Vicente Quirarte y María Helena González*
Nací en Guatemala, pero me hice escritor en México
Augusto Monterroso
1
Primero es el reconocimiento: la ciudad es una suma de lugares de nuestra suave patria: San Miguel de Allende, Oaxaca, Tepoztlán y San Juan Chamula. Más adelante Antigua obtiene su verdadero lugar en la mirada y en el corazón. Los guatemaltecos, de dulce y cantarino hablar, han tenido la gracia de reinventar el “turismo de ruinas” y se han arriesgado con el “turismo panorámico”. Caminamos literalmente sobre el pasado y vimos la vida cotidiana desde una perspectiva que en pintura se ha dado en llamar “ojo de pájaro”. Durante el día una colmena palpitante, al caer la noche algunos músicos practican su arte y ofrecen la posibilidad del ritmo a los cuerpos.
Sí, no hace falta más que voluntad para dar la bienvenida al extranjero cuando se tienen modestos recursos en términos de infraestructura cultural. A fin de cuentas, todos sabemos que el objetivo de cualquier viaje termina siendo dejar de sentirse intruso.
2
Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.
3
La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.
4
En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.
Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.
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Una multitud se congrega bajo el arco del Convento de Santa Catalina que servía antiguamente -nunca mejor empleada la palabra- para que las monjas de clausura pudieran cruzar la calle sin ser vistas. Hoy la gente se reúne a tomarse la selfie para compartir su experiencia sin la necesidad de saber dónde se encuentra en términos culturales. Pero la ciudad ofrece otro tipo de impactos. Tres veces tuvimos que ir a ver la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, abiombada, barroca, desnuda de mártires y de cromatismos, sin cuerpo detrás que la sostenga, para sentirnos frente a un portento de sabor italiano.
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La comida es el elemento fundamental para los seres humanos, es sustento y es cultura. Cuando llega al refinamiento, el queso, los plátanos fritos, los frijoles negros y el café pueden seducir hasta el delirio. Panza Verde es el nombre que se da a los locales, pues comen verduras en abundancia y sobre todo aguacates. Pero tal es el nombre de la posada en la que lo reciben a uno como si fuera de la familia. Desde luego hay hoteles de cientos de habitaciones, pero en Antigua “de lo bueno, poco”.
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En el Tenedor del Cerro se levanta un centro cultural y sobre todo Miguel Ángel Asturias, el escritor más notable de Guatemala. Su rostro de maya lo vuelve un personaje de sus propias novelas. El museo dedicado a su persona exhibe la ropa que utilizó en la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel. Luce allí la parafernalia del creador, pero como en todos los museos de autor, se requiere leerlo para entender el milagro de la literatura, cosa que estos relicarios de la posmodernidad no logran, por más que exhiban objetos personales. Su novela El señor presidente condensa desde el título el papel protagónico de los dictadores que ha sufrido América Latina y abre con una invocación casi litúrgica –«Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre»– que anuncia desde la primera línea un mundo gobernado por el miedo, la superstición y el poder absoluto. Ahí está Asturias entero: no en el traje del Nobel ni en los objetos venerados en vitrinas, sino en la palabra que sigue iluminando las sombras del autoritarismo y que lo convirtió en pionero de una tradición que más tarde desarrollarían autores del Boom, entre ellos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.
Este artículo está dedicado a nuestros hermanos venezolanos, que han vivido en carne propia lo que Asturias describe a lo largo de 500 páginas: un mundo agobiado por la fueza bruta, la sinrazón y la ambición de unos cuantos. Comenzamos el año deseándoles un tránsito hacia la democracia en el que encuentren el valor enorme de lo cotidiano como sinónimo de propósito de vida.
Link de consulta en: Antigua en la memoria – LA JORNADA MORELOS
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