Se presentan en el mal llamado Museo de la Ciudad (Centro Histórico, Cuernavaca) 11 instalaciones de artistas formados en el Centro Morelense de las Artes y la Facultad de Artes de la UAEM (uno de ellos no). Salvo porque la iluminación es malísima y tuve que llegar a abrir las puertas de las salas a las 10 de la mañana, la exposición me parece representativa del talento de los jóvenes artistas que producen constantemente, en contra de toda adversidad, en nuestro estado.
Una por una, los trabajos pensados ex profeso para el lugar nos ofrecen una interpretación de la belleza entendida como la evidencia de la realidad apenas transformada. Me parece que todos coinciden en una apropiación del espacio que pretende demostrarnos que los seres y las cosas tienen un aspecto trascendente. Visto desde otro lado, lo anodino, lo que nos parece inútil, puede ofrecer otra lectura, ser productivo en términos éticos. Salí emocionada porque la mayoría de las obras responden a un mismo anhelo, el de encontrar lo trascendente de lo cotidiano.
Claro está que cada uno pone de manifiesto una poética diferente, la que los ha distinguido desde que eran alumnos de Gustavo Pérez Monzón y Manuel Lavaniegos en el CEMA. Yo he seguido sus trayectorias más o menos de cerca y me precio de distinguir sus trabajos en las colectivas en las que exponen. Las configuraciones obsesivas de Jaime Colín, la originalidad y lucidez de las esculturas del estupendo artista Miguel Ángel Madrigal, el gusto por lo sórdido de Gabriel Díaz Garcilazo, las sutilezas de Gabriela Zubillaga… sus personalidades… su interés en las relaciones entre la cultura y la naturaleza.
Gabriel Garcilazo presenta una pieza que remite a dos universos, por un lado el del comic, por el otro el drama asociado con un cuerpo quemado. A diferencia de otros trabajos suyos en los que la referencia al accidente, o la tragedia, o la humanidad descarnada, o la violencia es muy obvia (la visita a su blog vale la pena), en este caso la lectura termina siendo metafórica, porque no sentimos que se refiera a un cuerpo torturado en especial, sentimos que habla más bien de una situación que se vive, de una alegoría de la condición humana, tal vez del infierno que llevamos dentro, el que lo lleva a representar al cuerpo humano de la cintura para abajo, sin cabeza. Es la noción de COSUMIRSE, la que refleja claramente su pieza.
Por su parte, Amira Aranda pensando o viviendo el espacio que le tocó intervenir, aprovechó la idea de la ventana abierta para hacernos pensar en los restos vegetales, florales de un vendaval; en la invasión de un espacio construido, habitado. Este espacio es penetrado por la naturaleza y eso termina dándonos gusto porque se trata del revés de lo común. Sutil y muy bien trabajada, esta sala es de una gracia inolvidable.
Como vemos, y no obstante la temática dada -el color a partir del modelo CMYK (Cian, Magenta, Yellow, Black o Key) que se usa para impresión--, el montaje derivó en una serie de instalaciones individuales que hacen gala de poéticas diversas. Destaca, a fin de cuentas más la voluntad de hermanarse en un proyecto que los legitime como artistas reconocidos, con trayectorias logradas a base de tesón, de insistencia, de tocar puertas (aunque al principio no fueran las institucionales, en contra de las cuales de desplantaban), que como gestores de un proyecto colorístico.
Maria Helena Noval
http://www.diariodemorelos.com/article/cmyk-expo-de-j%C3%B3venes-artistas-%C2%BFhacia-una-escuela-de-arte-morelense
No hay comentarios:
Publicar un comentario