María Helena González *
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Hay momentos en los que una canción, una pintura o incluso una escena cotidiana nos recorren el cuerpo. Un escalofrío súbito, un nudo en la garganta, la piel erizada. No es una metáfora: es biología.
La ciencia ha comenzado a explicar ese fenómeno -conocido como aesthetic chills o “escalofríos estéticos”- como una respuesta medible del organismo ante experiencias artísticas. Investigaciones recientes han mostrado que una parte importante de esta sensibilidad emocional tiene un componente genético, lo que significa que algunas personas están más predispuestas que otras a experimentar intensamente la música, el arte o la literatura (Zickfeld et al., 2020; estudio reportado en Psypost, 2026). Pero lo más interesante no es sólo que lo sintamos, sino para qué sirve.
Estos escalofríos activan el sistema de recompensa del cerebro, el mismo que responde a estímulos esenciales para la vida. Desde una perspectiva evolutiva, esto sugiere que el arte no es un lujo cultural, sino una experiencia que el cuerpo reconoce como significativa. No es casual que Charles Darwin describiera cómo ciertas melodías le provocaban “un temblor en la espalda” (Darwin, 1872/2009). El arte toca algo profundamente humano: una vía directa entre percepción, emoción y significado.
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En tiempos recientes, desde espacios como el programa Artful Practices for Well-Being del Museum of Modern Art (MoMA), ha comenzado a circular un concepto sencillo pero poderoso: el glimmer. A diferencia del “trigger”, que activa estrés o malestar, el glimmer es ese pequeño momento que nos devuelve calma, conexión o sentido. Puede ser una luz que entra entre los árboles, una textura en una pared antigua, una obra, una canción. No cambia el mundo, pero cambia cómo estamos en él (MoMA, s.f.).
El punto es crucial: no todas las emociones intensas son negativas. Algunas -como estos escalofríos- pueden entenderse como microexperiencias de regulación emocional. Pequeños ajustes del sistema nervioso que nos permiten recuperar equilibrio en medio de la sobrecarga cotidiana. En este sentido, el arte no sólo representa el mundo: también nos ayuda a habitarlo.
Y aquí es donde esta reflexión adquiere una resonancia particular en Morelos. En un estado donde conviven la belleza del paisaje -por favor deténgase usted a gozar las jacarandas y las primaveras estos días en Cuernavaca, las floraciones lilas y rosas son únicas- y las tensiones sociales, estas experiencias adquieren otro peso. No porque el arte “resuelva” los problemas estructurales, sino porque ofrece algo que hoy escasea: momentos de conexión, de atención sostenida, de sensibilidad compartida. En medio del ruido, el glimmer.
Basta pensar en lo que ocurre al caminar por los jardines de muchas casas, oler lo que nos regalan las flores, apreciar la luz que se filtra entre los árboles; el silencio inesperado que se produce frente a un exconvento del siglo XVI en la ruta de los volcanes; o en la intensidad cromática de un mural comunitario en Cuautla o Jiutepec. Se trata de lo que ocurre en el cuerpo. La pausa, la sorpresa, la emoción inesperada. Ese instante en el que algo hace sentido sin necesidad de explicarse del todo.
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Desde las ciencias cognitivas, hoy sabemos que estas experiencias no son superficiales. La percepción está profundamente ligada al entorno en el que ocurre, y los espacios -naturales, arquitectónicos o culturales- influyen en cómo sentimos, pensamos y nos relacionamos (Gibson, 1979/2015; Chatterjee, 2014). No somos mentes aisladas: somos organismos en interacción constante con lo que nos rodea. Y en Morelos, ese “entorno” incluye tanto los paisajes culturales como los naturales: los jardines, las plazas, los conventos, los museos, las montañas.
Por eso vale la pena decirlo con claridad: necesitamos más de esos momentos.
No como entretenimiento, sino como parte de una ecología emocional más amplia. Como espacios donde el cuerpo puede reconocer belleza, sorpresa o significado. Como pausas necesarias en medio de la saturación.
Tal vez no todos sintamos el mismo escalofrío. La ciencia lo confirma. Pero todos, en algún momento, hemos tenido un glimmer: ese instante breve en el que algo nos recuerda que estamos vivos, que podemos sentir, que aún hay algo que nos conecta. En tiempos como los que vivimos, eso no es menor.
Referencias (APA 7)
Chatterjee, A. (2014). The aesthetic brain: How we evolved to desire beauty and enjoy art. Oxford University Press.
Darwin, C. (2009). The expression of the emotions in man and animals. Oxford University Press. (Trabajo original publicado en 1872).
Gibson, J. J. (2015). The ecological approach to visual perception. Psychology Press. (Trabajo original publicado en 1979).
MoMA. (s.f.). Artful Practices for Well-Being. Museum of Modern Art.
Zickfeld, J. H., et al. (2020). Tears of joy, aesthetic chills and mixed emotions: A meta-analysis. Psychological Bulletin.
Psypost. (2026, marzo 19). The biological roots behind the chills you get from music and art.
* helenagonzalezcultura@gmail.com


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