María Helena González
1.
En un país donde la pintura suele dominar el mercado y la conversación pública sobre arte, la escultura permanece -injustamente- en una zona de discreta invisibilidad. Quizá por ello resulta particularmente estimulante que el escultor Antonio Castellanos Basich vuelva a exhibir su obra, esta vez en el montaje denominado Forma y Filia, visible en el barrio de San Ángel (Avenida de la Paz 57, CDMX), recordándonos que el volumen, el peso y la materia siguen siendo lenguajes fundamentales para comprender la historia cultural del país.
Castellanos Basich pertenece a una genealogía artística singular. Es hijo del pintor Julio Castellanos, figura central del arte mexicano del siglo XX, cuya obra dialogó con las tensiones entre modernidad y tradición en la pintura nacional. Pero el hijo eligió otro territorio: el de la tridimensionalidad, la materia y el espacio.
Su vida también está ligada a una familia profundamente vinculada con la cultura mexicana. Está casado con Lavinia Usigli, hija del dramaturgo Rodolfo Usigli. Y desde hace más de cuatro décadas vive en Morelos, estado que, sin embargo, aún no le ha dedicado la exposición institucional que su trayectoria merece. Caso especial es la visibilidad cotidiana a la que tenemos acceso, me refiero a la cercanía (el pedestal es bajo, accesible), de su Humboldt, bronce de tamaño natural apostado frente a la Catedral, en la Calle de Hidalgo, junto al restaurante Alondra. Y es especial porque hace tiempo fue intervenida fallidamente por motivos de conservación (la patinaron con colores que no le iban al diseño original), y en alguna ocasión hasta el menú del restaurante ha sostenido. Esta pieza por cierto es hermana de la que está en la Alameda Central, en la CDMX.
2.
Para entender el trabajo de Castellanos Basich conviene situarlo dentro de una tradición mayor: la llamada Escuela Mexicana de Escultura del siglo XX. En ella se encuentran artistas que consolidaron el lenguaje monumental del México moderno, ligado a la arquitectura pública, los proyectos cívicos y la construcción simbólica de la identidad nacional.
Basta recorrer el país para encontrar esa huella: monumentos, relieves urbanos, esculturas integradas a edificios públicos. En ese contexto aparecen figuras como Ernesto Tamariz, Luis Ortíz Monatsterio, Carlos Bracho, Ignacio Asúnsolo, Francisco Zúñiga, Germán Cueto, Rosa Castillo, Oliverio Martínez, Rómulo Rozo, Juan Cruz Reyes, Francisco Arturo Marín, Guillermo Ruiz, Rómulo Rozo y otros, cuya obra complementó ambiciones del muralismo, me refiero a la relación entre arte, política y espacio público. Para comprender mejor la configuración de este capítulo de la historia del arte conviene recurrir al catálogo de la muestra “Escultura Mexicana: de la Academia a la instalación”, organizada por el historiador del arte Agustín Arteaga en el Palacio de Bellas Artes, en el año 2000.
Castellanos Basich dialoga rica y propositivamente con esa tradición, pero introduce un elemento poco frecuente en ella. De ello hablo a continuación.
3.
Si la escultura mexicana del siglo XX se caracterizó por su tono épico y solemne, Castellanos Basich, en cambio, suele introducir en sus piezas -más para exhibición privada que pública-, un giro irónico, incluso lúdico.
Comparto con ustedes, amigos de La Jornada Morelos, la imagen de la pieza México al alto vacío, porque evidencia la inquietud política del artista y su capacidad para traducir la crítica pública en lenguaje escultórico. En ella aparecen reconocidos políticos pasándose bolsas de dinero por la espalda -la pieza está diseñada para ser vista por detrás mediante un espejo-, ellos flanquean a una figura alta que lleva el nombre Coca-Cola en la espalda; éste reparte el país como si fuera un pastel sobre una mesa que es al mismo tiempo el mapa de México. No es un gesto menor: el humor político en la escultura mexicana es relativamente raro.
Otra de sus piezas más memorables es el vaciado en bronce de las manos de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, tomadas directamente del natural. En el primer caso el molde se obtuvo tras la muerte de Rivera; en el segundo caso se obtuvo mientras Siqueiros vivía. La historia tiene algo de ritual artístico y algo de anécdota familiar: la madre del escultor, Zita Basich, casada con Federico Canessi fue quien lo llevó a realizar aquellos moldes.
4.
En otra obra, una cabeza estilizada del Subcomandante Marcos aparece con focos que funcionan como ojos, encendiéndose al paso del espectador. La pieza juega con la interacción, con la ironía política y con la teatralidad de la figura pública.
5.
¿Por qué nuestra cultura sobre la escultura pública es tan pobre? La pregunta inevitable surge frente a trayectorias como ésta. Hay razones prácticas y también culturales. La escultura es costosa de producir, transportar y exhibir. Requiere espacio, peso estructural, iluminación específica. Pero hay también una razón más profunda.
Vivimos en una cultura de la imagen bidimensional. El historiador del arte W. J. T. Mitchell* ha señalado que las sociedades contemporáneas están dominadas por lo que denomina el pictorial turn: una centralidad creciente de las imágenes en la vida cultural y en las ciencias humanas.
En ese contexto, la pintura -y más aún la imagen digital- circula con facilidad. La escultura, en cambio, exige presencia física. Procesas la tridimensionalidad exige otra serie de habilidades perceptuales.
Quizá por eso el mercado también la favorece menos. Mientras la pintura puede habitar paredes domésticas, la escultura necesita espacio, arquitectura, aire.
6.
Resulta paradójico que un escultor con más de cuarenta años de vida en Morelos no haya tenido aún una exposición institucional amplia en el estado. Morelos posee jardines escultóricos -privados- y espacios públicos muy mal “amueblados” porque no hay una política pública que selecciones lo que le va bien a la ciudad, que podrían dialogar perfectamente con su obra. En tiempos en que se habla tanto de identidad cultural y patrimonio, recuperar trayectorias como la de Castellanos Basich permitiría también revisar la historia reciente de la escultura mexicana.
En un país acostumbrado a mirar cuadros, Castellanos Basich nos recuerda algo esencial: pensar también es ocupar el espacio.
helenagonzalezcultura@gmail.com
* Mitchell, W. J. T. (1994). Picture theory: Essays on verbal and visual representation. University of Chicago Press.




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