Según Clotarie Rapaille, un psicoanalista experto en mercadotecnia que inventó y patentó un método para analizar las culturas y subculturas del mundo con la idea de entender por qué la gente que habita este atribulado planeta vive y compra como lo hace, las actitudes de la gente traslucen “ideas síntesis” o códigos, y estas ideas se diferencian entre sí por países.
Rapaille en su entretenido análisis (publicado por Editorial Norma bajo el título “El Códico Cultural”), va más allá de las simples cuestiones comerciales (finalmente quienes lo contratan son las empresas que buscan publicidad dirigida y eficaz) y extrema su idea hasta el grado de decir que percibimos a los países completos bajo una sola categoría o idea. Según su super digerible y entretenido libro, a cada Estado le tocaría una palabra definitoria. Dicha palabra, por otro lado, no proviene de la corteza cerebral o parte inteligente de nuestras cabecitas (léase la parte racional), sino del llamado cerebro reptiliano, o sea la parte instintiva y según los expertos, la parte que nos hace actuar (no confundir con el cerebro emotivo, que también nos mueve mucho).
Así, tenemos que el código para los Estados Unidos (país de adopción de Rapaille) es “adolescente”, lo cual los lleva a valorar la juventud, la inmadurez, los atrevimientos y la acción en demasía. Por eso permiten, dice Rapaille, las actitudes poco responsables de algunos de sus políticos y veneran las vidas amorosas de Hollywood. El caso de Clinton-Lewinsky sería muy significativo en este caso.
La salud en los Estados Unidos (y en general en el mundo occidental), se entiende reptilianamente como MOVIMIENTO, es decir, los estadounidenses identifican el estar sanos con el poder moverse y por lo tanto cualquier impedimento para la acción implica enfermedad. Por eso, dice Rapaille, a los ancianos se les minimiza en sociedad y nos da tanto miedo envejecer. Movernos nos confirma que estamos vivos y hacemos toda clase de cosas para conservar la inercia, desde llenarnos de actividades (muchas veces innecesarias), hasta comenzar una carrera nueva habiéndonos jubilado con una situación económica desahogada.
El código para la belleza, en el mismo país, es la redención del hombre (una mujer bella le provoca los más nobles sentimientos al varón, dice Rapaille), aunque por otro lado lo condene a su búsqueda incesante, a su perdición. Aquí se presenta una tensión muy poderosa y la prueba de que la belleza es importantísima en la cultura occidental la encontramos en las miles de publicaciones dedicadas al tópico mujer ideal o modelo, asunto que día a día causa más estragos entre quienes no cumplimos con el ideal.
Y más allá del esquema biológico, el código cultural para la cena es CÍRCULO ESENCIAL, refiriéndose este concepto al único momento en el que la familia intercambia emociones e ideas, al encuentro íntimo de sus miembros. En el hogar están nuestros corazones y uno de los primeros recuerdos que nos viene a la mente cuando pensamos en el concepto familia, es “cena”. ¿Quién no piensa en el pan dulce y el atole, los tamales y los sándwiches nocturnos tomados en la mesa de la cocina al calor de la plática?, ¿quién no concatena estos recuerdos con el significado más profundo de la vida y quien no entiende a la cena como el fin último de un día agitado, incluso en los momentos en los que la cena viene en una caja?.
Llevo estas ideas a mi terreno y concluyo: “De flojera”. Ese es el código para los museos en México. Así se perciben en general y las estadísticas no hacen más que confirmar el hecho de que la gente prefiere hacer cualquier cosa antes que refugiarse en la llamada alta cultura. Qué mala suerte y qué imposible se me hace cambiar el tal código cultural con la idea de contagiar mi amor por el arte. Ω
María Helena Noval
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