viernes, 9 de diciembre de 2011

Vas a ver Ruta 2012: mapa y territorio morelense





Puestas las miras en las elecciones del 2012, quienes ejercen el poder --mucho o poco-- en nuestro estado, han dejado de ver el territorio morelense como un espacio beneficiado por la pródiga Naturaleza y lo han convertirlo en un campo de batalla mediático, en un mapa modificable a según sus intereses particulares.

Como sabemos, un mapa es una representación gráfica de una porción del territorio, una traducción dibujística o pictórica de un espacio, en el que señalamos por medio de signos lo que nos interesa que se sepa. Un mapa es una convención social, es una traslación de lo real a lo simbólico. Así las cosas, en un mapa cabe todo tipo de señales. Contamos con mapas carreteros y turísticos, con mapas orográficos, etnológicos, estadísticos y por supuesto con mapas en donde se anuncian establecimientos y objetos comerciales.

¿Por qué llego a tal lectura de la imagen urbana? Porque el libramiento México- Cuernavaca-Acapulco que nos toca recorrer a diario, está abarrotado de espectaculares, porque los políticos nos indican rutas a seguir en nuestro tránsito por la vida: porque como cartógrafos, se dividen el estado para anunciarnos sus productos.

Lo peor es que nos quieren convencer con simplismos o lugares comunes y en sus precampañas mediáticas abusan de la estrategia de la representación teatral. El guión lo escriben los más altos funcionarios, las campañas se arreglan como si de un casting se tratara: todavía no son oficiales las candidaturas, pero a estas alturas, ya se sabe quiénes van de extras y quienes van a formar parte del reparto principal.

Para anunciarse, ya se deshacen en risitas, ya los vemos por todas partes enseñando diente blanqueado, ya se cortaron el pelo, andan engominados y bien planchaditos. Eso sí, piden que la foto no se vea como de photoshop, aunque lo sea.

Ninguno de ellos llora por la situación actual, a nadie se le ocurre que son tiempos de pésame para algunas familias, de mesura en la promesa, de respeto al semejante que ya no se cree nada. El paisaje se ha convertido en un escaparate y por ello nuestros trayectos urbanos los vivimos como rutas groseramente discursivas.

El espectacular como reducto de retrato burgués

Nacido durante el Renacimiento, el retrato burgués de medio cuerpo, de tres cuartos con fondo neutro, nos invita a pensar en el posante o comitente (el retratado) como el que puede darse el lujo de posar para la posteridad porque es importante en su medio social y puede pagar por el servicio. Como se trata de un trabajo por encargo, el retrato incluye lo que el posante pide para satisfacer al ego (el suyo y el de los suyos). Si antiguamente el paisaje del fondo identificaba al terrateniente y ciertos objetos identificaban al cazador, al hombre de letras o al de ciencias, hoy en cambio, el posante pide se incluyan textos –las ideas que vende—y demanda nuestra mirada con la suya, tan complaciente como anhelante.

En fin, que nosotros, los habitantes de las ciudades ya sabemos lo que sigue. Ya lo hemos vivido. Sabemos que ahorita se trata de “jugar al mapa”. Más adelante jugarán al Turista Mundial o Monopoly, pero ese juego de mesa lo jugarán pocos. Unos comprarán hoteles, otros cafés, otros… gasolineras. Eso sí, poco a poco, todos dejarán de sonreír en los traseros de los camiones y los postes. Saldrán más serios en los retratos de fondo neutro. Llegarán a la meta, sus metas, más o menos felices. Irán abandonando el paisaje.

Ojalá 2012 pase rápido y nos devuelvan el verdor morelense. Ω


Publicado en Diario de Morelos Miércoles 7 de diciembre de 2011 http://www.diariodemorelos.com/index.php?option=com_content&task=view&id=100775&Itemid=68

jueves, 1 de diciembre de 2011

Vas a ver... El MUVA de Chinameca: Zapata re-loaded



Inaugurado hace un par de días, el Museo del Agrarismo (MUVA), en la Ex-Hacienda de Chinameca, pretende dar a conocer la historia de la tierra trabajada y peleada por el hombre. No se trata pues, de un museo dedicado a la historia de los aperos de labranza o las hortalizas, ni se trata de cómo las culturas prehispánicas se beneficiaban de los frutos de la tierra, aunque se mencionen tales asuntos de pasada. Se trata de mostrar, mediante presentaciones electrónicas, la manera en la que el hombre ha tenido que regular su tenencia, de sus leyes y sus luchas. Un museo de la guerra, se puede decir.
La idea no es original, en Matamoros, Tamaulipas, ya existe un museo dedicado a lo mismo. La diferencia estriba en que el acervo morelense es virtual, lo cual nos lleva a pensar en un público gustoso de los botones y las pantallas. EL MUVA fue construido a lo largo de un año. Dispone de 9 salas digitales y cuenta con 53 cédulas interactivas, 8 cédulas informativas, 8 cédulas sonorizadas y 4 videos. El MIDE --Museo de Economía, también virtual--, ubicado en la Ciudad de México está vacío siempre, esperamos que en este caso no suceda lo mismo. ¿Por qué?
Porque el sitio viene a cerrar el circuito que comienza con el Museo Sitio casa de Zapata en Anenecuilco, mismo que incluye el cuartel de Zapata, en Tlaltizapán, y los tres aprovechan la figura icónica de Emiliano Zapata, una figura que por carismática puede atraer al turismo cultural pero también al no especializado. Y en los tiempos que vivimos, eso es precisamente lo que nos hace falta: gente que se lleve una buena impresión de nuestro estado.

Tales museos, como muchos otros, funcionan a partir de la estrategia de la representación, pretenden re-presentar al héroe ante los ojos del espectador. Pero ¿cómo revivir, hacer eternamente presente a quien desapareció físicamente hace años? ¿Por qué necesitamos ver, re-ver, mirar y admirar a los personajes de la historia? ¿Por qué a los personajes ejemplares no basta recordarlos mediante la palabra escrita? ¿Por qué necesitamos casi tocar sus objetos como si fueran reliquias? Por estos amores al objeto, anda la cama zapatista presentándose desde hace casi dos años en los museos. Por la misma razón, la ropa del caudillo y una de sus sillas de montar se exhiben en vitrinas, como si fueran obras de arte.
Decía yo aquí mismo, la semana pasada, que nuestra cultura actual es visual, que existe un gusto característico de nuestra época por la imagen hiperreal, que como Santo Tomás, nosotros “hasta no ver, no creer”, esa es la respuesta más fácil y rápida a la pregunta de por qué necesitamos tantas imágenes del héroe; no obstante, la imagen de Zapata ha venido a convertirse en una especia de “marca registrada” morelense y de esto vale la pena hablar un poco más. La idea es que podamos incorporar al hombre para entender más al héroe de las mil caras.
Por un lado, está el hecho de que Zapata pertenece a una genealogía de héroes modernos en el sentido de que es tan idealizado como humano. Es tan inmortal como Superman y tan pecador como cualquiera que haya ordenado la muerte de otro; basta consultar los diarios de la época para comprobar la existencia de su leyenda negra y caricaturesca junto a la mitología que lo hizo volar por los aires o morir en Arabia…
Zapata frente a la cámara
Las miles de imágenes que se han pintado, esculpido o fotografiado mediante diversas técnicas desde su muerte, nos hablan de un Zapata carismático, un personaje de mirada profunda y melancólica que se presenta mirando de frente, como un luchador social digno, consciente de su papel en la historia, un militar no de carrera, pero sí por derecho propio.
En el MUVA se incluye el retrato que se le adjudica al fotógrafo alemán Hugo Brehme, una imagen de cuerpo completo tomada en el Hotel Moctezuma, en el centro de Cuernavaca que ha recorrido el mundo porque fue copiada por José Guadalupe Posada, Diego Rivera y Arnold Belkin, entre otros. De la autoría de éste último pintor, se presenta la reproducción de una pintura que no se pidió a tiempo y que en cambio podrá verse próximamente en el Museo de la Revolución.
Concluyo con una pregunta picante: Ahora que comienzan las pre-campañas ¿quién de los aspirantes a gobernador le dará mayor uso político a la imagen de Zapata? Ω

domingo, 27 de noviembre de 2011

Nosotros los buenos, los que sólo vemos


¿Se puede hablar de la sociedad como un cuerpo enfermo a partir de la noción de mirada? ¿Cómo evitamos el sufrimiento que provocan “los malos”?

Según el Dr. Juan-David Nasio, experto en psicoanálisis, no es lo mismo ver que mirar; dice él que la mirada se da en el contexto de la visión, que vemos lo que nos conviene de acuerdo al significado que producen las imágenes en nosotros, que ellas nos atraerán siempre y cuando nuestros deseos sean compatibles con ellas.

De tal asunto me acordé mientras veía las páginas de algunos diarios especializados en notas rojas hace unos días. En mi descargo he de decir que no las veía en vivo y en directo, sino en la pantalla que se utilizaba para ilustrar las ponencias de los expertos en un congreso sobre arte y violencia al que con gusto asistí, no sólo porque es el tema de moda en los museos, sino porque intento demostrar que la mirada no es tan inocente como parece.

El coloquio[i], dedicado al análisis de los tiempos oscuros que vivimos, abordó la manera en la que algunos artistas retratan la violencia cotidiana, el pesar callejero ocasionado por las bandas de malosos divididos entre narcos, rateros y locos, pero también se habló de la manera en la que como cómplices, devoramos las imágenes del OTRO destrozado, ese otro que representa al malo o a la desafortunada víctima, ese otro que viene a representar la salvación propia…la de nosotros los buenos, los que sólo vemos.

Pero ¿qué es lo que estamos viendo cuando le damos gusto al morbo? Vemos desde luego lo que nos ofrecen detalladamente los medios, apreciamos el tamaño, el color, la textura y la apariencia inanimada de los órganos que nos constituyen; los intestinos a flor de piel, los miembros cercenados…las lágrimas de sangre. Le damos un cuerpo a la psique, pero para ello tal parece que necesitamos una especie de diccionario de imágenes 3D, un catálogo que nos represente una realidad muy tangible, no sólo la imaginaria.

De allí que no cualquier imagen satisfaga a cabalidad. Hay un gusto muy característico del que mira desde los paradigmas actuales, y este gusto tiene que ver con la imagen hiperreal, con la veracidad de la figura, con la fiel reproducción de la realidad, con el aspecto detallado.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el hecho de que se comentara que la tradición de los exvotos populares decayó considerablemente, que la imagen pintada con la que se agradecía al santo en la capilla de la iglesia por los favores recibidos haya cedido su lugar al objeto real en el altar: hoy se agradece al santo llevando el yeso con el que sanó la fractura, los implementos que se usaron para la milagrosa curación, el arma que salvó a la víctima. Es como si hoy se pensara de acuerdo a la máxima tomista: “hasta no ver, no creer”. Hemos llegado a tal grado de incredulidad en la realidad imaginada, que necesitamos que la mirada nos compruebe el hecho del que se nos habla.

Los medios nos han acostumbrado a la información visual de una manera despiadada. Paradójicamente, son los mismos medios los que nos hacen dudar al echar mano del photoshop, la edición de imágenes y el fotomontaje cuando de llamar la atención se trata.

Llama la atención que los hechos ocurridos hace unos días nos hayan ofrecido recatadas imágenes de un helicóptero destrozado, imágenes aéreas, desde luego, ningún resto humano se vio. Los cuerpos de los altos funcionarios se respetaron obedeciendo a una moralidad que no opera para la víctima común y corriente. Así como hay una fascinación obsesiva con la sexualidad hiperreal --dicen Baudrillard y Bataille--, la hay con la muerte del otro, sólo que en ocasiones este esteticismo vitalista es sublimado y nuestra vulnerabilidad sólo es mencionada de ladito, en voz baja: a la población no se nos puede mostrar demasiado a veces porque corremos el peligro de asustarnos de a deveras.

El afecto por la imagen del semejante lastimado no es nuevo, hace poco más de cien años, el gran Guadalupe Posada ya acostumbraba a ilustrar los crímenes del momento en hojas volantes que daban la noticia de manera gráfica y escrita, lo imaginario y lo simbólico se daban la mano para enterar al vivo de que seguía vivo; sin embargo, la mirada del artista ha cambiado y parece que la de todos nosotros también, hoy se hacen visibles los deseos oscuritos que nos habitan de manera atroz, el interés en la entraña propia y la del semejante es inédita. Pero ¿acaso mirar el cuerpo ajeno destrozado es tan malo?

En la historia que nos toca vivir, se dijo repetidamente en tal coloquio, no hay víctimas ni victimarios, sino una participación colectiva de todos en la creación de un panorama violento. Así las cosas, quedémonos con la idea de que cuando vemos no sólo vemos, también estamos produciendo realidad. Al malo le gusta que mostrarnos lo que hace; si no lo complaciéramos con la mirada, otro gallo nos cantaría ¿no creen? Ω


[i] (Tiempos oscuros: violencia, arte y cultura. 4 Encuentro de investigación y documentación de artes visuales. 19 al 22 de octubre, Sala Adamo Boari, palacio de Bellas Artes, México, D.F. )

viernes, 7 de octubre de 2011

Mariposa





No todas las historias de horror incluyen fantasmas. ¿Cuánto tiempo vivirá
una mariposa atrapada en mi recámara? Escucho los aleteos y sus atroces
choques contra los muros.La oscuridad nos impide a mí verla y a ella escapar.
Los ojos de sus alas son mera decoración, mirada infecunda.

El deseo es lo que le da sentido a nuestras vidas. Eso lo descubrió Freud y
Lacan se encargó de explicarnos como seres deseantes de satisfacer al Otro.
Pero, y ¿si el Otro es una mariposa? ¿Si es incapaz de escucharme? ¿Si la
invitación a escapar por la ventana es inútil?

Moriré un poco esta noche. Comienzo a sentir el polvo de sus alas, le pongo
voz a un grito imposible y de pronto hace sentido lo escrito por Edgar Allan
Poe: los entierros en vida son más comunes de lo que creemos.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La estética del buen comer




Quien sabe del buen comer, no cita restaurantes ni chefs. Habla de ingredientes y métodos de preparación, el sabor y la textura de los alimentos, dice la autora del texto, quien observa la preparación de alimentos como a una obra de arte.
Los sentidos se alebrestan ante la fritanga rellena de queso en proceso de esponjarse en el sartén. No es sólo la mirada la que anticipa el festín, las papilas salivan y el sentido del oído también se confabula: “le hincaré el diente, aunque me suba el colesterol”, pensamos. La razón deja de gobernarnos.
La imagen de un bollo elevándose en el horno es magia pura, las burbujas ocasionadas por el desprendimiento de oxígeno gracias a la acción de la levadura que fermenta, se transforman en hoyitos de paredes endurecidas durante la cocción. ¡Mmmmmm! Para ese momento el olor es insoportablemente apetitoso. Le untaremos mantequilla en cuanto salga.

Estamos frente a dos escenas tan cotidianas como aparentemente frívolas. Pero, ¿son estos instantes, en los que estamos concentrados en nuestros sentires, menos importantes que la reflexión sobre el paisaje o una obra de arte?
El gusto es el sentido que tiene por órganos las papilas de la lengua y distingue sin equívoco lo amargo, lo dulce, lo salado y lo ácido. Para efectos de la cultura, llama la atención que con sólo
cuatro saborcitos, se hayan logrado tantas cocinas y que exista tanto discurso dedicado al arte de… darle gusto al gusto.
Por su parte, dicen los estetas (Charles Taylor), que la noción de gusto nace de la intención de juzgar o comparar las cosas de acuerdo con las nociones de bello y bueno, que son dos de los más elevados valores de la humanidad.
Y tienen razón: el juicio de valor que hacemos sobre lo que nos agrada o desagrada en la mesa cobra importancia cuando la noción de “efímero” deja de estorbarnos. El goce corporal nace en el humano con la necesidad biológica del contacto, pasa por la devoción a los dioses de la comida en diversas culturas y termina relacionándose con los placeres de la sensualidad corporal, como bien lo han demostrado algunos autores golosos.



La humanidad no comió con tanta sofisticación en la Antigüedad y no escribió sobre estos temas, hasta que se dio cuenta de que su vida cotidiana no era asunto menor, hasta que una nueva concepción del sujeto le dio permiso para hacerlo. Esto sucedió en épocas muy modernas.
Esta nueva manera de entender las relaciones entre el mundo y el individuo, no según un orden establecido, sino dándole cabida a lo sensible, la intuición y la imaginación personal vino a hacerse presente hace apenas unos 200 años entre las páginas de los libros. Pero las preferencias individuales a la hora de escoger, cocinar, degustar y almacenar lo que hemos denominado comida –que no son sólo las plantitas y los animalitos que terminan en nuestros platos, sino sus implicaciones emotivas, o sea lo que los lingüistas y los psicoanalistas llaman significantes–, son como texto, más modernas que los diarios de viaje, por ejemplo.

Como soy golosa, me gusta buscar en tiendas especializadas en recetarios o librerías extranjeras memorias gourmet. No es que en nuestro país no haya, es que el sibarita, hedonista o gourmand
no puede satisfacerse a pasto pues tal género literario no es abundante. Lo escrito por personajes tan insignes como la Marquesa Calderón de la Barca, Alfonso Reyes o Salvador Novo es apenas un bocado. El Confieso que he comido, de José N. Iturriaga, comentado en Día Siete hace poco,
viene a ser pionero en la materia.

El año pasado leí Eating (Random House), del editor Jason Epstein, quien habla de sus encuentros comilones con Norman Mailer, Gore Vidal o chefs tan renombrados como Wolfgang Puck. Me gustó que confiese que dialoga con los ingredientes que compra con la pasión de un ávido coleccionista hasta transformarlos en delicias y comparta recetas. También leí Rapsodia Gourmet, de la francesa Muriel Barbery, quien escribe sobre un crítico gastronómico que a punto de morir lucha por recordar un sabor que tiene “en la punta de la lengua”. La búsqueda de tal recuerdo lo lleva a compartirnos sus experiencias y disquisiciones sobre lo crudo en la cocina oriental, sobre lo mágico que puede resultar una “esfera anaranjada, de flancos casi grumosos licuándose en el plato” (léase helado de naranja) y lo brillante que puede ser el recuerdo
de unos pescados asados en la playa por obra y magia de las manos de un querido abuelo.



Los que saben comer no suelen hablar de restaurantes y chefs, antes que nada lo hacen sobre ingredientes y métodos de preparación; el sabor, la apariencia y la textura de un alimento pueden llegar a ser tan importantes, que la tortura del batido frente al fogón puede transformarse en un placer cercano a la conquista. Y es que el hombre es una creación del deseo, no de la mera necesidad. “No sólo de pan vive el hombre”, dicen unos y es cierto: la materia excita los sentidos y cuando se trata de papilas gustativas, el discurso del goloso puede
derivar en un arte mayor. Es curiosa, esta oralidad –del discurso– que habla de lo otro oral –el alimento–, una modalidad de la disertación sensual, que viene a ser una especie de homenaje metalingüístico por el bien recibido en la zona que agradece.

Amores golosos

En esta época de desórdenes alimenticios, la comida es un termómetro social. En la mesa se articulan el hambre y el amor de una manera única. Íntimamente relacionada con el código familiar, la hora de la comida viene a ser un espacio de reflexión de significantes tan importantes como la complacencia, la convivencia y la lealtad. Por algo comer sigue siendo el placer más socorrido frente a la pérdida de otros.

Si recordar lealtades y amores no suele ser asunto fácil, hacerlo a partir de la reflexión gustativa facilita la tarea y la torna en un acto doblemente gozoso: el comelón o comilón (las dos cosas estás bien dichas) terminará relamiéndose los bigotes por el resabio de lo gustado, pero también sanará el alma. Dejar de sentirnos delincuentes alimenticios por faltarle al respeto a la autoridad médica que indica rechazar lo que nos gusta, no nos matará.






Publicado Revista Día siete, septiembre de 2011



viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Sublime… o terrible?


En tiempos electorales, la imagen que proyectan quienes buscan legitimarse como gobernantes o mantenerse en el poder es bastante simple, se privilegia el mensaje elocuente y eficaz y frecuentemente se monta en registros gastados (léase asimilados por la población); no obstante, la noción de matiz sigue siendo importante a la hora de calificar el buen o mal gusto de los publicistas expertos en propaganda. Y guácala, a veces se les pasa la mano de cursis. Pretenden sublimarnos o conmovernos, pero terminan por hacernos reír…o llorar. Sí, señores, la imaginación es clave en el pensamiento estético contemporáneo, pero mídanse a la hora de cocinar lo que comeremos.

Se califica como “sublime” aquél espectáculo u objeto que se equipara con “lo absoluto” y mueve a la pasión. Es sublime aquello que además de ser grande, nos mueve a la admiración y facilita reflexiones profundas. En términos de contemplar la naturaleza, esto se aclara si pensamos en la pintura de un Albert Bierdstadt o de un William Turner, pero en términos de creaciones humanas, la cosa se complica: en este caso entra en juego la noción de finalidad, por lo que Estética y Ética se anudan para iluminarnos a la hora de prestarle un minuto de atención, a lo que se nos presenta a los consumidores de imágenes mediatizadas. A quienes miramos por esa ventana al mundo, que se llama TV.

El común denominador hoy en día pendula entre la presentación de un político cercano al pueblo (el que se acerca al marginado y se echa un taco con él) y el discurso heroico (estamos en guerra y nada nos impedirá ganarla). En medio de eso casi no hay nada: el miedo a la invisibilidad ha sepultado la imagen de un gobernante humano, cercano al común de la gente, como lo fue Olof Palme en Suecia.

Un dirigente estatal que se presenta en un escenario creado al más puro estilo telenovelesco, con la mirada perdida en el horizonte dirigida hacia un futuro ideal, casi flotando, se acerca a la noción romántica de los héroes de las historietas. Ya se dijo en algunos foros, el informe de Peña Nieto dejó mucho que desear en términos de semiología de la imagen. Un presidente que se dirige a la nación desde un lugar súper vinculado con la alta cultura en el país (Museo de Antropología) busca re-presentarse como gobernante, ante el pueblo lastimado por una guerra que no entiende. Y aquí el término re-presentarse viene dado en sus dos acepciones: la que lo hace re-nacer como nuevo ante la mirada del espectador y la que lo presenta como un histrión, como un profesional de los escenarios.

En contraste y ya más cerca de nosotros, un político que se atreve a duplicarse, como en las novelas de Pessoa o Saramago, además de mostrar perversidad por las intenciones que lo motivan, apela, por el lado de la estética, a la idea del plagio y la falsificación. Y como se sabe, tanto el plagio como la falsificación son dos de las creaciones humanas más desprestigiadas de la historia de la humanidad. Desde luego que en este caso no preocupa la falta de originalidad de la obra, sino la burla que se hace de la inteligencia y la capacidad visual del ciudadano de a pié.

Dicen los estetas que el ser humano permanecería indiferente sino fuera estimulado por las sensaciones, que su cuerpo –que no es retazo con hueso sino cuerpo movido por el deseo—no echaría a andar la imaginación si no fuera porque cuenta con la información que le proveen los sentidos y la memoria. El problema con la estética privilegiada por quienes detentan el poder actualmente es que gustan de lo sublime aterrizado en lo terrible. La intensidad es lo de hoy. Pobres de nosotros. Qué indigestión. Ω

Publicado en la Jornada Morelos 9 de septiembre de 2011
http://www.jornadamorelos.com/2011/9/9/

viernes, 26 de agosto de 2011

Presentación del libro de Pepe Iturriaga / Jardín Borda, Agosto 2011



Tan a gusto me sentí leyendo el libro de Pepe Iturriaga, que comencé a pensar: “¡qué gusto da, cuando uno se siente… tan a gusto leyendo cosas dedicadas… al sentido del gusto!… ¡Este gustoso comilón sí que sabe gustar de la vida y vivir a gusto!”… En tantos gustos pensé durante la lectura de “Confieso que he comido” y tantas cosas aprendí sobre sus gustos, los gustos de la humanidad y los gustos de los mexicanos, que de pronto me vi pensando que no es lo mismo el sentido del gusto, que la noción de gusto y que ésta última no es antigua, que la humanidad no comió con consciencia sobre sus gustos y con tanta sofisticación…en la Antigüedad… y sobre todo, no escribió sobre estos temas, hasta que se dio cuenta de que su vida cotidiana no era asunto menor, hasta que una nueva concepción del sujeto le dio permiso para hacerlo.

Esto sucedió cuando las relaciones entre el mundo y el individuo le permitieron darle cabida a lo sensible, la intuición y la imaginación personal. Poco a poco, las preferencias individuales a la hora de escoger, cocinar, degustar, almacenar y comerciar con lo que hemos denominado comida --que no son sólo las plantitas y los animalitos que terminan en nuestros platos, sino sus implicaciones emotivas, o sea lo que los semiólogos, los lingüistas y los psicoanalistas llaman significantes--, abandonaron los diarios de viaje y fueron generando las primeras memorias gourmet.

Dicen los estetas que la noción de gusto, nace de la intención de hacer un comparativo; que es el resultado de juzgar o sopesar las cosas de acuerdo con las nociones de bello y bueno, que son dos de los más elevados valores de la humanidad. Y el caso que analizamos, --las memorias de un gourmand, sibarita o hedonista, o sea el que come de todo sin ponerse pesado--, no es la excepción. Página tras página, Iturriaga logra aclarar jerarquías entre establecimientos, platillos, preparaciones e ingredientes, dando por resultado que lo comido en fondas, banquetas y zaguanes adquiera una dignidad inédita en nuestra cultura, muy dedicada hoy a comentar sólo lo que se come en establecimientos de lujo.

Hoy, que están de moda la nouvelle cuisine, la alta gastronomía mexicana, la cocina fusión, las esferificaciones y espumas del Bulli, no es raro que abunden los libros de cocina dedicados a las preocupaciones de las clases pudientes…. ” La sociedad está compuesta por dos grupos --decía (Sebastián Nicolás) Chamfort en vísperas de la Revolución Francesa--, los que tienen más apetito que comida y los que tienen más comida que apetito; así las cosas, comenzaremos por destacar que este libro tiene la virtud de dedicarse al amplio espectro del antojito, gustado tanto por ricos como pobres: “la más alta cocina mexicana no tiene que ver con inversiones”, explica Pepe, sino con dedicación e ingredientes… y termina por convencernos de que si no los cuidamos, a ciertos antojitos mexicanos se los va a llevar la trompada.

Por lo que respecta a la imagen de nuestro país, puedo asegurarles que el libro que presentamos deviene tentador: cuando el autor habla de san Pedro de los Baños, poblado cercano a Atlacomulco, o de algunas poblaciones veracruzanas o chiapanecas casi perdidas en los mapas turísticos, inmediatamente nos dan ganas de irnos de viaje … Y es que el oficio forma… sus descripciones puntuales del México que se nos fue o de los vestigios arqueológicos, nacen del afán del historiador por aclarar las cosas; lo mismo sucede cuando habla de costumbres alimentarias del pasado o de aquel centro de la capital, en el que su tía Mary alimentaba a los pensionados asistentes a su fonda.

Los criterios son subjetivos, al hablar de comida, a veces se reduce el hablante a dar opiniones muy personales que tienen que ver con el propio cuerpo y sus disposiciones naturales a lo salado o lo agrio y sin embargo, llega un momento en que las sintaxis del que habla de comida se van transformando en fulguraciones poéticas y éstas se convierten en el arte del verbo culinario y eso es precisamente una de las cosas más apetitosas del libro de Iturriaga: uno no puede evitar devorarse entre salivaciones del orden de lo real y lo intelectual los breves capítulos que conforman esta publicación. Sus evocaciones resultan a veces tan eficaces, que logran que el paladar nos sepa a saladito, chilito y fritanga. Lo que quiero decir, es que logra cocinar tan bien las frases y resaltar el sabor de las viandas, que termina por demostrar que se puede escribir sobre las ostras o los nacatamales, humitas, hallacas, tayuyos, mapires, juanes, pamonhas, pasteles o bollos, todos ellos tamales, con altura.
El libro no deja de lado los importantísimos estímulos visuales, la apariencia a veces extravagante de la comida es de primerísimo orden para el que se apresta o no a hincarle el diente a un platillo, y Pepe no abusa de su imaginación (aunque hay que tenerla cuando se es cocinero) y tampoco omite detalles importantes, como cuando habla de las diferentes panzas que ocupan un buen plato de pancita, a la que se le agrega pata de res…por supuesto, o cuando se confiesa comedor de víboras, ratas y alacranes.
Con tanta frescura y espontaneidad está escrito, que va uno poco a poco, saboreando junto con el autor los sabores que tan generosamente nos comparte. En este sentido, asombra no sólo su retentiva, sino la cantidad de amistades que tiene; se trata de lo social nutrido con la labor artesana de la cocina y el motor de cada reunión es el afecto. Además –y esto ya es maña del autor--, el sentido del humor no falta…por ejemplo cuando habla de las dietas de Silvia o arma el prólogo con base en una serie de dichos populares sobre la comida y la cocina mexicana.

Además, está el hecho de que sabe él reconocer la importancia entre lo recolectado y lo cosechado y estandarizado por los supermercados, la cultura de masas y las modas. Menos del 1 % que conforma la flora mundial ha sido domesticada, no obstante, la cultura de lo vegetal se ha estandarizado y lo domesticado le ha ganado la partida a lo hallado, sólo que a Iturriaga no se le pasa hacer notar la importancia de las yerbas como el chipilín o la hoja santa cuando habla de comida. Me acuerdo que recientemente le llamé para preguntarle sobre la pipitza, yerba que sigo sin conocer porque no la he encontrado en el mercado, pero él me dijo, es una especia de pápalo, ponle de ese.

En fin que “Confieso que he comido” es el libro de un excelente conversador de paladar educado que demuestra que la condición masculina no es demérito en estos asuntos de la cuchara y el perol.
Iturriaga sabe vivir y es generoso. Autor prolífico como es, construyó no un recetario aunque su libro abunde en recetas, no un libro turístico aunque invite a viajar y no las memorias de un hombre culto, aunque termine por convencernos de que la reflexión sobre lo que comemos y la historia de los sentidos valen la pena.

Publicado en La Jornada Morelos 26 de agosto de 2011 http://www.jornadamorelos.com/2011/8/26/cultura_nota_02.php