algo que tal vez ella no habría aprobado dada su tendencia a no molestar. Esta exposición concuerda con su espíritu en su modestia, pero no en su grandeza. La misma se podrá ver hasta el 26 de agosto.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: Rosario Castellanos: del porte juvenil a la consagración intelectual - LA JORNADA MORELOS







 

domingo, 17 de agosto de 2025

Bajo el signo de Saturno: poesía y adivinación

 


Por Vicente Quirarte y María Helena González*

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Saturno es el signo de la melancolía, del arte y de la poesía. Su oscura luz alcanza a los dotados de una sensibilidad especial, como lo demuestra Walter Benjamin: “Vine al mundo bajo el signo de Saturno, el planeta de revolución más lenta, el astro de las dudas y las demoras”. O como dice César Vallejo: “Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo. Y grave”.

Bajo la advocación de ese astro se presenta en el Museo Nacional de Arte una de las muestras más exitosas y mejor investigadas de los últimos tiempos. Se trata de una colectiva curada por David Caliz, formado como historiador en la ENAH, pero consagrado en el universo museístico gracias a su interés en otro sistema de pensamiento que no es el racional, pero que nos mueve a los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Nos referimos a las creencias, próximas al sueño, la imaginación, la fantasía y la locura.

Los núcleos temáticos incluyen el espiritismo, la clarividencia, la quiromancia, el tarot, la cartomancia y, por supuesto, la astrología. Cierra el espacio Terror Cósmico, una especie de capilla dedicada a Rufino Tamayo y Mathías Goeritz que nos devuelve a la calle de Tacuba extasiados, alucinados. ¿Cómo es posible que una muestra de tal relevancia no se hubiera presentado antes?

El talento del curador consiste en encontrar y seleccionar obras pictóricas, esculturas y obra gráfica, además de sus referentes en publicaciones, de manera que podamos leerlos como “dispositivos de pensamiento creativo”, cuestionando la pertinencia del mundo hiperracionalizado en el que vivimos. En este ingente trabajo debemos reconocer la participación de la siempre amable y generosa Tely Duarte, quien aportó datos fundamentales.

De este modo, podemos decir que la muestra nos plantea un ejercicio epistemológico de la vida cotidiana. La representación de las artes herméticas ha convivido en nuestros hogares junto con cientos de objetos religiosos avalados desde siempre como parte de nuestro pensamiento mágico “oficial”. Así le damos explicación a la vida y a la muerte; lo que no es frecuente es que en los museos se muestre esta gran cantidad de simbolismos heterogéneos.

Una pieza importante, invaluable, es la carta astrológica de Ramón López Velarde, que llegó al fin de sus días la madrugada del 19 de junio de 1921. El poeta creía en los vaticinios, pues cuando cayó enfermo de la bronconeumonía que finalmente le arrancó la vida, recordó ante sus amigos la profecía de una gitana que le había dicho al leerle la mano: “Amas mucho a las mujeres, pero les temes. Esta línea me dice que morirás de asfixia”. En su poesía hay que buscar signos de esas creencias espiritistas y adivinatorias, como aparece en el poema inconcluso “El sueño de los guantes negros”, cuya atmósfera surreal anuncia las nuevas direcciones que su poesía iba a tomar. Junto a este documento aparece el que le dio origen a la muestra: se trata de la carta que elaborara André Breton para el poeta Jean Schuster, donada al museo en 2020 por el arquitecto Carlos Santos.

Destaca igualmente la pieza de Eugenia Martínez, artista contemporánea de Monterrey, quien presenta una mesa de tarot para despatriarcalizar el mundo vigente. La misma, de impecable factura, parafrasea los símbolos del Tarot de Marsella e incorpora un poema de Rosario Castellanos, esa feminista adelantada a su tiempo. Con esto se ve que las corrientes de pensamiento posmoderno no están reñidas con el pensamiento mágico.

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El espiritismo moderno nace en 1848 con las hermanas Fox en EE. UU. y se difunde en Europa y América Latina durante la segunda mitad del siglo XIX, gracias a figuras como Allan Kardec y Madame Blavatsky. En esa época, el espiritismo se consideraba una “ciencia de lo invisible” y llegó a atraer a intelectuales, médicos, científicos y escritores como Víctor Hugo, Arthur Conan Doyle, William Butler Yeats, Elizabeth Barrett Browning y Bram Stoker.

Las espiritistas, óleo de gran formato de Juan Téllez Toledo (1903), ilustra la manera en que se invocaba a los muertos. Es posible imaginarnos a Francisco I. Madero, cuyo retrato de civil nos recibe, tomando de la mano al vicepresidente José Ma. Pino Suárez, tratando de predecir el futuro, sin vaticinar que iban a morir juntos de manera trágica.

La pieza más reciente en el tiempo es del colectivo Tercerunquinto, cuyo trabajo se centra en intervenciones escultóricas y espaciales para explorar los límites entre lo público y lo privado. En este caso abordan las relaciones entre los terremotos de septiembre de 1985 y 2017 y la disposición de los astros en el plano celeste. Aparece ante nuestros ojos la ciudad destrozada, rearmada con pedazos de madera rescatados del desastre.

A unos cuantos pasos nos encontramos con la institucionalización de la suerte mediante piezas que representan el trayecto que va del juego de lotería de feria a la lotería nacional. Esto demuestra la amplitud de la investigación.

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“La oscuridad es otra luz”, decía la poeta argentina Olga Orozco. Del mismo modo, la penumbra no es sólo ausencia de luz: es una materia densa que se adhiere a la mirada y nos recuerda que, como Saturno, devorador de sus hijos, todo esplendor lleva en sí la semilla de su ocaso. En nuestra particular experiencia, el paseo por las salas del museo demuestra una vez más la importancia de la mirada conjunta: dos seres afanados en reconstruir el mundo a pesar de los obstáculos y la impertinencia de los necios. A veces es mejor creer en lo que no existe de manera racional.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Disponible en: Bajo el signo de Saturno: poesía y adivinación - LA JORNADA MORELOS

Juan Téllez Toledo, Los Espiritistas, 1093. Museo Nacional del Arte, INBAL

Agustín Víctor Casasola. La Adivinadora, ca. 1930. Fototeca Nacional, INAH. Archivo Casasola

Juan Téllez Toledo, Los Espiritistas [Detalle], 1093. Museo Nacional del Arte, INBAL












sábado, 28 de junio de 2025

Siqueiros documentado: una guía visual y crítica desde la mirada de Herner

 Por Helena González

María Helena González*

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“La interpretación de las obras de arte debe ser tan creativa como la creación misma”, escribe John Berger en Saber ver (1972), libro dedicado al análisis de la comunicación visual en un mundo saturado de imágenes. Con la inclusión de esta cita, a manera de epígrafe en el prólogo de Siqueiros documentado, la Dra. Mónica Ruiz pone el dedo en la llaga sobre lo que sucede durante la experiencia estética: el pensamiento propone y despropone de manera intermitente.

Pero la frase también sirve para enfatizar el valor de la aportación de su mentora, la Dra. Irene Herner, a la amplia bibliografía existente sobre David Alfaro Siqueiros (José de Jesús Alfaro Siqueiros, 1896-1974), uno de los diez artistas patrimoniales del país. Y es que Herner nos toma de la mano a lo largo de más de 400 páginas para enseñarnos a ver cada una de las 57 piezas seleccionadas que se nos presentan estupendamente fotografiadas.

Esta invitación a «saber ver», planteada desde el prólogo, se convierte así en una consigna metodológica que atraviesa todo el libro. Me explico: todos somos capaces de evaluar forma y fondo de las obras artísticas, pero hemos caído en el desaseo de la reflexión personal en aras de la respuesta rápida, la que nos ofrece el mercado del arte o —peor aún— la que se origina en los relatos de las vivencias de los artistas. Profundizo un poco en esta última idea antes de comentar con ustedes el volumen que nos ocupa.

Roland Barthes expresó en La muerte del autor (1967) que éste debe desaparecer para que el espectador produzca sentido. Pero, como señala Claire Dederer en Monsters: A Fan’s Dilemma (2023), en la era de las redes sociales sucede lo contrario: la experiencia estética se ve frecuentemente condicionada por el anecdotario. No vemos el valor de la metáfora plástica de La columna rota de Frida; nos preguntamos por sus abortos y amores. No apreciamos la aventurada propuesta casi expresionista de Van Gogh; vemos su locura mientras buscamos la oreja cortada.

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Herner, en cambio, no se deja seducir por aspectos biográficos o contextuales. Los menciona cuando es necesario -por ejemplo, cuando en la pintura hay algún elemento que alude al encarcelamiento del pintor, o cuando es pertinente mencionar a su esposa Angélica Arenal-, pero no se detiene en ellos. Tampoco invierte demasiado espacio en asuntos propios del coleccionismo (procedencia de las piezas, movimientos de colección, listados de exposiciones). En lugar de eso, insiste en que para entender a Siqueiros debemos tomar en cuenta su vocación experimental. Se centra en lo pictórico. Así, los elementos constitutivos de los retratos, autorretratos, paisajes y otros temas presentes en su obra aparecen desagregados en documentos que terminan leyéndose como textos autocontenidos. Al final, la magia ocurre porque logramos ver lo que le interesaba al creador: la dinámica de la mirada, la influencia del cine y de la fotografía en su obra, la fascinación por los materiales (como el Duco, un tipo de pintura automotriz, la baquelita o las piroxilinas), además del empleo de técnicas novedosas, como la pistola de aire.

3.

Herner añade que Siqueiros coincidía con Walter Benjamin en que el aura de la obra desaparece con la reproducción técnica; destaca que ambos señalaban que la reproducción en masa de las obras de arte (en libros, pantallas, anuncios) altera su significado y las descontextualiza. El pintor hablaba de sus creaciones como “matrices fotogénicas” susceptibles de ser reproducidas y animadas. Y puntualiza que, si bien hay aspectos del arte barroco, futurista, renacentista y cubista en su manera de recrear el mundo, es la voluntad de mestizar del pintor la que lo lleva a hacer una aportación única al arte universal. No se trata —dice la también profesora de la UNAM— de meras influencias, sino de una verdadera asimilación que deriva en originalidad.

El término mestizar se entiende muy bien en el caso de los autorretratos. La creación de los diversos “yoes” del pintor es fascinante. No importa el parecido entre la fisonomía y la creación; en cambio, el interés recae en las inusitadas maneras de presentarse, resultado del fuego creativo que lo animaba, un impulso que no habría ardido con tanta fuerza de no haber estado alimentado por un profundo conocimiento de la historia del arte.

En lo personal, si me preguntaran qué pieza me gusta más de este rubro, diría que es aquella en la que representa su rostro en un recuadro que puede ser espejo y fotografía al mismo tiempo. Se trata de un cuadro dentro del cuadro, que sostiene con una mano que —obedeciendo a un impulso lúdico— es mano pintada y fotografiada, realista y escultórica al mismo tiempo. Un juego de imágenes propio de nuestro alucinado tiempo. “Un montaje de diversas caras que convergen en una síntesis… Una evocación que hace patente una reflexión sobre la polivalencia y la volubilidad del yo, siempre cambiante, hecho de una diversidad de imágenes en movimiento. La cara del autorretratado es un acomodo de capas, personalidades diversas en el tiempo, proyectadas desde el fondo de un pasillo sin fin” (p. 63). La obra Autorretrato con espejo (1937). Piroxilina sobre baquelita, 76.2 x 61 cm., está disponible en línea en la colección del Museum of Fine Arts, Boston, que la adquirió en 2017.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

  1. Resumen de los comentarios realizados con motivo de la presentación del libro titulado Siqueiros Documentado, de Irene Herner, de reciente aparición, publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Secretaría de Cultura. Centro Tepoztlán, sábado 28 de junio de 2025.