Por Helena González
María Helena González*
1.
“La interpretación de las obras de arte debe ser tan creativa como la creación misma”, escribe John Berger en Saber ver (1972), libro dedicado al análisis de la comunicación visual en un mundo saturado de imágenes. Con la inclusión de esta cita, a manera de epígrafe en el prólogo de Siqueiros documentado, la Dra. Mónica Ruiz pone el dedo en la llaga sobre lo que sucede durante la experiencia estética: el pensamiento propone y despropone de manera intermitente.
Pero la frase también sirve para enfatizar el valor de la aportación de su mentora, la Dra. Irene Herner, a la amplia bibliografía existente sobre David Alfaro Siqueiros (José de Jesús Alfaro Siqueiros, 1896-1974), uno de los diez artistas patrimoniales del país. Y es que Herner nos toma de la mano a lo largo de más de 400 páginas para enseñarnos a ver cada una de las 57 piezas seleccionadas que se nos presentan estupendamente fotografiadas.
Esta invitación a «saber ver», planteada desde el prólogo, se convierte así en una consigna metodológica que atraviesa todo el libro. Me explico: todos somos capaces de evaluar forma y fondo de las obras artísticas, pero hemos caído en el desaseo de la reflexión personal en aras de la respuesta rápida, la que nos ofrece el mercado del arte o —peor aún— la que se origina en los relatos de las vivencias de los artistas. Profundizo un poco en esta última idea antes de comentar con ustedes el volumen que nos ocupa.
Roland Barthes expresó en La muerte del autor (1967) que éste debe desaparecer para que el espectador produzca sentido. Pero, como señala Claire Dederer en Monsters: A Fan’s Dilemma (2023), en la era de las redes sociales sucede lo contrario: la experiencia estética se ve frecuentemente condicionada por el anecdotario. No vemos el valor de la metáfora plástica de La columna rota de Frida; nos preguntamos por sus abortos y amores. No apreciamos la aventurada propuesta casi expresionista de Van Gogh; vemos su locura mientras buscamos la oreja cortada.
2.
Herner, en cambio, no se deja seducir por aspectos biográficos o contextuales. Los menciona cuando es necesario -por ejemplo, cuando en la pintura hay algún elemento que alude al encarcelamiento del pintor, o cuando es pertinente mencionar a su esposa Angélica Arenal-, pero no se detiene en ellos. Tampoco invierte demasiado espacio en asuntos propios del coleccionismo (procedencia de las piezas, movimientos de colección, listados de exposiciones). En lugar de eso, insiste en que para entender a Siqueiros debemos tomar en cuenta su vocación experimental. Se centra en lo pictórico. Así, los elementos constitutivos de los retratos, autorretratos, paisajes y otros temas presentes en su obra aparecen desagregados en documentos que terminan leyéndose como textos autocontenidos. Al final, la magia ocurre porque logramos ver lo que le interesaba al creador: la dinámica de la mirada, la influencia del cine y de la fotografía en su obra, la fascinación por los materiales (como el Duco, un tipo de pintura automotriz, la baquelita o las piroxilinas), además del empleo de técnicas novedosas, como la pistola de aire.
3.
Herner añade que Siqueiros coincidía con Walter Benjamin en que el aura de la obra desaparece con la reproducción técnica; destaca que ambos señalaban que la reproducción en masa de las obras de arte (en libros, pantallas, anuncios) altera su significado y las descontextualiza. El pintor hablaba de sus creaciones como “matrices fotogénicas” susceptibles de ser reproducidas y animadas. Y puntualiza que, si bien hay aspectos del arte barroco, futurista, renacentista y cubista en su manera de recrear el mundo, es la voluntad de mestizar del pintor la que lo lleva a hacer una aportación única al arte universal. No se trata —dice la también profesora de la UNAM— de meras influencias, sino de una verdadera asimilación que deriva en originalidad.
El término mestizar se entiende muy bien en el caso de los autorretratos. La creación de los diversos “yoes” del pintor es fascinante. No importa el parecido entre la fisonomía y la creación; en cambio, el interés recae en las inusitadas maneras de presentarse, resultado del fuego creativo que lo animaba, un impulso que no habría ardido con tanta fuerza de no haber estado alimentado por un profundo conocimiento de la historia del arte.
En lo personal, si me preguntaran qué pieza me gusta más de este rubro, diría que es aquella en la que representa su rostro en un recuadro que puede ser espejo y fotografía al mismo tiempo. Se trata de un cuadro dentro del cuadro, que sostiene con una mano que —obedeciendo a un impulso lúdico— es mano pintada y fotografiada, realista y escultórica al mismo tiempo. Un juego de imágenes propio de nuestro alucinado tiempo. “Un montaje de diversas caras que convergen en una síntesis… Una evocación que hace patente una reflexión sobre la polivalencia y la volubilidad del yo, siempre cambiante, hecho de una diversidad de imágenes en movimiento. La cara del autorretratado es un acomodo de capas, personalidades diversas en el tiempo, proyectadas desde el fondo de un pasillo sin fin” (p. 63). La obra Autorretrato con espejo (1937). Piroxilina sobre baquelita, 76.2 x 61 cm., está disponible en línea en la colección del Museum of Fine Arts, Boston, que la adquirió en 2017.
*helenagonzalezcultura@gmail.com
Resumen de los comentarios realizados con motivo de la presentación del libro titulado Siqueiros Documentado, de Irene Herner, de reciente aparición, publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Secretaría de Cultura. Centro Tepoztlán, sábado 28 de junio de 2025.
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