martes, 8 de febrero de 2011

El ilustrador de la crítica


Dedicado a la interpretación de la sociedad mexicana, el conocido caricaturista Abel Quezada (1920-1991) creó como pintor, un universo poblado de bonvivants y damas de sociedad que se entregan a nuestra curiosidad de frente. Haciendo a un lado la impronta del humorismo ácido que sentaría las bases de la historieta de corte político y social en nuestro país, se dispuso a analizar el comportamiento de la burguesía y la trasladó a su obra personal, destacándose en cada caso el entorno en el que habita el “pudiente” en el mundo.

La mayoría de sus trabajos periodísticos --expuestos hasta el mes de abril en el Museo de la Ciudad de México--, fueron publicados entre los años 50 y 80 en Ovaciones, La Jornada, Cine Mundial, Últimas Noticias, Excélsior, Novedades, The New Yorker y The New York Times. Su lugar dentro del periodismo nacional es indiscutible y sin embargo, la obra efectuada a partir de la intimidad de su hogar para su propio goce y el de sus más allegados, no ha sido difundida con empeño, a pesar de que se expuso con anterioridad en dos museos capitalinos de importancia. La revista “Artes de México”, por su parte, le dedicó un hermoso ejemplar (Número 6, Invierno de 1989) en el que los escritores Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis y Alejandro Rossi hablan del amigo, de su capacidad narrativa y del por qué de sus personajes.

De la entrevista que le hiciera el también pintor y cineasta Claudio Isaac en dicho ejemplar, extraigo la siguiente confesión del artista, con la idea de avistar una postura que hoy en día se echa de menos en el gremio cultural: la del nadador que se avienta al mar por el puro placer del chapuzón, del sabor de la sal, del otro ritmo, del olor inconfundible del origen de la vida:

“Yo tuve una educación primitiva en las artes plásticas. Creo que los primeros cuadros que vi fueron los que reproducían los cerillos de “La Central”…Cuando tuve oportunidad empecé a ver museos, en viajes y en México también…La maja desnuda de Goya tiene una sola pincelada sobre los ojos que le cambia toda la expresión. Eso hay que verlo como con lupa; yo tengo un lente para apreciar ese tipo de detalles. Lo único que me despiertan esos monstruos de la pintura es coraje, envidia, admiración…pero más que todo coraje, por eso los insulto en voz alta; les digo de su madre y demás… ¿Cómo es posible que haya hecho esa maravilla?... ¿Cómo es que no la pueda hacer yo?

Me sitúo frente a la obra de quien viviera sus últimos años en Cuernavaca y frecuentara a varios amigos en común y me digo: “Su obra, vista con ojos críticos se da entre el mundo de lo lineal y el mundo de lo pictórico y las tonalidades que emplea podrían calificarse de artificiales porque no busca la mímesis, sino la alegoría. Con prevalencia de amarillos y azules ácidos crea ambientes soñados y al mismo tiempo de un realismo conceptual convincente”. Sin embargo, estas palabras que suenan a especialización, no alcanzan a describir la complacencia que vivo frente a los personajes “inflados” que inventó el “pintor aficionado”.

Me llaman la atención el apego a la ornamentación y el ambiente como de cuento infantil, no lejano de la ilustración editorial a la que Quezada estaba acostumbrado. Vislumbro el México que pienso vivieron mis antepasados y empeñada en revivir la época gloriosa del cine mexicano de los cuarenta (olvidándome del trabajo que me ha traído al museo), continúo el soliloquio que empecé un párrafo atrás: “En sus telas no hay intemperancia, sino un mundo amable. El hecho de que sus mujeres me recuerden un poco a las de Modigliani, me encanta. Además, está el asunto de las miradas. Creo que empecinado con soñar, quiso pintar ojos imposibles, rasgados, y el muy bárbaro los entintó con turbadores azules.”


“Todos los pintores tienen un estilo definido o buscan un estilo y lo siguen durante toda su vida. Yo soy exactamente lo contrario, no quiero ningún estilo. Quiero irme por cualquier lado”, afirmaba Quezada. No obstante, me parece que es la elección de los maestros por quienes se deja atrapar este seguidor del arte naíf inventado por el Aduanero Rousseau, lo que define su estilo.

Matisse, Brueghel, la pintura metafísica, el realismo del norteamericano Hopper y en muchas ocasiones la pintura del español Vicente Gandía (quien como Quezada vivió sus últimos años en Cuernavaca) se dejan sentir como resabios en su obra, porque Quezada sólo coquetea –y lo hace muy conscientemente-- con algunas imágenes del amplio repertorio icónico de la historia del arte que conoce.

Una polémica

La museografía de la exhibición es el resultado de un trabajo planeadísimo porque se pensó en aprovechar los altos muros del antiguo edificio. Para ello tuvieron que crecer los personajes, dándose por resultado una presencia inédita de la caricatura en un museo dedicado al arte contemporáneo. La selección y cuidado de la obra estuvo a cargo de la recientemente formada asociación civil dedicada a promover su obra. La dirigen sus hijos Josefina y el también pintor Abel.

El resultado es que al ver estas proyecciones sobre los enormes muros, al imaginarnos al pintor en su mesa de trabajo con su lámpara encendida, el percibir el montaje limpio y fácil de entender porque su idea de las clases sociales en México es esquemática y contundente (el flojo con las moscas alrededor, el rico con los billetes cayéndosele), salimos pensando que se nos ha ofrecido una puesta en escena totalmente diferente de lo que vimos en el Museo Tamayo hace años.

A la asombrada vista aparece también el mural que realizara para Pemex, por su amistad con quien fuera director de la institución, Lic. Jorge Díaz Serrano (en la década de los sesenta organizó la compañía Perforadores Mexicanos de Petróleo" y se dedicó a actividades petroleras). Por defender dicha amistad, en tiempos de López Portillo el caricaturista se separó de la revista Proceso, en la que permitió aparecieran algunas de sus antiguas colaboraciones de Excélsior. Æ



Publicado Revista Día siete
6 de febrero de 2011 https://www.diasiete.com/

miércoles, 26 de enero de 2011

Jo Köser: Mundos en Movimiento


De un lado la influencia de la escultura moderna en la técnica y el tratamiento de las piezas; del otro, el interés del escultor Jo Köser (Hamburgo, Alemania, 1959) en la interpretación de un mundo habitado por seres que se declaran vivos y habitados por dualismos.
El contraste extremo entre los materiales empleados le viene a Köser de lo aprendido en los museos y los libros de arte, pero también de su formación como artesano y herrero. A él se debe, en este campo, el diseño de la antesala del teatro “Scala” en Hamburgo, cosa que habrá de tomarse en cuenta a la hora de sopesar las diversas intenciones que basan su obra.
En varias de sus piezas se aprecia el contraste entre el acabado terso del metal y la rugosidad de la roca en bruto. Con ello busca despertar la consciencia y los sentidos. “Para mí, el bloque de concreto representa lo urbano, pero además, la geometría de la que se desplantan las piezas es la razón. Lo de arriba, en cambio, cada personaje sobre su roca particular debe leerse como el cosmos que cada uno somos. Juntos creamos un caos que fluye. Eso es lo que me interesa destacar”, dice el autor a quien entrevisto por teléfono después de haber visitado su muy bien planteada retrospectiva en días pasados.
Tal tratamiento no sólo logra inscribir las piezas en el decurso del arte contemporáneo; consigue, asimismo, que el espectador transite fácilmente entre lo visual y el sentido figurado de cada obra. En “Trotamundos” y “Molino de oración”, por ejemplo, también llegamos a la conclusión de que estamos vivos por obra y gracia de un milagro, del cual somos sujetos y operadores al mismo tiempo.
--Nos movemos, dice el autor, refiriéndose a los desplazamientos en el espacio que efectuamos los seres humanos, pero también al constante fluir de las cosas, al cambio de perspectivas, al deseo de mejorar. Estamos a la caza constante de algo.
--Somos seres anhelantes, deseosos de desear. Somos nosotros quienes empujamos la vida. Nos nutre Eros, pienso yo esta tarde lluviosa, frente a las imágenes de sus esculturas en mi computadora.

La luz como elemento compositivo
Jo Köser maneja la idea de la luz como un elemento más de la composición escultórica en una pieza que me interesa destacar por su contundencia. No se trata, como podría pensarse, de que la luz resalta o construye los volúmenes de la misma, sino de que Köser juega al mismo tiempo con la idea de la bidimensionalidad proyectada.
Colocada cerca de la pared, una mujer de lámina de fierro de 3mm., proyecta su curveada silueta en el muro ofreciéndose como imagen plana susceptible de ser leída desde otro lugar de la facultad interpretativa. La misma, vista en la pared lleva a pensar en la sensualidad del cuerpo femenino, no obstante, a medida que la giramos, nos percatamos de que la pieza está atravesada por pivotes de fierro, mismos que no se perciben en la sombra del muro.
--¿Qué sucede?, le digo, cuando dos lecturas contradictorias se desprenden de una misma obra artística? ¿Qué lleva al autor a proponernos una recepción contrastada? “Son los dos lados de un ser humano –me dice--, son las filosofías dualistas las que me inspiran en este caso, la idea del bien y el mal, lo bueno y lo malo, la tristeza y la alegría, los complementos que nos construyen. Es lo que llevamos dentro. Ella es a simple vista una figura que posa, es bella, pero luego también aparece algo que no puedes definir. Es algo violento. Tratamos todo el tiempo de esconder esta parte, queremos mostrarnos como buenos y planos desde el punto de vista emocional y no es así. Quiero que la gente se haga consciente de sus contradicciones” me aclara.
--O de sus complementos, pienso yo, al constatar que esta dialéctica se vuelve a hacer presente en las piezas tituladas “Femenino-Masculino” y “Complemento”, ahora ya a partir de una lectura desprovista de juicios morales.
--“Las formas se complementan, me dice, uno busca parejas para complementarse, nos juntamos con los contrarios, para mí es como ley cósmica. El taoísmo y el ying y yang vienen a apoyar la interpretación de esto que simplemente sucede. La figura de la entrada, la que se llama “Complemento”, incluye lo femenino y lo masculino, Abajo la figura recibe, pero arriba ataca o entra en la otra. Así funcionan las relaciones; la mujer recibe al hombre, pero lo mismo sucede al revés, el hombre recibe a la mujer. Eso no tiene nada que ver con matriarcados o patriarcados. Es el principio de la diversidad de la cual formamos parte.

Artesanías con propuesta
La serie “Piedras felices” es tal vez lo que más se conoce de Jo Köser en Cuernavaca, ciudad en la que habita desde el año 2002. Y lo es no sólo porque desde el punto de vista del mercado de arte estas obras se colocaron como afortunados objetos artísticos, como artesanías de altísimo nivel, sino porque llevan el mensaje más allá del ámbito lúdico.
Se trata de piedras antropomorfizadas de varias dimensiones a las que se les han añadido sintetizados brazos y piernas de varillas de hierro. Dan la idea de caricaturas y por supuesto representan niños, almas puras. La propuesta proviene del “object trouvée” duchampiano, son piedras encontradas al paso de la vida, pero al tomarlas como concepto de algo más y meterlas en el entorno artístico, museístico o doméstico, las mismas adquieren una serie de significados fabulosos.

El movimiento en abstracto
“Todo se mueve, nada es inamovible” es la frase que apoyando el diseño museográfico, nos acompaña durante el viaje por el mundo de Köser. La misma, inspirada en las propuestas de Jean Tinguely, quiere indicarnos que el desplazamiento en el espacio de algunas de sus esculturas abstractas de madera y lámina de acero no son mecánica en vano, sino una dinámica que requiere interpretaciones simbólicas.
--“En este caso me gusta que el espectador se convierta en parte de la obra; al moverla y actuar, se comunica con eso que puede recordarle al hombre trabajador, al que forma parte del mundo moderno, de las sociedades industrializadas”, dice.

En fin, que espero que el presente texto conmueva al amable lector. Si se identifica con lo aquí expuesto y entiende que el valor del arte reside en el hecho de que funciona como un espejo, entonces usted y yo no habremos ganado un lugar en el cielo. Ω

viernes, 21 de enero de 2011

Arte en Las Vegas


Las Vegas, esa ciudad en la que todo aparenta ser de cartón y de artificio, ahora se engalana con una colección de obras de grandes maestros muy bien vestida, pues se expone en la Galería de las Bellas Artes (Gallery of Fine Art) del hotel Bellagio, un sitio construido a la manera de un gran palacio toscano.

El esfuerzo de la curaduría parte de tratar de mostrar al público que asiste a otros menesteres, que la cultura también puede ser agradable y entretenida y que no está reñida con los ambientes típicamente superfluos. Por supuesto y para que esto suceda, las obras que se muestran deben de estar a la altura de la fastuosa decoración, deben ser reconocidas y accesibles, es decir, sin mucha complicación de contenidos y lógicamente deben ser redituables por donde se les vea.

¿Ya adivinó de quienes se exponen obras ? Pues claro, de varios de los seguidores del impresionismo tan de moda, aunque también hay piezas de Brancussi, Miró, Picasso, de Kooning y Pollock. Todos ellos artistas famosos y aceptados por el establishment.

El folleto de mano, firmado por Stephen A. Wynn, presidente del consejo de administración del gran corporativo, así como la audioguía, nos anuncian que esta colección de maestros de la vanguardia y la postvanguardia se ha conformado en los últimos tres años y que en ella se encuentran varias de las piezas maestras de esos artistas, algunas de ellas provenientes de colecciones privadas, por lo que se convierten en novedades para los espectadores.

Entre las piezas admirables se halla un óleo sobre tela de Renoir (The Loge), que representa a una pareja en el palco de un teatro ; una obra que se trata del hecho de ver y ser visto, pues la dama en primera fila mira al espectador y se sabe mirada por él, al mismo tiempo que el caballero que la acompaña mira de frente hacia el supuesto escenario a través de unos binoculares. Una pequeña joyita trabajada con detalle, que hace consciente al espectador de la intimidad de la vida de una pareja y de que cualquier asunto puede ser materia de la pintura, así sea una escena anecdótica, siempre y cuando esté bien pintado. Por cierto que ella porta un vestido a rayas negro y blanco, atuendo que Renoir repitió para sus modelos en más de una ocasión.

Otra de las piezas a comentar es el retrato de una mujer delante de un trigal de Van Gogh. De esta mujer se desconoce su identidad, pero aparece en otra obra del mismo autor portando un atuendo similar. Ellos suponen que entre Van Gogh y ella hubo alguna relación amorosa. En el mismo tenor de relación amorosa entre pintor y modelo, está el retrato semicubista de Dora Maar pintado por Picasso.

Vale la pena comentar también un hermoso diálogo de insectos surrealista de Joan Miró que está pintado como si el autor hubiera visto la escena desde el punto de vista de un minúsculo bicho ; así como un bodegón de Matisse que más que demostrar un arreglo de objetos y frutos sobre una mesa, pretende configurar un arreglo de colores y formas geométricas. La obra fue pintada en un invierno parisino en el que las piñas eran objetos muy codiciados, por lo que el tropical fruto aparece como centro de la pintura.

Los lirios de Monet, uno de tantos que pintó con el puente japonés de su jardín de Giverny como fondo, así como un retrato más que humano pintado por Rembrandt son también de las mejores piezas de este acopio “bellagianino” que entra con el pié derecho al mundo de las grandes colecciones norteamericanas, aunque no arriesgue mucho en sus propuestas autorales. Por otro lado, la colección está creciendo hacia el pasado; veremos más adelante que nos proponen.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El placer estético como preámbulo del cuerpo gozante


Para Hedwig Jacobsohn

Dice Hans Georg Gadamer, --el alemán a quien nos acercamos los afectos a la filosofía del arte--: “Si yo encuentro algo bello, entonces quiero decir que es bello, quiero detenerme en su espacio poético, en su capacidad generadora y ser parte de ella, al mismo tiempo que admito el contagio de su explosión de sentido. Acepto el encuentro”. Yendo del terreno de la estética al de la ética, la reflexión sobre lo bello, lo que nos cimbra en nuestra dimensión más humana, se torna perentoria en estos tiempos de tanta liquidez, de tanta superficie, de tanto amor fingido. Necesitamos volver a nosotros, los que vivimos dentro de los cuerpos que el ballet de la vida actual dirige.
Lo que nos dice Gadamer es que por naturaleza nos inclinamos a la gracia, la magnificencia, la hermosura; que anhelamos estas experiencias como anhelamos el estado ideal (el prenatal dicen los psicoanalistas), que aspiramos a la perfección en todo. Habla de que la belleza no sólo se percibe, se experimenta; de que una vez intuida, se quiere uno dejar seducir por ella, de que siendo de ojos para afuera, también toca el corazón y el cuerpo porque se monta sobre el paradigma de la experiencia.
Desde el ser reflexivo que hoy soy, yo crítica de arte que piensa en compartir con los lectores sus reflexiones estéticas, busco que me invada ese estado en el que el mundo se siente organizado, en donde el caos se lee como parte de un plan preestablecido para que las cosas salgan bien. Todo esto forma parte de la experiencia estética que conozco como belleza; de esa experiencia que se da frente a una buena obra de arte (aún si el tema se dirime en el ámbito del horror).

Hace un par de días, el escritor Mario Vargas Llosa hizo un brindis memorable tejiendo la propia historia con la de la literatura. La leída y la propia. Decía el escritor: “Gozaba tanto leyendo historias, que un día, este niño que ya era un joven, se dedicó también a inventarlas y escribirlas. Lo hacía con dificultad pero, al mismo tiempo, con felicidad y gozando tanto cuando escribía como cuando leía. Sin embargo, el personaje de mi historia era muy consciente de que una cosa era el mundo de la realidad y otra, muy distinta, el mundo del sueño y la literatura y que éste último sólo existía cuando él leía y escribía. El resto del tiempo se eclipsaba….Mi personaje comenzó entonces, maravillado, a vivir, en la vida real, una de esas experiencias que, hasta entonces sólo existían para él en el dominio ideal e irreal de la literatura. Todavía sigue allí, desconcertado, sin saber si sueña o está despierto, si aquello que vive, lo vive de verdad o de mentiras, si esto que le pasa es la vida o la literatura, porque los límites entre ambas parecen haberse eclipsado por completo.”
Coincidentemente, el Premio Nobel de Literatura y Gadamer hilan fino la misma historia: la del arte que se confunde con la vida, la de la vida vivida estando conscientes de su facultad creativa, artística. Ambos hablan del goce estético, del goce de los sentidos. En el primer caso el filósofo se refiere a la percepción sensorial de la armonía en una obra de arte o en la naturaleza; en el segundo caso, el célebre escritor peruano se refiere a la experiencia literaria ensayada como el sentido y el fin último de una vida. Y entiéndase bien, no se trata en su caso, de un oficio como el del periodista común, el que se roba palabras como cáscaras y las va soltando despellejadas, desproveyendo de su música y polisemia al lenguaje, por el mero afán de informar. Se trata en el caso de la literatura, de renombrar las cosas, de encontrar el sinónimo adecuado, de tallar la frase hasta hallarle el ritmo que le sienta justo.
La extraña magia de una historia contada desde dentro, de un poema que canta la verdad del alma humana, tiene que ver con la posibilidad provocadora de la palabra, con la voluntad del lector de dejarse seducir, con la voluntad del escritor de poseer al lector de cuerpo completo. Comenzando por el secuestro de su mirada, si éste decide entregarse a la lectura concentrada, va dejando, poco a poco el cuerpo en el libro. Cuando alguien se deja tomar por la palabra, cuando se goza escuchando la frase bien escrita una y otra vez, está participando en un encuentro amoroso sin par, único en su calidad de producto cultural elevado.
Al respecto el escritor Adolfo Echeverría dice: “Somos materia central neurálgica rozándose con otra llena de emociones y sentimientos que se llama texto”, coincidiendo en su aseveración con quien dice que el acto de leer se parece al de la llama que abrasa la madera. Ambas aseveraciones sin duda rememoran el acto erótico, cosa maravillosa cuando el intelecto pone lo mejor de sí.
Aceptémoslo: la casa que somos se habita mejor si adentro se da el juego, si dejamos que los buenos libros nos hablen al oído, si permitimos que la obra de arte nos susurre sus potencias y polisemias. Esa geografía en la que todo puede suceder –que es el cuerpo gozante— lo agradecerá infinitamente. Ω

jueves, 25 de noviembre de 2010

Emiliano Zapata: De cómo la idea del héroe nacional nos habita y perpetúa su imagen.


Como figura de culto, Emiliano Zapata Salazar (1879-1919) habita amplios círculos de lo público y rescinde su contrato como figura histórica. A Zapata se lo han tragado un sinfín de discursos y de esto dan cuenta no sólo los homenajes orales que se le han venido haciendo a partir de su trágica muerte, sino los miles de imágenes que reproducen su efigie y figura en todo el mundo, en todo tipo de soportes, desde los murales pintados por Diego Rivera hasta los graffittis chiapanecos; desde las camisetas que se venden como pan caliente, hasta los emails que lo reproducen ataviado como boxeador; desde la pintura morelense de caballete, hasta el diseño gráfico de las revistas que lo colorean y recomponen.
Con ello quiero decir que el héroe ya no nacional, sino mundialmente alabado, viene a representar para cada mirada un significante que no dejará, en última instancia de recordar lo propio, lo que se anhela, lo que se espera de la figura idealizada, de la figura que podría lograr que se cumpla el orden establecido, la ley. Viendo la diversidad de la imagen zapatista, nos sentimos orgullosos mexicanos, conseguimos dignificar la pobreza --el neozapatismo es acaso el movimiento civil que más ha honrado al indígena desprotegido pidiendo un arte que lo represente en su territorio-- y le damos sentido a una historia nacional, poblada de héroes a estas fechas medio despeinados.

Se sabe y se repite, pero sobre todo se ve y se copia
Hace unos meses salió a la luz un libro titulado “Zapata en Morelos” (Planeta-Lunwerg) en el cual me fue dado participar como coautora. El mismo, ilustrado estupendamente por el fotógrafo Adalberto Ríos Szalay, abre con un refrescante capítulo escrito por el Dr. Salvador Rueda Smithers en el que se narran algunos hechos revolucionarios partiendo de las entrevistas realizadas por él a algunos veteranos zapatistas, hace casi 30 años.
Por mi parte y como historiadora del arte, de lo que me he venido encargando de tiempo atrás, es de la imagen gráfica, visible del caudillo. Para ello he echado mano, entre otras herramientas, de la semiología de la imagen: me ha interesado destacar la incidencia del héroe en nuestras vidas posmodernas.
¿Por qué se le representa en todo tipo de objetos?, ¿por qué se banaliza?, ¿por qué se idolatra?, ¿cómo se fue convirtiendo en figura icónica?, ¿qué nos dicen los monumentos de bronce? ¿Cómo pasó de la historia del arte al ámbito de la comunicación de masas?, son algunas de las preguntas que intenté resolver en dicho texto; un texto que para estas fechas ha dado origen a otro más abundante, un ejemplar hoy en busca de editorial. Cuento con cientos de imágenes.
Pero mientras llega el caso de dar a la luz los asombros a los que me ha llevado el descubrimiento de un Zapata multiforme --y sin embargo el mismo de siempre--, me gustaría compartir con ustedes, los lectores de este diario, algunas ideas. Acaso las mismas respondan en parte a una gran interrogante: ¿cómo interpretamos la historia de nuestro país los mexicanos?

El Zapata que habita el mundo del arte
La evidencia es contundente: algo hay en la figura de este personaje que genera una vida icónica que rebasa las diversas intenciones del homenaje propias del personaje histórico. No se trata sólo de esculturas públicas y fotografías reproducidas en libros de texto, o colgadas de las oficinas de gobierno, se trata del secuestro de una imagen por parte del público que busca convertirla en un nuevo mensaje, asociado, generalmente con la resistencia civil.
Lo que he venido proponiendo es una lectura de la imagen a la luz del contexto marcado por el mito surgido hace casi cien años. No es que no me interesen la biografía del revolucionario, el problema agrario o las apologías del zapatismo. Es que me maravilla la capacidad del artista visual que ha reinterpretado cada una de estas instancias a la medida de sus necesidades. Me deja con la boca abierta, la creación pictórica de un Zapata idealizado por Diego Rivera en una de las máximas obras del cubismo hecho en París, me emociona verlo transformado por el muralista, en el indígena más puro que se pronuncia en contra del conquistador español y del norteamericano que interfiere en la política mexicana, de los años treinta del siglo pasado (Mural del Palacio de Cortés). Me imagino la sonrisa de Rivera al haber convertido el entierro zapatista en un homenaje a las costumbres prehispánicas y a la propia Revolución Mexicana al pintar el maíz floreciente sobre los cadáveres enrollados de Emiliano Zapata y Otilio Montaño (mural en la escuela de Chapingo).
Ya convertido en un símbolo –que nunca será fijo porque la historia, como discurso, está hecha de subjetividades--, a Zapata le es dado habitar un universo completo de pinturas diversas creadas por artistas contemporáneos, entre ellos Arnold Belkin, quien ve al héroe como el motor de la historia. Los “zapatas” del canadiense-mexicano Belkin, reconstruyen por medio de geometrismos, la famosísima imagen atribuida a Hugo Brehme y al mismo tiempo le devuelven el cuerpo al héroe que la sociedad le arrebató; son la reinterpretación del hecho histórico a la luz de lo humano.
La pintura morelense comprende un gran número de obras en las que el nacido en Anenecuilco en 1879, aparece retratado a partir de copias de las escasas fotografías que existen en primeros planos de su figura. Lo interesante es que Zapata, para los creadores locales, constituye una extensión de la identidad local, nacional y acaso personal, tratándose de quien adquiere las obras porque se identifica con los ideales del luchador social.

“San Emiliano Zapata”
Si pensamos que a Zapata lo hemos estado construyendo desde la mente mágica y el ámbito de lo simbólico, entonces nos quedará más claro por qué este fenómeno es en gran medida inexplicable. Dos muestras colectivas recientemente montadas en museos capitalinos y una más añeja, curada para el Palacio de Bellas Artes en la década de los ochenta del siglo XX, dan fe de cómo los héroes nacionales han venido conformando una especie de santuario especial habitado por figuras tan idealizadas como los santos. Sin ánimos de abundar, diré que he visto “zapatas” en altares domésticos con veladoras delante y que Zapata convive en el imaginario popular con Cuauhtémoc. Según el investigador Jaime Cuadriello, por su identificación con el mundo indígena (aunque Zapata haya sido un mestizo vinculado recientemente con otro tipo de valores) al revolucionario se le ha pintado o dibujado siempre vinculado con elementos prehispánicos y agrarios por esa razón.
Recuerdo que un notable historiador del arte, acuñó hace años el concepto “religión de la patria” para explicar la idea de un nacionalismo revolucionario hoy engrandecido, a más no poder, con la figura del héroe que nunca se corrompió: Emiliano Zapata. ¿Reflejará este hecho el anhelo de borrar de la historia la historia de la corrupción humana hoy tan destapada?
La estatuaria y el charro más charro de la historia nacional
Zapata aparece ataviado con traje de charro (media gala y gran gala) en la mayoría de las fotografías que se le tomaron en la época y tal característica compone una imagen única en la historiografía nacional. De ahí, que la estatuaria oficial haya hecho del dominio de estas artes campiranas y de la osadía de Emiliano Zapata, la imagen más perdurable del héroe de bronce. Esto sucede así, porque se sabe que él prefería este atuendo como vestimenta y se esmeraba mucho en su arreglo personal, pero también porque las labores del campesinado adquieren una gran dignidad así representadas y paradójicamente acercan, o funden en el imaginario colectivo, al hombre de campo con el hacendado.
Ya sea en la fotografía atribuida a Hugo Brehme --en la que Zapata porta sable, carabina y cananas-- (copiada por muchos artistas, entre ellos José Guadalupe Posada) o a partir de las reproducciones de las imágenes capturadas por H. J. Gutiérrez o Protasio Salmerón, a Zapata no deja de admirársele por su apostura frente a la cámara. A él le gustaba posar para la lente instalada en el estudio, como se demuestra en varios casos. Es fácil constatar que estas imágenes fueron construidas después de minutos de análisis luminosos y retoques escenográficos. Se trata pues, para el caso de la iconografía nacionalista, de uno de los hombres más engalanados de la historia del país. Zapata fue un tipo guapo, pero también vale decir que lo hicimos guapo entre todos.
Zapata entre políticos
El encargo oficial de la imagen zapatista, por su parte, ha pretendido darle un lugar de honor al héroe a partir de la idea de las nociones de honor y patriotismo. Para ello, la dinámica del hombre a caballo, del hombre que domina la naturaleza, del hombre físicamente poderoso y los momentos antes de la muerte, han sido cosa suficiente. Ningún político en cambio, ha visto en la figura sintetizada o semi-abstracta de un hombre a caballo, la posible condensación del hombre ideal, de aquel que compendia o condensa a todos los otros hombres que a caballo hicieron el México de hoy. Tal era la propuesta de una escultura proyectada por el morelense Víctor Hugo Núñez muy lograda, aunque nunca llevada a cabo por falta de interés de quienes toman las decisiones sobre el aspecto de la ciudad quienes esgrimían la falta de un presupuesto que luego fue gastado en menesteres menos decorosos. Y estoy empleando la palabra en su sentido literal: decoro es aquello que aplica al posible embellecimiento de una ciudad a la que le urgen huellas artísticas, manifestaciones estéticas de alto valor. Dignificación a través de la alta cultura que aquí se da. Ω

viernes, 19 de noviembre de 2010

Elisa Cano: las Elisas. De cómo el gozo estético nos completa la vida.


Cuando entendemos que ver pintura no sólo implica descifrar objetos, que un enfrentamiento estético perfecto debe llevarnos a aprehender la vida a través de otra subjetividad, que vernos gozar frente a un universo que no es el propio lleva al paraíso, nos convertimos en humanos entrenados en humanidad. Se podría decir en humanos al cuadrado, expandidos.
Quien contempla una imagen creada por un artista, quien llora frente a una película bien realizada, quien canta de emoción acompañando al cantante que le gusta, quien lee y reescribe las frases que lo han conmovido, se está entregando a una vivencia de una estructura psíquica específica, única. Entiéndase: la experiencia estética es pasión, es amor, es una vibración del alma que mueve al cuerpo y la mente al unísono.
Tales reflexiones me surgen frente a la obra de la artista Elisa Cano porque frente a la diversidad de sus temáticas empujadas con un entusiasmo sin fin por la vida, encuentro que lo que me ha conmovido en el tiempo que llevo de conocerla, no son sólo han sido los traviesos naranjas de sus peces sin pecera, lo pulsante de sus abstractos orgánicos, lo dulce de sus famosísimos manzanos en el jardín de los sueños arquetipales, la seriedad de sus gordas desnudas dejándose ver en el Edén. No, lo que me ha gustado de descubrir cada una de sus series pictóricas es la animosidad con la que emprende cada una de sus pinturas-pinturas: me fascina la pulsión que anima la creación del arte por el arte.
El común denominador que encuentro, lo más evidente de su prolífico trabajo tiene que ver con un estado de ánimo típico en ella; se trata del ánimo “elisacaneano” que subyace en su trabajo y le da un sabor especial. A ese universo viajo cuando me invita a ver lo que acaba de hacer para sus ventas de arte: cada nueva serie en la que ha trabajado me ha abierto la puerta de una experiencia sensorial a la que he entrado no por estar entrenada para ello, sino por el gusto de dejarme llevar a un universo que no es el mío. (Su próximo vernisagge se llevará a cabo los días 17 y 18 de noviembre, de 10 a 7 PM en Parras 49, Jardines de Tlaltenango).
Por otro lado, la selección de los asuntos que ha decidido representar la maestra Cano particulariza la noción de estilo. La figura del animal, por ejemplo, es asunto común del arte fantástico contemporáneo (bestiarios), pero ella elabora representaciones de animales íntegros, en primeros planos, que se comportan como tales y que están allí por su belleza y contundencia. Así sucede con los elefantes y los peces, pero también sucede con los manzanos y las gordas, seres que están ya en el imaginario artístico del coleccionista mexicano porque alguien se tomó la molestia de recogerlos y traducirlos al idioma del color y la textura.

Elisa: las Elisas
Nacida en el Distrito Federal, la capricorniana Elisa Cano Larrañaga se presenta como autodidacta, aunque hay que decir que fue alumna del estupendísimo dibujante Héctor Xavier, de quien recuerda vívidamente la lección aprendida en el zoológico: “Aprendíamos frente a las jaulas, a dibujar un animal que se mueve, eso le dio velocidad al ojo, entrenó la capacidad de observación y luego eso a mí me llevó al retrato tipo bosquejo y al retrato psicológico”, dice, quien no ha dejado nunca de mirar el mundo con la lente del arte.
“En México hice muchos retratos y a mis alumnas les hice un día, una serie en un cartón enorme con lápiz conté y aguarrás en sesiones de 30 minutos a cada una”, me dice a bote pronto cuando le pregunto por su modus operandi hablando del aprendizaje técnico, ya no el suyo, no el que habitó al lado de las personalidades que hicieron la leyenda de la Zona Rosa de los años sesenta y setenta, sino el que decodificó para el numeroso alumnado que ha tenido a lo largo de los 33 años que lleva viviendo en Cuernavaca y las clases impartidas en la Ciudad de México, en donde nació su hija Claudia Jurado, quien también compone estupendas sinfonías de colores y texturas.
“Aquella época fue de muchas vivencias; al lado de Juan José Arreola y otros artistas encumbrados, íbamos a las galerías como la Proteo y la Juan Martín. El haber expuesto con Toño Souza me formó porque era un momento en el que México se abría al mundo del arte neoyorquino, es el inicio de Clíment, Vlady, Echeverría, Rayo, Seguí. Yo estaba rigth in the smack of it. No sé si soy de la Ruptura, pero he pintado en el tenor de la libertad que me dio la época. Luego, ya trabajando con Mauricio Achar, quien me pidió que fundara una librería de las suyas en Cuernavaca, viajé a Nueva York y al entrar al MoMA el impacto estético fue enorme. Sentí que me mareaba, que me habitaba la pintura, que mi vida cambiaría. El formato grande que vi en Nueva York me apasionó, me sacó el aire y entonces decidí que eso es lo que quería hacer. Vivo del arte y establecí con el tiempo 12 temáticas. Soy maestra en técnicas, no de pintura. Me ha interesado todo y he visto mucha obra de arte. La base al temple me gusta y la reconozco, con todo y su aceite de linaza. Mi historial es enorme. Lo que no he querido es meterme a un molde. ¿Por qué no pintar un paraíso y un abstracto y seguir siendo yo, la misma Elisa? Se pregunta quien con sumo gozo se deja impactar por la materia de la vida y acepta que la habiten las otras Elisas.

Elisa Cano lleva tiempo diseñando esculturas en piedra chiluca, mármol y cantera; le encanta decorar casas y escribe poesía y narración con frecuencia. Lo que busca en estos casos es el asombro del escucha porque es afecta a la paradoja y por ello se comprende que obtenga asimismo la sonrisa cómplice. De ella se reproduce un texto en estas páginas.Ω


RECUADRO:
Pensé en ti
Pensaba en ti
Pienso en ti
Sin embargo, me paro en el mismo lugar
A la misma hora.
Sé que es difícil tratar de…
Bueno, pienso también en el esfuerzo
Es la pasión, sólo la pasión,
Lo que me impele, empuja, estruja
Cuando me paro en el mismo lugar, a la misma hora
ELISA CANO

jueves, 11 de noviembre de 2010

Reflexiones sobre la iconolatría nacionalista: Zapata y Villa en el Museo de Arte Popular


1.
El 25 de septiembre se inauguró en el Museo de Arte Popular, en la Ciudad de México (Revillagigedo e Independencia, Centro Histórico), una exposición que aborda las complejidades del imaginario colectivo; una muestra que involucra la lectura histórica con la semiología de la imagen porque presenta a las figuras de Emiliano Zapata y Pancho Villa como polisémicas, como parte de una iconolatría cívica exacerbada por los festejos centenarios.
Sabemos que las imágenes de ambos personajes se nutren tanto de la mitología clásica, como de la hagiografía cristiana y hasta de los cómics, pero la muestra va más allá y nos presenta también a los héroes que se convierten en personajes literarios. Sí, Zapata y Villa se han movido de registro, hoy son parte del un complejo diccionario nacionalista que indica por dónde anda la historia de las mentalidades en nuestra época.
La curaduría no se basa en el análisis académico de la Revolución Mexicana y por lo mismo en ciertos momentos sentimos que cojea, por ejemplo al presentarnos a un Villa al que se le atenúa su origen indecoroso para colocado a la altura moral de un Zapata menos corrupto.
Los idearios y propuestas de ambos participantes de la Revolución Mexicana partieron de necesidades diferentes y las circunstancias de sus vidas los llevaron a morir asesinados también por diferentes motivos, no obstante hoy ambos forman parte del panteón de los mártires, de una historia ligth que nos hemos inventado para llenar el “vacío” de figuras ejemplares a las que seguir. Tal es la conclusión a la que llegamos después de ver el enorme conjunto de piezas dedicadas a repetir rostros e imágenes codificadas y anheladas hasta la saciedad, un sumum de todo tipo de objetos, desde camisetas hasta cervezas, desde encendedores hasta joyería.
Siguiendo la idea de los contrastes entre ambos, llama la atención que a Zapata se le haya considerado poco atractivo para el gusto popular en alguna época por ser de “personalidad introspectiva, desconfiado, impenetrable y distante”, cosa que no sucedió con un Pancho Villa que quiso convertirse en actor y logró representarse a sí mismo levantado en armas después de firmar un contrato con una compañía cinematográfica norteamericana. Cosa curiosa, hoy Zapata es el héroe más carismático de la Revolución Mexicana y nos representa allende las fronteras a los mexicanos, mientras que Doroteo Arango (nombre real de Pancho Villa) brilla solo en el norte del país.
2.
La exhibición arranca con la imagen de los dos personajes hermanados en un mural en el que tendenciosamente el creador actualiza el vestuario de los personajes (sandalias de playa, tenis, camisetas deportivas), con el fin de hacer obvia la lectura descontextualizada que el espectador contemporáneo les da a estos ideólogos del levantamiento armado de 1910. Paradójicamente, es desde ahí y desde el texto de sala fincado en un lenguaje sencillo y no en un discurso académico, que la muestra contribuirá a conquistar públicos nuevos para esos espacios llamados museos.
La gran fotografía del Ypiranga, navío en el que partió Porfirio Díaz hacia su destierro para nunca más regresar, apoya la lectura oficial del país que nace a la modernidad cuando el dictador se va. Por su parte, la reproducción de los encabezados de algunos periódicos de la época en los que se anunciaba el fracaso del zapatismo demuestra cómo el discurso de la historia se da con el tiempo, como el periodismo –textos—nutre otros textos, como el periodismo no se traduce literalmente, sino se interpreta posteriormente.

3.
La curaduría no buscó deslindar ciertos términos que me parecen fundamentales a la hora de abordar estos asuntos que tienen que ver con lo que Jorge Alberto Manrique definió hace años como religión de la patria. ¿Cómo se concibe al héroe, qué es un mito, qué es una leyenda? ¿En qué momento se confunden en el imaginario el santo y el héroe perfecto?
Tales cuestiones en cambio las respondieron los investigadores que escribieron los textos del catálogo dedicado a la muestra titulada “El Éxodo Mexicano”, montada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL) hace unos meses: “Los héroes son símbolos que cada generación monta sobre los propios sujetos históricos, así como sobre los rasgos característicos de ciertas figuras mitológicas“, afirmaba Jaime Cuadriello en dicho libro, por lo que ambos montajes se convertirán en reflexiones complementarias a la hora de concebir los discursos históricos de la posteridad. Ω

Publicado en La Jornada Morelos Martes 9 de noviembre de 2010 http://www.lajornadamorelos.com/noticias/cultura/92461-reflexiones-sobre-la-iconolatria-nacionalista-zapata-y-villa-en-el-museo-de-arte-popular