María Helena González *
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En el debate internacional sobre el futuro de los museos comienza a cuestionarse una idea que durante décadas pareció incuestionable: que el éxito institucional se mide por el crecimiento físico. Grandes ampliaciones arquitectónicas, edificios icónicos y cifras récord de visitantes se han convertido en indicadores de prestigio cultural. Sin embargo, cada vez más voces advierten que este modelo puede ocultar una paradoja: museos más grandes no necesariamente significan museos más relevantes para la vida cultural de las comunidades.
Diversos análisis recientes señalan que la expansión institucional ha tendido a privilegiar la espectacularidad arquitectónica y el turismo cultural, desplazando en ocasiones funciones fundamentales como la investigación, la educación y el vínculo social. Un ensayo reciente publicado en Babelia advierte precisamente sobre esta tendencia: en su afán por ampliar sedes, colecciones y tecnologías, algunos museos corren el riesgo de convertirse en espectáculos arquitectónicos mientras su función cultural y educativa pierde centralidad (Molina, 2026).
Esta discusión se vincula con una transformación conceptual más amplia en el campo museológico. La definición de museo aprobada por el International Council of Museums en 2022 subraya el papel social de estas instituciones: espacios abiertos, inclusivos y participativos que trabajan con las comunidades para preservar, interpretar y transmitir memorias y conocimientos.
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En este contexto adquieren especial relevancia los museos comunitarios, cuya lógica es muy distinta a la de los grandes complejos culturales. Su valor no radica en el tamaño de sus edificios ni en el volumen de sus colecciones, sino en algo más profundo: su capacidad para articular memoria, identidad y participación social. En ellos el patrimonio no es un objeto distante, sino una experiencia compartida.
Hace unos días tuve la oportunidad de comentar en La Jornada Morelos el libro Creatividades locales. Promover y proteger la diversidad cultural en el ámbito municipal, de Carlos Villaseñor. El texto propone una reflexión sugerente sobre la relación entre lo global y lo local -lo que hoy solemos llamar lo “glocal”- y sobre la importancia de las iniciativas culturales que surgen desde la vida cotidiana de las comunidades. Más allá de los marcos normativos que organizan las políticas culturales, el libro rescata algo esencial: la creatividad individual y colectiva que se expresa en prácticas aparentemente simples -una fiesta patronal, una tradición culinaria, el rescate de un oficio o de una celebración- donde en realidad se construye la vida social y la diversidad cultural (Villaseñor, 2019).
Ese enfoque resulta particularmente pertinente cuando se piensa en los museos comunitarios. En ellos la memoria no se conserva únicamente en vitrinas: se activa en relatos, en objetos cargados de afecto y en prácticas culturales que siguen vivas en la comunidad.
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Esta semana he participado como investigadora del bienestar en museos en una mesa dedicada a los comunitarios dentro de un encuentro que se realiza en la antigua Fábrica de Hilados de Bellavista, en Nayarit. El lugar mismo es un recordatorio poderoso de cómo los espacios guardan memoria. Las fábricas, los barrios y las comunidades conservan historias de trabajo, organización social y vida cotidiana que constituyen parte fundamental de nuestro patrimonio cultural.
México cuenta con 2,443 municipios. Si cada uno tuviera un museo comunitario, existirían miles de espacios donde las comunidades pudieran reconocerse en los objetos que han decidido conservar: herramientas de trabajo, fotografías familiares, textiles, documentos, utensilios domésticos, símbolos de fiestas y tradiciones. No se trata únicamente de preservar cosas, sino de preservar significados.
Un museo comunitario es, en el fondo, un espejo cultural. Un lugar donde una comunidad puede mirarse, recordar de dónde viene y preguntarse hacia dónde quiere ir. Frente al paradigma del crecimiento ilimitado de los grandes museos, estas experiencias recuerdan algo fundamental: el verdadero desarrollo cultural no siempre ocurre en edificios monumentales. Muchas veces nace en espacios cercanos, donde las nuevas generaciones descubren que su propia vida forma parte de una historia más grande.
Concluyo: una muy buena estrategia de creación de públicos de museos sería la multiplicación de los comunitarios en el territorio, en términos de afectividad: museos próximos, vivos y profundamente enraizados en la memoria de sus comunidades.
*helenagonzalezcultura@gmail.com



Referencias
International Council of Museums. (2022). Museum definition.
Molina, Á. (2026, 28 de febrero). La parábola de los museos crecientes. El País, Babelia.
Villaseñor, C. (2019). Creatividades locales: promover y proteger la diversidad cultural en el ámbito municipal. UNESCO.
Link de la nota original: Museos, memoria y comunidad: pensar el crecimiento desde lo local – LA JORNADA MORELOS
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